martes, 24 de agosto de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte VI

Unos golpes en la puerta despertaron a Arnulfo de la siesta que había tomado para relajarse. El dolor de cabeza había disminuido y se sentía mejor.


Antes de abrir, sus pensamientos retrocedieron hasta la visita a su abuela, que desencadenó en toda la serie de eventos sobrenaturales y macabros que lo llevaron hasta ese lugar.

Abrió. Se trataba de un muchacho que trabajaba en la recepción del hotel.

-Tengo un recado para usted.

-¿Para mi? ¿Quién se lo entregó?

-No lo sé. Mi turno empieza a las seis de la tarde y cuando llegue estaba ahí, sobre la mesa.

Cerró y leyó rápidamente el mensaje.

“Sal del poblado y toma la carretera que rodea el cerro de Catemaco. En la parte trasera encontraras un camino de tierra. Síguelo y sube hasta que los arbustos impidan tu avance. Ahí te estaré esperando. Hazlo ahora.”

Las letras parecían quemadas sobre el papel, no escritas con tinta. Sabía que se trataba de aquel que le había salvado el pellejo en el granero, y tenía que cumplir con su palabra para zafarse de esta locura.

Subió al automóvil que rentó y condujo hasta donde se le había indicado. Tomó el camino de tierra que conforme avanzaba se hacía más estrecho. Apenas podía ver más allá de diez pasos con los faros del auto.

Se detuvo. Tal y como el mensaje indicaba, la salvaje vegetación se volcaba sobre el delgado camino haciendo imposible avanzar. Dejó las luces encendidas y con esfuerzo caminó entre los arbustos y enredaderas que rasgaban sus pantalones, y en ocasiones su piel, obligando a disminuir el paso. Aquel que lo había citado no estaba en ese lugar.

Cuando las luces se apagaron a su espalda, sacó una linterna y continuó en la negrura de la noche, pues las frondosas copas de los árboles no permitían el paso de la luz de la luna o las estrellas. Gritó con fuerza avisando su presencia.

-¡Cumpliste tu promesa! –escuchó una voz grave detrás de él-. Muy pocos llegan hasta donde estas.

El hombre vestido de charro, con su sombrero negro que cubría la totalidad de su rostro permanecía recargado sobre un tronco, sin su caballo.

-Quiero terminar con esto de una buena vez –contestó Arnulfo con desesperación-. Dime lo que tengo que hacer.

El charro se acercó y la hierba crujió ante sus pisadas. A pesar de estar separado por unos centímetros de él no lograba observar su cara.

-Pero cuanta prisa –mencionó-. Sigue la vereda de tierra que sube hacia la punta del monte. Al final encontraras una cueva. Debes entrar y traerme un relicario que se encuentra en una amplia bóveda.

-¿Un relicario? ¿Todo esto es por un relicario?

-No es cualquier cosa. Este relicario guarda cien almas. Espíritus de personas que habitaron un pueblo entero, y lo necesito.

Resignado ante la extraña petición se alejó, siguiendo la vereda que el charro negro le había indicado.

-Sabrás cual es la bóveda y encontrarás el relicario. –concluyó.

-¿Por qué no vas tu por él? –dijo al detenerse.

-No puedo entrar a la bóveda. Podría acompañarte pero no tiene caso. Por eso te necesito, y al entregármelo te daré algunas recompensas que jamás habrías soñado con tenerlas.

Alumbró el camino que tenía por delante y al regresar su mirada el charro había desaparecido.

Subió una larga cuesta y al final, donde la vereda terminaba, apareció la entrada a una cueva, con el espacio suficiente para que entrara sin agacharse.

Desconcertado observó varias antorchas encendidas que pendían de argollas sujetas a la pared de roca. Tomó una de ellas y se adentró en el oscuro túnel.

Después de un largo tramo encontró a dos personas que al parecer lo esperaban para indicarle el camino.

Extrañado observó su atuendo: eran capas blancas y largas que caían hasta sus pies, acariciando el suelo arenoso del túnel, y una capucha larga y amplia cubría sus cabezas y sus rostros.

Los siguió e intentó alcanzarlos, pero conforme se acercaba más se alejaban. En poco tiempo notó, asustado, de que no se trataba de alguien vivo, sino de espíritus que le guiaban en ese portal entre los vivos y los muertos. No tenían piernas, avanzaban sobre el aire flotando, y no lograba acercarse a ellos.

Una ráfaga de viento golpeó su rostro obligándolo a cerrar los ojos. Cuando los abrió, aquellos espíritus habían desaparecido.

A pocos pasos el túnel se abrió y entró a una bóveda, con piedras planas simulando asientos creando un círculo en el centro.

En la piedra más alta notó un brillo metálico, y al acercarse observó que se trataba del relicario.

Que fácil, pensó, cuando de pronto, su mirada se nubló y súbitamente se encontró en las afueras de un pequeño pueblo, con pocas casas hechas de madera con techos de palma. Algunos cerdos, ovejas y cabras comían entre el lodo provocado por una lluvia reciente. Inclusive percibió los olores de la humedad: la tierra, la hierba y las plantas empapadas embriagaban con su olor el ambiente.

Muchas personas comenzaron a reunirse en una orilla del poblado. La mayoría con poca ropa y sin calzado. Eran campesinos de las zonas más marginadas del país.

Hombres, niños, mujeres y ancianos, después de reunirse caminaron sobre esa vieja vereda. Al final, entraron en la cueva y ahora los veía reunidos, presentando los pocos animales a un altar, construido con huesos humanos en forma de un falo, sacrificándolos con un cuchillo de extraña hechura, de hoja ondulada.

El suelo se cimbró y del fondo, en una grieta oscura, apareció un diablo. De cuernos como toro sobre su cabeza, con cola larga y patas de cabra; con su piel rojiza y su cuerpo cubierto de un vello cobrizo, se acercó hacia ellos.

-¿Qué desean de mi? –pregunto con una voz de ultratumba que hasta el mismo Arnulfo se estremeció.

-Queremos buenas cosechas –dijo el más anciano de todos-. Queremos que nuestros animales se reproduzcan. Que nuestro pueblo sea fructífero.

-¿Creen que con esta basura que me presentan como sacrificio pueda corresponder a su petición? –las familias se abrazaron-. No. Necesito algo más. Algo que sea valioso para ustedes. Necesito el sacrificio de sus mujeres.

Una ola de incertidumbre corrió a través de los rostros de los campesinos.

-Pero Señor –continuó el anciano-. Sin nuestras mujeres ¿quién cuidará de nuestros hijos? Y sin ellas ¿cómo crearemos una descendencia?

La mayoría corrió al túnel, pero a una señal del diablo, una piedra cayó y tapó la única salida.

-Entonces que sus almas se queden aquí, haciéndome compañía.

Arnulfo intentó cerrar sus ojos inconscientemente, no quería ver como el diablo despedazaba a esos pobres campesinos.
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