viernes, 25 de febrero de 2011

Nieve y Mar – La leyenda Maya de K’uh Capitulo II

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Antes de salir por la puerta el rey miró fijamente los ojos de Ayauhtli mencionándole:

—En lo que llegan al sacbé los defenderemos de los guerreros del Mictnál. Les deseo un buen viaje y que logren su cometido.

Abrió la puerta de par en par y un aire helado pasó a través de ellos provocándoles escalofríos. El rey les entregó mantos ligeros como la seda de color esmeralda y les pidió que se cubrieran con ellos. Él y sus hombres colocaron sobre sus ropas la extraña manta.

—Fueron de gran ayuda en la última batalla, gracias a ellos puedes ver a esas criaturas que se ocultan en la oscuridad.

El aire agitó los mantos verdes y uno a uno salieron al campo abierto, del otro lado de la muralla. Cien metros más adelante una piedra de color azul flotaba en el aire y brillaba con tal intensidad que se podía distinguir desde lejos. El rey señaló el distante brillo con su macahuitl.

—¡Esa es la entrada al sacbé! Ese cristal indica el punto de inicio del camino sagrado y en cada sacbé encontrarás una similar; cuando brille con intensidad podrán entrar sin ningún problema, de lo contrario jamás podrán encontrarlo.

La luna iluminó el campo que los rodeaba, Ayauhtli notó la negrura de la hierba y de las rocas. El viento sopló con más fuerza y los guerreros se dispersaron rodeando al rey. Las pisadas se escuchaban al golpear las pequeñas piedras sueltas y al aplastar la hierba seca. Avanzaron con cautela, en completo silencio; Ayauhtli sentía el recorrido de varias gotas de sudor por su espalda; un dolor comenzó a crecer en el interior de su estomago, eran los nervios provocados por el miedo.

A la mitad del camino el guerrero que dirigía al grupo levantó su brazo y todos se detuvieron al instante. Un terrible frío acarició la piel y hasta los huesos de los hombres, y se escuchó el silbido que emitía el contacto del aire con las rocas.

—¡Manténganse alertas! Esos seres oscuros deben estar cerca, ya olieron nuestra carne y para ellos el banquete esta servido. —indicó el rey.

Ayauhtli apretó sus parpados obligando a sus ojos a enfocarse a la densa oscuridad pero no alcanzó a ver ningún movimiento sospechoso. Una nube recorrió el cielo y ocultó por completo a la luna.

Uno de los hombres que se encontraba a su lado intentó levantar su macahuitl pero algo de gran tamaño sujetó su brazo y lo levantó del suelo; gritó pidiendo auxilio, pero antes de que cualquiera de sus compañeros alcanzara a ayudarlo algo lo despedazó en cuestión de segundos.

La nube se desplazó y la luna brilló de nueva cuenta iluminando todo el campo. Poco a poco, Ayauhtli pudo distinguir una silueta que se movía en su dirección mientras que dos guerreros ya se encontraban luchando en contra de la silueta que había destrozado a su compañero. Ojos de gran tamaño y de color blanco lo miraban sin parpadear; por debajo colmillos de igual tamaño mostraban su rabia hacia el guerrero y su deseo de destrozarlo.

La silueta avanzó a paso veloz e Iztacoyotl más los tres guardias imperiales ya sostenían sus tepoztopilli de forma amenazadora mientras el resto cuidaba la retaguardia.

El rey les gritó señalando el cristal brillante mientras tres de sus guerreros atacaron a la silueta haciéndola retroceder.

—¡Vamos! el sacbé permanecerá abierto por poco tiempo. —dijo.

Cerca del cristal Ayauhtli volteó para mirar atrás de ellos y los guerreros luchaban con bravura y valor en contra de varias sombras que apenas las podía distinguir desde donde se encontraba. Uno de ellos que se alejó del grupo había caído de bruces sobre la hierba negra y algo sujetó su tobillo jalándolo hacia la densa oscuridad. A lo lejos escucharon su grito de desesperación y el crujir de sus huesos pero el resto continuaron lanzando golpes con su macahuitl, defendiendo el paso hacia el sacbé y protegiendo a su rey.

El rey Yoltzi estaba rodeado por sus guerreros y giró su cabeza hacia ellos.

—¡Les deseo un buen viaje! Encuéntrenla y tráiganla de regreso. Los estaremos esperando. —se alejaron hacia la muralla por la cual habían llegado hasta ahí.

Ayauhtli observó el cristal azul y percibió que su brillo se extinguía cada vez más, apretó el paso y apareció un camino blanco que se distinguía sobre el entorno oscuro.

—¡Corran! Se cerrará la entrada del sacbé. —gritó.

