miércoles, 13 de octubre de 2010

Día de Muertos 2010 (Halloween)

Happy_Halloween_Jack_O_Lantern_by_GENZOMAN Mil disculpas por no subir nada al blog en estos últimos días pero las ocupaciones profesionales han estado hasta el copete pero prometo escribir frecuentemente y terminar pronto el relato de miedo que me ha llevado bastantes capítulos.

Falta poco para la celebración de este día de muertos o halloween para los americanos que me pregunto: ¿por qué esta obsesión por el mundo alterno de los no vivos?

Yo creo que se debe a mantener la esperanza de que algo más, algo adicional nos espera más allá de la muerte, y esto se ha convertido en una creencia tan antigua, como la vida misma.

Rápidamente les comento que esta tradición comenzó desde la época de los Celtas, en la antigua Britania, al finalizar el verano para ellos comenzaba su Año Nuevo, cuando iniciaban la época oscura; es decir, cuando las noches son más largas y los días cortos. Ellos creían que en esa noche, el mundo de los vivos se unía con el de los espíritus, lo que ahora llamamos como un portal entre ambos mundos.

Tanto espíritus buenos como malos salían a disfrutar del plano terrenal y por tal motivo, usaban disfraces con mascaras horrendas para asustar a los espíritus malos; de ahí el uso de disfraces en las fechas actuales.

Desde ese entonces, esa celebración se mudo a USA con gran apogeo que aún perdura y se hace presente cada año a finales de Octubre.

El día de muertos celebrado en México data desde la época prehispánica, mucho antes de la llegada de los españoles, aproximadamente tres mil años atrás. La esposa del dios Mictlantecuhtli, Mictecacíhuatl, la dama de la muerte, era venerada durante estos días abarcando un mes completo, en memoria de los niños y los parientes fallecidos. Era común esas épocas el conservar los cráneos como trofeos y durante las celebridades los mostraban como adornos en los hogares y en las calles de las antiguas ciudades.

100_0358_Medium_

De ahí el uso de las “calaveritas” de azúcar, chocolate, cerámica y madera que son colocados como adornos e inclusive hasta como obsequio entre los amigos.

Mucho extranjero se muestra sorprendido ante el concepto que los mexicanos tenemos respecto a la muerte. En lugar de temerle nos mofamos de ella, convirtiendo esta celebración en una algarabía llena de tequila, mariachis y comida típica. La razón proviene de nuestros ancestros, aquellos aztecas o mexicas que para ellos la muerte solo representaba el paso a la gloria, y para que lo entiendan les presento los diferentes reinos en el que los espíritus eran recibidos no de acuerdo a su vida, sino a la forma en la que murieron (gracias, como siempre a Wikipedia):

El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.

El Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros, ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañaran al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el Omeyocan era un privilegio. El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas.

Morir en la guerra era considerada como la mejor de las muertes por los mexicas. Para ellos, a diferencia de otras culturas, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.

El Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir. El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él, las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chicunamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.

Por su parte, los niños muertos tenían un lugar especial, llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.

Altar de muertos:

En la fiesta de los muertos grandes, el Ueymicailhuitl, se danzaba alrededor de un árbol llamado xócotl, al cual en una fiesta anterior se cortaba, se le quitaba la corteza y se la adornaba de flores. Se realizaban algunos sacrificios humanos, muy típico en esa época, y se hacían enormes comidas o banquetes para todas las personas. Durante la fiesta la gente acostumbraba colocar altares con ofrendas en honor a sus muertos, costumbre que hasta el día de hoy continuamos haciendo (yo lo hago).

En cuanto termine de colocar mi micro ofrenda prometo subir las fotos, nada más no sean tan duros con su crítica.

Otro día les platicaré acerca del pan de muerto, que en esta época se vende muy bien pues tenemos la costumbre de comerlo y compartirlo con familia y amigos, y también les hablaré de la famosa Feria del Alfeñique, feria que se coloca en los portales de la ciudad de Toluca (portales que datan del siglo XVI), y que es muy visitada por extranjeros y nacionales pues es única en el mundo. En esta feria se venden calaveras, si, calaveras hechas de chocolate, azúcar y demás dulce, con las formas más extrañas y diversas. Colocaré fotos de esta feria, la 2010.

calaveras-de-jose-guadalupe-posada-catrina1 Salud para todos.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte VII

cabaña

Escuchó los gritos de desesperación de aquellos que querían escapar, y los gritos de dolor de aquellos que eran alcanzados por las garras del abominable diablo.

Poco a poco, los aullidos se aplacaron y la visión de los cuerpos destrozados de los humildes campesinos desapareció de su vista y de su mente.

Tomó el relicario para correr hacia la salida pero una voz lo detuvo de golpe.

-¿Crees que será tan fácil?

Giró. El mismo diablo, de ojos pequeños y negros, con una sonrisa macabra cubierta de colmillos amarillentos y podridos, se asomaba del fondo de la bóveda, como si quisiera esconder el resto de su cuerpo.

-¿Qué recibiré a cambio por eso que quieres llevarte? –preguntó.

Arnulfo, petrificado por el miedo, se esforzó por hablar.

-Te entregó el poder de ver a los espíritus en el mundo de los vivos.

El diablo sonrió y corrió tan rápido que no logró verlo claramente. Sus largos cuernos se asomaron tras una roca.

-Pero eso te ha dado dinero. ¿Estas dispuesto a regresar a tu humilde origen?

-No quiero este poder, don o cómo se llame. No quiero ver a esos fantasmas que atormentan a la gente o a esos demonios que asesinan sin conciencia a cualquier persona.

-Interesante oferta, pero si te has atrevido a llegar hasta aquí, precisamente para llevarte el relicario, es debido a la petición de mi amigo Lupillo.

-¿Lupillo?

-El charro de negro –corrió rápidamente hasta detenerse cerca de Arnulfo-. Es el espíritu de un muerto que lucha por alcanzar el estado o nombramiento de demonio.

-Algo que tú ya eres –interrumpió Arnulfo sin evitar mirar las patas peludas de cabra del terrible diablo-. Déjame llevarle este relicario, es lo único que necesito para librarme de él.

El diablo sonrió hasta que su risa rebotó en las paredes de piedra que les rodeaban.

-¿Crees que te dejará en paz? Lo dudo mucho –lo señaló con uno de sus dedos de largas uñas negras y filosas-. Pero se me ocurre algo diferente. Prefiero quedarme con el alma marchita de un muerto que quiere escalar a mi nivel, que la de un miserable médium como tú.

-Yo estoy de acuerdo. Mi alma sería igual a muchas con las que te has quedado.

Al movimiento de su brazo, las rocas crujieron y el suelo se abrió, mostrando un mar de lava hirviente por debajo de ellos. Un camino estrecho se abría paso entre el líquido rojizo perdiéndose más allá de su mirada. Gritos y lamentos brotaron junto con el calor de ese extraño lugar.

-Toma el relicario –continuó el diablo-. Debes seguir ese camino que te llevará a una cueva anexa, que te conducirá fuera del cerro y cerca del charro negro.

Arnulfo percibió el calor en su piel y los lamentos le ponían la piel de gallina.

-¿Es el infierno?

-Digamos que entrarás al plano de los muertos. No en el agradable, más bien, el de sufrimiento.

-¿Me salvará del charro negro y de ti?

-Tú sigue el camino y si logras salir del cerro, le mostrarás el relicario al charro, entonces yo apareceré y me encargaré de él.

Unas escaleras de piedra aparecieron de la nada bajando hasta el camino que debía seguir. Comenzó a bajar escalón por escalón a pesar del insoportable calor que emanaba del mar rojo.

-Por cierto –gritó el diablo-. Ten cuidado con las almas de aquellos que yacen aquí. Intentarán alejarte del camino para que te pierdas y entonces te convertirás en un manjar para ellos.

Arnulfo se detuvo en seco y gritó con todas sus fuerzas.

-¿Alguna otra recomendación?

Escuchó las carcajadas y entonces la roca del techo se cerró, dejándolo en el interior de ese lúgubre lugar.

Al pisar el camino el calor se alejó, dejándolo respirar y notó que transpiraba excesivamente.

Sin más corrió siguiendo el camino. Cuando el dolor de sus piernas le obligó a detenerse, unos golpeteos le obligaron a mirar a su lado.

Varios hombres en cuclillas se agachaban y hundían sus cabezas cerca del suelo, por donde el camino se ensanchaba. Enfocó su mirada ya que el calor hacía que su vista bailara intermitentemente.

Un cuerpo yacía en medio de ellos, y los hombres devoraban su carne a mordidas como si de un manjar se tratara. El golpeteo que escuchaba no era más que el cerrar de las quijadas de esos hombres.

Contuvo la respiración y lentamente avanzó para alejarse de ahí. Pero la roca crujió bajo sus pies y esos hombres le miraron, mostrando partes descarnadas en sus rostros y cuerpos, sobre todo, carecían de labios en sus bocas, mostrando el hueso bañado en sangre de su mentón y la parte superior.

Todos a la vez gruñeron, se levantaron, y corrieron hacia él. Aún cansado se movió lo más rápido que pudo sin lograr alejarse demasiado de ellos.

Delante de él, una serie de casas de aspecto abandonado y antiguas, hechas de madera y roca, permanecían al frente, bloqueando el camino por completo.

Sin pensarlo empujó la puerta de la primera casa y entró. Estaba sola. Corrió hacia el fondo y traspasó otra puerta. Un estrecho camino dividía esa casa con otras.

Entró en la siguiente y corrió de nuevo al fondo, abriendo otra puerta y así sucesivamente. De vez en cuando volteaba para observar si aún le seguían esos caníbales descarnados y aunque algunos se perdían entre las casas, el resto lograba seguirle de cerca.

Entró a la casa de la derecha para después salir y entrar en dos casas más a la izquierda, esperando perderlos entre extraño poblado.

Cansado de correr tuvo que detenerse en el interior de una casa y se escondió en una esquina. Escuchó atentamente y los gruñidos se alejaron. Por vez primera notó a detalle el interior de las casas y al parecer, todas eran iguales.

Estaban completamente vacías, sin muebles ni habitantes. La roca y la madera estaban opacas, cubiertas por ceniza negra y manchas oscuras. Una manta roída y vieja llamó su atención. Se levantó sin hacer ruido alguno y la levantó. Tres esqueletos permanecían abrazados y por su posición les dieron una muerte violenta.

Sudó, no por calor sino por temor. ¿Cómo era posible que trajeran un pueblo completo, con sus habitantes para masacrarlos sin piedad alguna?

