viernes, 3 de julio de 2009

La Prueba



La batalla había terminado, y por voluntad de los dioses aunado a la gran habilidad de su ejército, vencieron de forma aplastante a sus enemigos. Una extraña amenaza llegó del norte como una sombra que se esconde en la oscuridad de la noche. Por fortuna, algunos rumores, casi murmullos, habían alertado al reino y a sus guerreros deteniendo el avance de esa amenaza en los desiertos ardientes de Xalyuhcatlan. Ahora se encontraba de pie frente a la gran pirámide de adoración. Solo había descansado dos días después de regresar de esa sangrienta batalla, pero su deseo lo forzaba a permanecer frente a la larga escalinata que subía en una inclinada pendiente hacia la cima. Enderezó su espalda y unas ligeras punzadas de dolor recorrieron sus anchos hombros recordándole el sabor de la victoria. El sol comenzaba a ocultarse entre los montes y las tonalidades naranjas acariciaron su rostro dorado acentuando aun más las huellas del sol abrasador sobre su piel. El anciano que lo observaba en silencio levantó su brazo y señaló la escalinata. El guerrero asintió con su cabeza y sin producir palabra alguna, avanzó subiendo por ella hacia la cúspide.

Cubría su pecho y su espalda con su Ichcahuipilli, armadura de algodón acolchado de uno o dos dedos de espesor, resistente a golpes y a tiros de piedras y flechas, dejando al descubierto ambos brazos. Un calzón de algodón se ajustaba en su entrepierna mostrando sus piernas desnudas, y calzaba un par de sandalias de cuero. Su Ehuatl o túnica larga que únicamente los nobles podían portar, ondeaba con suavidad gracias a la delicada brisa, y en cada movimiento incrementaba su tonalidad escarlata. Mientras subía, su mente se lleno de recuerdos y se remontó a su lejana infancia. Después de la muerte de sus padres por una extraña enfermedad, el niño Canamero fue adoptado como sirviente por un afamado general que dirigía la tropa de mil hombres de tres grandes reinos, y desde pequeño, la influencia de los temas militares hizo mella en él. Todas sus tareas las realizaba a la perfección, provocando que su petición de ingresar al calmecác a temprana edad fuera concedida por su amo sin ningún titubeo. En ese lugar, recibió entrenamiento militar así como astronomía, poesía y religión, siendo uno de los alumnos más destacados.

Una guerra alcanzó las fronteras de su pequeño reino y participó activamente como Tameme o cargador, quien llevaba armas y suministros a las diferentes líneas de combate. Conforme el tiempo transcurrió, avanzó entre los diferentes niveles del ejército hasta pertenecer a una de las mayores sociedades guerreras, la ocelopilli o guerrero jaguar. Su nombre había cambiado al recibir ese honor, ya no era un simple Canamero, era Canamero-ocelotl, caballero jaguar. Sin embargo, cuando todos los reinos se unieron para luchar en contra de un peligro común, el terrible y poderoso ejército oscuro del Xibalbá, fue testigo de la clase guerrera de la más alta elite, los Cuachicqueh, la sociedad guerrera más prestigiosa. Sus cabezas estaban rapadas excepto por una cresta de pelo al centro y una trenza sobre la oreja izquierda. Pintaban sus calvas y rostros en una mitad azul y en la otra, en rojo o amarillo. Uno de sus más altos juramentos era no dar un paso atrás durante la batalla bajo pena de muerte a manos de sus camaradas.

