viernes, 25 de febrero de 2011

Nieve y Mar – La leyenda Maya de K’uh Capitulo II

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Antes de salir por la puerta el rey miró fijamente los ojos de Ayauhtli mencionándole:

—En lo que llegan al sacbé los defenderemos de los guerreros del Mictnál. Les deseo un buen viaje y que logren su cometido.

Abrió la puerta de par en par y un aire helado pasó a través de ellos provocándoles escalofríos. El rey les entregó mantos ligeros como la seda de color esmeralda y les pidió que se cubrieran con ellos. Él y sus hombres colocaron sobre sus ropas la extraña manta.

—Fueron de gran ayuda en la última batalla, gracias a ellos puedes ver a esas criaturas que se ocultan en la oscuridad.

El aire agitó los mantos verdes y uno a uno salieron al campo abierto, del otro lado de la muralla. Cien metros más adelante una piedra de color azul flotaba en el aire y brillaba con tal intensidad que se podía distinguir desde lejos. El rey señaló el distante brillo con su macahuitl.

—¡Esa es la entrada al sacbé! Ese cristal indica el punto de inicio del camino sagrado y en cada sacbé encontrarás una similar; cuando brille con intensidad podrán entrar sin ningún problema, de lo contrario jamás podrán encontrarlo.

La luna iluminó el campo que los rodeaba, Ayauhtli notó la negrura de la hierba y de las rocas. El viento sopló con más fuerza y los guerreros se dispersaron rodeando al rey. Las pisadas se escuchaban al golpear las pequeñas piedras sueltas y al aplastar la hierba seca. Avanzaron con cautela, en completo silencio; Ayauhtli sentía el recorrido de varias gotas de sudor por su espalda; un dolor comenzó a crecer en el interior de su estomago, eran los nervios provocados por el miedo.

A la mitad del camino el guerrero que dirigía al grupo levantó su brazo y todos se detuvieron al instante. Un terrible frío acarició la piel y hasta los huesos de los hombres, y se escuchó el silbido que emitía el contacto del aire con las rocas.

—¡Manténganse alertas! Esos seres oscuros deben estar cerca, ya olieron nuestra carne y para ellos el banquete esta servido. —indicó el rey.

Ayauhtli apretó sus parpados obligando a sus ojos a enfocarse a la densa oscuridad pero no alcanzó a ver ningún movimiento sospechoso. Una nube recorrió el cielo y ocultó por completo a la luna.

Uno de los hombres que se encontraba a su lado intentó levantar su macahuitl pero algo de gran tamaño sujetó su brazo y lo levantó del suelo; gritó pidiendo auxilio, pero antes de que cualquiera de sus compañeros alcanzara a ayudarlo algo lo despedazó en cuestión de segundos.

La nube se desplazó y la luna brilló de nueva cuenta iluminando todo el campo. Poco a poco, Ayauhtli pudo distinguir una silueta que se movía en su dirección mientras que dos guerreros ya se encontraban luchando en contra de la silueta que había destrozado a su compañero. Ojos de gran tamaño y de color blanco lo miraban sin parpadear; por debajo colmillos de igual tamaño mostraban su rabia hacia el guerrero y su deseo de destrozarlo.

La silueta avanzó a paso veloz e Iztacoyotl más los tres guardias imperiales ya sostenían sus tepoztopilli de forma amenazadora mientras el resto cuidaba la retaguardia.

El rey les gritó señalando el cristal brillante mientras tres de sus guerreros atacaron a la silueta haciéndola retroceder.

—¡Vamos! el sacbé permanecerá abierto por poco tiempo. —dijo.

Cerca del cristal Ayauhtli volteó para mirar atrás de ellos y los guerreros luchaban con bravura y valor en contra de varias sombras que apenas las podía distinguir desde donde se encontraba. Uno de ellos que se alejó del grupo había caído de bruces sobre la hierba negra y algo sujetó su tobillo jalándolo hacia la densa oscuridad. A lo lejos escucharon su grito de desesperación y el crujir de sus huesos pero el resto continuaron lanzando golpes con su macahuitl, defendiendo el paso hacia el sacbé y protegiendo a su rey.