Se acercó a la ventana del fondo y observó que las casas continuaban. Buscó un arma y tomó un palo grueso que tal vez formaba parte de alguna mesa.

Entró en la siguiente casa y se detenía por momentos para escuchar si le seguían de cerca. Dos hombres caníbales pasaron corriendo por el camino frente a él, buscando con desesperación más carne por comer.

Esto iba a ser más difícil de lo que se imaginaba, pensó, cuando un grupo de mujeres le saludaron a través de una ventana, dos casas al frente de él.

Corrió hacia ellas pensando en ayudarles a escapar de esta terrible pesadilla.

 

 

Continuará…

lunes, 13 de septiembre de 2010

¿Qué te gusta de México?

mexico

 

Esta pregunta me la hice al pensar en mi último post referente a un cartón de Guffo, y el cual fue tomado como mala onda de mi parte por negar la celebración del bicentenario.

Les explico que desde el principio no fue así, es solo mi humilde punto de vista ante, como buen mexicano, he visto a través de mis ojos en todos estos años.

Pero eliminando lo malo, lo referente a la política, el secuestro, el narco, la contaminación, los ricos explotadores y la violencia con la discriminación, me pregunté ¿qué me gusta de México?

Me remonto a mis primeros años de vida en el DF y recuerdo claramente esas banquetas anchas y húmedas por las recientes lavadas de los vecinos para mantener su calle limpia. Recuerdo que mi mama me llevaba a caminar por esas calles donde el concreto de la acera se levantaba caprichosamente, inclusive rompiéndolo por completo para mostrar las poderosas raíces de los árboles que crecían frondosamente casi tocando las nubes que cambiaban de forma constantemente. Recuerdo el trinar de cientos de pájaros sobre sus copas y de varias ardillas que bajaban por un pedazo de pan para volver a subir a una de sus ramas.

Recuerdo un parque inmenso que mi papa me llevaba con mis hermanas simplemente para correr o estirar las piernas. Era inmenso a mi pequeña e inocente mente. Observaba a un par de jóvenes con sus helicópteros y aviones a escala con motores de gasolina, como volaban sus artefactos y corrían tras ellos evitando que uno de esos enormes árboles alcanzara a uno de sus juguetes.

Recuerdo las idas al auto cinema. Mi mama preparaba emparedados o unas tortas con nuestra leche tibia con chocolate y hacíamos largas filas detrás de muchos autos para pasar por la taquilla, cuando mi papa, bromeando, nos pedía que nos escondiéramos en el sillón trasero pues era probable que no nos dejaran entrar.

Recuerdo ese cielo azul, al principio brillante y que al paso del tiempo se hacía profundo, como si el cielo quisiera llevarnos hacia las estrellas, mientras esperábamos que la función empezara. Mis hermanas y yo corríamos hacia la colosal pantalla, donde en la parte baja, algunos columpios, una resbaladilla y un sube y baja, algo descuidados y oxidados, nos esperaban para subir en ellos y jugar hasta cansarnos.

Recuerdo cuando el proyector se encendía, y la pantalla mostraba sus imágenes y movimientos; entonces corríamos como si de un monstruo se tratara hacia los autos de nuestros padres.

Recuerdo la playa y el mar. Acapulco. Con su dorada arena y su avenida principal llena de magníficos restaurantes y espectaculares hoteles.

Recuerdo algunos balnearios, como el de la princesa Tzindejeh, en el estado de Hidalgo. Cerca de un pueblito llamado Tasquillo, este hermoso balneario de vegetación selvática y con un río a su lado nos recibía a toda la familia.

Recuerdo a una mendiga guacamaya que la mantenían en una jaula grande y muy bonita, sobre un puente que atravesaba la alberca en forma de un ocho, que yo chiquillo, vi como mi abuela le daba cacahuates y el animalejo los recibía muy contento; hice lo mismo y casi me arranca un dedo.

Recuerdo los bosques sobre la carretera del DF a Puebla, donde un restaurante que le llamábamos “La cabaña” vendía un chorizo, quesadillas y carne deliciosa, y en donde en la parte de atrás, una cuerda sujeta al tronco de un viejo pino invitaba a treparnos en ella.

Son tantos mis recuerdos de lo bueno, de lo hermoso y de lo grato que he vivido aquí, en mi país, que por eso amo a México. Amo a mi país y so orgullosamente mexicano.

Pero aclaro, no soy el mexicano como mucho extranjero cree que aún somos: sentados en las banquetas, borrachos, cubiertos por un jorongo, con un sombrero de charro, mugrosos y de huaraches. No. Soy el mexicano que lucha por salir adelante, por ser diferente, por marcar una pauta a seguir, por demostrar que en México también hay talento, no nada más actorcitos de telenovelas baratas o cómicos de cuarta.

Mis recuerdos están unidos a México, a esta republica, como las raíces de un árbol a la tierra.

¿Qué recuerdos te unen a México? ¿Qué recuerdos te unen a tu país?

Salud para todos y ¡Felices fiestas!

viernes, 10 de septiembre de 2010

Bicentenario

 

Comparto la opinión con muchos colegas de que no existe motivo alguno para celebrar este bicentenario a menos que se trate de un pretexto más para beber y divertirse.

Con tanto crimen, secuestros, imágenes violentas que vemos en los noticieros, que escuchamos de compañeros y conocidos, es una lástima que un país tan hermoso, con una flora y fauna tan amplia se vaya al cuerno por una minoría que no le importa ni su propia madre.

Me dio mucho gusto el cartón dibujado por Guffo Caballero, tanto que lo comparto con ustedes. Dejo el link por si quieren conocer a su creador.

Salud.

heroes 001 baja

heroes 002 001 baja

http://guffo.blogspot.com/

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La Leyenda Maya de K'uh a la venta

Me es grato informarles que ya pueden adquirir el libro en versión PDF directamente en la editorial, o para aquellos que lo desean impreso, favor de indicarme en los comentarios para ponernos de acuerdo y hacerles el envio.

A continuación anexo la reseña y los comentarios de la editorial junto con sus links.
Aprovecho para agredecerle a mi editor, Anselmo Bautista, toda la ayuda prestada, sus comentarios y sus enseñanzas.

Sinopsis:

La civilización humana desconoce el peligro que la acecha desde tiempos inmemorables. Varias razas antiguas que permanecen escondidas esperando el momento oportuno para destruir a todo ser viviente, se han reunido en las oscuras tierras del Xibalbá. El control de esta terrible masa deseosa por carne y sangre, la mantiene un grupo de Waay, hechiceros oscuros, dirigidos a su vez por los gemelos demonio Hun-Came y Vucub-Came, quienes tomaron por fuerza el palacio de Mictlán y ahora se proclaman gobernantes de toda esa vasta tierra.


Durante su primer ataque a la humanidad, los dioses aliaron sus fuerzas creando once magnificas gemas o piedras sagradas, con el poder suficiente para derrotar a esos terribles seres. El tiempo ha pasado y solo dos piedras faltan por elegir a su portador; una vez que esto ocurra la batalla final llegara pronto, en donde se sabrá quién será el ganador: las fuerzas oscuras o los dioses antiguos.

La historia se desarrolla en México, un país asolado por las crisis ecológicas provocadas por sus propios habitantes, y en las lunas de Júpiter. Dos mexicanos, un ladrón profesional de articulos prehispanicos, y un investigador de la Universidad Autonoma, serán los elegidos y tendrán que escoger a quién servirán, a los dioses benévolos o a los gemelos demonio.

En una casa abandonada y a punto de ser destruida para el levantamiento de un gigantesco centro comercial, se guarda el secreto de la ubicación de una bóveda sagrada donde dos gemas de K’uh permanecen resguardadas de los seres de la oscuridad.

El profesor Jose obtiene la información de esta bóveda y viaja a Yucatán acompañado de una comitiva para investigar el lugar. Resguardados por la milicia dan con el hallazgo encontrando vestigios demasiado antiguos y desconocidos por la humanidad. Pero no todo es fácil. Las criaturas del Xibalbá atacan el campamento, mostrando su terrible poder, fuerza y agilidad ante las modernas armas de los soldados.

Por fortuna, el profesor, su sobrino y un amigo logran escapar llevandose consigo las dos gemas sagradas, que al llegar a la ciudad de México comienzan a localizar a sus futuros portadores.

Un ladron profesional es solicitado por parte de un misterioso grupo aliado a las fuerzas del Xibalbá para obtener una de las gemas que ha sido tomada por el gobierno para ser exhibida en el museo del castillo de Chapultepec.

Un investigador percibe algo especial por la gema que es investigada en las instalaciones de la Universidad y entonces la acción inicia.

Los elegidos viajaran a lugares distantes en esta era interplanetaria forzados a escapar de esa fuerza oscura que amenaza con atraparlos en cualquier momento. ¿Los dioses acudiran en su auxilio? ¿Los Waay y sus principes del mal, los Hunhan, aplastaran como simples insectos a los elegidos?

 
 
LA LEYENDA MAYA DE K’UH


Los Guerreros de Jade y Ocre

Una obra de

Ian J. Keller

Viva la aventura de esta magnífica obra de sagacidad narrativa.



· Encontrará personajes insólitos, fantásticos en mundos milenarios y futuristas.


· Conozca la leyenda que ha trascendido la lógica lineal del tiempo con dioses y Divinidades mayas y aztecas, batallas milenarias, guerreros de élite.


· Descubra lo que amenaza al mundo entero y cómo es que los Guerreros de


Jade y Ocre enfrentan a las fuerzas malignas del Xibalbá.


Esta es una aventura para lectores intrépidos que quieran sorprenderse.
 
Dónde adquirirlo en PDF: http://editorialatreyo.yolasite.com/emilio-diaz.php
 



miércoles, 25 de agosto de 2010

Fraccionamiento contra el fin del mundo.

Leí un reportaje que me causó varios sentimientos: al principio me provocó risas y después descontento.


Les explico brevemente de lo que se trata:

Resulta que un grupo de italianos, si, de la parte norte de la península ibérica, se mudaron a México, exactamente a un poblado llamado Xul, sobre cerros y entre la selva, cerca de un antiguo asentamiento maya, en el estado de Yucatán.

En este poblado se está levantando un fraccionamiento residencial con casas específicamente construidas para sobrevivir al “fin del mundo”. Si, así como lo oyen.

Son casas con el triple o más de espesor en los muros. Inclusive hasta realizaron pruebas de que el fuego no traspasase el muro.

Es una miniciudad auto sustentable, es decir, su energía es solar, cuentan con cultivos de árboles frutales y ahora están excavando para obtener agua potable de los pozos subterráneos.

