viernes, 11 de marzo de 2016

Clima extraño


Qué tal el cambio del clima en México. Marzo, cuando pensábamos que había quedado atrás los fríos y de pronto tan solo en dos días cambió. No, no fueron dos días, fue menos que eso pero lo suficiente para dejar el volcán de Toluca cubierto de nieve. Comenzó con una tormenta por la madrugada del primer día y unos truenos que hacían vibrar los cimientos de la casa. Eso fue lo que me despertó. Luego, el rugido del viento y los golpeteos de las lonas de algunos vecinos no me dejaron dormir.

Al día siguiente el aire fue extremo, como nunca. En las noticias videos de grandes espectaculares cayendo sobre autos, avenidas y calles. Árboles tirados en las aceras, aquí una foto cerca de mi casa:


Por fin hoy viernes se calma. Hace frío pero no te congela el aire. Espero que el sol poco a poco caliente el pavimento regresando el clima a la normalidad. Normalidad ¿qué es normal?

Yo soy chilango. Nací en la ciudad de México, ahí crecí y viví mi infancia hasta la adolescencia. Tenía un primo que vivía en la ciudad de Toluca y era costumbre visitarlo de vez en cuando por toda la familia. Al decir toda hablo de abuelos, tíos, primos, mis papás, mis hermanas y yo. Honestamente detestaba ir a Toluca. No me gustaba. No era por la familia, mi tía y mi tío son muy agradables y atentos; a mi primo se le vota la ardilla pero siempre nos llevamos muy bien. Era el frío, nunca me calentaba y no podía salir de la casa. Así lo recuerdo. Enchamarrado, con bufanda. La casa de mis tíos fría hasta su madre. La parte más agradable era de la mañana hasta medio día, que digamos no percibía tanto frío, pero eso sí, nunca me quitaba la chamarra. Recuerdo el aire helado que hasta me ponía las mejillas rojas y sentía como si llevara una máscara en el rostro. No es que me desagrade el frío pero en ese entonces y hablo cuando tenía unos 10 a 12 años, no lo toleraba.

Ya de grande nos mudamos a Toluca. Tal vez un par de años me tocó un frío como el antes descrito pero jamás después. Por las mañanas temprano es helado, no lo niego, pero tienes la seguridad que en cuanto el sol caliente el frío se va. El calor es agradable en el día, y cuando el sol se oculta el frío es soportable. Pero esos fríos, los de antaño, ya no son. Escribo de esto porque precisamente así se sintió en la semana con la tormenta que nos pegó.

Ahora sí entiendo lo del cambio climático y no es que antes no lo hiciera. Es como verlo claramente pasando ante tus ojos. Los aires de la ciudad de Pachuca, en Hidalgo, ahora en Toluca, en el Estado de México. Bueno, si estamos siendo testigos de todos estos cambios ¿Por qué no hacer algo al respecto?

En la empresa donde trabajo se encuentra dentro de un parque industrial gigantesco. Me sorprende las pocas empresas que tienen árboles en sus patios, estacionamientos y jardines. Hay pocas, y les aplaudo pero ¿qué pasa con el resto? No entiendo porque no poner en las banquetas, cada cinco metros, un árbol. Si vieran que nadie usa esas banquetas, la mayoría llega en carro, otros en autobús, y cuando ves a los peatones es durante la entrada y la salida de la jornada laboral. Entonces, ¿Por qué no llenar las calles de árboles?

Mi ventana de la oficina da a la calle. Antes, hace unos diez años un señor pasaba con su ganado de ovejas que llevaba a pastar a uno de los campos del parque. Nadie le decía nada y era genial ver a los animales pasar en la calle mientras yo trabajaba. También podía ver un enorme campo de futbol que le pertenecía a la empresa de plásticos que ya no está. Era su orgullo pues cada tres días veía como regaban el campo, lo podaban y lo limpiaban.

Ahora solo veo un muro de concreto de la nueva empresa que de inmediato construyó y devoró todo a su paso. ¿Hasta cuándo van a entender que necesitamos de los árboles? ¿Cuánto crees que gastarían las grandes empresas en sembrar todo el parque industrial?



