jueves, 31 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo VI

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Después de todo, pensó, la muerte no era algo tan terrible como lo imaginaba. Se sentía flotar bajo el agua; sus brazos y sus piernas se agitaban con suavidad al ritmo del movimiento de las corrientes marinas. La negrura que la rodeaba no le provocaba miedo alguno.

Un extraño brillo surgió entre la oscuridad. De inmediato notó al ver las motas de arena y pequeños pedazos de algas flotando alrededor suyo que su estancia se encontraba en el fondo del gran mar. ¿Era esto la muerte? ¿Aquellas siluetas humanas que nadaban como peces eran las indicadas para llevarla con Tonatiuh? Se preguntó.

De ojos grandes, sin nariz y una amplia boca, los seres señalaron a la joven que permanecía recostada sobre el fondo arenoso cerca de un gran coral. Su piel, parecida a la de un pez reflejaba con intensidad el brillo pálido del alto bastón que sostenía uno de ellos. En lugar de piernas de la cintura brotaba una cola torneada y larga que terminaba en una enorme aleta. La observaron en silencio y en un extraño lenguaje hablaron entre ellos.

Tras un breve momento la levantaron y Atototzin percibió la pesadez de sus miembros, no podía moverse. Cuando una de sus lanzas reflejó el destello del brillante bastón que sostenían, sorprendidos observaron que el lugar donde la joven agonizaba era el santuario de Hunab Ku, el dios creador y su protector. La luz blanca que los iluminaba golpeó el cuerpo de piedra del dios y sus ojos destellaron cual estrellas en la noche.

Los hombres pez nadaron hacia arriba con la mujer y cuando los rayos del sol aclararon las aguas turbias del océano cientos, tal vez miles de tortugas surcaban sobre sus cabezas como parvada de aves. De vez en cuando tortugas de colosal tamaño nadaban pesadamente por debajo del resto y los grandes ojos de estos seres las escudriñaban cuidadosamente.

La joven observaba en silencio, se sentía sedada, creía que era por el abandono del cuerpo físico.

Otro se acercó y señaló una tortuga que nadaba lentamente hacia ellos. De inmediato fue impulsada con increíble fuerza gracias a la aleta de uno de esos extraños seres. Alcanzaron la enorme coraza de la tortuga y fue depositada con suavidad sobre ella percibiendo su calidez y aspereza. Dos hombres pez la sujetaron y sintió el vértigo en su estomago provocado por la aceleración de la velocidad de su transporte. Después no supo nada más, perdió el sentido.

El tiempo pasó, no supo exactamente cuánto fue. Algunas veces recuperaba el conocimiento y observaba a varios hombres pez de brillantes colores que la revisaban con sus inquisitivos ojos. Otras, observaba extrañas luces que titilaban en el interior de su habitación, con delicados matices dorados. Soñaba con su padre cuando lo abrazaba y él le mostraba el uso de las armas terminando en las fauces de ese terrible monstruo.

Hasta que un día el dolor y la fiebre abandonaron su cuerpo despertando plácidamente como si nada terrible hubiera ocurrido. Poco a poco abrió sus ojos. Una habitación sencilla apareció decorada con pequeños y delgados objetos de formas raras que cambiaban de tono cada dos segundos. Del suelo extrañas piedras se levantaban hasta media altura con formas lineales y la mayoría se desviaba hacia la luz dorada que entraba por una pequeña ventana.

Al incorporarse notó su brazo y hombro vendados al igual que ambas piernas. Se sentó sobre el camastro hecho de piedra porosa y suave. Recordó el ataque y su pecho se contrajo pensando en que tal vez su padre podría estar con vida.

Percibió como su piel se erizaba ante el cambio tenue de temperatura, movió los dedos de su mano distinguiendo la misma sensación de tenerlos dentro del agua. Se levantó asustada y la delgada tela que cubría su cuerpo se agitó lentamente como si flotara en el aire. Su cabello de igual forma flotaba en todas direcciones como si tuviera vida propia

Se levantó asustada y caminó trabajosamente hacia la ventana. Tres pirámides brillaban y se levantaban majestuosamente sobre una hermosa ciudadela. Las casas estaban situadas de manera ordenada y formaban calles delgadas pero con el suficiente espacio para transitar con comodidad. Algunas siluetas avanzaban sobre las calles y levantó la vista hacia arriba, en lugar del cielo azul o lleno de estrellas una negrura fría e imponente se levantaba sobre su cabeza.

