lunes, 30 de noviembre de 2009

Relatos hiperbreves III

libro

Y continuamos con los relatos hiperbreves, y estoy seguro para aquellos que se han tomado la molestia de leerlos que son de muy buena calidad.

Bueno, pues que venga la tercer tanda:

La cueva de los sueños

Habían pasado veinte años. La húmeda cueva que tantos secretos había guardado aún seguía ahí, impertérrita al paso del tiempo. Solo era necesario retirar unos matojos que crecían salvajes y descarados tapando la entrada para acceder al escondite secreto.
Antaño, cuando la tierna infancia les acompañaba, ocho jóvenes se juntaban las noches de verano en una cavidad rocosa bajo una montaña rodeada de un inmenso mar. Había sido su refugio, su evasión de la realidad. Allí se inventaban historias dejando volar su maltrecha imaginación. En ese momento, dejaban de ser quienes eran para convertirse en piratas, princesas, guerreros e incluso exploradores del enigmático universo. Era su momento, su propia dimensión creada tan solo para buscar un pedacito de felicidad escondida bajo la luna y arrullada por las olas al chocar.
El grupo se volvía a reunir. Se miraron unos a otros observando como la vida había dejado una evidente huella en cada uno. Faltaban tres. Todos sabían lo que les había ocurrido; el destino ineludible había llamado a sus puertas y no se pudieron salvar: una sobredosis, la cárcel y un psiquiátrico. Todos los sabían, pero nadie dijo nada. Para ellos, allí estaban los ocho dispuestos a olvidar, o mejor dicho dispuestos a recordar sus inocentes sueños y sus sinceras carcajadas. No habían podido cambiar el mundo ni mucho menos sus vidas, pero allí volvían a estar, reunidos nuevamente intentando robar por última vez su pedacito de felicidad.

Autor: Dhara.

La gema de la felicidad

Escondí la gema para que los inocentes no sufriesen como yo. La encontré bajo un sauce. Un destello provocado por la luz del Sol hizo que me fijase en ella. Era del color del ámbar con unas líneas rojas irregulares. Al tocarla estaba caliente y sentí una gran felicidad inundándome. No sé cuánto tiempo pasé así pero, cuando me quise dar cuenta ya era de noche. La guardé en mi bolsillo y me la llevé a casa. La tarde siguiente le dije a mi mujer que iba a dar un paseo y fui a sentarme bajo el sauce a tocar la gema. Cuando volví a la casa era más de medianoche, y mi mujer estaba preocupada. Cada día que pasaba tenía más necesidad de estar horas y horas tocándola, sintiendo el calor y la alegría. Intenté controlarme y guardé la gema en un cajón, pero no aguanté más de dos días. Todo parecía tan triste y gris… hasta que volví a sacarla. La gema consumía casi todo mi tiempo, y descuidé todo lo que me importaba. Me echaron del trabajo por no acudir en más de una ocasión, los pocos amigos que aún conservaba se enfadaron conmigo por no aparecer cuando quedábamos y mi mujer pensó que la estaba engañando y me dejó. Después de eso, la gema era lo único que tenía y aún paso los días acariciándola, intentando huir de la realidad, del dolor por la pérdida de todo cuanto amé.

Autor: Garrabartulo.

Una lágrima por un recuerdo

Era de noche. El fuego ardía en la chimenea desprendiendo todo su calor. Tantos años viendo aquellas llamas, tantos años recordando el pasado. Las imágenes se sucedían en su atormentada mente.
Ya no quedaba nada de aquel joven con ganas de comerse el mundo, ya no había ilusiones ni sonrisas. Ya no había nada salvo aquel viejo de pelo cano y manos arrugadas. Esas manos…. Esas manos que tantas vidas habían arrebatado en nombre de una bandera, de una patria, de un deber impuesto.
En sus ojos se reflejaba el dolor, y en el fuego, las almas inocentes de cuantos a sus pies le habían rogado piedad. No, piedad no, le habían suplicado una vida, una vida que ya no disfrutarían.
< Cumplías con tu obligación, nada más>, se repetía una y otra vez, pero todo consuelo era inútil. Él sabía la verdad, sabía que siempre hay una alternativa, siempre hay otra opción. Ya no importaba, lo había hecho y ahora cumplía con el castigo de sentir sus miradas llenas de tristeza, de sufrimiento, odio y venganza; miradas que lo acompañarían hasta el fin de sus días.
Si, el fin, la paz, el descanso…
Era de noche. Las imágenes se sucedían en su atormentada mente. Las lágrimas cayeron y el fuego por fin se extinguió.