Al menos yo sí pondré mi granito de arena. Pienso en un futuro cercano hacer mi azotea verde. Un lugar lleno de plantas, enredaderas y pequeños árboles para salir a leer un libro, tener una buena charla, escribir algo en el blog o simplemente respirar. Cuando este sueño se cumpla lo compartiré con ustedes. Mientras tanto, a calentarnos porque todavía hace frío.

jueves, 10 de marzo de 2016

Micro - Michael Crichton

Ahora me gustaría escribirles un poco acerca del último libro que leí, es el de Micro de Michael Crichton. ¿Cómo lo conseguí? Honestamente ni sabía que existía. Ya había leído algunos libros de este autor como Latitudes de Piratas y Parque Jurásico, y por esta razón, cuando me encontraba en una librería y me encontré el libro no dude en comprarlo.

Un libro muy fácil de leer. Prácticamente en una semana lo terminé. La trama es sencilla, diferente y como me gusta, que te lleve directo a la acción y termine con un buen sabor de boca.



¿De qué trata? Resulta que un grupo de siete investigadores, cada uno dedicado a un tema en específico y que más adelante será de mucha ayuda, son contactados por el CEO de Nanigen, una corporación internacional que está en busca de talentos. Los jóvenes aceptan viajar hasta Hawaii que es donde se encuentran los laboratorios de experimentación y cuando llegan, una serie de asesinatos y situaciones los obliga a observar la terrible verdad oculta de la empresa.

Traicionados, los jóvenes son reducidos en tamaño (micro) y antes de ser aplastados por el villano logran escapar en las junglas de investigación de la isla. Entonces, sus conocimientos son lo que les ayuda a sobrevivir: Rick, un etnobotánico que investiga el efecto nocivo de los arboles cuando se defienden de sus predadores; Peter, experto en venenos; Karen, arácnidos; Erika, experta en insectos con más especialidad en escarabajos; Amar, botánico; Jenny, estudiosa de las feromonas y en los cambios de las plantas, y por ultimo Danny, estudiante de la lingüística de la ciencia. Todos ellos se ven obligados a sobrevivir en las condiciones microscópicas salvajes de su entorno.



La forma en que describe el mundo microscópico, aquel que se aleja al simple ojo humano es increíble. Desde la terrible y peligrosa voracidad de las hormigas hasta el ataque de una araña, la búsqueda de un huésped de sus crías de una avispa, hasta el ataque de un cien pies y la cacería de un murciélago en vuelo, todo esto lo vives intensamente en la historia.

Tiene explicaciones científicas relacionadas a los insectos y a las plantas, es decir, es una historia con toques de ficción pero con bases científicas reales. Muy buen libro que de verdad se los recomiendo.
Cabe mencionar que ésta historia fue la última de este autor, falleció antes de terminarla y Richard Preston terminó la escritura en su honor.



Pregúntate ¿qué diferente serían las cosas si una hormiga fuera del tamaño de mi antebrazo? ¿Son tan peligrosos los insectos en esa escala si los vemos tan insignificantes? ¿Qué sucedería si una organización armamentista pudiera reducir el tamaño de naves controladas por humanos, incapaces de verse a simple vista, sin poderse escuchar y sin ser detectadas por radares? ¿Serías capaz de sobrevivir en un entorno tan salvaje reducido al tamaño de un alfiler?


En Junio del 2015 la compañía Dreamworks anunció sus planes para hacer la película de Micro desarrollada por Steven Spielberg.