Escuchó a alguien entrar a su habitación a sus espaldas e inconscientemente buscó su macahuitl, estaba desarmada. Un hombre pez delgado la miraba desde la puerta, su túnica de color turquesa caía desde sus hombros hasta la parte baja de donde una larga aleta transparente brotaba en lugar de piernas.

El hombre habló con voz suave y mientras lo hacía inclinó su cabeza.

—Forastera, el rey desea hablar con usted. —el hombre nadó hacia atrás mientras señalaba la puerta con su brazo para que lo siguiera.

Atototzin, aún desconcertada ante su extraña situación siguió al bizarro personaje a través de un largo y angosto pasillo. Por todos lados piedras porosas y delgadas brotaban del suelo hasta alcanzar el techo cambiando intermitentemente en diferentes colores. Notó sorprendida la pesadez de su cuerpo, no podía moverse con libertad pues sentía una enorme presión sobre su espalda y con mucho esfuerzo se sostenía sobre la pared para no perder el equilibrio y caer de bruces.

Se detuvieron frente a una puerta de gran tamaño hecha de piedra lisa y tallada con cientos de relieves incomprensibles. La puerta se abrió de inmediato y una hermosa y amplia habitación apareció ante ellos. Dos guardias permanecían inmóviles y miraban hacia el fondo de la habitación. Con curiosidad observó que las escamas de esos guardias eran de color dorado y rojizo. Cada uno de ellos sostenía lanzas largas y filosas mientras su aleta descansaba sobre el suelo.

Entró en la habitación y al fondo un hombre pez de barbas plateadas y largas pero de músculos fuertes e imponente mirada la observaba con frialdad. Se acercó a ella gracias a su poderosa aleta y sus ojos se clavaron en los de ella. La túnica morada que cubría su torso desnudo y su espalda se agitó al acercarse.

—Soy el rey Tzim y este es mi reino, el reino norte de Atl —mencionó y la joven respondió con una inclinación de su cabeza—. Nuestros médicos han hecho un buen trabajo para reparar tus heridas y eliminar la maldición del Waay en tu piel.

—¿Waay? —el rostro de Atototzin enrojeció—, ¿ese Waay fue el que se llevó a mi padre? Pero no entiendo, esperaba encontrarme con Tonatiuh… ¿estoy bajo el agua?..

—Con calma forastera, todo ha sucedido tan rápido para ti que es difícil de entender. Sígueme.

Ambos avanzaron hacia el balcón oculto detrás de telas blancas y delgadas que se agitaban incesantemente.

Al salir quedó impresionada ante la belleza de la ciudadela en donde cada casa reflejaba los brillos dorados de las pirámides. Más allá un hermoso jardín rodeaba el límite de las casas, una vegetación abundante de diferentes colores lo inundaba y variados tipos de peces nadaban libremente entre las plantas, algunos de ellos emitiendo sonidos tan hermosos que no se comparaban a los trinos de las aves de su tierra. El paisaje la tranquilizó y sus pensamientos a pesar de estar llenos de dudas e inquietudes se aplacaron ante la hermosura de lo que observaba.

—El reino del norte —continuó el hombre pez—. Yo soy un atlen al igual que mis súbditos y somos la raza del agua salada, valientes combatientes y fieles seguidores de los dioses benévolos.

—¿Qué sucede conmigo?—preguntó la joven con nerviosismo en su voz—. ¿Cómo es posible que pueda respirar en el interior del mar, sumergida en el agua? ¿Acaso este es un lugar que se encuentra antes de llegar con Tonatiuh?

El hombre pez sonrió ante sus preguntas suavizando su noble rostro.

—No estás muerta y por lo tanto este no es ningún lugar espiritual. Mi reino —señaló la ciudadela—, es real. Permanece escondido de los hombres por el peligro que representa el ejército de la oscuridad y eso me recuerda la inquietante decisión que tomé al aceptarte en mi reino.

Varios pulpos de enorme tamaño se impulsaban con sus largos tentáculos a pocos pasos de ellos ignorándolos por completo.

—Por alguna razón desconocida tienes la protección de Hunab Ku nuestro venerado dios y mis guerreros te encontraron gravemente herida en su santuario, a los pies de su estatua.

Inconscientemente Atototzin inspiró como si deseara que el aire entrara a sus pulmones pero una sensación diferente similar al frío golpeando su pecho le recordó el lugar en el que se encontraba.

—Respirar bajo el agua como uno de nosotros es parte de esa bendición —continuó el rey—, pero reconozco que este suceso no es una extraña coincidencia y por lo tanto eres bienvenida en mi reino el tiempo suficiente para que sanes por completo, pero te advierto que muchos de nosotros repudian a los hombres pues los culpan por la rebelión del Xibalbá.

