lunes, 28 de junio de 2010

La Bruja Maruja

Érase una vez, en el lejano reino de Ungbutu, una hermosa princesa nació y el reino celebró con entusiasmo este evento. Pero en el bosque encantado, dentro del olvidado y sucio palacio oscuro, la bruja Maruja gritaba y arrojaba piedras contra la pared debido a su enojo.


-¡No! Ahora que se acerca el momento de que yo me convierte en reina, no permitiré que una chiquilla me lo arrebate. ¡Jamás!. –gritaba la bruja.

Un ogro, de gran tamaño, con piel verde, enormes brazos y piernas escuchó las malvadas palabras de la bruja, y resentido ante el mal trato y los gritos de su ama, corrió hacia el interior del bosque encontrándose con un búho.

-¿Qué sucede Belofonte? –preguntó el búho al ver la cara de asustado del Ogro.

-Querido amigo, que he escuchado a la terrible bruja, y planea deshacerse de la pequeña princesita.

-Eso sería un crimen. Atacar una niña indefensa todo por ambición, es inconcebible –el búho estiró sus largas alas y antes de emprender el vuelo continuó-. Pero no te preocupes amigo, no estará sola. Yo me ocupare de su bienestar y tú distrae a la bruja.

El ogro corrió al interior del castillo, que era tan viejo que a cada pisada del enorme ogro, paredes, puertas y techo se venían abajo.

La bruja, con su varita mágica paralizó al Ogro con un hechizo.

-Te lo dije mil veces Belofonte. Tienes prohibido entrar al castillo. Mira lo que has hecho –señaló los montones de piedras y escombros que habían quedado sobre el suelo en el camino del ogro-. Lo que tienes de grande lo tienes de tonto. No vuelvas a entrar o te convertiré en un horrible sapo.

El ogro, con gran esfuerzo giró sus ojos y observo al búho volar a través de la ventana, a pesar de estar inmovilizado, sonrió al tener la esperanza de salvar a la pequeña princesita.

***

Diez años transcurrieron, y el reino desolado ante la repentina desaparición de la futura heredera al trono, se había acostumbrado a tan lamentable perdida. Por fortuna, los seres mágicos del bosque detuvieron la coronación de la horrible bruja para convertirse en reina desatando una larga y terrible guerra entre ella y los habitantes del bosque encantado.

Pero en una cabaña, lejos del castillo donde habitaba la bruja y del reino, la princesa había crecido, amada y bien cuidada por un anciano. La niña, Lucila, era feliz a pesar de tan humilde hogar, sobre todo porque el anciano Alberto le instruía en las artes de las letras, las matemáticas y la música.

En una tarde lluviosa, cuando Lucila observaba a través de la ventana la caída del agua sobre el verde paisaje, a lado de su inseparable perro Tomy, un búho se posó cerca de la rama del árbol más cercano. Con sus enormes ojos la observo y la princesa, sorprendida ante esplendido animal asomó su cabeza para verlo mejor.

El búho aleteó y voló entrando en la cabaña, se detuvo sobre la mesa y agitó sus alas eliminando el resto de agua.

-Mírame, completamente empapado. Al menos tu chimenea da un calor exquisito. –mencionó al colocarse frente al calido fuego.

-¿Puedes hablar? –preguntó la niña abriendo sus ojos con sorpresa.

-¡Claro que puedo hablar! No soy cualquier búho, soy Arnulfo, el cuidador del bosque encantado y gracias a la guerra contra la bruja Maruja me dicen el guerrero emplumado.

El perro se acercó agitando su cola de alegría mientras una gran cantidad de baba le escurría por el hocico.

-¡Tomy! Has cuidado a la princesa durante mi ausencia.

-Sip, he hecho lo mejoj que he pojdido.

La niña miró a su perro diciendo:

-¡Pero tu también!

-Clajo, yo también puedo hablaj, discúlpame poj mantenejlo en secjeto pejo si la bjuja se enteja de tu existencia entonces tendjíamos pjoblemas.

-Que extraño hablas. –dijo la niña.

-Habla extraño –contestó el búho al señalar la macha pegajosa de la baba de Tomy-, por la cantidad de baba que sale de su hocico.

-Y ¿a qué debemos tu visita, gjan guejjejo emplumado?

-Pues que la bruja se ha enterado de Lucila. En la última batalla capturo a Belofonte y le ha hecho hablar con una terrible magia, la cosquilluda.

-¡Pobje!

-Y ahora debemos huir, antes de que venga y atrape a la princesa.

-Un momento –interrumpió desconcertada la pequeña niña-, ¿de quién están hablando?

-De ti. –contestó el perro con un brote de baba espesa que cayo sobre el zapato izquierdo de la niña.

Acostumbrada a tanto babeo, limpió su zapato mientras continuaba:

-Yo no soy una princesa, y de todos modos, si así fuera, ¿qué ocurriría con mi padre? No puedo abandonarlo.

El búho, ya seco y calientito picoteó un pan que descansaba sobre la mesa.

-Mmmm… que rico pan… Querida princesa, desde el día que nos enteramos de que la terrible bruja Maruja quería destruirte, nosotros, los habitantes del bosque encantado decidimos protegerte a toda costa. Encontramos esta cabaña abandonada, y tu padre, el buen Alberto, es un elfo con cualidades anomórficas, que quiere decir, que toma la forma en lo que él desea.

-¿Mi padre es un elfo?

-Tu padje es un valejoso guejjejo –contestó el perro-. El mismo se ofjeció paja cuidajte y pjotejejte.

-Así es –el búho voló a la ventana-, en estos momentos se prepara un gran batallón en las raíces del árbol mágico para derrotar a la horrible bruja, Aquel que los comanda es el mismo Alberto.

-Esa bruja no le hará daño a mi padre, ni a Tomy. Iré con ustedes para ayudarlos a derrotar a esa malvada.

Y los tres, perro, búho y niña salieron de la casa en plena tormenta rumbo al árbol mágico, con la esperanza de derrotar a la horrible bruja Maruja.

***

Dentro del castillo oscuro, en una de sus mazmorras, un ogro yacía atado de pies y manos sobre una cama de madera. Se escuchó un ¡Pluf! Y la bruja apareció a su lado.

-¿Dónde esta esa niña? Dime o te convertiré en un renacuajo.

-¿La niña? –el ogro lloraba suplicando clemencia con su mirada-. Ya le dije en dónde está la princesa.

-Esa cabaña esta vacía –la bruja sacó su varita mágica de entre sus rancios ropajes grises-. Dime en dónde se oculta o te daré otra ración de cosquilludas.

-Ahí debe estar, en ese lugar la ocultamos. ¡Por favor! No lo haga.

***

Mientras tanto, la princesa, el perro y el búho llegaron por fin al gran árbol mágico. Un enorme árbol, tan grande que cien casas podrían ser construidas en su interior, se elevaba orgulloso cual coloso, a punto de alcanzar al sol.

Entre sus raíces, un ejército de miles de animales diferentes se preparaban para la guerra. Leones, lobos, gorilas, elefantes, pericos, gorriones, canguros y demás animales esperaban la orden de salida para guerrear contra la bruja Maruja.

Al frente y sobre una raíz tan gruesa como una serpiente, un hombrecillo verde y de aspecto arrugado, con sombrero de punta y pantaloncillos cortos repartía órdenes a uno y otro lado.

