viernes, 22 de enero de 2010

Parte II Una probadita.

palenque

 

Entró a la ciudadela. Al pasar por su puerta los guardias inclinaron sus cabezas en señal de respeto ante su posición militar. Antes de alcanzar la delgada calle que lo conducía a su casa, un grupo de guardias imperiales, los protectores personales del rey, lo invitaron a seguirlos pues era solicitada su presencia.

Sin mencionar palabra alguna llegó al palacio hasta detenerse en la cámara principal. Un anciano de aspecto recio y de músculos fuertes a pesar de su edad, miraba el horizonte a través de una amplia ventana.

—Los dos reinos del norte —mencionó—, aniquilados. Los dos reinos del centro sufrieron el mismo destino. Los únicos que tuvieron la oportunidad de preparar su defensa fuimos nosotros, los dos reinos del sur, Gatz y Lytz, aunque mi hermano cayó ante las garras de un K’aasi. Gracias a los diez elegidos por las piedras sagradas de Maktly derrotamos a esa maléfica fuerza.

Bajó su mirada y observó al guerrero como si apenas notara su presencia.

—¡Mi querido Ayauhtli! He solicitado tu presencia pues tengo algo muy importante que pedirte.

Caminó hacia una explanada y él lo siguió, en ella recibía la visita de otros patriarcas y emisarios de tierras y reinos lejanos; se apreciaba la extensión del reino de Lytz y se observaba la muralla oeste del reino de Gatz. Diez guardias custodiaban las orillas para no permitir el paso a cualquier curioso aunque no fuera necesario, las calles permanecían desiertas y el ritmo del reino se había extinguido casi al punto del abandono. Ayauhtli inclinó su cabeza.

—Querido rey Yoltzi, pídeme lo que sea y así se hará.

—¿Observas el paisaje? Desde aquí podemos ver las viejas murallas que nos defendieron y las pequeñas casas ahora tristes y opacas de lo que alguna vez fue un gran reino —expresión que brotó con tono melancólico—. Es lamentable decir que la maldad ha infectado esta tierra; es cuestión de tiempo de que afecte nuestros corazones. Gracias a la protección de los dioses hemos permanecido sin más ataques pero se ha debilitado con el paso de los años. Si permanecemos mucho más tiempo aquí o seremos atacados, o nosotros mismos nos consumiremos.

—¿Esa es la razón del movimiento de nuestras casas? —señaló Ayauhtli las pequeñas casas que se amontonaban una tras otra hasta desvanecerse en las murallas que las protegían. Desde hacía varios años el suelo se sacudía violentamente provocando que los pocos habitantes salieran de sus casas asustados y temerosos.

—Es la última muestra del terrible poder de esos seres oscuros. Este lugar esta maldito, no podemos quedarnos aquí; he ordenado que todos los habitantes de Gatz y de Lytz sean evacuados al séptimo reino, al reino de Yolihuani y tú, mi más valioso guerrero, irás en busca de una de las piedras sagradas.

El guerrero abrió sus ojos, sin poder creerlo.

—¿Por una de las piedras sagradas? ¿Aquellas que crearon a los guerreros más poderosos capaces de derrotar a los Hunhan?

—Una de esas piedras yace escondida en Aztlan, la tierra blanca que es gobernada por los Inuit. Ahí te dirigirás y tomarás la piedra para traerla de regreso antes de que los seres oscuros se adelanten.

Los dos permanecieron en silencio, momento que necesitó Ayauhtli para digerir la petición de su monarca.

—Sin falta traeré la piedra hasta aquí. Eso quiere decir que ni tú ni tus hombres dejaran estas tierras.

—Me quedaré con mi guardia personal. Si no llegas en un tiempo razonable, entonces me dirigiré a Yolihuani y ahí nos encontraremos.

Ayauhtli asintió y cuando se disponía a retirarse el rey lo detuvo con su brazo.

—No te preocupes por tu familia, serán los primeros en partir; pediré la ayuda de los dioses para que te cuiden y protejan durante tu viaje. Además, tengo algunos obsequios que te serán de utilidad —del interior de su capa el rey tomó una bolsita de cuero—. Hace mucho tiempo solía viajar con frecuencia a la tierra lejana de Aztlan y los dioses me entregaron estos objetos mágicos para sobrevivir en esa extraña tierra. Toma —le entregó la bolsita—, en el interior hay un valioso líquido, basta una sola gota para subir la temperatura de tu cuerpo pues el frío es tan poderoso que congela tu carne y tus huesos en un abrir y cerrar de ojos.