Era la primera vez que los observó en plena acción, nunca antes se habían presentado en alguna otra batalla. Todo lo que escuchó acerca de ellos eran leyendas y comentarios de los guerreros más antiguos, quienes mencionaban que solamente, cuando el momento lo ameritaba, en caso de que el reino en toda su extensión corría un terrible peligro, esta misteriosa sociedad aparecía de la nada y luchaban con una fuerza y una pasión descomunal. En el momento en que los vio, juró que pertenecería a ellos, formaría parte de esa elite indomable y única, pero no sabía cómo hacerlo. Le preguntó a sus maestros, conocidos y amigos y todos contestaban con las mismas palabras, nadie sabía la forma de ser aceptado en esa sociedad, algunos comentaban que simplemente el dios Huitzilopochtli se aparecía a los que más calificaban y después de probar ser dignos, se aceptaba el nuevo integrante desapareciendo en tierras lejanas, en lugares inhóspitos para terminar con su entrenamiento y estar listos para guerrear contra cualquier cosa que amenazara a la civilización. Otros mencionaban que solo al estar al borde de la muerte en pleno campo de batalla, un espíritu ancestral se presentaba y le ofrecía la oportunidad de vivir un poco más, con la condición de que en cada nueva batalla ofreciera su vida por la de los demás peleando hasta el frente de toda la formación de guerreros.
Desconsolado al no encontrar ninguna forma palpable para poder solicitar su entrada a esa sociedad guerrera, Canamero-ocelotl peleó entregando su corazón en la batalla reciente, inclusive arriesgó varias veces su propia vida entre las líneas enemigas. Poco tiempo después de la rendición de sus enemigos y mientras caminaba entre los cuerpos mutilados de sus compañeros, un anciano caminó hacia él y le mencionó con una sonrisa en sus labios que una vez regresando a su ciudadela, tenía que subir hasta la explanada de la gran pirámide para presentar sus respetos al dios Huitzilopochtli, tal vez, le mencionó, sería probable que al ver su valor y su habilidad en el campo de batalla tenía probabilidades de ser aceptado por el dios para pertenecer a los Cuachicqueh. Al principio lo dudó al ver el aspecto sucio y deplorable de ese anciano, parecía mas un pordiosero que un mensajero de los dioses, pero al mirar la tierra roja y al introducirse en su nariz ese distintivo olor acre producido por la sangre derramada, accedió a por lo menos intentarlo tal y como se lo había solicitado ese hombre.

Ahora estaba sobre la escalinata, subiendo con determinación a pesar de desconocer lo que se encontraría en la cima. El sol se había ocultado y las estrellas brillaron sobre el firmamento. Su cuerpo brillaba ante la luz nocturna debido a la delgada capa de sudor que lo cubría por la extensa trayectoria. Contó doce peldaños faltantes por subir y aun no podía distinguir lo que había en la explanada. El aire circulaba con más fuerza debido a la altura y por fin, se detuvo en la orilla al pisar el suelo firme de la parte más alta de la gran pirámide.

Observó de reojo su entorno y cuatro pilares laboriosamente tallados se levantaban en cada esquina, y de estas colgaban dos antorchas encendidas que iluminaban por completo la explanada. En medio, una piedra circular de tres a cuatro metros de circunferencia en forma de moneda se sostenía sobre su canto, y a lado de ella se encontraba aquel anciano que le había solicitado su asistencia en la pirámide. Canamero-ocelotl se acercó y observó al anciano. —Bien guerrero, se te ha ofrecido la oportunidad de pertenecer a los Cuachicqueh por el gran valor que has mostrado en la batalla —le mencionó con una sonrisa en donde pocos dientes aun permanecían sobre la encía, y le indicó que caminara hacia la piedra circular—. Esta es la piedra Ollin Tonatiuh y ha sido creada por los dioses más poderosos —señaló la piedra y en el centro, aparecía un rostro tallado a perfección que daba la impresión de que estuviera dormido placidamente con sus ojos cerrados—. El rostro pertenece al dios Tonatiuh, el dios sol —El anciano eliminó su sonrisa y sus ojos lo observaron con seriedad mientras le preguntaba—. ¿Estas seguro de querer pertenecer a esta sociedad guerrera? Los dioses probaran tu valor y tu habilidad en combate pero no será fácil y podrías perder la vida, ¿Estas seguro? — Canamero-ocelotl endureció su mirada y lo observó como si sus ojos escupieran bocanadas de fuego —Estoy seguro anciano, no le temo a nadie ni a nada. —contestó, y el anciano volvió a sonreír mientras señalaba un cuadro que brillaba a un lado del rostro del dios, le mencionó —: Esta es tu prueba, esa es la tierra de Xibalbá –dentro del pequeño cuadro el guerrero observó un paisaje oscuro y tenebroso—, ahí se encuentra una hermosa flor negra, tráela de regreso y serás aceptado.