Iztacoyotl fue el primero que entró seguido por los tres guardias imperiales. Los tres campeones se encontraban a lado de Ayauhtli cuando el cristal apagó su brillo azul y una oscuridad completa se cerró tras de ellos, dejándolos en completa soledad. Una luz blanca apareció obligándolos a levantar sus brazos para cubrir sus ojos, una voz grave y femenina se escuchó a su alrededor como si se encontraran en el interior de una cueva.

—¿Quién se atreve a usar uno de mis sacbés?

Se les puso la piel erizada al escucharla y con esfuerzo Ayauhtli abrió sus ojos. Una mujer anciana flotaba en el aire, una manta gris y roída cubría su huesudo cuerpo; sus cabellos grises y blancos estaban tan erizados que apuntaban en todas direcciones dándole un aspecto tétrico. Sus ojos blancos los observaba sin pestañear y una lengua larga brotaba de su boca.

—Somos guerreros del reino del sur y te suplico que nos dejes entrar. —mencionó Ayauhtli con temor en sus palabras.

Dos criaturas de la oscuridad se acercaron a la entrada y estiraron sus brazos para alcanzar al jovencillo. De inmediato la anciana voló con gran rapidez y sujetó los brazos con sus largos cabellos arrancándolos de un solo tirón. Las criaturas gimieron y se retiraron. Giró y observó al grupo de guerreros.

—Mi nombre es Tlacotzontli, protectora de los caminos. Si ustedes son enemigos de los seres de la oscuridad entonces son mis amigos. Continúen con mi bendición.

La anciana se desvaneció y la luz blanca se extinguió.

Ayauhtli miró alrededor suyo y notó que las estrellas y la luna ya no brillaban por encima de su cabeza. A los lados la oscuridad era tan profunda que no se distinguía nada a través de ella. El suelo de color blanco brillaba en un tono fluorescente e iluminaba todo el largo camino que tenía por delante. Todos los guerreros sostenían sus armas con nerviosismo y miraban hacia los extremos temiendo que alguna horrible y sanguinaria criatura que los acechaba ocultándose en esa negrura espesa podría brincar sobre ellos en cualquier momento.

Caminaron con lentitud durante una hora y Ayauhtli se detuvo.

—¿Escuchan eso? —preguntó y el resto disminuyó el paso—. No se escucha nada, ni un grillo, la caída de una hoja, el movimiento de una rama o el silbido del aire. Es como estar en el interior de un cuarto con paredes gruesas capaces de detener cualquier sonido.

Estamos aislados del exterior —contestó Iztacoyotl tranquilamente—, no se percibe ni calor ni frío. La diosa Tlacotzontli nos protegerá mientras nos encontremos en el interior del sacbé.

Los guerreros se relajaron y guardaron sus armas excepto por el mayor de los guardias.

—Los guerreros águila siempre estamos al tanto de lo que nos rodea y somos prestos para defender y proteger al prójimo —dijo al remover su casco de águila—. Mi nombre es Dizatl, comandante de la casa real.

Una vieja cicatriz le recorría la mejilla derecha y su cabello negro con hebras blancas cayó sobre sus hombros.

—Yo soy Cipactli —se presentó el guerrero con armadura de cocodrilo mientras se removía el casco, mostrando un rostro delgado y bien parecido con una larga cabellera negra al igual que sus grandes ojos—, represento al clan del cocodrilo de los pantanos de Tlapachtli. Es un honor para mí y mi pueblo el acompañarlos en esta sagrada misión.

—Mi nombre es Cuitlachtli —se quitó la enorme cabeza de lobo blanco y su cabellera casi era igual de blanca que su casco—. Caballero Pardo del imperio antiguo. Mi experiencia y mi fuerza la pongo a su disposición para vencer a las huestes de la oscuridad.

—Yo soy Etnatzin —indicó uno de los guerreros águila, de cuerpo delgado y fibroso pero de mirada nerviosa—. Sigo las órdenes de Dizatl.

—Mitli a sus órdenes —sonrió un joven recién egresado del calmecac de las águilas mofándose de lo estirado de su compañero—, claro, con el consentimiento de mi comandante el señor Dizatl.

—Yaoyotl —por fin habló el más joven de todos—, ese es mi nombre y soy del reino de Kin Pech, aliado de los reinos del sur. Nunca había visto el poder de los dioses y mucho menos a uno de ellos, la diosa Tlacotzontli me ha impresionado pero… ¿Qué es eso?

Un camino blanco, tal y como el que sus pies pisaba crecía a lo lejos entre la oscuridad y se unió a su camino. Aquellos que se habían inclinado a tomar algún fruto de sus pertenencias o agua se levantaron sosteniendo sus armas para defenderse ante lo que fuera.

—Tranquilos —indicó Iztacoyotl al tiempo que mordía una manzana—. Sea lo que sea no nos hará daño. Estamos protegidos en el interior del sacbé.