viernes, 26 de febrero de 2016

Gregorio

Todo está bien.
Todo está bien.
Se repetía una y otra vez.
El automóvil se alejó dejándolo solo.
Ahí estaba, de pie, haciéndole frente. Sus paredes grisáceas y carcomidas aún resistían el embate del viento.
Sentía su mirada a través de las sucias ventanas como si le reclamara, como si le echara en cara tanto tiempo sin verlo. Las flores que escondían la puerta principal ahora solo mostraban sus tallos secos, muertos y gruesos.
La abrió y al entrar recordó aquello que tanto luchó por olvidar.
Aquella anciana que se mecía en su silla de descanso mientras tejía incansablemente. Mamá siempre le ordenaba que la besara.
El pánico lo hacía llorar.
Al besarla observó detrás de ella, escondido entre las sombras, el rostro de un hombre sin ojos con sus cuencas vacías y ensangrentadas que le sonreía.
Subió las escaleras. No vio a esos niños sin brazos que corrían por la casa y desaparecían al tocar el muro de la cocina, ni al perro destrozado que se arrastraba hacía él siguiéndolo en toda la casa y obligándolo a salir al jardín. Cuando intentaba explicarle a su padre lo de los niños, el perro y el rostro, un nudo en la garganta lo acallaba.
Todo seguía en su sitio, olvidado y polvoriento. Había valido la pena tanto dinero invertido en medicinas y doctores para detener las visiones, sus ruidos, sus voces.
La anciana, recostada sobre una enorme cama, sonrió al verlo mostrando sus encías sin dientes.
—Hola abuela. Lamento no visitarte antes pero tú sabes, la escuela y ahora el trabajo…
—No te disculpes Gregorio— la anciana estiró su brazo alcanzando la mano del joven—. Conozco tus verdaderos sentimientos. Ambos sabemos la razón.
—¿Las visiones? ¿Los horribles rostros que se asomaban de cada rincón de tu recamara? ¿Los lamentos que escuchaba en las noches y las conversaciones que parecía que salían de las grietas del suelo?
Las voces se escucharon, murmurando entre las cortinas de la habitación. Algo pequeño y con cuernos se asomó por un lado de la cama escondiéndose nuevamente.
—No tengas miedo hijo —la abuela apretó su mano—. Es un don. Lo que tú y yo tenemos es un don que no debemos rechazar. 
—¿Tú… los escuchas y los ves?
—Sí, igual que tú. Desde pequeña los he visto y ellos se dan cuenta de que tu mirada no está velada como la mayoría. Tus ojos ven más allá y tu mente capta lo que otros no pueden.
—¿Y si no quiero verlos ni oírlos?
—No podrás evitarlo. No de la forma como lo has hecho hasta ahora —la anciana abrió un cajón del buró y le mostró varias cajas de medicinas—. Esto solo las calma. Te hacer creer que son sueños, pesadillas pero sabes la verdad.
—¿Y qué debo hacer? ¿Encontrar tesoros para los rancheros? ¿Decirles a las personas por qué los asustan?
—Esas son leyendas urbanas hijo. No puedo explicártelo… es difícil de entender hasta que tú mismo lo experimentes —tosió con fuerza y bebió de un vaso con agua—. Necesito descansar. El padre Camilo te espera abajo, necesita de tu ayuda, no se la niegues.
La anciana cerró los ojos. Las sombras se agitaron entre las cortinas y detrás de los muebles. La cosa con cuernos salió debajo de la cama y se sentó entre las cobijas.
Retrocedió unos pasos, temeroso.
De piel verde y grandes ojos amarillos lo miraba fijamente. Cuernos largos como de chivo brotaban de su frente y sujetaba vacilante unas piedras negras en sus manitas.
“Es un placer conocer a aquel que se quedará en el lugar de Marta, la bruja de la sierra”. Escuchó en el interior de su mente. Sorprendido controló su miedo.
“No me quedaré en ningún lugar ni soy ningún brujo” pensó de inmediato.
“Aprendes rápido, serás muy bueno. No me digas nada”. El enano se escurrió entre las sabanas desapareciendo en las sombras. “Primero ayuda al sacerdote, ve con él. Ya después me dirás si no quieres este don”.
El cuarto quedó en calma. Bajó las escaleras y salió de ahí.
—¿Gregorio?