Lo siguió hacia una amplia explanada y un par de tiburones azules nadaron a su lado curiosos de su presencia, después cambiaron su rumbo hacia el interior de la ciudadela.

—Señor mío estoy segura que mi padre permanece con vida, el Waay que envenenó mi cuerpo lo mantendrá vivo si cumple su amenaza —sujetó el ancho brazo del rey para detenerlo—. Debo salvarlo o sufrirá un terrible tormento.

Mis guerreros mencionaron un grupo de Mukai cerca de las costas, algo sumamente extraño; es inusual que se acerquen demasiado al reino de los hombres —comentó al rey mientras sonreía—. Todo en su momento forastera, debes recuperar tus fuerzas. Voy a solicitar a mis guardias imperiales que busquen a tu padre en el territorio donde fuiste encontrada.

El rey levantó su brazo y un anciano hombre pez se acercó con su cabeza inclinada.

—Mi querido Legh, quiero solicitar tu amable ayuda para que cuides a mi invitada y te encargues de que su estancia en este reino sea lo más agradable posible.

Legh se levantó y se detuvo a un lado de la mujer haciendo la reverencia de que la siguiera.

—Es un privilegio mi señor el ser útil a pesar de mi edad.

El rey sonrió.

—Tú siempre serás de utilidad querido amigo. —ambos partieron adentrándose en la ciudadela y antes de alejarse la joven miró al rey agradeciendo su protección y cuidado pero en esa mirada también transmitía la necesidad de buscar a su padre.

Una intensa luz brilló a sus espaldas y el rey volteó hacia un espejo de gran tamaño que permanecía descansando sobre el muro del palacio. Una silueta al principio borrosa se mostró en su interior.

Era un cuerpo femenino formado de agua. Los ojos, la nariz y demás facciones se podían observar a simple vista debido a las perfectas líneas que el agua dibujaba; su cabello, compuesto por miles de gotas se movían sin detenerse de un lado a otro.

—Señor mío se han detectado seres malignos en el mar del norte, parece que con desesperación buscan a algo o alguien. Están lejos del reino pero en poco tiempo podrían acercarse a ustedes. —habló la figura de agua.

—Princesa Atzin hija mía, es a alguien lo que buscan y yo, la he encontrado —el rey endureció su mirada—. Esa joven forastera parece demasiado importante para el ejército del mal.

Las líneas delicadas de agua que formaban el rostro de la mujer cambiaron de forma y mostraron una bella sonrisa.

—Te has adelantado padre, si esa mujer es tan valiosa para el Mictlán entonces tenemos una ventaja sobre ellos.

—Aquí estará protegida aunque tú y yo sabemos de la macabra y perversa mente de los Waay. Han capturado a su padre y lo mantienen vivo obligándola a salir de nuestra protección para buscarlo.

—Debemos evitar que salga de nuestras fronteras pues seguramente será presa fácil de los seres oscuros.

—No te preocupes princesa. El mismo dios Hunab Ku la protege y por supuesto, nosotros.

Notas del autor: ya me regañaron que con eso de la piratería es mejor dejar de subir notas al blog aunque ya lo tenga registrado. Prometo terminarlo pronto y prometo decirle en dónde adquirirlo. Por lo pronto llevense el primer libro. Dejen un comentario y yo con gusto les mando el primer libro en PDF sin costo alguno. Si ya alguien lo desea impreso díganme y también lo mandamos con un costo modico.

Saludos

miércoles, 30 de marzo de 2011

Cumple!!!

Hoy es mi cumple pero no lo estoy escribiendo para que me feliciten, no, lo que pasa es que recorde como uno cambia conforme el tiempo pasa.

De niño te interesan los regalos en los cumples por los juguetes y la enorme cantidad de dulces que recibes durante ese día.

De adolescente es más el apapacho de tus amigos y el dulce abrazo de las amigas (o arrimón).

De adulto… el mejor regalo.. es este que quiero compartir con ustedes:

damep

p

damea

a

dameop

p1

damei     

i

quedice

Gracias familia.

viernes, 25 de marzo de 2011

Viernes de Cómic

snack

Buen fin de semana.

jueves, 24 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

elizabeth-taylor

Una artista de la epoca dorada de Hollywood. Descansa en Paz.

1932 – 2011.

miércoles, 23 de marzo de 2011

México y sus alrededores Parte III

 

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Esta plaza con tanta vegetación ya no existe, ni en sueños.

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Hasta casacadas teníamos dentro de la Ciudad de México… sin palabras.