Lentamente caminaba un anciano encorvado hacia ellos. La túnica que cubría por completo su cuerpo era gris y desgastada. Su cabello blanco como el suelo del sacbé le llegaba a la cintura y se apoyaba en un grueso bastón de madera con incrustaciones de obsidiana.

—¿Quién viene? —preguntó Dizatl apretando en su mano la larga lanza.

—Un humilde servidor que busca un poco de alimento y agua para este marchito cuerpo —contestó con voz cansada—. ¿Qué hace un grupo tan numeroso en el interior de un sacbé?

El anciano se acercó pero ninguno de los guerreros águila bajó sus armas. Una mancha roja y peluda brincó con rapidez hasta los hombros de Iztacoyotl, tomó su manzana que estaba a punto de morder y regresó al anciano para ocultarse a su espalda.

—¡Por Xibalbá! —exclamó sorprendido el guerrero mientras Dizatl y Etnatzin retrocedían con sus lanzas para ensartar al anciano­—. ¿Qué es lo que viene contigo?

—Es solo mi osomatli, mono aullador de las selvas sureñas —el mono salió de la espalda del anciano y se sentó sobre su hombro. Su pelaje era rojo como el atardecer y su cola se agitaba alegremente debido a lo delicioso de la manzana que masticaba sin importarle las miradas de los guerreros. Dizatl y Etnatzin se relajaron—. Perdone los malos modales de mi acompañante gran guerrero.

—No se preocupe anciano ¿qué hace aquí? —Iztacoyotl levantó una bolsa de piel para ofrecerle agua mientras Ayauhtli le entregó más fruta y masa condimentada con chile.

—Vengo de las tierras lejanas del sur, más al sur de lo que muchos han ido. Pero en el trayecto me enteré que un grupo de bravos guerreros han partido de su reino —levantó su rostro donde las arrugas surcaban en todas direcciones y al instante notaron que el anciano estaba ciego, sus ojos mostraban la tela blanca de la ceguera—, para conseguir una de las piedras sagradas de K’uh. Quiero unirme a ellos porque puedo serles de utilidad.

—¿En qué podrías ayudar anciano? —preguntó Ayauhtli—. Disculpa si soy descortés pero eres ciego y en lugar de ayudar solo atrasarías el andar de los guerreros.

—Mi nombre es Koli —el anciano sonrió e hizo una reverencia hacia ellos; el mono se sujetó y continuó masticando como si nada ocurriera—, soy un tlamatini que desea ser testigo en esta guerra contra los hombres. Mi sabiduría y conocimiento de los dioses puede ser útil para aquellos que solo están preparados para combatir.

”No necesito de ojos pues aprendí a observar con mi corazón y mente. Mi osomatli me guía en los caminos salvajes y me avisa de los peligros que me rodean.

El anciano bebió y comió con tranquilidad mientras las miradas de los guerreros lo observaban. El mono se acercó a tomar más fruta e Iztacoyotl rompió el silencio:

Debemos seguir. No sabemos que tan largo sea este sacbé y no creo que nuestras provisiones duren por mucho tiempo. Eres bienvenido a unirte al grupo Koli pero te advierto que los oscuros nos seguirán e intentaran devorar nuestra carne.

El anciano asintió y el grupo avanzó en esa eterna y silenciosa noche.

—¿Qué es un tlamatini? —preguntó el joven Yaoyotl a Cuitlachtli, el Caballero Pardo en voz baja—. ¿Es como un hombre sagrado?

—Es un sabio —contestó el gigante mientras continuaban caminando—, un erudito de los dioses y de todas las cosas. Algunos se apegan a un reino y se convierten en sacerdotes. Hay otros que su libertad es lo más importante y cambian de lugar como los vientos de los mares.

La desesperación comenzó a menguar la mente de los guerreros después de tres o más horas de caminata. Sin paisaje alrededor y bajo un silencio absoluto la angustia de no alcanzar el final y permanecer ahí encerrados comenzó a devorar sus pensamientos.

Paciencia señores —mencionó en voz alta el anciano, como si escuchara lo que el resto sentía—. No tardaremos mucho en dar con la salida.

Una hora después una luz cálida, diferente a la emitida por el camino, brilló al frente de ellos.

—¡Mira! El cristal. Hemos llegado al final del sacbé. —Ayauhtli gritó alegre.

Salieron por un hueco como la entrada o salida de una cueva y sobre ellos el cristal azulado brillaba con intensidad. La luz del día los cegó por un breve momento hasta que lograron observar el desértico paisaje que se extendía por todos lados. El suelo arenoso era cubierto por arbustos espinosos en algunas partes mientras que en otras rocas rojizas y anaranjadas brotaban del suelo.

Sorprendidos notaron que detrás de la entrada al sacbé solo había aire, cuando esperaban encontrar una roca o un cerro como era natural.