Después de entregárselo sacó una bolsa de mayor tamaño hecha de piel y llena de flechas junto con un arco largo y delgado.

—Te será de mucha ayuda en la tierra de los Taai quienes te mostraran su uso; sus flechas parecen comunes pero son muy efectivas para destruir a los seres de la oscuridad a una distancia segura.

Por ultimó, el rey le pidió su macuahuitl y vertió un líquido verduzco sobre el arma, que al contacto, sus filos brillaron con intensidad hasta desvanecerse por completo.

—¡Listo! Con esto podrás herir a tus enemigos mortalmente. Ahora ve y despídete de aquellos que amas, te esperaré aquí mismo esta noche para que cumplas tu cometido.

El guerrero se retiró no sin antes notar lo cansado y preocupado que se veía el rey; los años no pasaban en vano; la carga de dirigir y proteger a ambos reinos del sur lo estaba acabando literalmente.

El rey, a su vez, examinó a aquel que había sido solicitado para esta empresa por el mismo dios Quetzalcoatl. Era un hombre de estatura media pero de complexión fuerte; sus músculos se marcaban en los hombros, brazos y pecho; sus piernas eran anchas gracias a sus extensas carreras como mensajero, posición que gozaba de ejecutar aunque no fuera su responsabilidad. Cubría su pecho y su espalda con su Ichcahuipilli, armadura de algodón acolchado de uno o dos dedos de espesor resistente a golpes y a tiros de piedras y flechas, dejando al descubierto ambos brazos. Un calzón de algodón se ajustaba en su entrepierna mostrando sus muslos desnudos y calzaba un par de sandalias de resistente cuero. Su Ehuatl o túnica larga que únicamente los nobles podían usar, ondeaba con suavidad al caminar y en cada movimiento incrementaba su tonalidad escarlata. Una delgada tira de cabello negro caía de la parte alta de su cabeza hacia su nuca; el resto, se mantenía corto, casi tocando el cráneo presentando un estatus alto delante de sus compañeros.

Bajó por una calle que bordeaba las tres pirámides, el mercado y la plaza principal, ahora sin vendedores, sin compradores, sin niños corriendo para ver las novedades de tierras lejanas, sin adoradores que se acercaran a observar los rituales del día. Dos, tal vez cinco personas caminaban aprovechando la luz del sol para comprar en uno de los pocos puestos de frutas, vegetales y carnes en el mercado; ningún sacerdote se observaba en las pirámides, solo grupos de guardias caminaban en las calles despejadas para ofrecer un poco de paz en esos críticos tiempos.

Entró a su hogar y saludó con cariño a un menor de cinco años para después besar a su amada esposa.

—Ayauhtli, han estado aquí mensajeros del rey y nos han comentado que nos llevarán a otro reino en donde podremos rehacer nuestras vidas ¿es cierto eso? ¿Estaremos mejor?

Sonrió para calmarla y comentó mientras cargaba en sus brazos a su hijo:

—Sí Xochiyetl, nos llevarán al reino de Yolihuani, en donde los seres oscuros no podrán entrar ni acercarse a nosotros. Yo los alcanzaré mas tarde, tengo una misión para el rey que debo emprender, pero al final nos encontraremos ahí.

Los tres se abrazaron con cariño, el resto del día lo dedicó para disfrutar a su familia. Poco antes de que el sol se ocultara, un grupo numeroso de guardias tocaron a la puerta de su hogar, venían a llevarse a su esposa y a su hijo rumbo a la costa para partir hacia el séptimo reino. Ayauhtli se despidió por última vez de Xochiyetl y de su pequeño hijo con la esperanza de que estarían protegidos en ese lejano reino y que pronto estaría a su lado, si es que los dioses se lo permitían.

De regreso al palacio un hombre detuvo su avance.

—¿A dónde crees que vas tú solo, viejo coyote? —el hombre era bastante alto y fuerte—. Sea al lugar que sea, no dejaré que vayas solo.