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Los cuatreros asalta diligencias al ataque… también teníamos nuestros bandidos a caballo, zarape y machete en mano.

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Al menos se dignaron a conservar las fachadas de las antiguas iglesias.

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La casa municipal. Tantas historias en cada personaje dentro de la imagen.

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Lugares tan pacíficos. Dicen que debajo del puente y a un lado de la fuente colgaron a muchos indios.

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Que tal. En las noches de luna se acostumbraba a salir a pasear en familia.

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Ya vieron la pulcata?? Pulqueria para aquellos despistados “El Pirata”

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Qué bonito Tacubaya..

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El Colegio de Mineria.

Espero disfruten de las imagenes.

Saludos

martes, 22 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo V

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Poco recordaba del ataque a su aldea. Tal vez algunas sombras de gran tamaño que se escondían en la oscuridad pero como todo niño pensaba que eran simples pesadillas. Su padre, aquel hombre que la había aceptado como propia le explicó con el paso de los años la cruda realidad de esos terribles y extraños seres.

—¿Cómo son Ceyaotl? —preguntó la pequeña niña mientras su padre encendía la fogata.

—Son seres horribles. Su forma física se la da su propio corazón marchito, muerto, sin nada cálido en su interior. Imagina algo horrible, monstruoso, decadente y aún así ni siquiera te acercarás a como ellos son.

—¿Por qué nos odian?

Los ojos del hombre la miraron fijamente y después de un breve silencio respondió:

—Esa es su naturaleza. Todo ser viviente es su alimento pues no creo que tengan la capacidad superior de creernos sus enemigos.

Le relató las leyendas antiguas del inicio de esta raza inmunda aunque nadie sabía con certeza lo que realmente había sucedido.

Desde las misteriosas tierras de Xibalbá una rebelión se formó en contra del dios que gobernaba ese lugar. Toda criatura que era dominada por la maldad se unió a los rebeldes y acabaron con aquellos que peleaban a favor de los dioses.

Una vez consumado el dominio sobre las tierras de los muertos el paso siguiente era esclavizar a todo ser vivo y atacaron el reino de los hombres. Gracias a los dioses los humanos prevalecieron. Enviaron a la diosa Maktly, la tortuga marina, para entregar las once gemas mágicas que otorgan poder y sabiduría a sus elegidos.

Derrotaron al ejército de la oscuridad y los pocos sobrevivientes aún mantienen el recuerdo fresco en su memoria de lo terrible de esa batalla. Pero esta derrota no significaba que esos terribles seres hayan regresado a su asqueroso agujero para no salir jamás. No, permanecían escondidos, esperando, aguardando el momento oportuno para cazar y matar, devorar y aplastar.

A través de los años se enteraban de las aldeas que sucumbían ante su paso. Jamás dejaban a un sobreviviente y no todos los cuerpos se recuperaban. Este temor la alentaba a aprender el manejo de las armas, a convertirse en la mejor con la lanza, el macahuitl y el escudo.

Y por vez primera era testigo de un ataque de los seres de la oscuridad. Ahora comprendía la injusta diferencia de las habilidades, tamaño y fuerza entre estas criaturas y ellos.

Sus pies tocaron la arena del fondo del mar. Cuando sus piernas se liberaron del abrazo de las aguas saladas se tendió sobre el suelo, estaba tan agotada que no podía levantarse. Las punzadas de las mordidas de esos peces en sus piernas ni siquiera le molestaban comparado con el cansancio de su cuerpo.

Después de un momento traspasó la selva hasta detenerse en su hogar, una humilde choza con hojas de palma por techo y juncos unidos que formaban sus paredes. Tomó una bolsa de cuero y la llenó de agua dulce. No podía perder el tiempo, si quería salvar a su padre debía rescatarlo lo más pronto posible.

Arrastró una pequeña y delgada canoa, pero con el espacio suficiente para transportar a dos personas. Antes de alcanzar la playa arrancó varias hierbas con las que formó una pasta para colocarla sobre sus heridas y con tiras de piel detuvo el sangrado en ambas piernas.

Sin temor a la oscuridad colocó la canoa sobre las inquietas aguas, encendió un par de antorchas colocándolas una en la proa y otra en la popa, y con soltura avanzó rápidamente.

—¡Padre! —gritó—. ¡Ceyaotl!

Lejos de la costa que aún alcanzaba a divisar gracias a la luz de la luna, escuchó el movimiento de un pez cerca de ella.