—Bienvenidos a la tierra de Agaf, uno de los reinos del norte —indicó Koli y el mono aulló gravemente—. Mi osomatli le canta a Tonatiuh agradeciendo su calor y su iluminación.

—Ese mono me pone nervioso —dijo Etnatzin—. Si vuelve a aullar le cortaré la cabeza.

—Calma tu lengua guerrero —ordenó Dizatl y colocó varias piedras en el suelo en línea hacia el cristal mágico—. Si debemos regresar por el mismo camino he marcado la posición del sacbé para identificarlo fácilmente.

—Es bueno anticiparse Caballero Águila —dijo el anciano—, pero también es bueno recordar que los dioses y los demonios dispondrán de nuestro camino y no sabemos cómo ni cuándo ni por dónde hemos de regresar.

—Ahí está la ciudadela de Agaf —señaló Cipactli a la silueta oscura que danzaba a causa del calor que rebotaba del suelo—. Por la posición del sol es mediodía. Si apresuramos el paso podremos llegar antes del anochecer.

—Buena idea cocodrilo —mencionó Mitli—. No quiero permanecer en campo abierto rodeado de los oscuros.

El calor era sofocante y la arena hirviente se introdujo en las sandalias de los guerreros. Yaoyotl quien corría a lado de Cuitlachtli volteó para ver como el cristal poco a poco perdió el brillo hasta desaparecer por completo al igual que la entrada al sacbé.

Avanzaron introduciéndose entre los arbustos y las pequeñas cimas de arena desconociendo el estado de la ciudadela. Lo único que sabían respecto a este reino lejano era que estaba inhabitado desde hacía mucho tiempo.

Otra probada del libro siguiente de la saga.

El autor

miércoles, 23 de febrero de 2011

Nieve y Mar – La leyenda maya de K’uh Capitulo I

jaguar

LOS REINOS DEL SUR

El guerrero jaguar se detuvo sobre la pequeña pradera, aquella que separaba la espesa selva Qutzin de las murallas del sur de Lytz. Por el extremo opuesto de la selva las olas azules del gran océano bañaban sus costas doradas y su extensión se prolongaba por varios días perdiéndose en el horizonte.

Jaguar, pensó, había sido nombrado directamente como tal por el rey Yoltzi pero había carecido de ceremonia como en antaño se realizaba y no era de extrañarse, la mayoría de sumos sacerdotes fallecieron en la batalla contra las fuerzas del Mictlán en el mejor de los casos; o en el peor los convirtieron en Waay, esos seres de aspecto putrefacto y de corazón envenenado que obedecían sin chistar a los poderosos Hunhan.

No le importaba. El nombramiento de Guerrero Jaguar lo recibió al limpiar el territorio sureño del imperio de ladrones y asesinos que se aprovechaban del temor de sus habitantes a algún contraataque de las horribles bestias del Mictlán; llegaron atraídos por los rumores que recorrían los pueblos del imperio del abandono y debilidad de los reinos del sur. Con un puñado de hombres recorrió selva, ríos, costas y praderas cazando a cientos de ellos hasta eliminarlos por completo.

Pero los rumores eran ciertos. Familias enteras se alejaban buscando refugio más allá de las selvas del sur entre las tribus crecientes gracias a estas forzadas migraciones.

Un hombre de vientre abultado y de brazos anchos acompañado de su mujer y cinco niños regordetes se detuvo al reconocer al guerrero. Sudaba profusamente al arrastrar una tabla cargada de herramientas con las cuales trabajaba la piel para crear hermosas prendas que conseguía vender a muy buen precio.

—¿Quieres que me lleve a tu familia? —preguntó mientras se limpiaba torpemente con un paño sucio parte del rostro.

—No Tlaquet, no es necesario —observó las capas de piel, los pocos utensilios de cocina de la señora esposa y los toscos juguetes que se abultaban entre las herramientas de trabajo—. Así que es en serio, dejas tu hogar y por todo aquello que has luchado.

—No es por gusto jaguar. El negocio va de mal a peor. No tengo clientes. Todos se van a causa de lo infértil de la tierra y el mar —señaló el mar azulado que reflejaba los destellos dorados del sol—. Ni siquiera los peces se acercan al reino por temor a que los seres de la oscuridad los atrapen.

—Estoy seguro que los dioses no nos dejaran a nuestra suerte. Sé que es difícil pero esta es nuestra tierra, nuestro reino.

—No más Ayauhtli, no para nosotros —levantó los dos palos que tiraban de la tabla y comenzó a jalar—. Nos vamos al sur, hacia la nueva ciudad llamada Tikal por si deseas alcanzarnos.

Los vio alejarse notando que no eran los únicos. Más familias se habían organizado para avanzar juntos entre la selva y así protegerse mutuamente de los ladrones y asesinos de los caminos sureños. Eran demasiados, pensó, y con ellos se iba una parte de la gran ciudadela de Lytz.