Está bien, cada quién puede creer en lo que sea. Que caiga en lo ridículo por el excesivo temor para que seas capaz de dejar tus raíces para habitar en la selva, eso si, con comodidad pues el fraccionamiento no carece de lujos ni excentricidades, eso ya es diferente, pero sigue siendo un asunto personal.

Lo anterior fue el chiste, pero… digamos, ¿cómo consiguieron el terreno? ¿Quién otorgó los permisos para la construcción de este fraccionamiento con características especiales? Y no lo pregunto por envidia, no, simplemente porque: primero, se supone que las selvas de Yucatán son reservas ecológicas; así es, ¿Cuántos árboles talaron y cuántos ecosistemas destruyeron para construir? Repito, se supone.

Segundo, ¿cómo es posible que extranjeros, llámese ciudadanos externos al país sea posible que como si nada, establezcan un “poblado italiano”? y mira que no tengo nada contra los italianos.

La constructora de dicho proyecto es mexicana, claro, han de recibir un pago exuberante por sus servicios. ¿Gobernación? Naaaa, solo contestaron que “aquí cada quien es libre de creer en lo que quiera”, excelente, digna respuesta de un servidor publico.

Este es mi descontento. Cualquier cosa, por más inverosímil que parezca, se puede lograr y hacer en México. Ni quien les cuestione, ni quien les diga nada, y les aseguro que ni papeles oficiales de estadía permanente tienen.

¡Que bárbaros! Tan bonita nación y tan nefastos gobernantes… que le hacemos, pero celebremos juntos este “Bicentenario”.

Salud para todos.



Si quieres saber del reportaje está en: http://www.eluniversal.com.mx/notas/703954.html

martes, 24 de agosto de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte VI

Unos golpes en la puerta despertaron a Arnulfo de la siesta que había tomado para relajarse. El dolor de cabeza había disminuido y se sentía mejor.


Antes de abrir, sus pensamientos retrocedieron hasta la visita a su abuela, que desencadenó en toda la serie de eventos sobrenaturales y macabros que lo llevaron hasta ese lugar.

Abrió. Se trataba de un muchacho que trabajaba en la recepción del hotel.

-Tengo un recado para usted.

-¿Para mi? ¿Quién se lo entregó?

-No lo sé. Mi turno empieza a las seis de la tarde y cuando llegue estaba ahí, sobre la mesa.

Cerró y leyó rápidamente el mensaje.

“Sal del poblado y toma la carretera que rodea el cerro de Catemaco. En la parte trasera encontraras un camino de tierra. Síguelo y sube hasta que los arbustos impidan tu avance. Ahí te estaré esperando. Hazlo ahora.”

Las letras parecían quemadas sobre el papel, no escritas con tinta. Sabía que se trataba de aquel que le había salvado el pellejo en el granero, y tenía que cumplir con su palabra para zafarse de esta locura.

Subió al automóvil que rentó y condujo hasta donde se le había indicado. Tomó el camino de tierra que conforme avanzaba se hacía más estrecho. Apenas podía ver más allá de diez pasos con los faros del auto.

Se detuvo. Tal y como el mensaje indicaba, la salvaje vegetación se volcaba sobre el delgado camino haciendo imposible avanzar. Dejó las luces encendidas y con esfuerzo caminó entre los arbustos y enredaderas que rasgaban sus pantalones, y en ocasiones su piel, obligando a disminuir el paso. Aquel que lo había citado no estaba en ese lugar.

Cuando las luces se apagaron a su espalda, sacó una linterna y continuó en la negrura de la noche, pues las frondosas copas de los árboles no permitían el paso de la luz de la luna o las estrellas. Gritó con fuerza avisando su presencia.

-¡Cumpliste tu promesa! –escuchó una voz grave detrás de él-. Muy pocos llegan hasta donde estas.

El hombre vestido de charro, con su sombrero negro que cubría la totalidad de su rostro permanecía recargado sobre un tronco, sin su caballo.

-Quiero terminar con esto de una buena vez –contestó Arnulfo con desesperación-. Dime lo que tengo que hacer.

El charro se acercó y la hierba crujió ante sus pisadas. A pesar de estar separado por unos centímetros de él no lograba observar su cara.

-Pero cuanta prisa –mencionó-. Sigue la vereda de tierra que sube hacia la punta del monte. Al final encontraras una cueva. Debes entrar y traerme un relicario que se encuentra en una amplia bóveda.

-¿Un relicario? ¿Todo esto es por un relicario?

-No es cualquier cosa. Este relicario guarda cien almas. Espíritus de personas que habitaron un pueblo entero, y lo necesito.

Resignado ante la extraña petición se alejó, siguiendo la vereda que el charro negro le había indicado.

-Sabrás cual es la bóveda y encontrarás el relicario. –concluyó.

-¿Por qué no vas tu por él? –dijo al detenerse.

-No puedo entrar a la bóveda. Podría acompañarte pero no tiene caso. Por eso te necesito, y al entregármelo te daré algunas recompensas que jamás habrías soñado con tenerlas.

Alumbró el camino que tenía por delante y al regresar su mirada el charro había desaparecido.

Subió una larga cuesta y al final, donde la vereda terminaba, apareció la entrada a una cueva, con el espacio suficiente para que entrara sin agacharse.

Desconcertado observó varias antorchas encendidas que pendían de argollas sujetas a la pared de roca. Tomó una de ellas y se adentró en el oscuro túnel.

Después de un largo tramo encontró a dos personas que al parecer lo esperaban para indicarle el camino.

Extrañado observó su atuendo: eran capas blancas y largas que caían hasta sus pies, acariciando el suelo arenoso del túnel, y una capucha larga y amplia cubría sus cabezas y sus rostros.

Los siguió e intentó alcanzarlos, pero conforme se acercaba más se alejaban. En poco tiempo notó, asustado, de que no se trataba de alguien vivo, sino de espíritus que le guiaban en ese portal entre los vivos y los muertos. No tenían piernas, avanzaban sobre el aire flotando, y no lograba acercarse a ellos.

Una ráfaga de viento golpeó su rostro obligándolo a cerrar los ojos. Cuando los abrió, aquellos espíritus habían desaparecido.

A pocos pasos el túnel se abrió y entró a una bóveda, con piedras planas simulando asientos creando un círculo en el centro.

En la piedra más alta notó un brillo metálico, y al acercarse observó que se trataba del relicario.

Que fácil, pensó, cuando de pronto, su mirada se nubló y súbitamente se encontró en las afueras de un pequeño pueblo, con pocas casas hechas de madera con techos de palma. Algunos cerdos, ovejas y cabras comían entre el lodo provocado por una lluvia reciente. Inclusive percibió los olores de la humedad: la tierra, la hierba y las plantas empapadas embriagaban con su olor el ambiente.

Muchas personas comenzaron a reunirse en una orilla del poblado. La mayoría con poca ropa y sin calzado. Eran campesinos de las zonas más marginadas del país.

Hombres, niños, mujeres y ancianos, después de reunirse caminaron sobre esa vieja vereda. Al final, entraron en la cueva y ahora los veía reunidos, presentando los pocos animales a un altar, construido con huesos humanos en forma de un falo, sacrificándolos con un cuchillo de extraña hechura, de hoja ondulada.

El suelo se cimbró y del fondo, en una grieta oscura, apareció un diablo. De cuernos como toro sobre su cabeza, con cola larga y patas de cabra; con su piel rojiza y su cuerpo cubierto de un vello cobrizo, se acercó hacia ellos.

-¿Qué desean de mi? –pregunto con una voz de ultratumba que hasta el mismo Arnulfo se estremeció.

-Queremos buenas cosechas –dijo el más anciano de todos-. Queremos que nuestros animales se reproduzcan. Que nuestro pueblo sea fructífero.

-¿Creen que con esta basura que me presentan como sacrificio pueda corresponder a su petición? –las familias se abrazaron-. No. Necesito algo más. Algo que sea valioso para ustedes. Necesito el sacrificio de sus mujeres.

Una ola de incertidumbre corrió a través de los rostros de los campesinos.

-Pero Señor –continuó el anciano-. Sin nuestras mujeres ¿quién cuidará de nuestros hijos? Y sin ellas ¿cómo crearemos una descendencia?

La mayoría corrió al túnel, pero a una señal del diablo, una piedra cayó y tapó la única salida.

-Entonces que sus almas se queden aquí, haciéndome compañía.

Arnulfo intentó cerrar sus ojos inconscientemente, no quería ver como el diablo despedazaba a esos pobres campesinos.

jueves, 22 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte V

Bajó del autobús; estaba sorprendido por la cantidad de personas que viajaban a su lado. ¿Qué tendrá de especial este lugar?, se preguntó.


Pequeño, con un malecón turístico que rodeaba la laguna de Catemaco, altas palmeras, clima calido, era un lugar perfecto para vacacionar. Lo extraño de este pueblo eran los anuncios de gran tamaño pintados sobre las paredes laterales de algunos hoteles y restaurantes.

“Visita a Don Diego, herbolario, magia blanca, magia negra. Cualquier trabajo. Satisfacción garantizada.” Decía escrito a lado del dibujo del tal Don Diego.

Dos chiquillos, al verlo caminar en busca de un hotel económico, se acercaron a él mientras gritaban:

-¿Esta buscando a un chaman? Nosotros conocemos al más poderoso. ¿Qué busca? Le puede hacer amuletos, encantamientos, trabajitos con cualquier tipo de magia.

El otro niño también gritaba:

-¿Su mujer lo dejó? ¿Quiere fortuna y fama? Nuestro chaman le puede dar todo eso.

Arnulfo simplemente negó con su cabeza, tal y como lo haría si vendieran chicles o dulces, que no era el caso, extrañamente.

Después de hospedarse en el hotel más decente y a buen precio, que podría decirse que era el mejor, paseó por el malecón para observar a detalle el curioso pueblito.

El nombre de un bar llamó su atención: “El nueve brujos” y la estación de autobuses, que mas bien parecía una simple parada, y en donde uno conseguía sus boletos de regreso con la mesera del restaurante que servía como ese propósito, estaba repleto de personas que esperaban impacientemente el autobús de regreso a la ciudad de México.

Le pareció el restaurante más sano para comer, así que tomó asiento y la mesera, al verlo perdido, sin conocer el lugar, le explicó rápidamente de lo que se trataba:

-Catemaco es famoso por tener a los brujos más poderosos de México. Muchas personas viajan de todas partes de la republica para ver a sus chamanes y pedirles ayuda. Los camiones llegan y se van cada hora, porque así como vienen a consultarlos, se regresan de inmediato para trabajar o atender sus negocios.