Autor: Dhara.

Su recuerdo

Todo le recordaba a ella. La débil vibración del aleteo de un insecto; sus palabras susurradas. El perfume de una joven volando hasta su nariz; el aroma cálido de su piel una noche de agosto. La amabilidad de una dependienta en un despacho de pan; el dulce frescor de su sonrisa.
Y pese a que intentara olvidar, su mente le traicionaba y le castigaba quizás hasta la eternidad. Subió los diez escalones de su apartamento y se despojó de su corrupta ropa. Una ducha fría le hizo rememorar sus delicados dedos, bajándole a lo largo de la columna haciendo del éxtasi una palabra paupérrima.
Rebuscó entre sus cientos de discos, aunque sabía que acabaría poniendo el mismo de siempre. Se estiró en el sofá mientras escuchaba con melancolía la misma canción, una y otra vez: Llanto de pasión de El último de la fila.
Daba igual que la gente le intentara ayudar siempre volvía a hundirse en los mismos pensamientos. En su mente, el recuerdo de aquella noche de lluvia, el coche en sentido contrario. Si hubiera girado el volante hacia el otro lado el golpe lo hubiera recibido él y ella aun viviría.
Aunque lo intentara, todo le recordaba a ella. Los inocentes juegos de unos niños; las tardes a solas en casa de sus padres. Los primeros besos de unos adolescentes; los abrazos y mimos de los días de invierno. El apagarse de las farolas; las despedidas tras la noche mágica. Todo le recordaba a ella…

Autor: Wherter

Pozos de Gitana Oscuridad

No podía creerlo. Tú, la más bella, La única entre todas las oscuras princesas de bar artúrico y calimocho con mora. Tú, entre todas las falsas musas que alguna vez llamaron a mi puerta, me susurrabas al oído que querías estar conmigo justo antes de buscar mi boca y robarme un beso y algo más, aunque de eso me percaté luego. La felicidad me embargaba, sentía tu delicado aroma latir suavemente junto a mí mientras tus inocentes manos buscaban mi cuello.
Acaricié tu pelo, tu melena densa como una selva y fragante a feromonas descontroladas. Mi pequeña diosa de acero cálido en una peana de arrumacos y zapatos negros. Quería devorarte, tus orejillas sepultadas bajo las olas del mar de tu cabeza fueron mi presa y ni siquiera la mosca quiso alzar el vuelo. Sentía tu respiración alterarse cuando mi boca tocaba tu cuello, tus manos crisparse cuando de alguna forma intuías en que podría acabar si me dejaras continuar. Me besaste y me aparté juguetón, dejándote hambrienta de mi. Me llamaste idiota —el idiota más dulce que me han dedicado nunca—, mientras me mirabas con esos pozos de gitana oscuridad que llamas ojos. Volviste a intentarlo. Lamí tu naricilla y aferraste mi cuello. Todavía siento esa mano desesperada arañándome, como queriendo fundirse conmigo, y siento el sabor a sangre de tus labios apretados contra los míos, deseando ser amada como yo lo estaba siendo por ti.

Autor: Greendalf el verde.

Falso...

Otro día, otra moneda. Otro día, brillo que espera.
El despunte del alba y el final del sereno. El cajón de herramientas lleno. Por fin entra el amanecer entre la 5ta y Freak Street, en el teatro de los sueños. Plataforma del arte. Pasión cociéndose y bajo el telón. Dentro, actores en franca transformación, afuera, sólo uno: Visso, rapsoda de profesión.
Visso toma su lugar justo afuera del teatro y prepara sus herramientas de bolear zapatos. Los clientes llegan siempre a él. Algunos se sientan, otros regresan a ensayar su papel.
Y Visso comienza a trabajar.
Cepillo en mano ya sabe lo que tiene que hacer. Grasa, jabón, trapo; Visso afana rápido porque sus clientes requieren prontos sus zapatos... Cepilla, engrasa y luego frota usando franela y mezclilla rota.
El calzado esta casi listo, sólo falta el brillo.
Visso se vuelve sordomudo. Aplica la pasta, enciende el cerillo, y entonces, también se vuelve peregrino. Coloca zapato encendido sobre el cajón para después, frotar firme pero cuidadosamente con la franela... Y sus ojos cobran misterioso brillo... Son historias que se revelan ante él por medio de un espejo cada vez mejor pulido. Personas y paisajes, vida y personajes. Todos fantásticos cortometrajes.
El trabajo está terminado...
Dentro y fuera el telón ha subido.
Historias han sido contadas y el teatro de los sueños apaga su marquesina.
Visso por fin regresa a casa.
En las noches escribe, pluma y tintero. Mañana, otra moneda... y de nuevo, a disfrutar inocentes verdades de bolero.