Continuó con su camino y observó la gruesa muralla gris de piedra y mortero que protegía a la ciudadela, y al bajar su mirada notó el cambio de color de la hierba; debido a la entrada de la estación invernal cambiaba de verde a un color más pardo pero veinte pasos más allá el negro devoraba tanto los matorrales como las rocas que descansaban sobre el suelo. Su mirada se endureció al recordar lo que, a pesar de su corta edad, aún mantenía vivo en su mente.

Escuchó el sonido de decenas de caracoles marinos, era la señal de alarma de la ciudadela. Su padre salió de inmediato de su hogar para conocer lo que sucedía. Un guerrero se detuvo frente a él y le informó a detalle el porqué del sonido que aún se escuchaba. El niño observó a incontables guerreros jaguar, tigre, águila y de más diferentes clases recorrer las calles en varias direcciones con armas en mano.

¡Un gran ejército viene en camino! —fueron las palabras de su padre y sin pensarlo cambió sus ropas por su atuendo militar y partió siguiendo a un grupo de guerreros que se dirigían a la muralla norte.

Las calles de la ciudadela subían con una ligera pendiente al entrar por el portón del sur, se entrelazaban entre sí y terminaban en la plazoleta de adoración con sus tres pirámides: la más alta, con matices rojizos y dorados, dedicada a la adoración a Tonatiuh, el dios sol, El luminoso, El que alumbra.

La mediana con piedra azulada dedicada a Tlaloc, el dios de la lluvia, El que hace brotar a las cosas, El licor de la tierra; y la más pequeña pero no menos importante, de piedra blanca con matices grises a Coyolxauhqui, la diosa luna, Cascabeles de oro.

A un lado el palacio del rey Yoltzi, lugar de donde la mayor parte de caracoles emitía ese sonido grave y poderoso brotaban decenas de guerreros prestos para el combate.

El menor siguió a su padre y el asombro lo detuvo de golpe. Cientos, tal vez miles de guerreros forraban la pradera que rodeaba la muralla norte por fuera de la ciudadela. Alineados ordenadamente cada grupo de élite mostraba su estandarte de plumas multicolores para indicar su casa de guerra. Una quietud nerviosa imperaba en el ejército similar a la tranquilidad que se percibe antes de la tormenta.

Frente a la muralla de la ciudadela de Gatz, otro ejército, con sus propios estandartes esperaba las órdenes de sus generales. Centenares de niños se acercaban a los jóvenes instructores de la escuela militar para ofrecerse como Tamemes y Ayauhtli imitó su ejemplo.

Uno de los jóvenes impartió instrucciones al grupo en donde Ayauhtli se había unido:

—Su trabajo consiste en auxiliar a los heridos —gritó para hacerse escuchar entre sus vocecillas—; arrastrarlo entre varios de ustedes ante los médicos o rosearle cal si está muerto. Llevaran agua a los sedientos y regresaran por más. —hizo una pequeña pausa de silencio para enfatizar lo siguiente:

—Es importante que no se acerquen a las formaciones enemigas pues caerán ante el filo de sus macuahuitl y es probable que muchos de ustedes no vean el sol del día siguiente, pero por sus acciones Tonatiuh los recibirá con sus brazos abiertos.

Los guerreros intercambiaban su posición por el resto del día impacientes ante la espera prolongada y antes de que el sol se ocultara entre las colinas una neblina densa y blanca coronó las partes altas para acercarse al frente del ejército imperial.

Escuchó los murmullos de los guerreros que pasaban frente a él preguntándose por la presencia de los reyes de Lytz y Gatz pero ambos permanecían encerrados, tal vez esperando el ataque o planeando la defensa.

—¡Una tortuga de gran tamaño brotó del mar! —escuchó por detrás de él.

—¡Pide hablar con los reyes! —escuchó más allá.

Creyó que su corazón luchaba por salir de su pecho pero el estruendo de los tambores de guerra era lo que provocaba esa sensación. Inclusive los pies vibraban y las piedras saltaban. Los guerreros que los golpeaban permanecían al frente del ejército pero sus compañeros y él mismo no alcanzaban a ver a los adversarios.

La neblina detuvo su avance, permaneció en su lugar como si del ejército enemigo se tratara. No se equivocó. Cientos de extraños seres, aquellos que solo en las peores pesadillas aparecen, brotaron de la neblina cual plaga de langostas arrasando a su paso a guerreros y Tamemes. Cabezas, brazos, torsos y piernas caían en todas direcciones como si de insectos insignificantes se trataran.

Abruptamente interrumpió sus recuerdos al percibir el sabor salado de sus propias lágrimas.

Entró a la ciudadela. Al pasar por su puerta los guardias inclinaron sus cabezas en señal de respeto ante su posición militar. Antes de alcanzar la delgada calle que lo conducía a su casa un grupo de guardias imperiales, los protectores personales del rey, lo invitaron a seguirlos pues era solicitada su presencia.