-¡Alberto! He traído a la princesa. –gritó el búho al posarse en una raíz.

-¿Cómo? Estamos en plena guerra y te atreves a poner en grave peligro a la princesa. –contestó el hombrecillo con su voz aguda.

-¿Padre? –preguntó la niña.

Se escucho un ¡Blam! y el hombrecillo se transformó al instante en el dulce ancianito que tanto había cuidado y protegido a la hermosa niña.

-Soy yo hija mía. Discúlpame por no decir la verdad, pero el futuro del reino depende de nuestro triunfo y de mantenerte fuera de las garras de la bruja Maruja.

La niña corrió a los brazos del anciano y lo abrazó amorosamente.

-No importa padre. Pelearé a tu lado y saldremos victoriosos de esta guerra.

Los animales, al ver a la dulce niña y al escuchar sus palabras, emitieron sus propios sonidos de alegría de acuerdo a su propia naturaleza.

Los lobos aullaron y los leones gruñeron. Los pericos y los gorriones cantaron y los búhos ulularon.

El anciano caminó tambaleante y en un abrir y cerrar de ojos cambió su forma en el hombrecillo verde.

-¡Por el reino! –gritó-. ¡Por la princesa Lucila!

Y todo el ejército avanzó saliendo a la luz del sol, alejándose entre los altos pinos y abetos del bosque encantado.

***

Un sonido ronco rebotó en las paredes grises y opacas del castillo oscuro. La bruja detuvo el tormento a Belofonte levantándose de inmediato y montada sobre su escoba voló hasta la parte más alta.

Al frente del castillo, un ejército de animales comandados por un hombrecillo verde se acercaba hacia ella amenazando su poderío.

-Varita, déjame ver de cerca aquella que esta lejos de mi vista. –mencionó y sus ojos se alargaron, cual telescopio observando al perro, al búho y a una dulce niñita caminando a lado del hombrecillo verde.

-Mira nada más. No es necesario encontrar su escondite pues la han traído hacia mí.

Una risa macabra se escuchó en el cielo y agitó su varita mientras decía:

-Tormentas y tempestades. Duendes y diablitos, vengan a mí para proteger mi castillo pues así como es mi casa la es de ustedes –el cielo se cubrió de nubes grises y negras-. Monstruos horribles que acechan en la noche para asustar a los niñitos, vengan a mi lado para pelear contra este ejército.

Los animales detuvieron el avance. Las nubes coronaban al castillo y los rayos golpeaban las largas y delgadas torres.

-¿Qué sucede? –preguntó la niña.

-Es la bjuja –contestó el perro-, segujamente esta convocando a su ejéjcito para que defiendan al castillo.

Al frente, entre el castillo y los animales, de la tierra brotaron cientos de calacas, de rostro feo y largos huesos, y éstos crujían al caminar. Detrás de los esqueletos, gnomos pequeños, gordos y con dientes que brotaban de sus bocas caminaban siguiéndolos.

Diablillos con largas colas, de piel roja y morada, con cuernitos sobre sus cabezas, caminaban jugueteando persiguiendo a los gnomos.

-Son muchos, ¿Qué vamos a hacer? –preguntó el búho.

-Tengo una idea. –dijo el hombrecillo verde.

Tomó un trapo blanco y lo ató a una vara ondeándolo sobre su cabeza. El ejército de la bruja Maruja detuvo su avance, y una calaca, un gnomo y un diablillo avanzaron al frente.

El hombrecillo se detuvo frente a ellos mostrándoles el trapo blanco en señal de paz.

-Señor esqueleto, señor gnomo y señor diablillo, no deseamos en lo más mínimo pelear con ustedes.

-Aléjense si no quieren sentir los golpes de nuestros huesos. –contestó la calaca.

-O las mordidas de nuestros dientes. –contestó el gnomo.

-O el baile de la cucaracha… -contestó el diablillo rascándose la cabeza-, es decir, no queremos que destruyan nuestro castillo.

-Queridos señores –dijo Alberto con una sonrisa en sus labios-, pero si nosotros no queremos destruir su castillo. Lo que deseamos, y es la razón de porqué estamos aquí es que esa bruja horrible y malvada se vaya a otro lugar y nos deje en paz –señaló el castillo de paredes oscuras-. Ese castillo también es importante para nosotros, es un monumento a la magia de nuestro bosque pero esa bruja lo ha descuidado. Sus paredes son viejas y no las ha pintado; los baños no funcionan y ni siquiera las velas encienden de tanta humedad que entra al llover.

El esqueleto, el gnomo y el diablillo giraron para observar su castillo. Tenía razón, estaba muy abandonado.

-Les prometo que nosotros cuidaremos su castillo y le daremos su mantenimiento. Sus paredes brillaran. No entrará la lluvia, ni las cucarachas.

-Eso se oye bien. –dijo el esqueleto.

-Es verdad que esta muy abandonado. –dijo el gnomo.

-Esa bruja Maruja –dijo el diablillo-, prometió que cuidaría nuestro castillo con tal de vivir ahí… y ahora que recuerdo ni la renta ha pagado.

El esqueleto, el gnomo y el diablillo inclinaron sus cabezas y su ejército se hizo a un lado.

-Tienen el paso libre. –dijo el esqueleto.

-Sáquenla de allí. –contestó el gnomo.

-Y le cobran la renta. –finalizó el diablillo.

La bruja, confiada de que sus esqueletos, gnomos y diablillos aplastarían a los animalitos, preparaba una taza de café mientras que con su varita atormentaba al pobre ogro simplemente por verlo sufrir.

-¡Alto bruja fea! –gritó el búho al sobrevolar cerca del techo de la mazmorra.

-No podjás detenejnos.- gritó el perro al mismo tiempo que ladraba y mostraba sus filosos colmillos.

Con un rápido movimiento de su varita, inmovilizó al perro, al búho y a la niña con el hombrecillo verde que se escondían cerca de la puerta.

-Ja, ja, ja… los tengo a todos. Seguramente mi ejército estará aplastando a sus animales en este momento.

Se acercó a la niña y agitando la varita dijo con sus ojos rojos:

-Por fin seré reina. Te destruiré pequeña niña y tu reino será mío.

Pero antes de lanzar un terrible hechizo, Belofonte, el gran ogro, destrozó sus amarres y se levantó gritando de triunfo. Sin darle tiempo a la bruja, con sus enormes manos la sujeto y de poderoso apretón, la varita se rompió, liberando de su hechizo al perro, al búho, al hombrecillo y a la princesa.

-¡Mi varita! Ogro bobo, has roto mi varita.

-Así es bruja mala. No podrás hacerle daño a nadie más.

Y la bruja, succionada por la maldad de la magia que había usado para torturar a las personas buenas, fue arrastrada al interior de un cofre negro. Éste se cerró y se selló para siempre.

Tanto los animales, como los esqueletos, los gnomos y los diablillos vivieron felices en el bosque encantado y en el castillo oscuro, que después de unos meses cambió de nombre por el castillo de la nieve, debido a la blancura de sus paredes.

La princesita reinó sobre sus súbditos con justicia y armonía, gracias a los sabios consejos de Alberto, la ayuda del búho Arnulfo y la excelente compañía del perro Tomy.