El guerrero sonrió por vez primera y le contestó — ¿Eso es todo? Ni siquiera es necesario el que lleve mi arma para tomar una flor. —De pronto, los ojos del rostro en la piedra se abrieron y brillaron con intensidad arrojando una luz verde y fría. El guerrero escuchó la voz del anciano sin poder distinguirlo a causa de esa luz cegadora — ¿Arma? No llevas ninguna, tendrás que encontrarla para poder defenderte, recuerda que debes traer la flor. Buen viaje. —Canamero-ocelotl buscó su macahuitl, una especie de espada de madera con filos de obsidiana incrustados en los lados y se sorprendió al notar que ya no la llevaba con él. Un vértigo se apoderó de su estomago y una fuerza descomunal lo jaló hacia enfrente. La luz lo inundó por completo y dejo de sentir el suelo bajo sus pies. La presión de la fuerza que lo arrastraba hacia enfrente se detuvo en un instante y de forma súbita, ahora la fuerza invisible lo empujaba desde su espalda con suavidad. La luz dejó de brillar y el guerrero sintió el suelo, dobló sus rodillas y se inclinó sobre si mismo para evitar caer de bruces.

Se enderezó con lentitud y observó el paisaje. El cielo estaba cubierto por frondosas nubes con matices grises y negros. A ambos lados, dos enormes murallas de roca oscura marcaban el camino a seguir, la hierba que cubría de forma esporádica la tierra negra era de color rojizo, y al girar su cabeza para observar lo que había a su espalda, una pared de roca se levantaba hacia las nubes sin mostrar ningún escape de ese extraño lugar. Unos árboles negros y extraños se levantaban entre ambas murallas, parecían secos y muertos pero agitaban sus ramas no al ritmo del viento, con voluntad propia, y eso le indicaba que tuviera cuidado con ellos. Cerca de las murallas varios grupos de criaturas monstruosas devoraban pedazos de carne fresca y el guerrero se mantuvo inmóvil, deseando que esas extrañas y horribles criaturas no notaran su presencia. Superaban los dos metros de altura y unos brazos poderosos y anchos brotaban de su cuerpo cubierto de un pelo corto y áspero. Unos ojos pequeños y negros miraban con ansiedad su alimento, mientras que con sus filosos colmillos que brotaban de su ancho hocico, destrozaban los huesos hasta convertirlos en diminutos pedazos. Su pelo era de color pálido, dando el aspecto de una criatura llena de podredumbre. Otros seres tristes y enjutos, muy diferentes que los anteriores, caminaban lastimosamente desde unas pequeñas grietas que rasgaban pequeñas partes de las murallas, y arrastraban con pereza y odio grandes pedazos de carne que al mostrar parte de la piel el guerrero observó que pertenecían a vacas, borregos e inclusive perros. Estos pequeños seres arrojaban la carne hacia las criaturas de gran tamaño y sin descanso alguno, continuaban devorándola como si en algún momento alguien más les podía arrebatar de sus garras su alimento.
Canamero-ocelotl solo escuchaba su propia respiración y un brillo llamó su atención. Unos cien pasos adelante de él algo brillaba con intensidad. El guerrero enfocó su mirada y distinguió una hermosa espada clavada en la tierra negra, y a un lado, una pequeña y hermosa flor de color negro se agitaba como si danzara al ritmo del viento. En ese momento Canamero lo comprendió, al tomar la flor tendría la oportunidad de obtener un arma para defenderse de esas criaturas. Lo importante era el llegar antes de que esas criaturas lo observaran. Sin más, lejos de meditar un plan, el guerrero jaguar corrió con todas sus fuerzas hacia la flor. A ambos lados escuchó varios gruñidos llenos de rabia y supo que su presencia ya había sido notada. Continuó corriendo sin detenerse a mirar, al pasar cerca de los árboles estos agitaban sus ramas para atraparlo y en ese instante se le ocurrió una brillante manera de defenderse.