El rey Yoltzi estaba rodeado por sus guerreros y giró su cabeza hacia ellos.

—¡Les deseo un buen viaje! Encuéntrenla y tráiganla de regreso. Los estaremos esperando. —se alejaron hacia la muralla por la cual habían llegado hasta ahí.

Ayauhtli observó el cristal azul y percibió que su brillo se extinguía cada vez más, apretó el paso y apareció un camino blanco que se distinguía sobre el entorno oscuro.

—¡Corran! Se cerrará la entrada del sacbé. —gritó.

Iztacoyotl fue el primero que entró seguido por los tres guardias imperiales. Los tres campeones se encontraban a lado de Ayauhtli cuando el cristal apagó su brillo azul y una oscuridad completa se cerró tras de ellos, dejándolos en completa soledad. Una luz blanca apareció obligándolos a levantar sus brazos para cubrir sus ojos, una voz grave y femenina se escuchó a su alrededor como si se encontraran en el interior de una cueva.

—¿Quién se atreve a usar uno de mis sacbés?

Se les puso la piel erizada al escucharla y con esfuerzo Ayauhtli abrió sus ojos. Una mujer anciana flotaba en el aire, una manta gris y roída cubría su huesudo cuerpo; sus cabellos grises y blancos estaban tan erizados que apuntaban en todas direcciones dándole un aspecto tétrico. Sus ojos blancos los observaba sin pestañear y una lengua larga brotaba de su boca.

—Somos guerreros del reino del sur y te suplico que nos dejes entrar. —mencionó Ayauhtli con temor en sus palabras.

Dos criaturas de la oscuridad se acercaron a la entrada y estiraron sus brazos para alcanzar al jovencillo. De inmediato la anciana voló con gran rapidez y sujetó los brazos con sus largos cabellos arrancándolos de un solo tirón. Las criaturas gimieron y se retiraron. Giró y observó al grupo de guerreros.

—Mi nombre es Tlacotzontli, protectora de los caminos. Si ustedes son enemigos de los seres de la oscuridad entonces son mis amigos. Continúen con mi bendición.

La anciana se desvaneció y la luz blanca se extinguió.

Ayauhtli miró alrededor suyo y notó que las estrellas y la luna ya no brillaban por encima de su cabeza. A los lados la oscuridad era tan profunda que no se distinguía nada a través de ella. El suelo de color blanco brillaba en un tono fluorescente e iluminaba todo el largo camino que tenía por delante. Todos los guerreros sostenían sus armas con nerviosismo y miraban hacia los extremos temiendo que alguna horrible y sanguinaria criatura que los acechaba ocultándose en esa negrura espesa podría brincar sobre ellos en cualquier momento.

Caminaron con lentitud durante una hora y Ayauhtli se detuvo.

—¿Escuchan eso? —preguntó y el resto disminuyó el paso—. No se escucha nada, ni un grillo, la caída de una hoja, el movimiento de una rama o el silbido del aire. Es como estar en el interior de un cuarto con paredes gruesas capaces de detener cualquier sonido.

Estamos aislados del exterior —contestó Iztacoyotl tranquilamente—, no se percibe ni calor ni frío. La diosa Tlacotzontli nos protegerá mientras nos encontremos en el interior del sacbé.

Los guerreros se relajaron y guardaron sus armas excepto por el mayor de los guardias.

—Los guerreros águila siempre estamos al tanto de lo que nos rodea y somos prestos para defender y proteger al prójimo —dijo al remover su casco de águila—. Mi nombre es Dizatl, comandante de la casa real.

Una vieja cicatriz le recorría la mejilla derecha y su cabello negro con hebras blancas cayó sobre sus hombros.

—Yo soy Cipactli —se presentó el guerrero con armadura de cocodrilo mientras se removía el casco, mostrando un rostro delgado y bien parecido con una larga cabellera negra al igual que sus grandes ojos—, represento al clan del cocodrilo de los pantanos de Tlapachtli. Es un honor para mí y mi pueblo el acompañarlos en esta sagrada misión.