Se levantó cuidadosamente y observó a varios de esos extraños peces nadando a su alrededor. Una aleta cubierta de puntas agudas surgía sobre la superficie y al rozar la canoa ésta se movía peligrosamente de un lado a otro.

Poco a poco fue empujada hacia el oscuro horizonte, era como si esas bestias quisieran disfrutar de ese banquete sin la molestia de algún intruso.

Con más fuerza gritó buscando a su padre. Un lamento se escuchó a lo lejos. Tres o cuatro rocas brotaban del mar y en una de ellas su anciano padre agitaba torpemente sus brazos.

De inmediato Atototzin tomó su lanza y arponeó a los monstruos más cercanos, provocando que se apartaran de ella. Remó hacia la piedra pero antes de acercarse un pez trepó por una orilla sujetando con su garra el cuerpo débil de Ceyaotl.

—¡No me busques! —los gritos de Ceyaotl se ahogaban con el agua que resbalaba del enorme cuerpo de la criatura—. Regresa a tierra…

La joven notó una mueca en el horrible rostro del monstruo adivinando una macabra sonrisa. Las aletas comenzaron a golpear su delgada canoa y una criatura saltó del agua abriendo sus fauces para devorarla. Al mismo tiempo Atototzin giró velozmente y clavó la lanza sintiendo como la carne era atravesada de extremo a extremo. El cuerpo sin vida cayó salpicando a la joven y por poco cae por la borda.

El pez sujetó a Ceyaotl y brincó al agua. Desesperada intentó remar hacia el punto oscuro que se llevaba a su padre pero una mano que salió del mar, de dedos largos y negros, con apariencia de un cuerpo en putrefacción, sujetó un lado de la canoa.

No se ladeó debido al peso pero detuvo el avance por completo.

Otra mano salió y el resto del cuerpo subió, era una masa gelatinosa y negra, parecida a un molusco o una medusa de gran tamaño.

Se irguió y adquirió la forma de un hombre, con el rostro cubierto por delgados y finos tentáculos. Mostraba ojos rojos y profundos.

—Mujer —habló con una voz gutural—, peleas bien y tienes el espíritu de un gran guerrero en tu interior. Puedo entrenarte para que te conviertas en Hunhan y en poco tiempo en príncipe de la muerte.

—¿Qué eres? —a pesar del temor que paralizaba su cuerpo preguntó con arrojo—, ¿qué quieres de mi y de mi padre?

Eso, giró lo que aparentaba ser su cabeza y observó al pez que sujetaba a su padre. En ese momento la joven notó que ninguna criatura se atrevía a acercarse a atacarla debido a esa presencia.

—Tu padre es… una victima de las circunstancias, no puedo hacer nada por él —levantó su deforme brazo y la señaló—. Aunque si así lo deseas puedo salvarle su vida.

El pez nadó hacia ellos y se detuvo a una distancia prudente, empujó a su padre fuera del agua y lo colocó sobre su ancho cuerpo. Ceyaotl aún permanecía con vida, sus ojos la miraron con tristeza.

—Ellos son los Mukai —continuó la sombría voz y las criaturas marinas, cual llamado, levantaron sus cabezas y emitieron un grito gutural que la estremeció—, fieles sirvientes del Mictlán. Les gusta jugar con su alimento antes de devorarlo y procuran que les dure bastante tiempo. Su saliva detiene el sangrado de las heridas, disminuye el dolor aunque provocan en sus víctimas una lentitud extrema en sus movimientos.

—¡Padre! —gritó al ver el terrible destino que le esperaba.

—Puedo detener su tormento si decides seguirme. Reinos enteros te rendirán tributo y los más bravos guerreros se inclinaran ante ti.

Apenas perceptiblemente el anciano giró su cabeza mostrando su negativa ante la proposición de ese ser y Atototzin lo observó; su mirada se endureció y apretó con fuerza el macahuitl que su padre le había entregado.

—¡No! Jamás me uniré a ustedes ni seguiré a los príncipes oscuros del Mictlán. Ceyaotl me mostró el camino de los dioses, aquellos que nos guían y nos enseñan, los que nos protegen y nos alimentan. Si mi tonalli es morir luchando contra ustedes, que así sea.

La joven atacó con su arma y la silueta se deshizo cayendo sobre la madera; cientos, tal vez miles de pequeños crustáceos y medusas cubrieron el piso de la canoa. Una forma redonda que había sido la cabeza continuó moviendo sus tentáculos y una voz de ultratumba se escuchó:

—¡Te ofrecí la oportunidad de convertirte en una reina! Tu castigo servirá de ejemplo para aquellos que se rehúsen a seguir al Mictlán.