Ladeó su cabeza en un rápido movimiento y esas criaturas se acercaban peligrosamente a él. En lugar de aumentar el paso fue bajando la velocidad de sus piernas y las criaturas lo alcanzaron en poco tiempo. Corrió en dirección a un árbol y dos monstruos lo seguían de cerca. De un movimiento ágil giró al lado contrario y las ramas alcanzaron a las dos criaturas que fueron elevadas por los aires y murieron al instante por el poderoso agarre de las ramas. Canamero-ocelotl sonrió y continuó corriendo. Decenas de monstruos lo siguieron pero muchos de ellos eran atrapados por los arboles que funcionaban como un escudo para el guerrero. Llegó hasta la flor y la tomó delicadamente, la introdujo entre unas cintas de cuero que sujetaban sus sandalias y entonces tomó la espada. Una corriente calida le recorrió el brazo y subió por todo su cuerpo, llenándolo de energía y fuerza.

Diez criaturas se acercaron y con sus enormes brazos intentaron sujetarlo. Canamero agitó su espada y al cortar el aire, susurraba como el rugido de un león. De un rápido movimiento cortó los brazos de tres de ellos y en poco tiempo, las diez criaturas yacían sin vida sobre la hierba roja. Una sombra negra bajó desde las nubes oscuras y se detuvo frente al guerrero. Canamero observó un hueco en forma de espejo que brillaba al fondo, desde el lugar por donde había llegado a ese extraño lugar, tenía que llegar hasta ahí para poder escapar. La sombra se hizo sólida rápidamente y apareció el rostro de un anciano. Sus ojos eran blancos y su boca carecía de labios, ofreciendo ante la mirada del guerrero unos colmillos amarillos listos para devorar a una victima más. El cuerpo del anciano se mostró y difería de lo que el guerrero esperaba. Unos hombros anchos y fuertes al igual que el resto del cuerpo se hicieron visibles. Su espalda estaba cubierta por una manta negra y vieja que ondeaba al ritmo del viento. Una voz se escuchó de entre sus amenazantes colmillos —No escaparas humano, tendrás el honor de morir por un Hunhan, príncipe del segundo anillo del Xibalbá. Serás un trofeo para nosotros y tu cabeza estará en la cima de la entrada principal de mi dominio. —Canamero-ocelotl sonrió y apuntó su espada al pecho de ese Hunhan —Soy hombre de pocas palabras, porque lo que sale de mi boca no regresa a ella sin antes haberse cumplido, y yo te digo que el que terminara siendo alimento para los gusanos, serás tú, Hunhan o lo que seas.

El Hunhan lanzó un golpe rápido y feroz con un mazo que había mantenido oculto bajo su manto, pero Canamero ya estaba presto para defenderse. El mazo golpeó con fuerza el suelo y al ver que había fallado, el Hunhan emitió un grito de rabia y atacó con múltiples movimientos al guerrero, quien al bloquear el ataque con su espada sintió la fuerza del Hunhan en sus huesos, se estremecían en cada impacto que detenía por la tremenda fuerza de su adversario. El Hunhan continuó atacando al guerrero y en un fugaz instante, golpeó su pecho con el puño de su otro brazo arrojándolo varios metros hacia atrás. Canamero-ocelotl cayó de espalda pero de inmediato se incorporó. Mientras el Hunhan caminaba con lentitud hacia él observó que las criaturas pálidas se acercaban por detrás de su príncipe para disfrutar de su carne al ser vencido.