—Mi nombre es Cuitlachtli —se quitó la enorme cabeza de lobo blanco y su cabellera casi era igual de blanca que su casco—. Caballero Pardo del imperio antiguo. Mi experiencia y mi fuerza la pongo a su disposición para vencer a las huestes de la oscuridad.

—Yo soy Etnatzin —indicó uno de los guerreros águila, de cuerpo delgado y fibroso pero de mirada nerviosa—. Sigo las órdenes de Dizatl.

—Mitli a sus órdenes —sonrió un joven recién egresado del calmecac de las águilas mofándose de lo estirado de su compañero—, claro, con el consentimiento de mi comandante el señor Dizatl.

—Yaoyotl —por fin habló el más joven de todos—, ese es mi nombre y soy del reino de Kin Pech, aliado de los reinos del sur. Nunca había visto el poder de los dioses y mucho menos a uno de ellos, la diosa Tlacotzontli me ha impresionado pero… ¿Qué es eso?

Un camino blanco, tal y como el que sus pies pisaba crecía a lo lejos entre la oscuridad y se unió a su camino. Aquellos que se habían inclinado a tomar algún fruto de sus pertenencias o agua se levantaron sosteniendo sus armas para defenderse ante lo que fuera.

—Tranquilos —indicó Iztacoyotl al tiempo que mordía una manzana—. Sea lo que sea no nos hará daño. Estamos protegidos en el interior del sacbé.

Lentamente caminaba un anciano encorvado hacia ellos. La túnica que cubría por completo su cuerpo era gris y desgastada. Su cabello blanco como el suelo del sacbé le llegaba a la cintura y se apoyaba en un grueso bastón de madera con incrustaciones de obsidiana.

—¿Quién viene? —preguntó Dizatl apretando en su mano la larga lanza.

—Un humilde servidor que busca un poco de alimento y agua para este marchito cuerpo —contestó con voz cansada—. ¿Qué hace un grupo tan numeroso en el interior de un sacbé?

El anciano se acercó pero ninguno de los guerreros águila bajó sus armas. Una mancha roja y peluda brincó con rapidez hasta los hombros de Iztacoyotl, tomó su manzana que estaba a punto de morder y regresó al anciano para ocultarse a su espalda.

—¡Por Xibalbá! —exclamó sorprendido el guerrero mientras Dizatl y Etnatzin retrocedían con sus lanzas para ensartar al anciano­—. ¿Qué es lo que viene contigo?

—Es solo mi osomatli, mono aullador de las selvas sureñas —el mono salió de la espalda del anciano y se sentó sobre su hombro. Su pelaje era rojo como el atardecer y su cola se agitaba alegremente debido a lo delicioso de la manzana que masticaba sin importarle las miradas de los guerreros. Dizatl y Etnatzin se relajaron—. Perdone los malos modales de mi acompañante gran guerrero.

—No se preocupe anciano ¿qué hace aquí? —Iztacoyotl levantó una bolsa de piel para ofrecerle agua mientras Ayauhtli le entregó más fruta y masa condimentada con chile.

—Vengo de las tierras lejanas del sur, más al sur de lo que muchos han ido. Pero en el trayecto me enteré que un grupo de bravos guerreros han partido de su reino —levantó su rostro donde las arrugas surcaban en todas direcciones y al instante notaron que el anciano estaba ciego, sus ojos mostraban la tela blanca de la ceguera—, para conseguir una de las piedras sagradas de K’uh. Quiero unirme a ellos porque puedo serles de utilidad.

—¿En qué podrías ayudar anciano? —preguntó Ayauhtli—. Disculpa si soy descortés pero eres ciego y en lugar de ayudar solo atrasarías el andar de los guerreros.

—Mi nombre es Koli —el anciano sonrió e hizo una reverencia hacia ellos; el mono se sujetó y continuó masticando como si nada ocurriera—, soy un tlamatini que desea ser testigo en esta guerra contra los hombres. Mi sabiduría y conocimiento de los dioses puede ser útil para aquellos que solo están preparados para combatir.