Relato solicitado por mi niño para la escuela, con títeres; espero le guste.

miércoles, 23 de junio de 2010

Hay que matar al dragón (Continuación de la gallina del tiempo)

El gallardo caballero y su joven y bella escudera caminaban quebrando los tallos secos bajo sus pies. Era un día caluroso de verano, y el sudor les perlaba la frente a ambos, la mierda de los perros se derretía sobre las aceras y los gorrillas buscaban la sombra de algún árbol o incluso una señal de tráfico si no eran muy afortunados.


Fue entonces cuando oyeron una conversación que llamó su atención y que parecía poder serles de interés, así que se acercaron a investigar.

La chica tendría unos quince años. Vestía unos pantalones vaqueros cortos y la parte de arriba del bikini. Llevaba una camiseta amarilla en la mano. Estaba charlando con su amigo, un chico de la misma edad con un bañador con flores, una mochila y gafas de sol.

-Pues a mí me parece que la entrada a Port Aventura era un poco cara, eso sí, el Dragón Khan daba mucho miedo, la verdad- dijo la chica con voz algo nasal.

-Yo creo que ese es el más grande que he visto, antes sólo había estado en Isla Mágica.

-Yo fui a uno que hay en Madrid pero me parece que… ¡Ahí va! ¿Has visto la pinta de esos?

Mientras se acercaban, Garrabutártulo se alisaba la ropa y le decía a Fuego Helado que hiciese lo propio.

-Ya verás qué cara cuando vean nuestro blasón y sepan con quién tienen el honor de hablar.- Exclamó el caballero con orgullo.

-Sí, seguro maestro, como las otras diecisiete veces.- susurró Fuego Helado viendo que la cara que ponían los dos jóvenes al verlos no era precisamente de admiración.

-Buenas, soy sir Garrabutártulo, y ella es Fuego Helado, mi fiel escudera.- Comenzó el caballero- No hemos podido evitar oír vuestra conversación y…

-¿Por qué vais vestidos con una túnica con un erizo dibujado?- Inquirió la chica del bikini.

-No es un erizo, es el zagloso sujetando la barra de pan, símbolo de…

-Déjalo, si da igual, maestro. Vamos al grano.- Dijo Fuego interrumpiendo al caballero.

-Está bien. El caso es que os hemos oído hablar del Dragón Khan, y como héroes de grandes batallas que somos, –mintió Garrabutártulo, carraspeando para ocultar la risa de su escudera- hemos decidido ir a matar a tan temible bestia.

Los chavales se miraron atónitos y echaron un vistazo a su alrededor buscando una cámara oculta.

-Básicamente, lo que quiere decir es que nos digáis dónde podemos encontrar al Dragón Khan y toda la información que tengáis sobre él.- Intervino la escudera.

El chaval, aún aturdido por lo absurdo de la situación empezó a balbucear algo ininteligible y fue la chica quien finalmente respondió.

-Pues verás, está en Port Aventura. Es enorme, de acero y de más de cuarenta metros de alto y va a ciento diez kilómetros por hora, o eso ponía en el folleto. A mí me dio miedo.

-Pues no temáis más, bella doncella, porque iremos a salvar a la villa de Port Aventura de la amenaza del dragón.- Exclamó el caballero y le hizo una seña a su escudera para ponerse en camino al tiempo que cogía el folleto de manos de la chica.

-¿Pero qué les pasaba a esos dos?- Preguntó el chico del bañador de flores mientras los veía alejarse.

-No lo sé, pero a ese tipo de gente es mejor seguirles el rollo, que si no te puedes buscar problemas.

Aunque se las habían arreglado para conseguir algo de dinero, ya empezaban a andar escasos de comida. Dicen que el hambre agudiza el ingenio, pero Garrabutártulo parecía ser la excepción a esa regla.

-Verás cuando matemos a ese dragón, Fuego. Nos vamos a hacer de oro. Nuestra reputación subirá, la gente de Port Aventura nos hará regalos y las chicas estarán locas por mí. Ah, y por ti también. Bueno, los chicos. Por ti los chicos, claro.

-¿Y no has pensado que a lo mejor puede ser peligroso? A lo mejor el dragón termina incluso haciéndoos daño. –Espetó con sarcasmo Fuego Helado.

Pero la valentía del caballero era directamente proporcional a la magnitud de la recompensa, y claro, matar a un dragón siempre tenía una gran recompensa, eso lo sabía todo el mundo.

-Una bestia vil y ruin que atemoriza a un pueblo lleno de gente dispuesta a agradecernos económicamente que la ayudemos no tiene nada que hacer contra nosotros.-Aseguró su maestro mientras contaban las pocas monedas que les quedaban.

Fuego suspiró y supo que no podía hacer nada por cambiar la decisión de su maestro, pues sabía lo terco que era.

Tomaron camino hacia el temible dragón guiándose por los carteles donde se veía el mismo pájaro rojo y azul que en el folleto que le habían quitado a la chica.

-Extraños seres habitan junto al dragón -comentó el guerrero.

No daban las cinco de la mañana cuando la pareja se presentó ante la puerta cerrada del parque. Se quedaron sorprendidos al encontrar allí a una vieja conocida.

-¡Esa es la gallina del tiempo! Eh, vamos a saludarla, maestro.- Exclamó Fuego entusiasmada dirigiéndose hacia ella.

-No sé si se acordará de nosotros…- dijo Garra al ver que la gallina los ignoraba.

Un fuerte olor a quemado invadió las fosas nasales de los dos aventureros. Justo sobre la valla comenzaba a formarse una extraña neblina que daría lugar a un paso temporal. Por supuesto nuestros protagonistas no tenían constancia de esto, y solo apreciaban un poco de bruma.

-¿Qué es eso?- Preguntó inquieta Fuego Helado, deteniéndose antes de llegar a darle un abrazo a la gallina.

-Tranquila, eso es por el calor, en los desiertos pasa mucho.

-No creo que pase de noche.

-Sí, de noche también.- Corrigió el caballero, empecinado en llevar la razón.

No se pudo continuar con la discusión pues del paso temporal (también llamado típica niebla producida por el calor) surgió el mismo mago de nariz de tucán que meses atrás había enviado a nuestros aventureros al centro de una rotonda valiéndose de la gallina de magia limitada pero recargable.

-¡Vos!-exclamó el caballero- artífice de nuestro destierro, bajad aquí si sois hombre.

El viejo, subido a la valla y manteniendo un equilibrio envidiable, soltó una carcajada.

-La próxima vez os lo pensáis mejor antes de berrear bajo mi ventana y ahora ¡soltad la pasta cabrones! Me habéis hecho venir hasta aquí para recuperarla. Debí acordarme antes de haberos enviado a este tiempo.

-Vaya hombre, ni cambiando de época le doy esquiva a ese hombre. Mira que tiene interés en que le devuelva los 30 escudos que me prestó…- se quejó Garrabutártulo con los brazos en la cintura.

-Te vas a reír, maestro, pero es que en su día yo le robé 600 a ese mismo hombre.- dijo la escudera disculpándose con una sonrisa.

-Estáis tardando.- apuró el hechicero.

-La culpa es suya- contestó Fuego Helado con enfado-. No habernos mandado al quinto tiempo. Esto es como todos los delitos, pasados unos años prescriben, y aquí ya han pasado siglos. Si quieres tu maldito dinero devuélvenos a nuestra época.