Se sobresaltó al escuchar su nombre. Un joven sacerdote vestido con su sotana negra y pulcra esperaba frente a la puerta principal.
—¿Quién me busca?
—Soy el Padre Camilo, de la parroquia de la Santa Trinidad. Necesito su ayuda.
—¿No es un poco extraño que un sacerdote acuda a un pagano que puede ver espíritus y demonios? ¿Por qué no le pide ayuda a su Dios?
—Claro que lo he hecho —el sacerdote se acercó a él—. He rezado noches y días enteros… es seguro que Dios tiene trabajo importante en otros lados. Necesito tu ayuda.
Gregorio observó la desesperación en la mirada del sacerdote. No, más bien angustia, miedo, terror.
—Iré con usted padre, aunque no tengo idea de qué hacer y cómo hacerlo.
—Eso mismo dijo su abuela —el sacerdote sonrió y abrió la puerta del automóvil que esperaba—, pero también dijo que usted sabría exactamente lo que tenía qué hacer.
Durante el trayecto, que duro poco más de treinta minutos, el sacerdote explicó el problema a Gregorio. Era en un convento, el convento de las Capulinas. Los sacerdotes, los vigilantes, nadie podía dormir. Sombras acechaban en cada esquina del convento. Demonios, decía él, diablos. Espíritus errantes salían cada noche para asustar a aquellos que descansaban en las habitaciones del convento. Las bellas flores que alegraban los jardines ahora estaban marchitas y los árboles morían lentamente.
El automóvil se detuvo frente a la entrada. Dos grandes portones se abrieron mostrando una gran extensión de jardín con fuentes de mármol y estatuas de piedra.
—Lo peor ocurrió en estos días —continuó el sacerdote—. Sabíamos que teníamos plaga de ratas. Siempre ha sido así y nunca fue preocupante. Un día todas ellas estaban muertas, cubriendo por completo el piso de la cocina. Encontramos otras tantas esparcidas en los jardines, en los cuartos y en las celdas de oración. Después siguieron los gatos, los perros, y las dos vacas que nos daban leche y los diez borregos que criábamos en la parte de atrás.
—¿Muertos?
—Todos los animales del convento.
Cuando bajaron del auto el sol comenzó a ocultarse. Varios sacerdotes, temerosos y apresurados, encendieron las luces de los jardines.
Entraron por una pequeña puerta seguida de un largo pasillo que terminaba en una oficina cálida tapizada de antiguos libros. Un hombre anciano, vestido de sotana roja les esperaba.
—Soy el padre Baldano, encargado de cuidar y proteger a este convento.
—Hola Padre, soy Gregorio y espero ayudarlos.
—¿Has visto algo? —preguntó el anciano levantándose de una sencilla silla —. ¿Has sentido la presencia del maligno?
—No padre. No he visto nada ni he sentido algo diferente.
—No estoy de acuerdo con el Padre Camilo en solicitar tu ayuda—caminó hasta la puerta. Tres sacerdotes le esperaban —. En cuanto termines retírate. No quiero que este lugar santo sea maldito por tu culpa.
Salió dejándolos solos.
—Discúlpalo —mencionó en voz baja el sacerdote—. Está grande y …
—¿Personas comunes entraban al convento?
—Antes, sí. Tenemos la tumba que guarda los restos del sacerdote Pablo que falleció hace veinte años. Lo canonizaron y creen que hace milagros. Desde hace un par de años, cuando inicio lo peor de… lo que está pasando cerramos las puertas temiendo que algo pudiera ocurrirle a los visitantes.
—¿Puedo dar un recorrido? De todas formas la única manera de ayudarlos es decirles lo que veo. Quisiera terminar cuanto antes y retirarme.
—Claro, yo mismo lo llevaré.
Caminaron en pasillos angostos que conducían a los diferentes dormitorios de los sacerdotes y a las amplias bóvedas de oración cubiertas de mármol negro y blanco; en los extensos jardines, en las fuentes y entre las estatuas. Nada. Ni una sombra, ni una voz, nada.
Al fondo del convento, por la salida sur que llevaba al pueblo de San Miguel del Barrio, una pequeña iglesia levantaba una extraña sombra entre las luces de las casas del pueblo.
