jueves, 10 de septiembre de 2015

Tortugas acuáticas

Hace hartos años, caminando con mi mamá en un tianguis en Vallejo miré emocionado un puesto lleno de peces, hamsters, ratones, culebras y tortugas. Prácticamente la arrastre hasta ahí solicitándole que me comprara un pez. Ella, con su sabiduría omnipotente me explicó que necesitábamos una pecera para el pez y que no pensaba comprar una. Entonces le dije culebra y ella contestó " ni loca"; pedí un ratón, "menos, ya sabes que les tengo pánico". En ese momento otro niño como yo insistió en una tortuga y el señor que atendía el puesto le dijo que costaban 5 pesos y 15 el terrario que era una isla de plástico con una palmera mal hecha en el medio. Le rogué a mi mamá que se llevara el terrario con una tortuga, "pero yo no voy a ser responsable, tu la cuidarás" dije que sí, le imploré, casi le lloro cuando accedió y le pagó al señor.

Llegue a casa emocionado, puse la tortuga en su terrario, le puse agua y le lleve pedazos de manzana. Nunca supe cuándo se escapó ni cómo lo hizo. Siendo honesto solo el primer día le puse atención, menos de la semana y ya se me había olvidado. Un día recordé a la tortuga y vi el terrario vacío, sin agua, sin manzana, sin tortuga. Mi mamá me ayudó a buscarla y en la tarde la encontró. Estaba debajo de un mueble del comedor, con su caparazón en perfecto estado pero toda ella seca, tenía los ojos hundidos, negros y arrugada.



Es la historia de toda tortuga que es comprada por un niño que no tiene la capacidad de distinguir entre un juguete y un ser vivo. Dime, venderlas a un precio de 5 pesos es regalarlas, no le dan el valor debido. Es como los pollitos que venden fuera de las escuelas pintados de verde, azul, morado. ¿Dónde terminan? muertos o devorados por perros y gatos.

¿Cuándo me cayó el veinte para comprender lo que es cuidar a un animal? cuando estaba en mis veintenas, en un día soleado como cualquiera apareció entre las macetas de mi casa una tortuga de a 5 varos. ¿Cómo llegó ahí y de quién era? no lo sé, y como mi mamá tenía gatos de inmediato la levanté y la limpié. Ya tenía un arañazo sobre su ojo izquierdo, nada grave. La lavé con agua, la puse en un balde y me fui a ver a un amigo que era veterinario y tenía su tienda cerca de la casa.

Me explicó todo el cuidado que debe tener una tortuga y sobre todo de esta especie, semi acuática. Compré lo necesario, tal vez remordimiento o sentido de culpabilidad por mi anterior tortuga y por eso decidí hacerlo correctamente. Fue una pecera, termostato, una superficie de plástico y alimento.



¿Qué tan difícil puede ser? a su mecha... si supieran lo pensarías dos veces antes de tener una tortuga por mascota. Debes llenar la pecera con agua y colocar el termostato para que tener una temperatura agradable de 24 a 26 grados, cuando la mayoría las ponen en agua directa de la llave. El Vet me dijo que al estar en agua fría los ojos se les hinchan y pronto mueren. Después debes colocar la superficie porque no debe pasar todo el tiempo en el agua, necesita dormir en una superficie seca. Alimentarlo de pequeños camarones que debo soltar en el agua y sacarla a tomar el sol por lo menos una hora al día.

Así lo hice. Extrañamente tomaba con mis dedos una cantidad de camarones y al depositarlos en el agua la tortuga de inmediato se arrojaba al agua, a comer. Cuando recién la encontré tenía el tamaño de una cuarta parte de mi mano, muy pequeña.

Pasaron dos meses y la tortuga creció. Tuve que comprar una pecera mucho más grande porque Federica se me escapaba muy seguido. Los camarones crecieron de tamaño y ahora tenía que cortar trocitos de jamón. El agua se ensuciaba seguido y apestaba horrible, a cambiarla por lo menos una vez al día. Para no hacerles tan larga la historia tuve a la Fede por un año y la jija tenía que cargarla con mis dos manos. Al sacarla al sol los gatos huían de ella, le tenían pánico. Su caparazón era un autentico tanque y sus patas representaban muy bien aquellas de los dinosaurios. El Vet me recomendó cepillarle con un cepillo de dientes su caparazón y cómo se enojaba, no le gustaba. Cuando pasaba cerca de su cabeza mordía al cepillo y sentía el jalón, supe que si me mordía un dedo se quedaba con él.



Creció tan grande que ya no podía tenerla en la pecera y sabía que mis papás no podrían comprar una de mayor tamaño. Mi amigo, el veterinario rió cuando le mostré a la Fede y le comenté que no podía con ella. Es normal, me dijo, algunos de mis clientes que han aprendido a cuidar a sus tortugas llegan al punto de no poder cuidarlas. Me explicó que estos animales llegan a vivir muchos años, a veces más que nosotros. Me comentó que él tenía un amigo en el zoo donde bien pueden cuidar a las tortugas adultas aunque era aún un adolescente.

Espero que la Federica siga con vida, allá donde se quedó y espero que muchos comprendan lo que es tener la responsabilidad de cuidar a un animal como se debe, no como se cree.

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