El hechicero chasqueó los de dos y de la nube de niebla, que cada vez se estaba haciendo más grande, surgió una gran cabeza reptiliana. Un rugido aterrador llenó la noche.

Un dragón de escamas color gris metalizado asomaba por el paso temporal, mirando con cara de pocos amigos (más bien ninguno) a nuestra singular pareja.

Los rápidos reflejos de Fuego Helado permitieron empujar a Garrabutártulo a un lado antes de que un chorro de llamas anaranjadas pudiese alcanzarlo. La escudera se agachó, recogió dos piedras de buen tamaño (en realidad una era una mierda de perro, pero no tenía tiempo para comprobaciones) y las lanzó una detrás de otra.

La dura y gris impactó en un ojo del dragón, que echó la cabeza hacia atrás en el espacio y, al atravesar de nuevo el túnel, también en el tiempo. La más blanda y de color marrón acertó al hechicero en plena cara, haciéndolo tambalearse y cayendo dentro de la neblina, que se disipó como si nunca hubiese existido.

¡Eh, mira!- dijo Fuego señalando con su mano izquierda mientras se limpiaba la derecha en la túnica de su maestro.

Parecía que al hechicero se le había caído un pequeño paquete al ser impactado por la hez en plena faz. Al abrirlo encontraron dos monedas, una lagartija muerta y seca, un dedo y una bolsita en la que se leía “maíz de recarga”.

Caballero y escudera se miraron sonriendo y miraron a la gallina que seguía junto a la valla. Se acercaron a ella mirándola con alegría. La gallina retrocedió mirándolos con recelo, aunque pronto se detuvo al ver que Fuego esparcía unos granos de maíz.

Si las gallinas pudiesen sonreír, ésta lo habría hecho. Cuando se los hubo acabado, Garrabutártulo consultó el pergamino con las instrucciones que conservaba desde que llegaron al siglo XXI y procedió a imitar a la gallina durante medio minuto. Justo cuando la gallina empezaba a divertirse al ver que podía hacer que el humano hiciese lo que ella quisiera, pasó el medio minuto y una luz brillante los llevó atrás en el tiempo.

Aparecieron en un lugar parecido al baño de un piso de estudiantes: húmedo y maloliente. Estaba tan oscuro que no podían ver nada. Las paredes parecían blandas al tacto.

-Maestro, podemos abrirnos paso a base de espada para salir, que para ser guerreros la usamos más bien poco.-sugirió la joven.

Y así lo hicieron. El proceso tardó algo más de lo que esperaban, ya que cada golpe de espada hacía que todo se moviese y ellos perdiesen el equilibrio, pero al final acabaron saliendo. Al volver la vista atrás vieron el cadáver del dragón con la tripa abierta y los fluidos derramándose.

-¿Ves como podíamos acabar con el dragón?- dijo el caballero con alegría sin terminar de creérselo.

-Ha sido pura suerte, si no hubiésemos sido transportados dentro…

-Bah, suerte o no, yo voy a buscar la recompensa.

-Yo creo que no va a haber recompensa, maestro.-explicó Fuego- casi mejor buscamos dónde bañarnos.

-¡cococ!- añadió la gallina, mirando con ojos tiernos el saquito de maíz que aún colgaba del cinto de Fuego Helado.


Autores: Garra y Fuego.

lunes, 21 de junio de 2010

La gallina del tiempo (Maestro-Padawan II)

Su víctima vestía una cota de mallas y de su cintura colgaba una espada, pero eso a ella no le preocupaba. En su mano tenía una jarra de vino. Era la séptima que lo veía beber esa noche, lo que anulaba las posibles ventajas de la espada. La bolsa de dinero parecía resplandecer con luz propia, llena a rebosar y colgando de su cintura. Una presa fácil, pensó la ladrona.


La Almeja Psicópata era un tugurio poco agradable para cualquier ser vivo excepto para el moho, las cucarachas y demás invitados no deseados, pero todos los días se llenaba de almas en pena, hombres que no tenían donde caerse muertos. De hecho, en más de una ocasión alguno acudió allí a morir. Encontrar dinero en ese lugar era como encontrar un cura en el desfile del orgullo gay, casi casi tan raro como encontrar una mujer que se dejase tocar por menos de diez monedas de cobre.

Ella no cobraba, pero tampoco se dejaba tocar. Avanzó sigilosamente hasta la mesa del joven caballero con la reluciente bolsa. Extrajo una pequeña cuchilla de apenas dos centímetros y la escondió en la palma de la mano. Cortó el cinturón del joven sin que éste pudiese darse cuenta. Una bolsa de dinero cayó. Habría producido un sonoro tintinear de monedas audible en todo el local de no ser por una ágil mano que agarró la bolsa al vuelo. Perfecto. Abandonó el local con una sonrisa en los labios.

Dos callejones más abajo se encontró con el hombre al que acababa de robar, apoyado en un portal, rascándose la barba y con una sonrisa burlona. ¿Cómo era posible? Miró a la joven de arriba abajo parándose donde él veía más conveniente. La chica era realmente guapa y tenía una preciosa melena castaña y rizada. El pantalón se le cayó y él se apresuró a subírselo. Le hizo un gesto a la chica para que esperase, y con una aguja y un poco de hilo comenzó a remendar el cinturón que ella había cortado. La joven puso los ojos en blanco y suspiró. El hombre no habló hasta que no hubo terminado de coser.

-Vaya, señorita, veo que ha encontrado mi bolsa. ¿Sería tan amable de devolvérmela?

La joven sonrió, metió una mano en la bolsa y con un rápido movimiento, lanzó un puñado de monedas a la cara del sonriente individuo. Éste se tapó la cara con un brazo y, en ese momento, la chica le embistió derribándolo con su hombro.

Una vez en el suelo, patada en las costillas. Así se lo habían enseñado y así lo hizo ella.

El hombre estaba encogido en el suelo y parecía no tener ganas de seguir reclamando su dinero, así que la chica se dio media vuelta y comenzó a caminar.

Al doblar la esquina volvió a encontrárselo. Aún se frotaba las doloridas costillas. Un mendigo que dormitaba en la calle levantó la cabeza para observar la escena. La joven metió la mano en su escote y sacó una daga.

-Vaya, esto se pone interesante- dijo él.

-Déjame ir u os dolerá algo más que las costillas. Vuestro dinero no vale tanto- Amenazó la ladrona.

-Debo advertiros de que soy un caballero, el famoso ser Garrabutártulo.

-Garra… ¿qué?

La cara de la chica desconcertó al caballero. La risa del mendigo también desconcertó al caballero que lo amenazó con la espada. El mendigo se levantó y se fue murmurando algo sobre el nombre más estúpido que había oído jamás.

-¿No me conoces?- dijo Garrabutártulo incrédulo mientras señalaba el blasón que tenía en el pecho: un Zagloso agarrando una barra de pan.

-Nadie os conoce, salvo los que se ríen de vos en la Almeja Psicópata- dijo una voz desconocida- Hacedme el favor y callaos ya. ¿Os creéis que éstas son horas de dar voces? La gente normal intenta dormir.