”Los hay de todos tipos. Los que más vienen son políticos, y no cualquiera, bastantes pesados e importantes. Muchos famosos, nacionales y extranjeros. Empresarios, trabajadores, comerciantes, o de plano, personas humildes que con sus pocos ahorros pagan el viaje y la cuota del chaman para que les consiga trabajo.

-La laguna es hermosa. –mencionó Arnulfo mientras engullía un taco de huevo.

-En el centro de la laguna tenemos un islote, es pequeño, pero con el suficiente espacio para realizar sus ritos oscuros de los brujos. Le llaman la isla del diablo.

-¡Caray! Todo aquí esta rodeado de magia y brujos.

La mesera, señaló la selva que se elevaba hasta un cerro que se erguía cerca del pueblo.

-Dicen que se puede ver volar a las brujas en lo alto del cerro cuando los brujos acuden ahí para meditar o crecer sus poderes.

Arnulfo sonrió.

-Entonces ¿no las has visto?

-Recuerdo de niña que observe unos puntitos brillantes girar en el aire en la punta del cerro.

Ésta me esta cuenteando, pensó, alguien le escribió todo este rollo para que lo repitiera como periquito con los turistas no creyentes como yo.

-Y en ese mismo cerro –continuó la mesera, a pesar de la sonrisa de incredulidad del turista-, en la parte de atrás, existe la cueva del diablo. Dicen que esa cueva es tan profunda que llega hasta el mismo infierno.

-¿Me trae la cuenta? –preguntó Arnulfo y la mesera entendió el mensaje, suficiente de esa paranoia de brujería y diablo.

De regreso al hotel, y satisfecho de su humilde alimento, otro jovencillo lo interceptó ofreciéndole los servicios de un chaman. Esta vez Arnulfo le solicitó que lo llevará a su “consultorio” solo por curiosidad.

Se encaminaron calle adentro y después de dos cuadras se detuvieron en una casa bien construida, con bonita fachada, jardín y un letrero que indicaba: Don Filemón, herbólogo y brujo.

Entró a la casa y el jovencillo desapareció, corriendo de regreso al malecón. Una salita, cual consultorio dental, con sillones y revistas sobre una mesita, era la sala de espera. Sobre las paredes, varías fotografías mostraban el poder del brujo Don Filemón. En una se observaba a un hombre levantado sobre el suelo con una botella vacía de Coca Cola en la nuca y otra en los tobillos. Más allá se observaba a un grupo de hombres vestidos con largas mantas negras, similares a aquellas que usaban los del Ku Kux Klan, que había visto en documentales, solo que en color negro. Al centro de ellos, una estrella de cinco puntas marcada con arena roja sobre el suelo era rodeada de varias antorchas.

Cerca de la puerta que daba a la oficina del brujo, una figura de arcilla, de aspecto demoníaco, como un pequeño diablillo de mirada malévola parecía que sonreía burlándose de aquellos que esperaban en la sala.

Arnulfo comenzó a marearse; su cuerpo se erizó y varios escalofríos lo recorrieron. Algo andaba mal, sino es que todo.

La puerta se abrió y tres sombras negras salieron de la oficina, permanecieron de pie como si bloquearan la entrada para impedir el paso de Arnulfo. Un voz profunda y áspera, proveniente de detrás de ellos, gritó:

-¿Qué quieres? ¡Lárgate!

Retrocedió unos pasos inconcientemente y las sombras cambiaron, mostrando cuernos en su cabeza, una larga cola que movían como un perro, y sus patas cambiaron a la forma de una cabra.

Las tres avanzaron hacia él y Arnulfo salió de la casa corriendo. No se detuvo hasta llegar al hotel.

Se sentó sobre la cama y respiró profundamente para recuperar el aliento. En el espejo que daba a su cama, la imagen del charro negro apareció y lejos, muy lejos de él, se escucho:

-Hoy, al anochecer sabrás lo que tienes que hacer. –y la imagen desapareció.

Continuará

Imagen obtenida de: http://www.mexicoenfotos.com/imagenes/galerias/01-mexico-veracruz-catemaco-12471136551498.jpg
 
Autor: Un servidor

jueves, 15 de julio de 2010

Veinte reglas para escribir ficción

Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing [Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar.


1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.

PD James

2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.

Hilary Mantel

3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.

Jonathan Franzen

4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.

Geoff Dyer

5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.

Rose Tremain

6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.

Margaret Atwood



7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.

Zadie Smith

8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.

Roddy Doyle

9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.

Rose Tremain

10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.

Helen Dunmore

11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.

Neil Gaiman

12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.

David Hare



13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.

Hilary Mantel

14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.

Michael Moorcock

15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.

Joyce Carol Oates

16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.

Will Self

17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.

Zadie Smith

18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.

Sarah Waters

19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.

Geoff Dyer

20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.

Richard Ford

Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”.



Reportaje obtenido de Endora Ediciones

miércoles, 14 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte IV

Las potentes luces de su camioneta iluminaron dos vehículos que se encontraban estacionados a un lado del granero.


-Parece ser que tiene visitas señora. –indicó Arnulfo al mismo tiempo que se estacionaba al frente de la casa.

La anciana, bajó de la camioneta y caminó rápidamente hacia el grupo de hombres que reían y bebían cerveza.

-¿Qué hacen? ¿Quiénes son ustedes? –preguntó con desesperación pero uno de ellos la sujetó de un brazo.

Arnulfo miró sorprendido las armas que descansaban sobre las cajuelas de su transporte cuando tres sujetos más se encontraban detrás de él.

-No le haremos nada anciana –mencionó un hombre con abrigo de piel y sombrero negro-. Mi amigo guardó unas cajitas en su granero y solo las estamos tomando.

-¿Cajas? Mis animales, ¿les han hecho algo?

Los hombres rieron a carcajadas.

-¿Sus vacas? No queremos robarle ni quitarle nada anciana.

-¿Qué se trae la abuela? –preguntó el que salía del granero con una gran caja en su mano.

-Nada.

-Esas cajas, ¿cómo entraron en mi granero?

-Es una larga historia abuela. No pregunte y vivirá.

Arnulfo sudaba copiosamente; era muy diferente tratar con fantasmas que con un grupo de maleantes. A empujones los metieron en el granero y observaron a cinco hombres que removían la paja para descubrir diez o doce cajas.

Les apuntaron con un rifle de alta potencia mientras el resto continuaba entrando y saliendo del granero.

-¿Por qué no hablas? –preguntó al ver el rostro sudoroso de Arnulfo-, ¿su nietecito perdió las agallas?

Las luces de los vehículos que servían para iluminar el interior del granero se apagaron simultáneamente. El radio que emitía la música ranchera también se apagó.

-¡Diablos! Se acabaron las baterías de los autos. –mencionó uno de ellos.

-No lo creo. Los autos son nuevos, deben estar cargadas por completo. –contestó otro.

De golpe se cerró la amplia puerta del granero. El aire silbó entre las pequeñas ventanas de la parte más alta y un escalofrío recorrió la espalda de Arnulfo.

-¡Algo poderoso y maligno se acerca!- exclamó en voz alta.

El sujeto que le apuntaba frunció el ceño al escucharlo y solicitó que verificaran la puerta. Después de varios intentos no lograron abrirla.

Los tres hombres que esperaban cerca de los autos también intentaron abrir la puerta pero les fue imposible.

El aire agitaba las ramas de los árboles y la hierba danzaba extrañamente mientras la temperatura descendía gradualmente.

Las nubes ocultaron la luz de la luna y el interior del granero se oscureció por completo. Algunas linternas se encendieron y se escuchó el remover de los seguros de las armas.

-¿Qué ocurre? –preguntó aquel que esperaba sentado sobre una caja.

De pronto, algo lo levantó por los aires y sin más preámbulo, arrancó sus piernas y brazos; no tuvo la oportunidad de gritar.

Asustados, los maleantes dispararon por detrás de ellos y el fuego de las armas solo iluminaba sus rostros asustados.

Pero los ojos de Arnulfo observaban lo que realmente sucedía. Un espíritu pálido, cubierto con una manta clara, flotaba sobre sus cabezas buscando a su siguiente victima. Su boca, tan grande que distorsionaba su propio rostro, mostraba una sonrisa de satisfacción y en un par de segundos tomó a otro maleante, elevándolo hasta detenerse cerca del techo. Sin esfuerzo lo destazó, arrojando sus órganos internos sobre las cabezas de sus compañeros.

Otros dos espíritus brotaron del suelo, mostrando una increíble similitud con el primero. En ese momento sus ojos distinguieron un brillo dorado del lugar de dónde habían brotado. Observó fijamente y encontró lo que ellos protegían; doce bolsas de monedas de oro brillaban con intensidad esperando ser encontradas.

En poco tiempo, ningún maleante quedó de pie. Partes de sus cuerpos y órganos cubrían el suelo, y la sangre pintaba las paredes del granero.

Los tres espíritus bajaron lentamente del techo y observaron con sus ojos borrosos a Arnulfo. La anciana permanecía agachada, intentando esconderse entre las pacas de paja.

-Encontré lo que protegen –gritó hacia los espíritus-. No nos hagan daño, no queremos su oro.

El primer espíritu simplemente sonrió grotescamente mientras los otros dos, en un santiamén, elevaron por los aires a la anciana, quien sufrió el mismo destino que los maleantes.

Arnulfo retrocedió horrorizado, conociendo que nada podría salvarlo.

La puerta del granero se abrió, empujada con tal fuerza que se hizo añicos. El extraño jinete, vestido como un charro, y montado sobre su negro corcel entró lentamente en el granero.

Sin bajarse del caballo, se dirigió a Arnulfo:

-Solo yo puedo salvar tu vida. Pero si lo hago, tendrás que devolverme el favor.

Temeroso y con los ojos llorosos, Arnulfo asintió con su cabeza:

-Lo que sea pero sácame de aquí.

El jinete desmontó y sus ojos se encendieron, mostrando un brillo rojizo. Los espíritus, al verlo, huyeron despavoridos ocultándose bajo tierra, en las bolsas doradas.

Arnulfo salió del granero y vomitó como nunca lo había hecho. Tres cuerpos yacían con la cabeza volteada hacia atrás cerca de los automóviles, alguien había roto sus cuellos.

-Todos muertos –dijo mientras limpiaba su boca-. ¿Qué eran esas cosas?