Mientras los habitantes plebeyos y nobles por igual huían en busca de un mejor establecimiento, decenas de guerreros, mercenarios, inclusive asesinos recorrían las calles rumbo al centro, cerca de la pirámide del dios del sol.

Al pasar por ahí, sobre una piedra ancha y circular con relieves de antiguas batallas, pintada en colores rojo y naranja se enfrentaban entre ellos para demostrar su valentía, habilidad y fuerza ante Tonatiuh. Ayauhtli sonrió al recordar los dos torneos anteriores donde tuvo la oportunidad de mostrarles al rey y a su familia lo aprendido con su padre. Ya fuera con macahuitl, tepoztopilli y huitzauhqui vencía a sus oponentes convirtiéndose en campeón de los reinos del sur. Pero ahora no había participado pues sus deberes como Tlacateccatl o general del ejército del sur le mantenían ocupado todo el tiempo.

Un guerrero vestido con piel de lagarto y con casco de cocodrilo de fauces abiertas luchaba con un tepoztopilli o gran lanza con filos de obsidiana en la punta, contra cinco guerreros águila.

Más adelante un guerrero muy joven disparaba con un atlatl o estólica, un arma impulsadora, varios venablos o dardos de madera que se clavaban en bolsas de cuero llenas de agua que pendían de cuerdas en movimiento y no fallaba ni una sola vez.

El atlatl era una corta, delgada y estrecha plataforma creada de madera flexible y correosa que se sujetaba de unos agujeros con los dedos de la mano y en su parte superior se colocaba un venablo.

Otro guerrero corpulento y tan alto que los espectadores gritaban al mismo tiempo “Hach Nohoch”, gigante, sujetaba un huitzauhqui o mazo equiparable a su tamaño. Sus oponentes volaban por los aires si se atrevían a atacarlo. Su casco era la cabeza de un lobo de pelo blanco y largo.

Por todos lados se escuchaban los gritos de gloria o derrota, se olía el pulque o atoli que se ofrecía a los espectadores mezclado con la carne de pavo o pollo y el del nopal a las brasas.

Llegó al palacio deteniendose en la cámara principal. Un anciano de aspecto recio y de músculos fuertes miraba el horizonte a través de una amplia ventana.

—Los dos reinos del norte —mencionó—, aniquilados. Los dos reinos del centro sufrieron el mismo destino. Los únicos que tuvieron la oportunidad de preparar su defensa fuimos nosotros, los dos reinos del sur, Gatz y Lytz. Gracias a los diez elegidos por las piedras sagradas de Maktly derrotamos a esa maléfica fuerza.

Bajó su mirada y observó al guerrero como si apenas notara su presencia.

—¡Mi querido Ayauhtli! Tengo algo muy importante que pedirte.

Caminó hacia una explanada y él lo siguió, en ella recibía la visita de otros patriarcas y emisarios de tierras y reinos lejanos. Se apreciaba la extensión del reino de Lytz y se observaba la muralla oeste del reino de Gatz. Diez guardias custodiaban las orillas para no permitir el paso a cualquier curioso aunque no fuera necesario, las calles permanecían desiertas y el ritmo del reino se había extinguido casi al punto del abandono. Ayauhtli inclinó su cabeza.

—Querido rey Yoltzi, pídeme lo que sea y así se hará.

—¿Observas el paisaje? Desde aquí podemos ver las viejas murallas que nos defendieron y las pequeñas casas ahora tristes y opacas de lo que alguna vez fue un gran reino —expresión que brotó con tono melancólico—. Es lamentable decir que la maldad ha infectado esta tierra; es cuestión de tiempo de que afecte nuestros corazones. Gracias a la protección de los dioses hemos permanecido sin más ataques pero se ha debilitado con el paso de los años. Si permanecemos mucho más tiempo aquí o seremos atacados, o nosotros mismos nos consumiremos.

—¿Esa es la razón del movimiento de nuestras casas? —señaló Ayauhtli las pequeñas casas que se amontonaban una tras otra hasta desvanecerse en las murallas que las protegían. Desde hacía varios años el suelo se sacudía violentamente provocando que los pocos habitantes salieran de sus casas asustados y temerosos.

—Es la última muestra del terrible poder de esos seres oscuros. Este lugar está maldito, no podemos quedarnos aquí; he ordenado que todos los habitantes de Gatz y de Lytz sean evacuados al séptimo reino, al reino de Yolihuani.

—Pocos conocen su ubicación gran rey ¿Necesita que supervise yo mismo la protección de los habitantes durante su partida?