El caballero y la joven ladrona miraron hacia arriba y vieron a un hombre asomado a la ventana de una torre. Tenía una barba que pensaron que podía dar cobijo a un par de ratas –y no iban tan mal encaminados- y una nariz que podría haber pasado por el pico de un tucán, no sólo por el tamaño, sino porque era de un malsano color amarillo. Llevaba un sombrero gris terminado en punta con más parches que una película de piratas. Al ver que no se iban cambió el tono.

-¡Ahora mismo os vais de aquí o sus vais a enterar! ¡Os voy a sacar los ojos y me voy a mear en los agujeros para que os escueza!

-Esas no son formas de hablar delante de una dama- dijo Garrabutártulo.

-¡Pero si os acaba de robar!

-¡Eh, eh, pero eso no significa que no sea una dama!- replicó la chica.

-¡A que subimos y os hacemos callar, vejestorio!- dijo el caballero.

-Ya está. ¡Me tenéis hasta los mismísimos cojones!- El hombre desapareció para luego volver a asomarse por la ventana con una gallina en las manos- Os arrepentiréis de haber molestado a un hechicero.

Dejó caer la gallina que aleteó hasta llegar al suelo. Entonces cacareó, comenzó a brillar y Garrabutártulo y la ladrona fueron cegados.

Cuando pudieron ver de nuevo, estaban en el centro de un jardín circular al que unos extraños carros sin caballos daban vueltas.

-Pues sí que se lo ha tomado mal, ¿no?

-Un poco. –respondió la joven.

-Cococ- cacareó la gallina.

El aire olía a humo y los dos miraron confundidos a su alrededor.

-Oye, ¿vos sabéis donde nos encontramos?-preguntó la joven apoyándose en un poste metálico con un cartel blanco con una barra roja diagonal que decía Argamasilla de Alba.

-Ni idea, pero no os preocupéis, yo os devolveré sana y salva a vuestra tierra. El caballero del zagloso y la barra de pan siempre ayuda a una doncella. Vos sois...

-Llamadme Fuego Helado- contesto encogiéndose de hombros.

Mientras Fuego se presentaba, la gallina sintió algo que nunca antes había sentido, algo nuevo para ella. Había comenzado a sentir una misteriosa curiosidad hacia los carros metálicos que no paraban de pasar rodeando el jardín circular para después seguir su camino. Era un comportamiento extraño para los ojos de la gallina, ¿por qué no seguir en línea recta? Decidió ir ella misma a averiguarlo. No le mandes a un humano lo que puede hacer una gallina.

Un gran estrépito distrajo a la pareja de su discusión lingüística. Cuando se giraron para mirar, los extraños carros habían chocado entre si y la asustada gallina corría a refugiarse al otro lado del camino.

-¡La gallina! -exclamó la joven- se escapa.

-Dejadla, seguro que es más feliz donde quiera que vaya.....

-Si, y una mierda, y después el chiflado del hechicero se cabrea porque le habemos perdido la gallina.

-Le hemos.

-¿Qué?

La gallina se metió en un callejón y se coló por una ventana.

-¡No!... ahora sí que nos es imposible recuperarla. Joven dama, mucho me temo que ya esté fuera de nuestro alcance.

-Fuera de vuestro alcance puede, caballero, pero yo no tengo un honor que cuidar- sonrió aupándose en el marco de la ventana.

El caballero la sujetó por la pierna.

-No os permitiré que sigáis mancillando vuestro honor de forma semejante.

La joven puso los ojos en blanco, ni que su honor no estuviese mancillado ya bastante. ¿Qué importaba un poco más?

-Cuando volvamos a nuestro tiempo, os llevaré por el buen camino. ¡Os doy mi palabra de caballero!

Mientras tanto la gallina había comenzado a sentir curiosidad nuevamente, esta vez por un par de manos que se sujetaban a la ventana por la que acababa de entrar. Decidió probar a picotear.

-¡ah!-la ladrona grito mientras caía encima del caballero.

La curiosa gallina los miraba desde el alfeizar. Si las gallinas pudiesen reír, ésta lo habría estado haciendo sin duda.

Algo llamó la atención de Fuego Helado. Había algo bajo el ala de la gallina.

-¿Qué es esto? – Dijo mientras alargaba la mano y lo cogía –parece un trozo de pergamino.

- Déjame verlo

Garrabutártulo lo leyó con detenimiento.

Instrucciones de la gallina del tiempo:

Para viajar en el tiempo, diga una fecha en voz alta, imite el cacareo de una gallina y déle algo de comer a la gallina. Si la gallina cacarea y empieza a brillar es que su petición ha sido aceptada. Todo el que esté en un radio de dos metros viajará a la fecha solicitada.

Para volver al tiempo de partida, debe imitar a una gallina durante medio minuto.

- ¡Estamos en otro tiempo! Bueno, volver parece fácil- dijo Fuego, mientras leía por encima del hombro de Garrabutártulo.

- De acuerdo, ¿estás lista?

- Sí, adelante.

Garrabutártulo se agachó, puso sus manos en las axilas y comenzó a mover los brazos hacia delante y hacia atrás mientras cacareaba. A los treinta segundos la gallina cacareó, comenzó a resplandecer hasta deslumbrarlos… y puso un huevo.

Fuego se frotó el mentón y cruzó los brazos. Garrabutártulo se rascó la cabeza intentando averiguar qué había salido mal.

El huevo se abrió por la mitad dejando ver otro trozo de pergamino. La ladrona se agachó y lo recogió.

Ha agotado todos sus viajes en el tiempo. Por favor, recargue su gallina en la torre de hechicería más cercana.

-Bueno –dijo el caballero encogiéndose de hombros y recogiendo la gallina- éste mundo no está tan mal, ¿no? Os dije que os llevaría por el buen camino así que os haré mi escudera. Lo primero es conseguiros una túnica que lleve nuestro blasón.

Fuego resopló, puso los ojos en blanco y echó a andar detrás de su nuevo maestro. No le quedaba otra.

Autores: Garra y Fuego

miércoles, 16 de junio de 2010

Un día comun

Era un día cualquiera. Frustrante, pensó al dirigirse a su acostumbrado trabajo. Ya ahí, cerró la puerta de su laboratorio y cubrió la luz externa con las gruesas cortinas de los enormes ventanales. Tantos estudios, tantas pruebas y sobre todo, esa ilusión de descubrir algo nuevo.


-Vaya, he realizado miles de pruebas y no he encontrado nada digno para recibir el premio nobel. -indicó cansado en su sentir el buen Wherter.

Había realizado pruebas en plantas para volverlas fluorescentes. Árboles artificiales que según había escuchado hablar de ellos en un post dentro de un agradable foro llamado "Fantasía Épica".

Pero ningún resultado le arrojaba algo tangible, simples y vanos datos. Ese día, resuelto a hacerlo diferente, a romper con la dura rutina, había pasado por un café al Starbucks y lo saboreaba con mucha emoción; algo que rompía con las reglas de la universidad.

Sonó el teléfono y contestó, alguien pedía algunos datos de unos resultados obtenidos por una petición del alto mando.

Colgó y giró para tomar su café, pero su brazo golpeó el vaso. Al caer, tocó un botellón de gran tamaño y giró golpeando más cosas y éstas a su vez golpearon a más artífices variados que descansaban sobre la mesa, cual efecto domino.

Intentó sujetar los objetos pero al recargarse sobre la mesa, se le vino encima. Swuashhhhh, se escuchó.