El charro negro se acercó y dándole un par de palmadas en la espalda le explicó:

-Son demonios. No aquellos que son demonios desde que existieron. No. Son almas en pena, pero con mucho esfuerzo y dedicación cambian su esencia a un demonio.

-¿Demonios que antes fueron humanos? –preguntó mientras ya de pie observaba el oscuro paisaje que le rodeaba-. No me interesa, no más de estas cosas. Me voy.

-Tienes una deuda conmigo –el charro monto a su corcel-. Viaja a Catemaco, en Veracruz. Cuando estés ahí te explicaré lo que tendrás que hacer.

-¿Y si no cumplo con mi promesa?

El jinete sonrió y sus ojos se encendieron.

-No querrás saberlo. Te aconsejo que lo hagas. Allá nos veremos, en Catemaco.

Y el jinete con su caballo galoparon lejos de él, hasta que una neblina los ocultó extrañamente.

lunes, 12 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte III

Despertó sudando, con el aliento entrecortado y las manos temblando. Varias noches había sufrido la misma experiencia, la misma pesadilla.


Una cueva oscura y silenciosa lo invitaba a su interior, y él, petrificado ante la terrible sensación que le inspiraba, intentaba huir con todas sus fuerzas pero al final cedía y se introducía en su interior.

Los rayos dorados del sol que entraron por la ventana eliminaron los restos de ese mal sueño y se levantó deseoso de iniciar otra aventura.

Hacía más de un mes que había llegado por última vez para despedirse de su abuela. Más de un mes, pensó, no imaginó ni pensó en alguna razón lo suficientemente poderosa para impedir que se fuera de ese lugar. La avaricia, el poder, el dinero fueron los elementos necesarios que lo obligaron a permanecer en Atlacomulco.

Recién había adquirido una propiedad en las orillas de la ciudad y una flamante camioneta esperaba en el garaje.

¿Cuántos ranchos, casas abandonadas, cementerios había visitado para obtener tan jugosa ganancia? Al principio llevaba la cuenta cuidadosamente pero ahora eso no le importaba. Tal vez treinta o más.

Bartolo, el magnate de Atlacomulco; Jacinto el carnicero; Juan y Hugo Gonzalez, de los ranchos Gonza y varios más lo visitaban continuamente para solicitar su ayuda.

Salió durante el día a realizar algunas compras, probablemente por el mismo aburrimiento de no hacer nada hasta que el sol se ocultara.

A eso de las seis de la tarde algún cliente tocaría a la puerta, y así sucedió.

Una anciana, de aspecto amable y humilde aceptó entrar a la casa del médium, como era actualmente conocido.

-Joven, necesito de su ayuda. –mencionó la ancianita mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas.

-¿Qué sucede Señora?

-Mi único sustento, desde la muerte de mi querido esposo, es el cuidado y la crianza de mis animales –levantó sus manos arrugadas y se las mostró-. Estas viejas manos no saben hacer otra cosa y mis ojos ya casi no ven.

De su bolsa sacó un par de fotografías de color sepia, bastante antiguas y se las mostró.

-Esta es mi casa –en la primer imagen aparecía una casa de gran tamaño rodeada de un extenso jardín-, y este el granero –una construcción de madera, con una altura mayor a la de una casa, se erguía sobre la pradera que se perdía en el horizonte-, el lugar que me esta dando problemas.

Arnulfo sirvió una tasa de café para su clienta.

-¿Qué problemas le está presentando ese lugar en particular?

-Uso ese viejo granero como establo. Protegía a mis animales de las tempestades y de los coyotes pero ahora, las cosas han cambiado.

-¿Cambiado?

-Si. Hace diez noches encerré a mis animales, como usualmente lo hacía, dentro del establo. Un terrible escándalo me levantó de mi cama, provenía del granero y corrí para ver qué era lo que sucedía. Solo pude rescatar a la mitad del ganado. La otra… parecía una carnicería, sangre y pedazos de carne tibia por todos lados.

-Quiere decir que ¿alguien mató a sus animales?

La anciana asintió.

-Eso no fue humano, y a pesar de que yo sabía que era algo sobrenatural, acudí a la policía pero no entregó resultados sólidos de su investigación. Coyotes, me dijeron. Una manada que, escondida entre los viejos tablones del granero habían esperado la perfecta oportunidad para masacrar a mi ganado. ¡Bah! Patrañas.

-¿Usted cree que un fantasma hizo eso?

-Hace cinco noches guarde un machete en mi delantal y entré con doce animales en el granero.

-¿Hizo usted qué? –preguntó alarmado Arnulfo al escuchar la desesperación de la señora.

-Así fue joven. Si se trataba de coyotes yo misma acabaría con ellos. Después de la media noche el ganado comenzó a moverse inquietante y nervioso ante algo que se acercaba. Tomé el machete en mis manos y me prepare a pelear. Algo… no fue alguien, algo, sujetó a una de mis vacas y la levantó de las patas delanteras.

-¿La levantó? Querrá decir que la cargó.

-No, la levantó del suelo como si el propio animal quisiera volar y… -los ojos de la anciana se cerraron-, la destazó en menos de un minuto. Carne, sangre y huesos volaron hacia las paredes mientras la res aún gemía. Corrí hacia la puerta y escape con el resto del ganado. Necesito de su ayuda joven para alejar esos espíritus del granero.

Arnulfo, serio ante la gravedad de la situación, permaneció en silencio.

-Si es por dinero no se preocupe joven –le entregó un sobre con bastantes billetes-, he vendido algunas reses y borregos. Todavía tengo más si así lo requiere.

-Esta noche. Sabremos exactamente qué es lo que quieren y por qué.

miércoles, 7 de julio de 2010

Recomendaciones para este verano

Aprovechando que el verano apenas comienza y con ello, las vacaciones, por lo menos las escolares, les recomiendo lo que puede leerse mientras se disfruta de las lluvias, el aire fresco y el sonido tanto de los grillos como de las ranas:


Les recomiendo una lista pequeña de los libros, que a mi parecer, podría divertirles, pasar ratos amenos, imaginar y ser transportado a lugares lejanos. Estas recomendaciones son de acuerdo a mi gusto; si se les antoja leer otros libros o ya cuentan con otra lista pues que mejor, lo importante es pasar el tiempo leyendo.



La Torre OscuraStephen King.

Una novela bastante larga, dividida en tomos pero muy entretenida.



La segunda vida de Bree TannerStephenie Mayer

Parece ser que no tiene relación con la de Crepúsculo, aunque el tema sigue siendo vampírico. Debido al éxito de su saga original creo que valdrá la pena leerse su último libro.



Cien años de soledadGabriel García Marques

Simplemente genial, grandioso; un libro que ya he leído dos veces y tengo planeado hacerlo una vez más.



El Conde de MontecristoAlejandro Dumas.

Todo un clásico.



Causa JustaJohn Grisham

Una novela cargada de espionaje, acertijos e investigación.



Retrato en SepiaIsabel Allende

Una novela corta, con lo suficiente para pasar un excelente rato.



La SombraJohn Katzenback

He leído tres novelas de este autor y se los recomiendo ampliamente; novela psicológica, con drama, intriga y mucho sabor.



El corazón de Piedra VerdeSalvador de Madariaga

Esta novela la leí hace ya algunos años y todavía me conserva como su fiel seguidor. La historia de una princesa azteca y de un caballero español que son unidos extrañamente al choque de las dos civilizaciones: en la conquista.



GracelingKristin Cashore

Una novela fantástica que se disfrutará enormemente. Ya está la segunda parte.



Corazón de PiedraCharlie Fletcher

Una novela desarrollada en Londres, con mucha imaginación y aventura.



Nota: Mi amiga Carolina, en su blog http://cronicademiantifaz.blogspot.com/ expusó algo muy cierto, porque me sucede a mi, acerca del tipo de lectura e acuerdo a la estación del año, es decir, ahora en verano. A mi propio gusto son las novelas fantásticas, horror y aventuras, tal vez uno que otro clásico, muy diferente al invierno, donde me gusta más las novelas de drama, históricas.



¿Tienes ya una lista? ¿Qué tipo de lectura te gusta para este verano?

martes, 6 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte II

La tarde era gris, con el cielo cubierto de nubes y la lluvia a punto de caer. Todo se veía en tonos opacos; las lapidas, la hierba, los autos y hasta las personas. Hasta ahora se daba cuenta de la cantidad de personas que estimaban a su abuela, eran bastantes.


El sacerdote había terminado su discurso y en ese momento la vio, de pie, a un lado del féretro.

Cuando los ayudantes y el enterrador se dispusieron a finalizar su trabajo, los asistentes se alejaron, impacientes, para escapar de las gotas que comenzaban a caer desde el cielo.

Notó que estaba solo. Su mente recordaba lo sucedido de la noche anterior, esperaba no volver a hacerlo.

-Gracias. –escuchó la voz de su abuela, y al girar ella lo observaba, vestida con su típico jorongo azul que cubría la totalidad de su cuerpo.

-Cumplí lo prometido. –respondió Arnulfo sin asegurar que fuera escuchado.

-Lo sé y por eso te agradezco. El que aceptaras mi voluntad me dio la oportunidad de irme en paz.

-Pero no volveré a hacerlo… no creo que sea lo suficientemente fuerte.

-Eso pensamos todos pero al borde de la desesperación las fuerzas que tanto dudas en tenerlas te ayudarán.

Se esfumó y la lluvia arreció, al punto de inundar la fosa en donde el ataúd sería colocado.

-No olvides mi advertencia. –escuchó como un susurro esa voz familiar, y el fantasma desapareció.

En el viaje de regreso se detuvo en un restaurante de las afueras de la pequeña ciudad. Comía tranquilamente cuando un señor, con cadenas y anillos de oro, alguno que otro diente del mismo material que alcanzó a notar con su distorsionada sonrisa, se acercó a él.

-Eres Arnulfo, nieto de Doña Clara, la vidente.

¿Cuántas personas sabrían de él? Pensó y sonrió muy a su pesar.

-Yo soy el que más requería el servicio de tu abuela –continuó sin esperar-. Mi nombre es Bartolo y ahora necesito de tu ayuda. Tengo un rancho, por la parte Este…

-No estoy interesado. –interrumpió y tomó unos billetes para pagar sus alimentos.

-Arnulfo, sé lo que tu don vale, y tengo el dinero para pagarte.

El joven no contestó, se levantó pero Bartolo lo sujetó por el brazo.

-¿Qué te parece si doblo el pago que le hacía a tu abuela?

De su bolsillo sacó un fajo lleno de billetes de numeración alta y los colocó sobre la mano de Arnulfo.

Al saber el grosor del fajo supo de inmediato que era bastante dinero.