La mancha oscura sujetó sus piernas y tiraron con fuerza. La joven cayó al mar y se hundió como si una piedra la arrastrara hacia el fondo.

La voz se escuchó bajo el agua y la cabeza se acercó para mostrarle sus ojos rojos.

—Tu padre permanecerá con nosotros. Será llevado al Xibalbá para sufrir los peores tormentos pero te aseguro que no morirá.

La joven gritó y el agua entró en su garganta. Una mancha azulada cubrió la piel de sus pies subiéndole lentamente hasta el cuello. Un frió intenso taladró sus huesos y paralizada, sin poder mover ni un solo músculo, fue sepultada por el agua salada en plena oscuridad.

Notas del autor: A petición subí un capitulo más… gracias por leerlo, por comentarlo y lo más importante: recomendarlo.

jueves, 17 de marzo de 2011

Fukushima 50

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Todos conocemos la situación en Japón. Mis condolencias para aquellos que perdieron a sus seres amados. Ánimo en estos tiempos difíciles pues esto también pasará.

Pero leí un artículo que quiero compartir con ustedes: Los Fukushima 50.

Antes les comento brevemente cómo funcionan estos reactores nucleares. Son grandes contenedores con dos tercios de agua, varias barras que emiten energía nuclear con la cual calientan el agua produciendo vapor y así energía (esto es en muy pocas palabras y sin meternos en detalles ya que para esto está wikipedia o google).

Los dos peores escenarios que se prevén y Dios no lo quiera, es uno: que las barras se fundan creando cada vez más calor evaporando el agua y hundiéndose en la tierra provocando que partículas contaminadas dañen la tierra y el agua de pozos naturales. La segunda es que explote y esas partículas vuelen en todas direcciones. Ambas terribles y trágicas.

Ahora vengo al punto. Los Fukushima 50 son 50 trabajadores que permanecen en las instalaciones del reactor luchando con todo lo que tienen a la mano para evitar más daños, enfriarlo y apagarlo.

Inclusive uno de ellos llegó de otro reactor, lejos de ahí para ofrecerse como voluntario para ayudar en el que tienen problemas. La mayoría de ellos son trabajadores con edad para jubilarse pero con vasta experiencia para luchar con lo que tienen sobre de ellos.

¿Por qué lo hacen? Creo que sus acciones, su valor, su arrojo, es una muestra más de lo humano de la humanidad. Es un puñado de hombres dispuestos a dar su vida por salvar al resto de su nación, de su mundo, de lo que conocen y aprecian.

11 de ellos yacen heridos por la explosión del martes o lunes pasado. Con bombas de equipo contra fuego extraen agua de mar y la introducen en el reactor para enfriarlo, algo que no está en sus manuales en caso de.

Héroes comunes en situaciones intensas y desesperadas. Aquí están los verdaderos Samuráis. Aquí están aquellos guerreros que con su Katana en mano partían a luchar 50 contra 1000 sabiendo que al final su vida perderían.

50 Samuráis. Sí. Eso son.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo IV

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Las canoas avanzaban a buen ritmo sobre las apacibles aguas azules. El viejo comerciante observó el dulce sueño de su amada hija pero las voces y risas de sus compañeros al señalar la costa de Xamanhá, su destino, la despertó.

El viaje había resultado prometedor. Los ornamentos de plumas, adornos de oro, piedras de jade, de ámbar, cuarzo y demás que habían transportado desde Xamanhá a las diferentes localidades lejanas fueron vendidos en poco tiempo, y ahora sus canoas regresaban con una gran cantidad de carne, especias, telas y tintes para intercambiar con su propia gente.

Ceyaotl señaló con gozo la dorada playa que se extendía varios kilómetros sobre el horizonte. El sol se escondía detrás del follaje verde y el manto oscuro comenzaba a tapizar al cielo rojizo.

Atototzin sonrió al ver a su padre. A pesar de su edad avanzada los músculos de sus hombros y su espalda se marcaban sobre su piel morena. Cubierto únicamente por un taparrabos mostraba sus duras y torneadas piernas.

La suave brisa trajo consigo los lejanos recuerdos de la niñez de su hija, en aquel preciso momento cuando la aceptó como tal.

Después de muchas batallas, conquistas y derrotas como general de dos ejércitos del reino de Ah Kin Pech estaba decidido a abandonar su posición para gozar de las tranquilas aguas de Xamanhá, tierra de sus ancestros. Por fortuna, participó en la defensa de los reinos del sur en contra de las huestes del Mictlán y luchó al frente de sus guerreros, deseoso de entregar su vida a Tonatiuh. Pero a pesar de semejante peligro, y más al enfrentarse a las terribles criaturas oscuras salió victorioso con sus ejércitos y regresó a su reino cediendo su puesto a un guerrero más joven y partió rumbo a las doradas y solitarias playas.