Se levantó un poco mareado y batido en cientos, o tal vez miles de diferentes líquidos, algunos espesos, otros ligeros, con diferentes aromas, unos apestosos y otros aromatizantes.

-Puaghhh, mira lo que he hecho, todo por un buen café.

Se quitó su bata de laboratorista y recogió el tiradero.

El día continuó y al final, algo cansado y mareado, partió rumbo a su casa.

Caminó, tal y como lo hacía desde hace más de diez años. Escuchó los gritos de auxilio de una mujer.

Temeroso, observó en una calleja estrecha y oscura como dos sujetos amagaban a una bella jovencilla.

De dónde brotó el valor, nunca lo supo pero se adelantó hacia los delincuentes y frente a ellos gritó:

-Yo soy Wherter y no permitiré que le hagan daño a esa bella mujer.

Los hombres, riendo a carcajadas lo rodearon. Uno se detuvo frente a él mostrando un gran cuchillo, y el otro se detuvo a su espalda, con pistola en mano.

La mujer lloriqueaba y el miedo no le permitía correr.

Wherter estiró el brazo para empujar al delincuente del cuchillo, el cual, salió disparado con tanta fuerza que se perdió al fondo del callejón.

El otro disparó, la luz que arrojó el arma iluminó el rostro de la mujer pero Wherter giró y golpeó de lleno la cara del criminal, quien voló de igual forma como el primero.

-Parece ser que falló -indicó mientras sostenía a la mujer para llevársela de ahí-. No se preocupe, usted está a salvo.

Caminaron hacia la avenida y al salir a la luz de los faroles, un brillo metálico destelló en su espalda. La bala sí había atinado, solo que algo en su cuerpo y en su mente había cambiado.

martes, 15 de junio de 2010

Concurso de Maestro-Padawan II

Hace poco se inició un concurso en un foro genial, en donde por parejas se escribía un relato a modo de la saga de la "Guerra de las Galaxias" referente al maestro ya sea Jedi o Sith con su respectivo Padawan.
El estilo debe ser cómico, en situaciones extrañas y cómo fue que se conocieron ambos, maestro y padawan.
Comparto con ustedes estos escritos a pesar de no tener revisión estricta alguna referente al estilo, a la estructura, tal y como debe ser, literariamente hablando.
Reconozco que cada escrito, cada relato, cada reto estimula nuestros sentidos, y afloja las palabras de nuestra menet, permitiendo que nuestras ideas vuelen libremente.
El siguiente relato es de un servidor con Jimmix, mi padawan:

Encuentro entre prisioneros

Los tomates comenzaron a volar en el claro cielo al ritmo de los improperios de los líderes de la revuelta. Las trabajadoras sexuales se reían entre meneos de faldas con cancanes, y las androides golpeaban a diestra y siniestra. Un brazo extensible con un guante de boxeo salió precipitadamente del abdomen metálico de una robot, dándole al líder del motín en pleno rostro. El impacto lo envió de espaldas al suelo, ensuciando su ostentosa vestimenta, y en el centro de tan fuerte cerco se hallaba Jimmix, con una sonrisa un poco sosa.


—Debo ir al monte rápido, a venderle una androide al ermitaño. ¡Ábranme paso! Tengo cosas que hacer y no puedo perder el tiempo escuchando quejas y berrinches. Ya sé que les he otorgado un poco de diversidad a su monotonía con mis chicas, pero no puedo quedarme a jugar.

Al instante, una androide cambió de estructura su cuerpo y tomó la forma de un cañón. Una luz azul celeste se agrandaba en el interior del mecanismo y un zumbido ensordecedor violentaba la brisa a su alrededor.

El gentío gritaba y se tapaba los oídos mientras el impetuoso viento bailaba con sus ropas. El círculo metálico retrocedió hacia las afueras del pueblo de Larvénela. El fuerte sonido de la energía que rotaba dentro del cañón devoraba los insultos y argumentos de los dueños de los burdeles, cuando una enorme sombra se ciñó sobre el muchacho y sus robots.

—¿Quién ha osado poner en riesgo mis negocios? —La gruesa voz opacó el zumbido del arma y Jimmix alzó la vista.

Un enorme electroimán se extendía desde un descomunal aerodeslizador y sus creaciones comenzaron a volar hacía él gracias al magnetismo. El cañón lanzó una esfera azul directo al abdomen del enorme ser, antes de quedar fijada al electroimán. La grasienta masa corporal del piloto del aerodeslizador engulló la energía y en escasos minutos la misma rebotó hacia las montañas.

Los seres intergalácticos que formaban parte de la revuelta comenzaron a gritar el nombre de aquella mole: ¡Yaba Daba Do!, ¡Yaba Daba Do!, ¡Yaba Daba Do!

Mientras, en la montaña Kabralda se escuchó la explosión muy cerca:

—Mierda, el Hutt de los cojones ya sabe que me escondo en sus narices. Me va a poner a trabajar de gigoló si me atrapa. Osos, tráiganme las herramientas que este trasto de pod racer, no arranca. Si le ven el lunar al chaval que vieron los ewoks, jajaja. —pensaba Iñigo mientras pateaba el vehículo para bajar en busca del muchacho.

Al tiempo que esto ocurría, no muy lejos del escándalo en la calle, en uno de los bares, se escondía el Sith Ahuízotl que gozaba extasiado su tarro de cerveza de Endor; inclusive saboreaba las últimas gotas antes de solicitar un tarro más. Después de la extraña y bizarra aventura en donde por poco pierde su vida en el planeta Anlúdaica, disfrutaba ese nuevo momento de relajación. Pero extrañaba la compañía de su Maestra Sith Céfiro y sus arduos y crueles entrenamientos. Sobre todo las historias del legendario Pink Vaider, que aún le invadían en sueños recordándole esa agradable sensación de miedo irracional.

—¡Qué diablos! —murmuró apenas audible—. Soy un Sith, Lord de la destrucción. Es inconcebible que extrañe a mi maestra Sith y sus historias de terror para dormir.

El robot que despachaba en la barra del bar solo se limitó a observarlo, no por escuchar su conversación pues su programación se limitaba únicamente a captar los más de dos millones de nombres de bebidas alcohólicas, botanas y cigarrillos de toda la galaxia.

—No he logrado conseguir la mercancía —percibió un calor que trepó por su cabeza para después convertirse en un escalofrío que le baja en dirección a su trasero, eran los efectos de la cerveza—, pero por los contactos de Céfiro me enteré de que se trata de una extraña y misteriosa droga, capaz de esclavizar al que la inhala. Hic… Hic… creo que… fue suficiente… cerveza.

La tierra se cimbró y cayó de bruces. Escuchó una gran detonación y golpes metálicos. Salió del bar tambaleándose y observó a un deslizador que atrapaba en su enorme imán grandes cantidades de androides bellas, hermosas, sexis, cachondas, sabrosas y demás sinónimos, que por la cabeza del sith pasaron haciéndole sudar. Sin pensarlo, tal vez por el alcohol o la calentura, tomó su espada láser de color rojo y de un brinco sobrenatural alcanzó el motor del deslizador partiéndolo en dos. Giró veloz en el aire y cortó las barras del imán, liberando a las bellas androides, quienes al tocar tierra, se quejaban de un agarrón de nalga, bubbies y ombligos por parte del Sith.