—Esa es la parroquia de la Santa Trinidad —indicó el sacerdote Camilo—. Ahí celebramos las misas para el pueblo y es el santuario de la tumba del padre Pablo.
—¿Podemos revisar la parroquia?
Sin decir palabra avanzaron hacia la pequeña puerta de madera de la iglesia. Los recibió la amplia bóveda donde se celebraban las misas, con paredes tapizadas de santos y vírgenes, bancos de madera bien alineados para los asistentes y cientos de velas encendidas en el ala derecha de la misma.
—¿Qué tienen en esa ala? —preguntó Gregorio caminando hacia ahí.
—Es la tumba del padre. ¡Les he dicho miles de veces que apaguen las velas porque pueden provocar un incendio!
Se adelantó apresurado hasta la pequeña habitación. Las luces tintineantes de las velas bailaban en las paredes y sobre la tumba del sacerdote, que descansaba sobre una plancha alta y una gran e imponente estatua de una virgen tallada en granito, de pie ante ella, tocaba con sus manos la tapa de la cripta.
—Este lugar estaba repleto de visitantes —continuó el padre Camilo mientras apagaba el fuego de las velas—, dicen que tenía poderes curativos el tocar la piedra de la tumba. Incluso, hace poco, alguien comentó que sucedían milagros si le tomabas una foto.
Gregorio sacó su celular de su pantalón, activó el flash y tomó la fotografía. El rostro pacífico y hermoso de la mujer se transformó en algo horrible. La piel se le erizó y escuchó los gritos de una mujer.
—¿Qué ocurre? —preguntó el sacerdote —. Estás pálido.
Levantó el celular y tomó otra foto, iluminando con el flash el rostro de la mujer. Presionó el botón varias veces, mostrando a la estatua moviéndose, luchando por salir de la tumba, estirando sus brazos para alcanzarlo. Gritaba, gruñía y mostraba sus colmillos, amenazante. La luz blanca del celular siguió parpadeando y la mujer salió de la tumba alcanzándolo. El teléfono cayó al suelo.
—¡Ve por el padre Baldano! —indicó Gregorio con sus manos temblorosas —. Solo, necesito que venga solo.
El sacerdote Camilo así lo hizo y en pocos minutos regresó con él.
—¡Padre Baldano! —Gregorio empujó con fuerza la piedra de la tumba moviéndola lentamente y abriendo un hueco en su interior —. Alguien le ha buscado por mucho tiempo.
—¿Qué dices? ¿Qué ocurre aquí? —preguntó sorprendido el anciano.
Algo oscuro salió de la tumba. Algo terrible que gritó al ver al sacerdote. Eso, arrancó al anciano de su lugar arrastrándolo hacia la oscuridad de la cripta. El sacerdote gritó, luchó, arañó el suelo de mármol sin lograr asirse.
Gregorio levantó la cobija y se la entregó al padre Camilo, quien sollozando rezaba temerosamente de rodillas ante la tumba.
—¡Listo Padre! Ya no tendrán problemas en el convento.
En el camino de regreso a casa se sintió satisfecho. Sí, satisfecho consigo mismo y con su don.
Cuando el espíritu de la mujer lo alcanzó supo la verdad. Ese patético anciano Baldano había cortejado a una mujer y al verse desfavorecido de sus atenciones la forzó. Usando su autoridad del convento y la parroquia localizó a aquel que recibía todo el cariño que él quería. Lo molieron a palos, lo llevaron ante él y lo encerraron en una de las antiguas celdas subterráneas del convento. Amenazó a la mujer con la vida de su amado y ella cedió. El anciano cumplió su parte, por un tiempo, porque cuando se hartó de ella los encerró a ambos dejándolos morir de inanición. Nadie lo culparía por ese crimen.
El padre Pablo fue el único que se enteró de lo ocurrido y cada noche les llevó alimento y agua. Los mantuvo vivos durante muchos años, hasta el momento de su muerte. A partir de ahí el sufrimiento comenzó para ellos. Sin agua, sin comida, entre ratas e insectos murieron lentamente. Sus espíritus quedaron atrapados en el interior del convento, esperando el momento de cobrar venganza.

No pudo evitarlo. Les entregó al sacerdote. Ahora sabía que descansaban en paz. 
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