”No necesito de ojos pues aprendí a observar con mi corazón y mente. Mi osomatli me guía en los caminos salvajes y me avisa de los peligros que me rodean.

El anciano bebió y comió con tranquilidad mientras las miradas de los guerreros lo observaban. El mono se acercó a tomar más fruta e Iztacoyotl rompió el silencio:

Debemos seguir. No sabemos que tan largo sea este sacbé y no creo que nuestras provisiones duren por mucho tiempo. Eres bienvenido a unirte al grupo Koli pero te advierto que los oscuros nos seguirán e intentaran devorar nuestra carne.

El anciano asintió y el grupo avanzó en esa eterna y silenciosa noche.

—¿Qué es un tlamatini? —preguntó el joven Yaoyotl a Cuitlachtli, el Caballero Pardo en voz baja—. ¿Es como un hombre sagrado?

—Es un sabio —contestó el gigante mientras continuaban caminando—, un erudito de los dioses y de todas las cosas. Algunos se apegan a un reino y se convierten en sacerdotes. Hay otros que su libertad es lo más importante y cambian de lugar como los vientos de los mares.

La desesperación comenzó a menguar la mente de los guerreros después de tres o más horas de caminata. Sin paisaje alrededor y bajo un silencio absoluto la angustia de no alcanzar el final y permanecer ahí encerrados comenzó a devorar sus pensamientos.

Paciencia señores —mencionó en voz alta el anciano, como si escuchara lo que el resto sentía—. No tardaremos mucho en dar con la salida.

Una hora después una luz cálida, diferente a la emitida por el camino, brilló al frente de ellos.

—¡Mira! El cristal. Hemos llegado al final del sacbé. —Ayauhtli gritó alegre.

Salieron por un hueco como la entrada o salida de una cueva y sobre ellos el cristal azulado brillaba con intensidad. La luz del día los cegó por un breve momento hasta que lograron observar el desértico paisaje que se extendía por todos lados. El suelo arenoso era cubierto por arbustos espinosos en algunas partes mientras que en otras rocas rojizas y anaranjadas brotaban del suelo.

Sorprendidos notaron que detrás de la entrada al sacbé solo había aire, cuando esperaban encontrar una roca o un cerro como era natural.

—Bienvenidos a la tierra de Agaf, uno de los reinos del norte —indicó Koli y el mono aulló gravemente—. Mi osomatli le canta a Tonatiuh agradeciendo su calor y su iluminación.

—Ese mono me pone nervioso —dijo Etnatzin—. Si vuelve a aullar le cortaré la cabeza.

—Calma tu lengua guerrero —ordenó Dizatl y colocó varias piedras en el suelo en línea hacia el cristal mágico—. Si debemos regresar por el mismo camino he marcado la posición del sacbé para identificarlo fácilmente.

—Es bueno anticiparse Caballero Águila —dijo el anciano—, pero también es bueno recordar que los dioses y los demonios dispondrán de nuestro camino y no sabemos cómo ni cuándo ni por dónde hemos de regresar.

—Ahí está la ciudadela de Agaf —señaló Cipactli a la silueta oscura que danzaba a causa del calor que rebotaba del suelo—. Por la posición del sol es mediodía. Si apresuramos el paso podremos llegar antes del anochecer.

—Buena idea cocodrilo —mencionó Mitli—. No quiero permanecer en campo abierto rodeado de los oscuros.

El calor era sofocante y la arena hirviente se introdujo en las sandalias de los guerreros. Yaoyotl quien corría a lado de Cuitlachtli volteó para ver como el cristal poco a poco perdió el brillo hasta desaparecer por completo al igual que la entrada al sacbé.

Avanzaron introduciéndose entre los arbustos y las pequeñas cimas de arena desconociendo el estado de la ciudadela. Lo único que sabían respecto a este reino lejano era que estaba inhabitado desde hacía mucho tiempo.

Otra probada del libro siguiente de la saga.

El autor

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