Ya en el suelo, con su espada láser apuntando al frente y sin poder sostenerse sin tambalearse, observó al deslizador cayendo hacia atrás y estallar en mil pedazos.

—Hic… cualquierarrrr que se meta con hermosas chiccccaaaas, se mete conm… hic… migo.

—¿Qué has hecho? —gritó la grave y gangosa voz del hutt Yaba Daba Do—. Con que contrataste guardaespaldas muchachito enclenque. Esto apenas comienza, no permitiré que un vulgar dandy y un… borracho caliente me quiten el negocio.

La colosal bola de carne verdosa cayó con estrépito en el polvoriento suelo de la calle principal del pueblo y, en medio de esa gran nube, Jimmix silbó fuertemente como señal para sus androides y ellas se escondieron. Ya dispersos, se ocultó bajo un ventanal de madera y sacó de su alforja un par de pistolas láser.

—Le debo una al borracho, pero por ahora lo usare de anzuelo —La respiración del joven estaba alterada y su corazón se escuchaba palpitar a simple vista— Si ultimó al hutt, podré proclamarme “Señor del crimen” en este maldito planeta desértico. Si cae el rey, los peones se rendirán —Indagó Jimmix mientras se calmaba.

La arenisca se disipó y Yaba Daba Do se enfrentó cara a cara con el Sith.

—¿Dónde está el mocoso? —miró el hutt a toda la multitud y los alrededores pero solo halló a Ahuizotl.

—La cucaracha, hic… la cucaracha, hic… yaaa no pue caminarrr. Porque le fallltaaa, porque no tiene, hic… marihuaaana pa fuma —El Sith tenia la faz congestionada y un gesto burlón decorado por unas pupilas brillosas—. Óraleeee Señor Titicaacaaa, parece un pino, hic… recién cagado, hic… por escuiiiincle con pañal, hic… jajajaja. Miiire no más, hic… el piche color, hic… a verrrde espinaca, hic… que se carga el cuate. Es que la neta, hic…eres como un pedazo de mierda parlante.

—¡Qué has dicho borracho del infierno! —Yaba resopló como un toro cebú, mientras arrastraba su pesado cuerpo cual serpiente de cascabel.

—No la manches, hic… Cagasaaawa, aliviánate, hic… —respondió Ahui, mientras se tambaleaba dando vueltas.

Al tiempo que en el ventanal:

—Es ahora o nunca —Jimmix apuntó con un arma láser al terreno, entre el par en disputa y disparó. El destello anaranjado rebotó, produciendo un acto reflejo del Sith que se lanzó hacia Yaba Daba Do.

—Pincheeé oruga, te voy a dar alas de mariiiposa con mi light saber. —Al instante, salió despedido hacia la multitud con todo su lado oscuro y mala leche.

—¡No la mueeelas! es de caucho y no de mierda.

El hutt se giró hacia su izquierda y gritó:

—¡Las armas láser no me hacen daño! imbécil, sal de allí o derrumbo el local de un coletazo.

Con el arma restante, el jovenzuelo disparó directo a un ojo de Yaba, dejándolo tuerto. Brincó por la ventana y su harapiento pantalón se desgarró con la madera. Los quejidos y sollozos del hutt inundaban todo Larvénela mientras las androides salían de sus escondrijos y el gentío huía en estampida de las cercanías. En eso, un secuaz de Yaba Daba Do, le disparó a Jimmix en el acto, con una escopeta “arrojaanilloseléctricos”.

—Quedas detenido, Iñigo Montoya. Ese lunar es inconfundible en toda la galaxia. Por todo el bajo mundo circula un cartel de “se busca” con la foto de tu peludo trasero.

—¿Qué soy Iñique?… —Antes de terminar la pregunta, Jimmix fue azotado por un golpe eléctrico alrededor del cuello— ¡Desaparezcan lindas! —fue lo ultimo que mencionó antes de caer inconsciente al suelo y las robots desaparecieron ante los ojos de todos… esperando la siguiente orden.

Ahuizotl fue pisoteado por las personas que corrieron en pánico, y al levantarse y decirles unas cuantas, una red cayó sobre él desde el firmamento.

Lentamente, Jimmix despertó sintiendo una enorme presión en ambos brazos y piernas, permanecía sujeto de sus extremidades por rayos laser y a su lado, el sith sufría la terrible cruda de la borrachera.

—¡Libérame gargajo viviente! —gritó al ver a Yaba Daba Do con una irónica sonrisa en su desagradable boca—. Ah jijo, esta cruda me está matando.

—¡Yo no soy Iñigo! —gritó Jimmix desesperado por liberarse—. Este lunar lo heredé de mi tía abuela Francioneta.

En ese instante, un pod racer se acercó a toda velocidad y su conductor arrojó un pequeño morral, de donde cientos de mini mandriles siderales de nalgas rosadas salieron corriendo en busca de sus victimas. El enorme hutt tembló ante las criaturitas y huyó saliendo del pueblo.

—Err, amigos, que ha llegao Iñigo a salvarlos de esta grasienta criatura —detuvo su pod frente a ellos—. Solo una consulta, ¿no serán de culos peludos? —el hutt, al huir, perdió un frasco de matices rosados que cayó al suelo, cerca del pod e Iñigo lo levantó.

—Es el perfume —exclamó el sith—. Libérame Iñigo y serás recompensado.

—Lo siento pero ya tengo comprador. ¡Arre Pod! — partió perdiéndose en las dunas, más allá de las fronteras.

—Se le han olvidado los mandrilitos—comentó Jimmix—. Al menos soy lampiño. —una decena de mandrilitos trepó por las piernas de Ahui, acercándose a su trasero.

—Si pensabas en depilarte, mira que te has ahorrado unos centavitos. —mencionó Jimmix al mismo tiempo que el sith gritaba sorprendido.

Continuará….

martes, 8 de junio de 2010

En busqueda del Elefante Verde

Dos fragmentos escritos para "Inventa un rumor del anterior" en http://www.fantasiaepica.com/inventa-un-rumor-sobre-anterior-t2802p111.html

Primer fragmento:

Fue en busca de un elefante verde al África, aquellos que según dicen, son los más letales y que usan magia negra para atrapar a sus presas. Pero después de recorrer las doradas estepas en su moto chopper notó que el indicador de gas llegaba a su fin.


Escondió su chopper entre unos arbustos espinosos y muy cerca de ahí, se encontró con un grupo de cazadores furtivos.

Su admiración por la fauna salvaje apretó su gran corazón y escondido entre la maleza arrancó varios cables de su transporte, un jeep 85 en malas condiciones. Ajustó los cables directamente al tanque de gasolina y vació el vital líquido necesario para continuar su búsqueda.

Con gran valor, se levantó y agitó sus brazos diciendo:

-¡Boludos! Soy Iñigo Montoya, buscador del elefante verde y no dejaré que tomen vidas ante mi presencia.

Dos gigantescos negros apuntaron y dispararon sus rifles de alta potencia en contra de Iñigo, quien de movimientos ágiles como una gacela, corrió entre los árboles perdiéndose de su vista; pero antes de desaparecer por completo, una bala perdida impactó en uno de los cables, tal y como lo había planeado el buen Iñigo.

El jeep explotó y los negros cayeron de bruces ante la potencia de la explosión.