-Esto solo es la mitad. Al terminar te daré la otra parte.

Mucho dinero. Podría jubilarse muy joven, pensó, solo unos cuantos trabajos y a viajar por todo el mundo.

-Bien, ¿qué tengo que hacer?

-Como decía –ambos caminaron a la salida del restaurante-, tengo un rancho en la parte Este de la ciudad y necesito que me indiques en dónde esta el tesoro.

-¿Tesoro? ¿Monedas de oro escondidas?

-Era muy frecuente en la época de la revolución. Los habitantes de estos lugares sufrían ataques tanto de los revolucionaros como de aquellos que los combatían. Eran el jamón de la torta. Para dejarle algo a sus hijos escondían sus tesoros en el interior de sus humildes casas. En las paredes, enterrados bajo el piso, sobre el techo. El problema son los cuidadores, esos fantasmas que no dejan que nadie se acerque.

-Y en ese rancho asustan demasiado.

-Los habitantes de otros pueblos que tomaban ese camino para llegar a sus trabajos y escuelas ahora es evitado a toda costa. Nadie se acerca a los terrenos de ese rancho.

-¿Cuándo me necesita?

-Esta noche. Pasaré por usted al hotel y lo llevaré al rancho.

***

Después de un buen baño y preparado mentalmente para lo que venía bajó al lobby del hotel. En pocos minutos Bartolo manejaba una camioneta de lujo, todo terreno rumbo al rancho.

Parecía que al alejarse de la ciudad el paisaje se entristecía, o así lo notaba Arnulfo. Los árboles sin hojas agitaban sus ramas y el cielo se oscurecía como si una tormenta acechara el momento para arrojar su húmeda fortuna sobre esas tristes tierras.

Entraron por un camino polvoso y recorrieron un kilómetro más, antes de llegar a una antigua y olvidada casa construida de adobe. Inclusive algunas paredes se habían venido abajo por el paso del tiempo.

-Llegamos –detuvo el automóvil y bajaron-. Es el rancho Gallo Archundia.

-¿Te dedicas a conseguir tesoros olvidados? ¿Es así como haces fortuna? –preguntó el joven mientras observaba las grises paredes de la casa.

-Conocí a tu abuela cuando compré mi primer rancho. Asustaban y no dejaban en paz a mi familia. Me mostró el tesoro y obtuve una gran fortuna. Qué mejor manera de conseguir dinero sin trabajar, por medio de los muertos.

-Puede ser peligroso. –mencionó al observar varias sombras cerca de la vieja puerta que chirreaba al moverse con el aire.

-Lo mismo me decía tu difunta abuela, pero no será para siempre. Solo un poco más y podré dedicarme a otros negocios.

Encendieron un par de lámparas y avanzaron hasta la puerta. La luz acarició a las sombras, y unos rostros pálidos, con los mismos ojos borrados de su cara, se escabulleron en el interior.

-No tenemos mucho tiempo –mencionó Bartolo y apuró el paso-. No sé cuantas veces lo has hecho, esto de encontrar tesoros y ver a los muertos pero tu abuela siempre decía que todo debe hacerse antes de la media noche.

Arnulfo observó el reloj que marcaba las diez con treinta.

Entraron a la casa y avanzaron en la penumbra. Arnulfo observó a muchas sombras en los diferentes cuartos. Notó que había jóvenes mujeres y hombres, ancianos, niños e inclusive perros y gatos, espíritus que permanecían encerrados en esa casa.

Su estomago volvió a contraerse pero esta vez contuvo las ganas de regresar sus alimentos.

-Encuentra el tesoro, dime en dónde está. –mencionó Bartolo al mover la lámpara de un lado a otro.

Poco a poco la casa se iluminó ante sus ojos, como si una gran cantidad de velas se hubieran encendido lentamente. Podía ver los pasillos, las habitaciones y las paredes, solo que estos presentaban colores opacos, grises y blancos como si de algo viejo, antiguo se tratara.

Y lo observó con claridad. Ahí estaban todos, reunidos, en silencio. Caminó con lentitud hacia ellos notando que la lámpara de mano no le servía para ver con sus ojos. Las mujeres, los niños, los hombres y los ancianos se hicieron a un lado mientras señalaban con su brazo un punto en el suelo.

Se detuvo frente a ellos y bajó la mirada. Era como si sus ojos traspasaran al suelo. Vio la tierra firme, después pasó a la grava y arena compactada para después ver una cruz formada por dos palos y debajo de ésta, una bolsa repleta de monedas de oro.

Pero cuando levantó su cara para notificar su hallazgo, una mujer joven apareció a pocos centímetros de su nariz.

-¡Aléjate! No te llevaras el tesoro. –gritó y su voz resonó como si una bomba estallara en el interior de su mente.

El rostro bello de la mujer se hizo horrible. Sus pómulos de carne se extinguieron y huesos roídos quedaron en su lugar. Sus labios, al igual que el resto de carne se desvanecieron, mostrando hueso, piel desgarrada y sangre seca.

Abrió su boca mostrando su quijada dislocada y empujó a Arnulfo, quien cayó de espaldas.

El miedo le comprimía el pecho, no podía moverse. La mujer se colocó en cuatro patas y camino en una forma bizarra, cual animal se tratara y mostraba una lengua larga, demoníaca.

Escuchó el lejano relinchar de un caballo y recordó al extraño personaje que se le había presentado en su primera misión.

-Imponte –le habló al oído como si a su lado se encontrara-, ella puede hacerte daño solo si tu lo permites.

Bartolo no se acercó. Permaneció en su lugar, de pie, sin moverse; el miedo le había paralizado.

Con esfuerzo se levantó Arnulfo y la mujer andaba, o caminaba frente a él. El resto de fantasmas se habían desvanecido.

-No te llevarás lo que me pertenece. –decía una y otra vez con su voz de ultratumba.

De pronto, como un sueño, la casa se desvaneció y un hermoso jardín se mostró ante él. Una bella y joven mujer besaba entre los troncos de los árboles a un hombre, mucho mayor que ella. La imagen cambió, y ahora el hombre la rechazaba, gritándole que se alejara de él y de su familia.

El sentimiento de venganza, odio e impotencia lo inundó; era probable que el sentimiento de la mujer se viera reflejado en su ser.

En otra escena, la joven frenó el avance de un batallón revolucionario y estos, advertidos de la gran fortuna que les esperaba en la casa indicada cambiaron su destino.

Ella, ignorante de la crueldad fue arrastrada con ellos, y después de saquear la casa, asesinar a sus habitantes con los ayudantes, fue violada hasta el cansancio.

Agonizante intentó arrastrarse hasta el bosque que se extendía por la parte de atrás de la casona y en ese momento el dueño del rancho, Don Melfio Archundia, llegó de la ciudad para presenciar tan cruenta escena.

Lleno de dolor observó a la joven arrastrarse entre la hierba. Tomó un machete y fue hacia ella, despedazándola en pocos minutos.

Las imágenes desaparecieron y la mujer gruñía y abría su mandíbula mostrándole su rabia.

-Te conozco, eres victima de las circunstancias –dijo Arnulfo con voz firme-. Este tesoro no es tuyo, pertenece a la familia que no has permitido que descanse. ¡Aléjate!

La mujer, sorprendida, cambió su forma horripilante y volvió a ser aquella bella joven que había sucumbido ante los encantos de un hombre maduro.

-Bartolo –observó al pobre hombre que temblaba sin moverse- ¡Bartolo! ¿Quieres tu tesoro o no?

El hombre, aturdido, caminó torpemente a lado de Arnulfo.

-El oro se encuentra en este sitio –señaló con su dedo el lugar-. Tres metros bajo tierra, encontraras grava, después una cruz formada por dos palos y al final la bolsa con oro. Tómala y deja en paz este lugar.

Sin decir palabra alguna, ambos subieron al automóvil y cuando se alejaban, Arnulfo distinguió a la mujer, que corrió entre los árboles perdiéndose en las penumbras. A lado del automóvil, como si de estrellas de rock se trataran, los habitantes fantasmas de esa casa los observaban en silencio, y Arnulfo percibió esa sensación de agradecimiento que ellos le transmitían.

Continuará...

Autor: Su servidor.

viernes, 2 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte I

Abrió la puerta con decisión aunque el temor de verla le carcomía las entrañas. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella, casi veinte años.


Recordó su última visita a esa gris y tétrica casa. Ella se mecía placidamente en su silla favorita mientras tejía cientos de suetercillos que regalaba a sus vecinos y amistades para sus pequeños hijos. Siendo un niño, se acercó para besar su mejilla y al hacerlo, detrás de ella, un hombre de cuencas vacías y sin labios mostraba su horrible y forzada sonrisa.

Esa visión le costó mucho dinero en tratamientos y medicina aunado a varios años visitando al psiquiatra pero jamás logró eliminarla de su mente.

Ahora, la misma mujer yacía acostada, pálida como la cera esperando el momento de su muerte.

-Hola abuela. Lamento no haberte visitado antes, pero ya sabes, mucho trabajo y reuniones me han robado el tiempo. –mencionó el joven al mismo tiempo que tomó la arrugada mano, percibiendo esa frialdad que indica que el momento se acerca.

-No te disculpes Arnulfo –contestó la anciana-, sé el verdadero motivo por el que te alejaste de mi y de esta casa.

El joven, sorprendido observó fugazmente el pequeño cuarto, rogando con que esa cosa no se encontrara a lado de su abuela esperando a darle un buen susto.

-¿De qué hablas abuela?

-Lo que viste no es una sorpresa para mi hijo. Yo los veo en todos lados y a cualquier hora. Imagino que a estas alturas sabes lo que hago para mantener esta casa.

-¿Lo que haces? –sonrió al recordar las increíbles historias que su padre y sus tías hablaban de su abuela-. Eres una cazadora de tesoros. Mi padre alguna vez comentó que mucha gente de aquí, de Atlacomulco, solicitan tu presencia en ranchos antiguos y en casas abandonadas para que les indiques exactamente el lugar en donde yacen escondidas monedas de oro. Creo que te pagan muy bien por eso.

-Así es, buscan mis ojos sin vendas que observan a los muertos. Algo que a ti te hace sufrir, que quieres evitar, tal vez escapar, pero sabes muy bien que jamás lo conseguirás.

Arnulfo percibió un escalofrió que le recorrió la espina dorsal.

-Estas equivocada… Yo no los veo.

-Tanto psicólogo, psiquiatra o como se llamen no te quitara lo que tus ojos pueden ver. Es parte de una herencia que viene en nuestra sangre y tú lo tienes, vive contigo.