—Sígueme —indicó el rey y entraron a una pequeña habitación sin ventanas que permanecía iluminada con las tenues luces de varias antorchas. Los reflejos multicolores del dibujo de una serpiente alada, representando al dios Quetzalcoatl, llamó la atención del guerrero—. Aquí podemos hablar libremente. En esta dura época desconfío hasta de mi propia sombra.

Se inclinó devotamente ante la imagen del dios y su rostro se endureció.

—Tengo una petición especial querido amigo. Mientras los habitantes de estos reinos huyen a la isla sagrada tu buscaras una piedra de K’uh que yace escondida en las tierras lejanas de Aztapiltic.

El guerrero abrió sus ojos, sin creer lo que había mencionado el rey.

—¿Por una de las piedras sagradas? ¿Aquellas que crearon a los guerreros más poderosos capaces de derrotar a los Hunhan?

—La piedra permanece escondida en Aztapiltic, la tierra blanca que se extiende hacia el horizonte.

Los dos permanecieron en silencio, momento que necesitó Ayauhtli para digerir la petición de su monarca.

—Sin falta encontraré y traeré la piedra hasta aquí. Eso quiere decir que ni tú ni tus hombres dejaran estas tierras.

—Me quedaré con mi guardia personal.

Ayauhtli asintió y cuando se disponía a retirarse el rey lo detuvo con su brazo.

—No te preocupes por tu familia, serán los primeros en partir; pediré la ayuda de los dioses para que te cuiden y protejan durante tu viaje. Además, tengo algunos obsequios que te serán de utilidad —del centro de la habitación tomó una bolsita de cuero—. Toma, en el interior hay un valioso líquido, basta una sola gota para subir la temperatura de tu cuerpo pues el frío es tan poderoso que congela tu carne y tus huesos en un abrir y cerrar de ojos.

Después de entregárselo levantó una bolsa de mayor tamaño hecha de piel y llena de flechas junto con un arco largo y delgado.

—Lo único que puedo decirte es de que se trata de un arma. Letal, rápida y de uso sencillo.

Por ultimó, el rey le pidió su macuahuitl y vertió un líquido verduzco sobre el arma, que al contacto sus filos brillaron con intensidad hasta desvanecerse por completo.

—¡Listo! Podrás herir a tus enemigos mortalmente. Ahora ve y despídete de aquellos que amas, te esperaré aquí mismo esta noche para que cumplas tu cometido.

El guerrero se retiró no sin antes notar lo cansado y preocupado que se veía el rey. Los años no pasaban en vano. La carga de dirigir y proteger ambos reinos del sur lo estaba acabando literalmente.

El rey, a su vez, examinó a aquel que había sido solicitado para esta empresa por el mismo dios Quetzalcoatl. Era un hombre de estatura media pero de complexión fuerte; sus músculos se marcaban en los hombros, brazos y pecho; sus piernas eran anchas gracias a sus extensas carreras como mensajero, posición que gozaba de ejecutar aunque no fuera su responsabilidad. Cubría su pecho y su espalda con su Ichcahuipilli, armadura de algodón acolchado de uno o dos dedos de espesor resistente a golpes y a tiros de piedras y flechas, dejando al descubierto ambos brazos. Un calzón de algodón se ajustaba en su entrepierna mostrando sus muslos desnudos y calzaba un par de sandalias de resistente cuero. Su Ehuatl o túnica larga que únicamente los nobles podían usar, ondeaba con suavidad al caminar y en cada movimiento incrementaba su tonalidad escarlata. Una delgada tira de cabello negro caía de la parte alta de su cabeza hacia su nuca; el resto, se mantenía corto, casi tocando el cráneo presentando un estatus alto delante de sus compañeros.

Bajó por una calle que bordeaba las tres pirámides, el mercado y la plaza principal, ahora sin vendedores, sin compradores, sin niños corriendo para ver las novedades de tierras lejanas, sin adoradores que se acercaran a observar los rituales del día. Dos, tal vez cinco personas caminaban aprovechando la luz del sol para comprar en uno de los pocos puestos de frutas, vegetales y carnes en el mercado; ningún sacerdote se observaba en las pirámides, con sus cabellos enmarañados y sucios, con costras de sangre añeja de los sacrificios a los dioses, con sus ropajes roídos y sus uñas largas; solo grupos de guardias caminaban en las calles despejadas para ofrecer un poco de paz en esos críticos tiempos.

Entró a su hogar y saludó con cariño a un menor de cinco años para después besar a su amada esposa.

—Ayauhtli, han estado aquí mensajeros del rey y nos han comentado que nos llevarán a otro reino en donde podremos rehacer nuestras vidas ¿es cierto eso? ¿Estaremos mejor?

Sonrió para calmarla y comentó mientras cargaba en sus brazos a su hijo:

—Sí Xochiyetl, nos llevarán al reino de Yolihuani en donde los seres oscuros no podrán entrar ni acercarse a nosotros. Yo los alcanzaré mas tarde, tengo una misión para el rey que debo emprender pero al final nos encontraremos ahí.