Las patrullas del gobierno acudieron ante el sonido y atraparon a los cazadores.

Iñigo, sonriendo, arrancó su moto y continuó su implacable búsqueda.

Después de tanta búsqueda y cansado de no encontrar señal alguna de los elefantes verdes, se detuvo cerca de un campamento africano, pensando en beber agua y descansar un poco.

Un negro, de gran tamaño y torso desnudo se acercó y le sonrió.

-¡Turunga! la wana wana.-le dijo.

-No entiendo, yo no saber africanish, yo solo querer agua y beber un poquito. -contestó mientras hacía señas con su mano como si sostuviera un vaso.

El negro lo empujó amablemente al centro del poblado, donde una gran fogata ardía con ferocidad. El grupo de hombres rodearon a Iñigo y todos sonrieron dándole una cálida bienvenida.

-Wutu, naranga la banana, muti, muti. -dijo uno de ellos al señalarlo y todos en conjunto intercambiaron palabras en su extraño lenguaje.

-Agua, quiero agua. -solicitó ya con la boca seca.

Por fortuna, una mujer se aproximó y le acercó un coco lleno de agua fresca. Iñigo bebió hasta saciarse.

Los hombres se había retirado al otro extremo de la fogata y un grupo de mujeres, con busto de fuera y cuchillo en mano se acercaron a él.

Una de ellas apretó el brazo de Iñigo.

-Wanana, no carne, le falta al wanano. -mencionó y otra acarició la barriga a medio brotar, como si de una víbora al devorar un conejo en estado de digestión se tratara.

-El wanano, no carne, mucha grasa -y gritó- ¡Banana, banana!

Tanto los hombres como las mujeres gritaron de emoción.

A Iñigo le empezaron a temblar las patitas y más al reaccionar ante el aspecto de los negros; un hueso atravesaba la parte superior de sus narices y las marcas blancas de su cara no eran un tanto amigables.

-No, gracias por el agua -gritó Iñigo-. Pero ya me voy, es tarde y tengo cosas que hacer.

-¡Wutanga! Cuello con el Wanano. -gritaban todos al unísono.

Sin más que hacer o decir, Iñigo corrió apenas esquivando las flechas de los hombres y los cuchillos de las mujeres. Alcanzó su vieja chopper y al arrancarla los nativos corrieron de regreso al campamento.

Aceleró su moto y corrió dando giros estilo XXX alrededor de la fogata.

-¡Eso es! témanle a la super, a la grandiosa, a la bella e inconfundible, la pedorrona de África, mi chopper!

Giró el acelerador y los nativos tuvieron que contentarse con el polvo que dejó a su paso.

 
Segundo fragmento:
 
Se acerca el verano. Unos días más y la agonía de los exámenes terminaría. Cansada de tanto estudiar y vestirse de rojo como sus singulares y pequeñísimos amigos pitufines, decidió hacer un cambio a la monotonía estudiantil.


Un par de días atrás leyó un extravagante anuncio donde solicitaban luchadores y luchadoras para entrar a una eliminatoria. Aquél que quedara como finalista viajaría directamente a los United para competir contra los de la liga mayor, los de la WWE.

Iri, quien no se perdía las luchas y conocía detalles de todos los integrantes de dicha liga, emocionada asistió a la dirección citada en el anuncio.

Hombres gigantescos, enanos, flacos y gordos esperaban su turno impacientemente. Mujeres de gran tamaño y complexión, aquellas que se pasaban horas en el gimnasio para hacer crecer sus músculos, bostezaban ante la lentitud de la fila.

Solo una jovencita permanecía brincando en su lugar, como si quisiera prepararse para la pelea. Una mascara dorada con franjas negras, simulando un tigre cubría su rostro. La capa dorada ondeaba por los ventiladores que arrancaban el calor sofocante del estrecho pasillo y sus botas negras, ajustadas a unos mallones negros con franjas doradas que terminaban en un calzoncito dorado, emitían un chillido grave al brincar continuamente.

Por fin tocó su turno. Un hombre corpulento de edad avanzada la observó un momento y preguntó:

-¿Nombre?

-La chacala dorada. -contestó con una gran sonrisa.

-¿Técnica o ruda?

-mmmm... Técnica.

-Bien -señaló una puerta al fondo-. Entre por esa puerta.

Casi lloraba de emoción al ver un cuadrilátero en medio de la amplia habitación. Cinco chicas, que parecían las novias de Hulk esperaban su turno de subir a él para luchar con la retadora, que a decir, era la esposa de la mole.

De gran quijada, nariz chata, bubbis como globos aerostaticos y piernas de elefante, sudaba profusamente al vencer a la ultima chica.

El resto se observaban nerviosas pero "La chacala dorada" brincaba lanzando puntapiés, golpes y demás con gran emoción.

Una a una subieron al cuadrilátero y en menos de cinco segundos salían disparadas de entre las cuerdas, hasta que la única que permanecía de pie era Iri.

Se subió al cuadrilátero, se quitó su capa y extendió sus brazos. La mole corrió hacia ella y la chacala dorada se sujetó de las cuerdas haciendo su mortal "Aguantaqueterompolacresta" giratoria.

El estruendo del golpe estalló haciendo temblar el suelo. Iri se levantó mareada pero la mole permanecía en la lona, inconciente.

El hombre que registraba a los convocados se asomó en la puerta, seguido del resto de varones; las mujeres vencidas también entraron corriendo y al verla de pie, junto al cuerpo amorfo de esa bestial mujer, gritaron:

-Chacala, chacala, rra, rra, rraaaaaaaa.

Ya estando en USA le confirmaron que su primer pelea sería en el ChuckNorris stadium. Tomó el avión y decidió caminar por las bellas calles de esa lejana ciudad.

-Where the hell is the 4th street? -escuchó detrás de ella.

-I do not have papers, watch out for the police. -escuchó más allá.

Sin entender llegó al hotel, se preparó cambiando sus prendas y ya encapuchada como la Chacala dorada caminó nuevamente hacia el stadium que no quedaba lejos del hotel.

Frente a la entrada del inmenso estadio, una patrulla pitó su bocina y se detuvo frente a Iri.

-Papers please. -indicó el oficial.

-What I no speak english, solo un poquito y tengo que luchar en el stadium.

Los policias se miraron entre sí y tomaron un aparatito similar a un Iphone. Oprimió un boton y el aparato mencionó:

-Identifiquese. Usted se encuentra en el estado de Arizona y si ha sido detenida por nosotros quiere decir que parece mexicana frijolera.

-What?? -preguntó consternada Iri- Yo no soy mexicana. Soy española y vengo a luchar en el Chucknorris stadium.

Los polis se miraron sin entender y se acercaron a ella con garrote en mano.

Al verse en peligro y ya calientita para repartir golpes, Iri se transformó de inmediato en "La chacala dorada".

Se tiró al suelo para levantar sus piernas y de un giro veloz sujeto a un poli arrojándolo varios metros atrás. El otro se le venía al porrazo y la chacala brincó sobre la patrulla cayendo sobre él, practicando su mortal golpe "tecaemitraseroaplastador".

Un grupo de protestantes de la ley Arizona corrieron al verla y gritaban llenos de felicidad:

-Chacala, chacala, rra, rra, rraaaaaaa.
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