Un año transcurrió y una anciana lo esperaba fuera de su humilde choza, con una niña de seis o siete años de edad.

—¿Qué quiere mujer? —preguntó el retirado guerrero.

—Esta niña necesita de su protección —mostró en un intento de sonrisa sus marchitadas encías y señaló el cielo—, los dioses así lo han decidido.

—¿Los dioses? ¿Hablas con ellos?

—Era una tribu de pescadores, a no más de dos días de viaje de aquí. Fueron atacados por los seres de la oscuridad y nadie quedó con vida. La niña es la única sobreviviente.

La delgada niña, con sus cabellos negros tocando sus hombros y su mirada triste que pedía ayuda enterneció al guerrero.

—¿Tiene nombre?

—Atototzin, así me dijeron los dioses que la llamarás.

La adoptó y la aceptó como su hija. A pesar de ser mujer le mostró el uso de diversas armas como el macahuitl, la lanza, el escudo y el cuchillo. La entrenó alejado de las miradas de algún curioso entre la frondosa selva, era inaceptable que una mujer aprendiera el arte de la guerra. Además se convirtió en una excelente nadadora, podía alejarse bastante de suelo firme para luego regresar sin detenerse.

A decir verdad Ceyaotl se enorgullecía de la gran habilidad que su hija mostraba. Ningún guerrero que él había entrenado mostraba tal aptitud y arrojo como ella, aunque se lamentaba por crear una gran diferencia entre su hermosa hija y el resto de las mujeres. Atototzin no cedía tan fácilmente ni se mostraba servicial, ni siquiera bajaba la vista en sumisión ante la visita de otros hombres; lo consideraba un gran riesgo cuando él partiera con Tonatiuh.

Pero en esa tarde los dioses se habían mostrado benignos, sus canoas rebosaban de mercancía y pronto llegarían sanos y salvos a su tierra.

Acompañados de un grupo de mercaderes bajaron de su transporte y caminaron sobre la suave arena. Los últimos rayos del sol rasgaban el firmamento en tonos dorados y la brisa se percibía fresca.

Los hombres descargaron la mercancía y fuegos verdes brillaron entre lo denso de la vegetación, más allá del límite de arena.

—¿Qué sucede? —preguntó Atototzin mientras señalaba las extrañas luces. De pie se notaba su formidable estatura, superaba por mucho al tamaño regular del resto de mujeres; su cuerpo bellamente formado resaltaba a través de la manta delgada que se ajustaba a su piel oscura. Sus ojos castaños mostraban inteligencia y sus labios carnosos la convertían en una mujer deseable.

Un escalofrío recorrió la espalda de Ceyaotl al ver los fuegos verdes, comprendiendo el terrible peligro que los acechaba. Tomó su viejo macahuitl y se adelantó un par de pasos.

—¡Prepárense! Nos van a atacar.

—¿Qué? —sorprendido preguntó uno de sus compañeros—, tal vez si intercambiamos un poco de nuestra mercancía nos dejen el paso libre.

—Si estas dispuesto a entregar tu propia carne, es probable que lo acepten —le contestó al mirarlo con sus ojos sombríos—. Son criaturas de la oscuridad y lo que desean es nuestra carne.

La joven corrió a lado de su padre y sujetó con fuerza una lanza larga.

—¿Son las mismas que atacaron el poblado de mis padres?

—Es el ejército que arrasa con todo ser viviente, cual langosta en cosecha.

Los fuegos verdes comenzaron a avanzar hacia ellos, acercándose peligrosamente. Ceyaotl observó a su hija y le indicó:

—Huye Atototzin, mi tonalli esta escrito; es mi deber morir bajo el filo de un arma y no como mercader o pescador. ¡Huye! Aléjate antes de que sea imposible escapar.

La joven retrocedió ante la furia de su padre y se alejó vadeando la selva.

Cuando los fuegos llegaron al final de la vegetación varios rugidos estallaron y criaturas grotescas cubiertas de pelo fino pálido con largos colmillos, ojos pequeños y rojos, brazos anchos y piernas grandes corrieron ante los desafortunados mercaderes.

Dos, cuatro hombres fueron aplastados por estas bestias y devorados mientras aún gritaban. Ceyaotl luchaba formidablemente con su invencible macahuitl que con una gota como obsequio del rey de Lytz había convertido en letal su arma en contra de esos seres.