Permaneció bloqueando la estrecha calle impidiendo su paso; de hombros anchos y cuello como el de un toro levantaba una gran sombra sobre el guerrero; el color moreno de su tez denotaba que era un hombre acostumbrado a trabajar bajo el sol abrasador del verano. Carecía de cabello y utilizaba como adorno una delgada banda de algodón de color naranja sujetada alrededor de su frente; en el enorme pectoral mostraba una cicatriz grande y profunda causada durante una persecución a un grupo de asesinos en las afueras del reino.

—Mi viejo amigo Iztacoyotl ¿Qué harías si te dijera que mi camino me lleva a un lugar lejano, lleno de criaturas y seres extraños y de peligros inciertos? ¿Aún así me seguirías?

Iztacoyotl sonrió aún más y contestó hinchando su pecho:

—Claro que sí, viejo amigo. Jamás permitiría que te quedaras con la gloria y el honor que tanto tiempo hemos estado esperando.

Ayauhtli sonrió y le indicó que lo siguiera; Iztacoyotl había sido su compañero de juegos desde su infancia y habían compartido muchas aventuras juntos. Unieron sus fuerzas para derrotar a los saqueadores y ahora patrullaban toda la extensión cercana de ambos reinos, incluyendo la costa.

Ambos entraron al palacio y se detuvieron frente al rey quien portaba sus ropas de combate y permanecía rodeado de varios guardias cubiertos por túnicas escarlatas.

—¡Síganme! —ordenó.

Lo siguieron a través de un pasillo bastante largo y estrecho que los conducía a la parte de atrás, hasta encontrarse con una puertezuela pequeña de madera, de apariencia olvidada. La abrieron y un grupo de guerreros armados con sus espadas y escudos los esperaban con impaciencia, los guardias entonces regresaron al palacio y el rey avanzó por unas calles abandonadas deteniéndose en la muralla del lado norte.

—Utilizamos este camino para que nadie pudiera vernos. —les indicó con su mano otra pequeña puerta.

La luz de la luna iluminaba su rostro y las siluetas de los guerreros que los acompañaban.

—Antes de proseguir —mencionó—, te explicaré Ayauhtli, el camino que deberás seguir.

Los guerreros encendieron varias antorchas y uno de ellos abrió la puerta, espiaba sigilosamente a través de ella. El rey lo observó y prosiguió con las indicaciones que ambos tendrían que seguir.

—Los dioses se aliaron y unieron sus fuerzas para destruir a los traidores y gracias a ellos salimos victoriosos. Por otro lado, ninguno de los otros cuatro reinos lograron sobrevivir —el rey permaneció en silencio, mostrando un minuto en honor de aquellos que cayeron al pelear con bravura y honor—. He sido testigo del poder tanto del mal como del bien, y he escogido estar del lado de los dioses. Ellos nos entregaron las piedras sagradas portadoras de su divina sangre, para crear a guerreros con poderes especiales capaces de derrotar a los príncipes del Mictnál.

El guerrero que observaba a través de la puerta se mantenía vigilante y el rey detuvo su explicación para esperar alguna advertencia de él.

—Muchas cosas cambiaron desde entonces. Los dioses escuchan nuestras plegarias y nos ayudan abiertamente; ellos fueron los que me indicaron que teníamos que alejarnos de estas tierras —suspiró y sus ojos brillaron con intensidad—. Debes encontrar la piedra antes de que lo hagan los seres de la oscuridad, no tardarán mucho en saber en dónde esta escondida. Si ellos la toman, entonces una piedra sagrada elegirá a uno de sus seguidores y la balanza se inclinará a favor del Mictnál. Tenemos que evitar a como de lugar que esa piedra sea encontrada por ellos ¿Comprendes?

Ayauhtli asintió con su cabeza y reconoció lo importante de su misión.

—Cuando ambos reinos estén evacuados por completo —continuó el rey—, un grupo de alebrijes y guerreros Cuachicqueh llegarán al reino para prepararnos por si intentan atacarnos nuevamente; de no ser así, esperaremos su regreso o partiremos para Yolihuani.

El guardia giró su cabeza.

—La piedra esta brillando señor. —mencionó.

—Te llevaremos al sacbé sagrado que te guiará a las ruinas del reino de Agaf. Ahí deberás dirigirte a la muralla del extremo norte, en donde otra puerta igual a ésta te conducirá al segundo sacbé sagrado, éste a su vez te conducirá a las tierras de los Taai y ellos te llevarán al último sacbé que termina en el reino de Ungava, la tierra de los Inuit, cerca de Aztlan en donde la piedra yace escondida.

 

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