-¿Cómo arranco esta herencia de mi ser? Yo no lo pedí y no lo quiero. –contestó con rencor en su voz.

-Si quieres puedes arrancar tus ojos, o cegarte por completo, pero sentirás esas presencias, sabrás que están ahí, a tu lado.

Se levantó y abrió las cortinas, permitiendo el paso de la luz rojiza del atardecer. Regresó a lado de la anciana y le entregó un vaso con agua.

-Basta ya de charlas, tengo una tarea para ti. No llegaré al anochecer y un hombre ha contratado mis servicios.

-¿Quieres que yo lo haga? –sonrió burlonamente-. No abuela, vengo a despedirme y regresaré a mi ciudad.

-Como mi última voluntad te exijo que ayudes a este hombre –tomó una foto del buró y se la entregó-. Los espíritus no le dejan en paz. Si no lo ayudas morirá él y su familia. Te lo pido de corazón, solo esto y nada más.

-¿Qué tengo que hacer?

-Solo dile lo que tus ojos ven, nada más.

Se detuvo en el marco de la puerta y la miró por última vez pero antes de partir la anciana le dio una indicación final:

-Si decides seguir mis pasos solo tengo una sola advertencia para ti, aléjate de la calavera roja. Si ves esa marca no te acerques, pues con eso no podrás y del lugar de dónde vienen, te llevarán.

El aire agitaba las ramas de los árboles. Miró aquella casa que tanto aparecía en sus pesadillas.

La noche parecía tranquila a pesar del fuerte viento.

Sonrió. Sí, percibió esa sensación de descanso al saber que ya no regresaría, por fin esa historia terminaba para él, junto con sus recuerdos.

-Cumpliré tu última voluntad abuela pero no seguiré tus pasos.

Giró la foto y leyó una dirección. Subió a su automóvil y en poco tiempo se encontró en una casa de gran tamaño rodeada de sauces y con una amplía pradera que se perdía en el horizonte.

Tocó a la puerta y un hombre de mediana estatura, con sombrero en mano, botas y bigote abultado le saludó.

-Tal y como me dijo su abuela. Pase, espero que nos pueda ayudar.

Iba a preguntar si ya sabían de su visita cuando al entrar a la casa observó al resto de los integrantes de la familia, seis pequeños niños, la madre y el anfitrión.

Al fondo, sobre el pasillo que llevaba de la sala a la cocina, varios hombres vestidos con jorongos grises, pantalón de lana y amplios sombreros permanecían estáticos, observándolo.

El anfitrión continuó:

-Nos asustan, más a los niños. Tantas noches sin dormir que temo pronto caerán enfermos. Por favor, dígame qué es lo que quieren.

Los niños, asustados al sentir las presencias que él podía ver, se abrazaban entre ellos y no mencionaban palabra alguna.

Levantó su mirada y cinco rancheros, como así los calificaba, de épocas antiguas, rodeaban a la familia. Sus ojos parecían borrados con un lápiz, cual dibujo en papel. Solo un manchón oscuro aparecía en su lugar y tanto su ropa como su piel eran opacas, sin vida y sin color.

La temperatura descendió y percibió que su estomago se contraía. Sin decir nada salió y en el jardín vomitó. El resto del desayuno y jugos gástricos brotaron de su boca.

El temor sobrepasaba sus sentidos, no podría, pensaba, ni siquiera entrar a la casa.

El relinchar de un caballo lo obligó a enderezarse y sorprendido, tal vez asustado, observó un caballo negro de buena estampa a pocos metros de él. Su jinete, de ropajes negros y sombrero de ala ancha desmontó y se detuvo frente a él.

-Así que tienes el don. –su voz se escuchaba como si el viento la arrastrara-, pero careces de voluntad y determinación. Joven y poco valiente.

-Entra a esa casa y sabrás de lo que el miedo se trata. –contestó, conteniendo el llanto.

-¿Miedo? No lo conozco.

A través de la penumbra, gracias a algunos rayos de luz de la luna, logró distinguir el rostro de aquel ranchero. Blancos eran sus ojos y su rostro mostraba esa señal de la muerte, opaca y triste.

-Vamos, demuestra tu hombría y averigua lo que quieren, o lo que protegen –el caballo despareció, como un mal sueño-. Si tienes el don, úsalo.

La puerta de una ventana golpeó con firmeza su marco. Giró asustado pero nada encontró. Regresó su mirada y el ranchero ya no estaba.

Suspiró. Solo tenía que terminar este asunto y se largaría de inmediato a su ciudad, a México.

Entró nuevamente sintiéndose mejor. La familia lo observaba como si él mismo fuera un fantasma. Los hombres se encontraban nuevamente al final del pasillo y a pesar del temor, caminó hacia ellos.

Casi al punto de alcanzarlos se desvanecieron. A su lado derecho, una puerta de madera se movía provocando un rechinido constante. Salió a través de ella y el paisaje se abría ante él perdiéndose en la oscuridad.

Los árboles se agitaban pero los insectos callaron. Ningún grillo, cigarra o rana se escuchaba en ese lugar.

A lo lejos, cerca del tronco de un árbol distinguió al grupo de hombres y avanzó hacia ellos. Los cinco observaban al árbol como si algo importante significara para ellos. Lentamente unas siluetas aparecieron al frente. Cinco hombres colgaban de la rama más gruesa con el lazo sujeto a sus cuellos. El aire movía los cuerpos sin vida.

Los mismos jorongos, los mismos sombreros. No cabía duda alguna que de ellos se trataba. Bajó la mirada y horrorizado observó cinco esqueletos enterrados entre las raíces del árbol.

Regresó a la casa y sin más preámbulos le mencionó al dueño de ese lugar:

-Los restos de cinco hombres yacen enterrados en las raíces de ese árbol –lo señaló a través de una ventana-, dales sepultura y los santos oleos y te dejaran en paz.

Todavía con el malestar en su estomago subió a su automóvil y partió sin mirar atrás. Encendió la radio.

-“… Bienvenido una vez más a La cola de la Luna, donde hablaremos del Charro Negro, El Catrín, El Diablo. Aquellos que lo han visto y han vivido para contarlo dicen que a veces se aparece en forma de un perro negro y grande, otros que llega montando a su negro corcel y vestido de Charro.”

Subió el volumen.

-“… A muchos se ha llevado, ¿A dónde? Tal vez al infierno, como su esclavo, a vagar entre el tiempo como un ser vacío. Pero ¿qué es el que él quiere? A ti, solo a ti…”

La transmisión se cortó, nada se escuchó.

Continuará...

Autor: Un servidor.

lunes, 28 de junio de 2010

La Bruja Maruja

Érase una vez, en el lejano reino de Ungbutu, una hermosa princesa nació y el reino celebró con entusiasmo este evento. Pero en el bosque encantado, dentro del olvidado y sucio palacio oscuro, la bruja Maruja gritaba y arrojaba piedras contra la pared debido a su enojo.


-¡No! Ahora que se acerca el momento de que yo me convierte en reina, no permitiré que una chiquilla me lo arrebate. ¡Jamás!. –gritaba la bruja.

Un ogro, de gran tamaño, con piel verde, enormes brazos y piernas escuchó las malvadas palabras de la bruja, y resentido ante el mal trato y los gritos de su ama, corrió hacia el interior del bosque encontrándose con un búho.

-¿Qué sucede Belofonte? –preguntó el búho al ver la cara de asustado del Ogro.

-Querido amigo, que he escuchado a la terrible bruja, y planea deshacerse de la pequeña princesita.

-Eso sería un crimen. Atacar una niña indefensa todo por ambición, es inconcebible –el búho estiró sus largas alas y antes de emprender el vuelo continuó-. Pero no te preocupes amigo, no estará sola. Yo me ocupare de su bienestar y tú distrae a la bruja.

El ogro corrió al interior del castillo, que era tan viejo que a cada pisada del enorme ogro, paredes, puertas y techo se venían abajo.

La bruja, con su varita mágica paralizó al Ogro con un hechizo.

-Te lo dije mil veces Belofonte. Tienes prohibido entrar al castillo. Mira lo que has hecho –señaló los montones de piedras y escombros que habían quedado sobre el suelo en el camino del ogro-. Lo que tienes de grande lo tienes de tonto. No vuelvas a entrar o te convertiré en un horrible sapo.

El ogro, con gran esfuerzo giró sus ojos y observo al búho volar a través de la ventana, a pesar de estar inmovilizado, sonrió al tener la esperanza de salvar a la pequeña princesita.

***

Diez años transcurrieron, y el reino desolado ante la repentina desaparición de la futura heredera al trono, se había acostumbrado a tan lamentable perdida. Por fortuna, los seres mágicos del bosque detuvieron la coronación de la horrible bruja para convertirse en reina desatando una larga y terrible guerra entre ella y los habitantes del bosque encantado.

Pero en una cabaña, lejos del castillo donde habitaba la bruja y del reino, la princesa había crecido, amada y bien cuidada por un anciano. La niña, Lucila, era feliz a pesar de tan humilde hogar, sobre todo porque el anciano Alberto le instruía en las artes de las letras, las matemáticas y la música.

En una tarde lluviosa, cuando Lucila observaba a través de la ventana la caída del agua sobre el verde paisaje, a lado de su inseparable perro Tomy, un búho se posó cerca de la rama del árbol más cercano. Con sus enormes ojos la observo y la princesa, sorprendida ante esplendido animal asomó su cabeza para verlo mejor.

El búho aleteó y voló entrando en la cabaña, se detuvo sobre la mesa y agitó sus alas eliminando el resto de agua.

-Mírame, completamente empapado. Al menos tu chimenea da un calor exquisito. –mencionó al colocarse frente al calido fuego.

-¿Puedes hablar? –preguntó la niña abriendo sus ojos con sorpresa.

-¡Claro que puedo hablar! No soy cualquier búho, soy Arnulfo, el cuidador del bosque encantado y gracias a la guerra contra la bruja Maruja me dicen el guerrero emplumado.

El perro se acercó agitando su cola de alegría mientras una gran cantidad de baba le escurría por el hocico.

-¡Tomy! Has cuidado a la princesa durante mi ausencia.

-Sip, he hecho lo mejoj que he pojdido.

La niña miró a su perro diciendo:

-¡Pero tu también!

-Clajo, yo también puedo hablaj, discúlpame poj mantenejlo en secjeto pejo si la bjuja se enteja de tu existencia entonces tendjíamos pjoblemas.

-Que extraño hablas. –dijo la niña.