Una chispa de furia ardió en su pecho y sujetó con fuerza su espada, no permitiría que nadie le impidiera el convertirse en un guerrero Cuachicqueh. La chispa se convirtió en calor inundando todo su cuerpo. Súbitamente, una armadura brotó de la piel de Canamero cubriendo todo su cuerpo, el coraje que sentía le hizo gritar enfurecido. Su espada brilló en su mano izquierda y un escudo pequeño del tamaño de su antebrazo alargado desde la muñeca hacia el codo brotó de su brazo derecho. La armadura brillaba con intensidad pero su brillo se desvaneció de forma rápida para mostrar unas serpientes talladas en el cristal de su armadura que subían enroscadas en sus piernas, desde los tobillos hasta el muslo. Dos serpientes salían de su espalda subiendo por los hombros y sus cabezas terminaban cerca del centro de su pecho en donde su corazón latía con fuerza. Unas plumas transparentes como el cristal, suaves y ligeras caían de la parte alta de su espalda hacia atrás y un casco cubrió su cabeza. El casco tenía la forma de la cabeza de una serpiente y por su boca se podía observar el rostro de Canamero. Sus colmillos bajaban a los lados de los ojos protegiéndolos de cualquier golpe hacia la cabeza y los dientes de la quijada subían cubriendo parte de la boca. Los ojos de la serpiente estaban tallados con detalle a los lados del casco en la parte superior, mostrando un brillo especial que hacía creer que la serpiente tenía vida propia.

El coraje lo forzó a correr hacia el Hunhan quien se sorprendió al ver la reacción de aquel que ya lo creía derrotado. El terrible anciano lo atacó nuevamente con una serie de golpes interminables, pero el guerrero los detuvo con su escudo y su espada sin ningún problema. Entonces Canamero sonrió y mencionó —: Ahora es mi turno. —Se abalanzó atacando al Hunhan con una increíble fuerza y habilidad. El príncipe del segundo anillo evitó los golpes del guerrero pero estaba sorprendido ante el incremento de fuerza y rapidez en sus movimientos. El Hunhan respondió de la misma forma pero en menos de un segundo, la espada brillante del guerrero jaguar atravesó limpiamente el pecho de su adversario. El príncipe gritó desconcertado y cayó de rodillas con terror en su mirada. Al instante se convirtió en una densa capa de polvo negro y el viento se lo llevó.

Las criaturas lo observaban con duda al ver a su príncipe destruido y el guerrero aprovecho ese temor. Corrió hacia ellos y giró su espada atravesando, cortando y desgarrando a aquellos que se interpusieron en su camino. Las ramas que intentaron atraparlo fueron cortadas como si sus tallos no ofrecieran defensa alguna. Brincó cubriéndose con su escudo al interior de la entrada que brillaba con intensidad.

Respiraba con agitación y aun sentía el recorrido de la furia en cada fibra de su cuerpo. El anciano permanecía observándolo con una gran sonrisa. Canamero-ocelotl se inclinó y desató la pequeña flor para mostrársela a aquel que lo había retado. —He cumplido. —Mencionó, y el anciano inclinó su cabeza como gesto de aceptación. Un fuerte viento golpeo el rostro del guerrero y rodeó el cuerpo del anciano con tal empuje que lo elevó separando sus pies del suelo. Su cuerpo giró a la velocidad del aire y su rostro y cuerpo cambió de forma drástica. El viento se detuvo y un guerrero protegido por una formidable armadura de color azul tocó con suavidad el suelo. Un casco cubría parte del rostro mostrando un brillo poderoso de ambos ojos. Unas largas y bellas plumas azules colgaban de la cresta del casco hacia los hombros y una voz metálica rugió desde el interior del casco —¡Bien hecho guerrero jaguar! Tu nombre ha cambiado, ahora tus enemigos y amigos te conocerán por Canamerocuiqueh.

El guerrero se inclinó involuntariamente al saber que aquel que se levantaba con orgullo y fiereza ante él era el dios Huitzilopochtli. El dios continuó —: Te has ganado un lugar con los guerreros formidables de los dioses y por lo tanto, te esperan terribles batallas con adversarios formidables. —El guerrero Canamero se levantó hinchando su pecho de orgullo y le contestó —: Estoy dispuesto a enfrentarme con quien sea para pelear con honor en nombre de los dioses. —Una puerta en el aire se abrió ante ellos. El dios le indicó que lo siguiera y el guerrero así lo hizo, desapareciendo en la nada sin saber lo que le esperaba. Solo mantenía en su corazón el deseo de demostrar que portaría con orgullo el nombre de Canamerocuiqueh hasta el fin de sus días.

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