Varias bestias cayeron sin vida bajo su mortal filo. El resto de sus compañeros logró frenar el ataque hasta que sus enemigos dejaron de salir de la vegetación. Seguramente era un grupo perdido de K’aasi en busca de comida, pensó Ceyaotl.

La joven observó el triunfo y regresó a su lado, pero algo en el mar llamó su atención. Algo se agitaba en su interior y se acercaba hacia ellos.

De las olas brotó un pez de gran tamaño, cuatro veces el de un hombre con patas de lagarto al frente y una boca rodeada de filosos colmillos; una cola de pez lo impulsaba en el agua y sus ojos giraban independientemente en busca de una victima.

De un bocado devoró a dos hombres y retrocedió al agua. Ceyaotl tomó su lanza y la clavó en un costado pero el animal alcanzó las olas perdiéndose en su interior. Otro más salió del agua a su lado y devoró a otros dos hombres. Un tercero mordió las canoas y las arrastró lentamente al mar dejando infinidad de pedazos y mercancía sobre la arena. El guerrero traspasó la piel de esa bestia marina varias veces logrando acabar con su vida, pero antes de que Atototzin auxiliara a su padre otra bestia lo alcanzó y fue arrastrado al mar mientras él arrancaba uno de sus enormes ojos con su macahuitl.

Punzadas de dolor le aguijoneaban ambas piernas. El comerciante intentó zafarse pero los delgados y largos colmillos habían traspasado su carne de extremo a extremo.

Logró tomar aire antes de que la bestia se hundiera bajo el agua y con su macahuitl que aún permanecía en su mano golpeó con fuerza la carne de su enemigo. Cortaba y golpeaba, picaba y arrancaba hasta que el animal salió del agua permitiéndole respirar nuevamente.

Escuchó los gritos de su hija y el chapoteo del agua. Se dirigía hacia él y sabía que era peligroso si ella intentaba salvarlo. Los había visto bajo el agua. No eran dos ni cinco. Una manada compuesta por veinte bestias marinas nadaban cerca de la costa en busca de más alimento.

El pez se sumergió y Ceyaotl continuó cortando la carne hasta que el pez sucumbió ante su ataque.

Creyó que las fauces cederían pero no fue así. Su hija se aproximó a él y le entregó su arma. Con su mirada le dijo que deseaba ayudarlo pero él le suplicó que se alejara, que lo dejara con esas bestias. El animal se hundió hacia las negras profundidades arrastrándolo con él.

Al menos el dolor cedía, no sentía sus piernas. Solo percibió el frío líquido que lo envolvía dándole la bienvenida.

Autor: Ian J Keller

Si quieren saber más les aviso en cuanto el libro salga a la venta.

Saludos

viernes, 11 de marzo de 2011

Viernes de Cómic

 

Gracias a Dios es viernes. Soleado, cielo azul, aire fresco, en su punto para disfrutarlo.

Les dejo un cómic para que les acompañe durante el fin.

Que descancen y recuperen energía para la próxima semana.

Salud para todos:

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jueves, 10 de marzo de 2011

Visita al Distrito Federal II

De nuevo visité a la gran ciudad. Les dejo imagenes de el área corporativa de Santa Fe:

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Fíjense en esto: La universidad de las Americas a lado de un edificio viejísimo:

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Salud para todos.

lunes, 7 de marzo de 2011

México y sus alrededores Parte II

¿Cómo sería la vida en ese entonces? Sin complicaciones, sin estres (ni la palabra existía), sin trafico y sin prisas.

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El calvario, aquel que en semana santa está a reventar para presenciar la crucifixión.

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Tacubaya. Vean los árboles, los animales en la pradera y las tierras de siembra más allá.

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Santa Fe. La de los imponentes edificios corporativos ultra nice, que a la hora de la comida parece desfile de modas de los que salen a caminar para bajar la dieta light.

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Bucareli y la plaza de toros. Qué barbaro. Cómo no se quedo así… me carga el payaso.

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El interior de la catedral, con ese frío que percibes al entrar, donde no sabes si es por lo alto de su techo o es la gloria del señor que te recibe al entrar.

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Chapultepec. ¿Ya vieron el castillo?

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El parque de Chapultepec. ¿Cuantos de los enormes árboles habrán sido testigos de esa epoca?

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Iztacalco. Lo que quieran a que esa agua estaba repleta de peces, tortugas y pequeños lagartos. Tan limpia que veías el fondo rocoso.

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Espero que lo dsifruten.

Salud para todos

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