Autor: Vikken.

El pistolero

La luna le quema los ojos. La niebla invade la ciudad. Él es el protagonista principal, nadie le puede matar.
El chico había bebido demasiado, pero eso no era excusa suficiente para alardear delante de su chica. El pistolero se acercó al imberbe crío y le advirtió amablemente. El otro no pareció asustarse ante el rudo hombretón. Lo miró con cara de odio y le hizo un gesto; señaló sus armas. Las manos del chico temblaron súbitamente y, en una fracción de segundo, sacó una pistola y vació el cargador contra una fila de botellas. Una bala para cada una de ellas.
Los dos se encontraron cara a cara en el exterior. Cuántas veces había vivido esa misma experiencia. Cuántas veces se habían derramado lágrimas sobre los cadáveres de sus oponentes. Miró, una vez más al muchacho, que pronto yacería en el suelo, ante las inocentes miradas de la gente.
Las manos temblaban en el aire. Las miradas se cruzaron, mortales. Los revólveres quemaban de muerte. Sabía que el último en sacarlos, no volvería a respirar.
¡Despierta! Antes de que sea tarde, ¡despierta! Crees que nadie puede hacerte daño. Crees saberlo todo y no sabes que eres mortal. ¡Despierta! Ahora ya es demasiado tarde, ¡despierta! ¡Es tu final!
Quizás nadie recordará a aquel que fuera el pistolero del pueblo. Quizás el chico tampoco recordará quien fue su primer muerto, pero al final, cuando su vida expire en segundos; el reflejo de ésta la verá en su antecesor.

Autor: Wherter.

Me declaro inocente

—¿Cómo se declara usted?
Alcé los ojos y ahí estaba el juez con su toga negra y unos ojos fríos e inexpresivos. ¿A cuántos inocentes había mirado con la misma cara pétrea?
Era inocente e insensato al creer que podía depositar en ellos mi confianza. Fui inocente y estúpido cuando pensé que podría llevarse a cabo el plan sin ningún tipo de demora. Era inocente e inmaduro al imaginar que ella estaba interesado en mí y no en mis futuras acciones. Fui inocente y crédulo cuando una vez en prisión vi que el jefe se iba con la promesa de mi futura liberación sin cargos. Era inocente y seguro de aquello de lo que no debería estar.
Sin necesidad de girarme, sabía que ellos estarían detrás, observando cada uno de mis movimientos, esperando ver cumplidos todas las instrucciones a las que accedí con sumisión.
—Culpable —y para mi mismo añadí “de ser inocente”.

Autor: Irial.

Carta a mi hijo

Qué inocente eres, hijo mío. Qué inocentes somos los dos. Te lo dije para que no sufrieras, y no te gustó. Incluso dejaste de hablarme por ella. Por más puentes que te tendí, no quisiste cruzar ninguno, no, te aferraste a ella y a sus mentiras, que todos veíamos menos tú.
Ahora se ha ido, alegando un traslado a otro país… Y tú sigues creyéndola, hijo mío, ¿cómo puedes estar tan ciego? Te ha dejado sin nada, se lo ha llevado todo y hasta te ha dejado deudas. Y tú sigues creyéndola.
Pero pasará el tiempo y tendrás que abrir los ojos, y yo seguiré tendiéndote puentes para que no tengas que humillarte ante mí, para que el orgullo que ella ha arrastrado no sufra más embates, aunque yo ponga el mío a tus pies para que lo pisotees. Porque soy tu madre, y mi obligación es sufrir por ti y callar, perdonar todas las afrentas que puedas hacerme y callar, incluso ver como una sinvergüenza te destroza la vida y callar. Y seré yo quien te pida perdón para no perderte, porque eres mi hijo y te quiero. Por más que me hagas no puedo dejar de quererte.
Me pregunto qué será de ti cuando yo no esté. Me pregunto si alguna vez te darás cuenta y valorarás todo mi sacrificio. Ojalá, aunque ya tarde, abras los ojos, te des cuenta, mires al cielo y me des las gracias…
Entonces serás un hombre.

Autor: Sashka.

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