Los tres se abrazaron con cariño, el resto del día lo dedicó para disfrutar a su familia. Poco antes de que el sol se ocultara un grupo numeroso de guardias tocaron a la puerta de su hogar, venían a llevarse a su esposa y a su hijo rumbo a la costa para partir hacia el séptimo reino.

Regresó al palacio y un hombre de edad avanzada permanecía de pie, en silencio, a un lado del rey. De hombros anchos y cuello como el de un toro levantaba una gran sombra sobre el guerrero. El color moreno de su tez denotaba que era un hombre acostumbrado a trabajar bajo el sol abrasador del verano. Carecía de cabello y utilizaba como adorno una delgada banda de algodón de color naranja sujetada alrededor de su frente. En el enorme pectoral mostraba una cicatriz grande y profunda causada probablemente por un mazo o un cuchillo.

Es un viejo amigo —indicó el rey—, su nombre es Iztacoyotl. Quiero que te acompañe en tu viaje pues sé que será de gran ayuda en esta peligrosa aventura.

—Como usted ordene mi señor. —contestó Ayauhtli al mismo tiempo que inclinaba su cabeza en señal de saludo y respeto al desconocido guerrero.

Iztacoyotl, apenas perceptiblemente contestó con un leve movimiento de sus ojos.

—Además, el combate del día de hoy nos ha dado excelentes frutos. Estos guerreros también te acompañarán en tu viaje —señaló a sus espaldas y el hombre gigante del gran mazo inclinó su cabeza, el hombre con su armadura de cocodrilo también lo hizo y el hábil jovencillo con el atlatl los imitó; los tres aún vestían sus armaduras—, al igual que tres de mis mejores guardias imperiales.

Tres guerreros imponentes de armadura de cuero oscuro con cascos de águila como lo indicaba su calmecac o casa real, con largas lanzas, macahuitl y mazos sujetaban cada uno de ellos hermosos chimallis o escudos con largas plumas amarillas, azules y rojas que pendían suavemente de sus orillas, y al centro, un águila bordada con hilos dorados y verdes mantenía sus garras abiertas casi capturando a su presa.

—Los guerreros águila defenderemos tu vida con nuestra sangre. —mencionó el de más edad.

El rey portaba sus ropas de combate y permanecía rodeado de varios guardias cubiertos por túnicas de color esmeralda.

—¡Síganme! —ordenó.

Lo siguieron a través de un pasillo bastante largo y estrecho donde las llamas chisporrotearon a causa de las viejas telarañas que inundaban todo el espacio. Llegaron a la parte trasera del palacio y se detuvieron al frente de una puertezuela pequeña de madera, de apariencia olvidada. La abrieron y un grupo de guerreros armados con sus macuahuitl y escudos los esperaban con impaciencia; los guardias entonces regresaron al palacio y el rey avanzó por las calles abandonadas deteniéndose en la muralla del lado norte.

—Utilizamos este camino para que nadie pudiera vernos. —les indicó con su mano otra pequeña puerta.

La luz de la luna iluminaba su rostro y las siluetas de los guerreros que los acompañaban.

—Antes de proseguir —mencionó—, te explicaré Ayauhtli el camino que deberás seguir.

Los guerreros encendieron varias antorchas y uno de ellos abrió la puerta, espiaba sigilosamente a través de ella. El rey lo observó y prosiguió con las indicaciones que ambos tendrían que seguir.

—Debes encontrarla antes de que lo hagan nuestros enemigos, no tardarán mucho en saber en dónde esta escondida. Si ellos la toman… sería caótico para todo ser viviente. Tenemos que evitarlo y la única forma es tenerla bajo nuestra custodia ¿Comprendes?

El guerrero asintió y reconoció lo importante de su misión.

—Cuando ambos reinos estén evacuados por completo —continuó el rey—, un grupo de alebrijes y guerreros Cuachicqueh llegarán al reino para esperar tu regreso y escoltarte hasta Yolihuani.

El guardia giró su cabeza.

—La piedra esta brillando señor. —mencionó.

—Te llevaremos al sacbé sagrado que te guiará a las ruinas del reino de Agaf. Ahí deberás dirigirte a la muralla del extremo norte, en donde otra puerta igual a ésta te conducirá al segundo sacbé sagrado, éste a su vez te conducirá a las tierras de los Taai. Su rey es amigo mío y le entregaras esto —de su capa tomó un delgado cilindro blanco, tan blanco que brillaba en la oscuridad—. Al verlo, él sabrá lo que tiene que hacer.

—Eso, lo que voy a recoger, ¿se encuentra en la tierra de los Taai? —preguntó Ayauhtli.

—No lo sé guerrero. Mi conocimiento llega hasta su tierra.

 

Autor: Ian J Keller

Continuara….

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