lunes, 20 de septiembre de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte VII

cabaña

Escuchó los gritos de desesperación de aquellos que querían escapar, y los gritos de dolor de aquellos que eran alcanzados por las garras del abominable diablo.

Poco a poco, los aullidos se aplacaron y la visión de los cuerpos destrozados de los humildes campesinos desapareció de su vista y de su mente.

Tomó el relicario para correr hacia la salida pero una voz lo detuvo de golpe.

-¿Crees que será tan fácil?

Giró. El mismo diablo, de ojos pequeños y negros, con una sonrisa macabra cubierta de colmillos amarillentos y podridos, se asomaba del fondo de la bóveda, como si quisiera esconder el resto de su cuerpo.

-¿Qué recibiré a cambio por eso que quieres llevarte? –preguntó.

Arnulfo, petrificado por el miedo, se esforzó por hablar.

-Te entregó el poder de ver a los espíritus en el mundo de los vivos.

El diablo sonrió y corrió tan rápido que no logró verlo claramente. Sus largos cuernos se asomaron tras una roca.

-Pero eso te ha dado dinero. ¿Estas dispuesto a regresar a tu humilde origen?

-No quiero este poder, don o cómo se llame. No quiero ver a esos fantasmas que atormentan a la gente o a esos demonios que asesinan sin conciencia a cualquier persona.

-Interesante oferta, pero si te has atrevido a llegar hasta aquí, precisamente para llevarte el relicario, es debido a la petición de mi amigo Lupillo.

-¿Lupillo?

-El charro de negro –corrió rápidamente hasta detenerse cerca de Arnulfo-. Es el espíritu de un muerto que lucha por alcanzar el estado o nombramiento de demonio.

-Algo que tú ya eres –interrumpió Arnulfo sin evitar mirar las patas peludas de cabra del terrible diablo-. Déjame llevarle este relicario, es lo único que necesito para librarme de él.

El diablo sonrió hasta que su risa rebotó en las paredes de piedra que les rodeaban.

-¿Crees que te dejará en paz? Lo dudo mucho –lo señaló con uno de sus dedos de largas uñas negras y filosas-. Pero se me ocurre algo diferente. Prefiero quedarme con el alma marchita de un muerto que quiere escalar a mi nivel, que la de un miserable médium como tú.

-Yo estoy de acuerdo. Mi alma sería igual a muchas con las que te has quedado.

Al movimiento de su brazo, las rocas crujieron y el suelo se abrió, mostrando un mar de lava hirviente por debajo de ellos. Un camino estrecho se abría paso entre el líquido rojizo perdiéndose más allá de su mirada. Gritos y lamentos brotaron junto con el calor de ese extraño lugar.

-Toma el relicario –continuó el diablo-. Debes seguir ese camino que te llevará a una cueva anexa, que te conducirá fuera del cerro y cerca del charro negro.

Arnulfo percibió el calor en su piel y los lamentos le ponían la piel de gallina.

-¿Es el infierno?

-Digamos que entrarás al plano de los muertos. No en el agradable, más bien, el de sufrimiento.

-¿Me salvará del charro negro y de ti?

-Tú sigue el camino y si logras salir del cerro, le mostrarás el relicario al charro, entonces yo apareceré y me encargaré de él.

Unas escaleras de piedra aparecieron de la nada bajando hasta el camino que debía seguir. Comenzó a bajar escalón por escalón a pesar del insoportable calor que emanaba del mar rojo.

-Por cierto –gritó el diablo-. Ten cuidado con las almas de aquellos que yacen aquí. Intentarán alejarte del camino para que te pierdas y entonces te convertirás en un manjar para ellos.

Arnulfo se detuvo en seco y gritó con todas sus fuerzas.

-¿Alguna otra recomendación?

Escuchó las carcajadas y entonces la roca del techo se cerró, dejándolo en el interior de ese lúgubre lugar.

Al pisar el camino el calor se alejó, dejándolo respirar y notó que transpiraba excesivamente.

Sin más corrió siguiendo el camino. Cuando el dolor de sus piernas le obligó a detenerse, unos golpeteos le obligaron a mirar a su lado.

Varios hombres en cuclillas se agachaban y hundían sus cabezas cerca del suelo, por donde el camino se ensanchaba. Enfocó su mirada ya que el calor hacía que su vista bailara intermitentemente.

Un cuerpo yacía en medio de ellos, y los hombres devoraban su carne a mordidas como si de un manjar se tratara. El golpeteo que escuchaba no era más que el cerrar de las quijadas de esos hombres.

Contuvo la respiración y lentamente avanzó para alejarse de ahí. Pero la roca crujió bajo sus pies y esos hombres le miraron, mostrando partes descarnadas en sus rostros y cuerpos, sobre todo, carecían de labios en sus bocas, mostrando el hueso bañado en sangre de su mentón y la parte superior.

Todos a la vez gruñeron, se levantaron, y corrieron hacia él. Aún cansado se movió lo más rápido que pudo sin lograr alejarse demasiado de ellos.

Delante de él, una serie de casas de aspecto abandonado y antiguas, hechas de madera y roca, permanecían al frente, bloqueando el camino por completo.

Sin pensarlo empujó la puerta de la primera casa y entró. Estaba sola. Corrió hacia el fondo y traspasó otra puerta. Un estrecho camino dividía esa casa con otras.

Entró en la siguiente y corrió de nuevo al fondo, abriendo otra puerta y así sucesivamente. De vez en cuando volteaba para observar si aún le seguían esos caníbales descarnados y aunque algunos se perdían entre las casas, el resto lograba seguirle de cerca.

Entró a la casa de la derecha para después salir y entrar en dos casas más a la izquierda, esperando perderlos entre extraño poblado.

Cansado de correr tuvo que detenerse en el interior de una casa y se escondió en una esquina. Escuchó atentamente y los gruñidos se alejaron. Por vez primera notó a detalle el interior de las casas y al parecer, todas eran iguales.

Estaban completamente vacías, sin muebles ni habitantes. La roca y la madera estaban opacas, cubiertas por ceniza negra y manchas oscuras. Una manta roída y vieja llamó su atención. Se levantó sin hacer ruido alguno y la levantó. Tres esqueletos permanecían abrazados y por su posición les dieron una muerte violenta.

Sudó, no por calor sino por temor. ¿Cómo era posible que trajeran un pueblo completo, con sus habitantes para masacrarlos sin piedad alguna?

Se acercó a la ventana del fondo y observó que las casas continuaban. Buscó un arma y tomó un palo grueso que tal vez formaba parte de alguna mesa.

Entró en la siguiente casa y se detenía por momentos para escuchar si le seguían de cerca. Dos hombres caníbales pasaron corriendo por el camino frente a él, buscando con desesperación más carne por comer.

Esto iba a ser más difícil de lo que se imaginaba, pensó, cuando un grupo de mujeres le saludaron a través de una ventana, dos casas al frente de él.

Corrió hacia ellas pensando en ayudarles a escapar de esta terrible pesadilla.

 

 

Continuará…

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