-Habla extraño –contestó el búho al señalar la macha pegajosa de la baba de Tomy-, por la cantidad de baba que sale de su hocico.

-Y ¿a qué debemos tu visita, gjan guejjejo emplumado?

-Pues que la bruja se ha enterado de Lucila. En la última batalla capturo a Belofonte y le ha hecho hablar con una terrible magia, la cosquilluda.

-¡Pobje!

-Y ahora debemos huir, antes de que venga y atrape a la princesa.

-Un momento –interrumpió desconcertada la pequeña niña-, ¿de quién están hablando?

-De ti. –contestó el perro con un brote de baba espesa que cayo sobre el zapato izquierdo de la niña.

Acostumbrada a tanto babeo, limpió su zapato mientras continuaba:

-Yo no soy una princesa, y de todos modos, si así fuera, ¿qué ocurriría con mi padre? No puedo abandonarlo.

El búho, ya seco y calientito picoteó un pan que descansaba sobre la mesa.

-Mmmm… que rico pan… Querida princesa, desde el día que nos enteramos de que la terrible bruja Maruja quería destruirte, nosotros, los habitantes del bosque encantado decidimos protegerte a toda costa. Encontramos esta cabaña abandonada, y tu padre, el buen Alberto, es un elfo con cualidades anomórficas, que quiere decir, que toma la forma en lo que él desea.

-¿Mi padre es un elfo?

-Tu padje es un valejoso guejjejo –contestó el perro-. El mismo se ofjeció paja cuidajte y pjotejejte.

-Así es –el búho voló a la ventana-, en estos momentos se prepara un gran batallón en las raíces del árbol mágico para derrotar a la horrible bruja, Aquel que los comanda es el mismo Alberto.

-Esa bruja no le hará daño a mi padre, ni a Tomy. Iré con ustedes para ayudarlos a derrotar a esa malvada.

Y los tres, perro, búho y niña salieron de la casa en plena tormenta rumbo al árbol mágico, con la esperanza de derrotar a la horrible bruja Maruja.

***

Dentro del castillo oscuro, en una de sus mazmorras, un ogro yacía atado de pies y manos sobre una cama de madera. Se escuchó un ¡Pluf! Y la bruja apareció a su lado.

-¿Dónde esta esa niña? Dime o te convertiré en un renacuajo.

-¿La niña? –el ogro lloraba suplicando clemencia con su mirada-. Ya le dije en dónde está la princesa.

-Esa cabaña esta vacía –la bruja sacó su varita mágica de entre sus rancios ropajes grises-. Dime en dónde se oculta o te daré otra ración de cosquilludas.

-Ahí debe estar, en ese lugar la ocultamos. ¡Por favor! No lo haga.

***

Mientras tanto, la princesa, el perro y el búho llegaron por fin al gran árbol mágico. Un enorme árbol, tan grande que cien casas podrían ser construidas en su interior, se elevaba orgulloso cual coloso, a punto de alcanzar al sol.

Entre sus raíces, un ejército de miles de animales diferentes se preparaban para la guerra. Leones, lobos, gorilas, elefantes, pericos, gorriones, canguros y demás animales esperaban la orden de salida para guerrear contra la bruja Maruja.

Al frente y sobre una raíz tan gruesa como una serpiente, un hombrecillo verde y de aspecto arrugado, con sombrero de punta y pantaloncillos cortos repartía órdenes a uno y otro lado.

-¡Alberto! He traído a la princesa. –gritó el búho al posarse en una raíz.

-¿Cómo? Estamos en plena guerra y te atreves a poner en grave peligro a la princesa. –contestó el hombrecillo con su voz aguda.

-¿Padre? –preguntó la niña.

Se escucho un ¡Blam! y el hombrecillo se transformó al instante en el dulce ancianito que tanto había cuidado y protegido a la hermosa niña.

-Soy yo hija mía. Discúlpame por no decir la verdad, pero el futuro del reino depende de nuestro triunfo y de mantenerte fuera de las garras de la bruja Maruja.

La niña corrió a los brazos del anciano y lo abrazó amorosamente.

-No importa padre. Pelearé a tu lado y saldremos victoriosos de esta guerra.

Los animales, al ver a la dulce niña y al escuchar sus palabras, emitieron sus propios sonidos de alegría de acuerdo a su propia naturaleza.

Los lobos aullaron y los leones gruñeron. Los pericos y los gorriones cantaron y los búhos ulularon.

El anciano caminó tambaleante y en un abrir y cerrar de ojos cambió su forma en el hombrecillo verde.

-¡Por el reino! –gritó-. ¡Por la princesa Lucila!

Y todo el ejército avanzó saliendo a la luz del sol, alejándose entre los altos pinos y abetos del bosque encantado.

***

Un sonido ronco rebotó en las paredes grises y opacas del castillo oscuro. La bruja detuvo el tormento a Belofonte levantándose de inmediato y montada sobre su escoba voló hasta la parte más alta.

Al frente del castillo, un ejército de animales comandados por un hombrecillo verde se acercaba hacia ella amenazando su poderío.

-Varita, déjame ver de cerca aquella que esta lejos de mi vista. –mencionó y sus ojos se alargaron, cual telescopio observando al perro, al búho y a una dulce niñita caminando a lado del hombrecillo verde.

-Mira nada más. No es necesario encontrar su escondite pues la han traído hacia mí.

Una risa macabra se escuchó en el cielo y agitó su varita mientras decía:

-Tormentas y tempestades. Duendes y diablitos, vengan a mí para proteger mi castillo pues así como es mi casa la es de ustedes –el cielo se cubrió de nubes grises y negras-. Monstruos horribles que acechan en la noche para asustar a los niñitos, vengan a mi lado para pelear contra este ejército.

Los animales detuvieron el avance. Las nubes coronaban al castillo y los rayos golpeaban las largas y delgadas torres.

-¿Qué sucede? –preguntó la niña.

-Es la bjuja –contestó el perro-, segujamente esta convocando a su ejéjcito para que defiendan al castillo.

Al frente, entre el castillo y los animales, de la tierra brotaron cientos de calacas, de rostro feo y largos huesos, y éstos crujían al caminar. Detrás de los esqueletos, gnomos pequeños, gordos y con dientes que brotaban de sus bocas caminaban siguiéndolos.

Diablillos con largas colas, de piel roja y morada, con cuernitos sobre sus cabezas, caminaban jugueteando persiguiendo a los gnomos.

-Son muchos, ¿Qué vamos a hacer? –preguntó el búho.

-Tengo una idea. –dijo el hombrecillo verde.

Tomó un trapo blanco y lo ató a una vara ondeándolo sobre su cabeza. El ejército de la bruja Maruja detuvo su avance, y una calaca, un gnomo y un diablillo avanzaron al frente.

El hombrecillo se detuvo frente a ellos mostrándoles el trapo blanco en señal de paz.

-Señor esqueleto, señor gnomo y señor diablillo, no deseamos en lo más mínimo pelear con ustedes.

-Aléjense si no quieren sentir los golpes de nuestros huesos. –contestó la calaca.

-O las mordidas de nuestros dientes. –contestó el gnomo.

-O el baile de la cucaracha… -contestó el diablillo rascándose la cabeza-, es decir, no queremos que destruyan nuestro castillo.

-Queridos señores –dijo Alberto con una sonrisa en sus labios-, pero si nosotros no queremos destruir su castillo. Lo que deseamos, y es la razón de porqué estamos aquí es que esa bruja horrible y malvada se vaya a otro lugar y nos deje en paz –señaló el castillo de paredes oscuras-. Ese castillo también es importante para nosotros, es un monumento a la magia de nuestro bosque pero esa bruja lo ha descuidado. Sus paredes son viejas y no las ha pintado; los baños no funcionan y ni siquiera las velas encienden de tanta humedad que entra al llover.

El esqueleto, el gnomo y el diablillo giraron para observar su castillo. Tenía razón, estaba muy abandonado.

-Les prometo que nosotros cuidaremos su castillo y le daremos su mantenimiento. Sus paredes brillaran. No entrará la lluvia, ni las cucarachas.

-Eso se oye bien. –dijo el esqueleto.

-Es verdad que esta muy abandonado. –dijo el gnomo.

-Esa bruja Maruja –dijo el diablillo-, prometió que cuidaría nuestro castillo con tal de vivir ahí… y ahora que recuerdo ni la renta ha pagado.

El esqueleto, el gnomo y el diablillo inclinaron sus cabezas y su ejército se hizo a un lado.

-Tienen el paso libre. –dijo el esqueleto.

-Sáquenla de allí. –contestó el gnomo.

-Y le cobran la renta. –finalizó el diablillo.

La bruja, confiada de que sus esqueletos, gnomos y diablillos aplastarían a los animalitos, preparaba una taza de café mientras que con su varita atormentaba al pobre ogro simplemente por verlo sufrir.

-¡Alto bruja fea! –gritó el búho al sobrevolar cerca del techo de la mazmorra.

-No podjás detenejnos.- gritó el perro al mismo tiempo que ladraba y mostraba sus filosos colmillos.

Con un rápido movimiento de su varita, inmovilizó al perro, al búho y a la niña con el hombrecillo verde que se escondían cerca de la puerta.

-Ja, ja, ja… los tengo a todos. Seguramente mi ejército estará aplastando a sus animales en este momento.

Se acercó a la niña y agitando la varita dijo con sus ojos rojos:

-Por fin seré reina. Te destruiré pequeña niña y tu reino será mío.

Pero antes de lanzar un terrible hechizo, Belofonte, el gran ogro, destrozó sus amarres y se levantó gritando de triunfo. Sin darle tiempo a la bruja, con sus enormes manos la sujeto y de poderoso apretón, la varita se rompió, liberando de su hechizo al perro, al búho, al hombrecillo y a la princesa.

-¡Mi varita! Ogro bobo, has roto mi varita.

-Así es bruja mala. No podrás hacerle daño a nadie más.

Y la bruja, succionada por la maldad de la magia que había usado para torturar a las personas buenas, fue arrastrada al interior de un cofre negro. Éste se cerró y se selló para siempre.

Tanto los animales, como los esqueletos, los gnomos y los diablillos vivieron felices en el bosque encantado y en el castillo oscuro, que después de unos meses cambió de nombre por el castillo de la nieve, debido a la blancura de sus paredes.

La princesita reinó sobre sus súbditos con justicia y armonía, gracias a los sabios consejos de Alberto, la ayuda del búho Arnulfo y la excelente compañía del perro Tomy.

Relato solicitado por mi niño para la escuela, con títeres; espero le guste.
Related Posts with Thumbnails