martes, 2 de marzo de 2010

Introducción libro II

amanecer1

Espero que les agrade, es la introducción del libro II de la legendaria saga: “La leyenda Maya de K’uh”

Salud para todos.

Tengo que confesar que esperaba otro desenlace, ¿cómo es posible que después de tan pocos años las cosas hayan cambiado tanto?. Esta tierra estaba acostumbrada a la riqueza, a la magia, a la creación de majestuosos proyectos… a la grandeza. Si era necesario se movía el cielo, mar y tierra para lograrlos, no importaba el tiempo ni los recursos, las cosas se hacían y se hacían mejor que en ningún otro lugar.

Hoy me encuentro aquí, sintiendo pena por las circunstancias que rodean a mi México, como así le llaman desde hace tiempo. Para mí este lugar no tenía un nombre específico, aunque muchos lo llamaban el “único mundo” y otros le llegaron a nombrar su “Nueva España”. Y es que en realidad no tenía nombre, no al menos para nosotros, los alebrijes.

Redacto estas líneas como una manera de expresar lo que he vivido, aunque el cruel destino me ha obligado a hacerlo sentado, en un escritorio y a través de una laptop y no en glifos de piedra, como me enseñaran a hacerlo. Me hubiera gustado dedicar este último proyecto de mi vida a tallar con esmero cada relieve, definir perfectamente cada trazo de cada detalle de cada figura de la historia que tengo que contar, aunque me llevara años en lograrlo. Pero me temo que eso es imposible, siento que mi tonalli ya desea ir al reino de Tonatiuh, por lo que no creo tener mucho tiempo extra.

Me aqueja la enfermedad, siempre he sido un fumador empedernido, eso lo aprendí de ustedes, los humanos. Aunque antes lo hacía de las cosechas de tabaco de las tierras de los grandes reyes mayas y de los orgullosos emperadores mexicas, no el polvo cubierto de químicos que ahora se consigue a precios exorbitantes.

Además ya he vivido mucho, casi siete siglos, y mis huesos claman por descanso. Todo mi cuerpo se siente agotado por tantos andares. Mis oídos casi no perciben sonidos pero aún vibran al recordar como decenas de conchas de mar sonaban al unísono, marcando el comienzo de la batalla, haciendo temblar incluso al más valiente. Mis ojos apenas alcanzan a ver un poco más allá de lo largo de mis brazos pero aún ven sombras sobre el horizonte que se asemejan al desfilar de columnas de guerreros ataviados con las pieles más exóticas, los rostros enmarcados de orgullo por pelear por los dioses, inclusive los que sabía que iban a morir. Mi piel arrugada aún se encrespa de recordar como los seres negros se materializaron en carne, roca, barro, madera y fuego, caminando entre nosotros, acompañados de todas nuestras deidades y de nuestras más temibles pesadillas, luchando entre sí, a favor y en contra de nosotros. A mi memoria llega el rugir de las baterías de teponaztlis, marcando los embates contra seres humanos y seres negros, por igual.

Desafortunadamente parece imposible que ellos vuelvan a estar físicamente entre nosotros, ya que el respeto y el equilibrio cósmico se ha perdido desde hace tiempo. Su cultura ha sido mezclada con la de otras razas de hombres y yace escondida entre los libros y las historias de los pocos descendientes de aquellos pueblos mayas que tanto han luchado a lo largo de los tiempos por conservar estable la balanza de nuestro mundo.

Éstos, irónicamente, han sido los más afectados y ya van dos veces que casi desaparecen de la faz de la tierra, sin razón aparente. Sus libros comentan que de manera inexplicable pero nuestros ancianos y los de mis hermanos los aluxes, bien sabemos que pudieron haber sido diez.

De ese pueblo tan sabio y enigmático hoy sólo quedan leyendas y recuerdos, muchos de ellos plasmados en los castillos y plazas de piedra, que los arqueólogos han arrebatado al manto protector de la selva tropical. Casi no quedan registros escritos y la mayoría de sobrevivientes observan a distancia desde los cielos o desde los infiernos, pocos aún permanecemos mezclados entre la gente. Eh ahí la importancia de dejar de lado mi pereza y transmitir lo que mis sentidos han registrado en mi memoria.

Yo estoy harto del caos y la locura de la vida actual, demasiado bullicio merma mi tranquilidad y mi razón, pero hay tantas cosas que me atraen de su estilo de vida que me han detenido a irme con mis hermanos a los bosques, los ríos subterráneos, o bien emprender mi viaje final al más allá.

La verdad, no tengo ganas de escribir, pero considero un deber hacerlo porque me he enterado que se esta planeando una rebelión para buscar nuevamente alguna de las kal tun que la diosa Maktli entregó a los hombres. Esas “piedras preciosas” tienen poderes intrínsecos que han mantenido el universo en equilibrio, si en el futuro nuevamente roban alguna, se podrían desencadenar eventos trágicos o incluso fatales para la vida. Sobre la concha de la diosa tortuga ya sólo quedan dos de ellas, una inclinada al bien y la otra al mal, si alguna se retirara, sin duda alguna experimentaríamos un nuevo episodio de pena y dolor como algunos de los que tenemos memoria.

Redacto estas líneas, insisto, porque jamás he revelado lo que sé, y estoy seguro que es importante que se conozca, mi deseo sería esculpir con la escritura maya más artística en una esquela que decorara mi tumba, o bien en finos cueros y entregárselo a un mensajero de confianza que lo difundiera a las nuevas generaciones, para que se vayan preparando para la batalla final. No obstante, lo describiré en palabras castellanas para ser lo más explícito posible, muchas de las cosas no las creerán.

Antes me sorprendía cada que aparecía un nuevo capítulo de la historia en los libros y en las escuelas: la conquista, la guerra de independencia, la revolución mexicana, y demás sucesos, y jamás se ha mencionado ningún héroe o personaje principal que no fuese humano, y digo “antes” porque ahora lo comprendo, su cerebro funciona de manera diferente a la nuestra y para ustedes, todos nosotros sólo somos abstracciones de la realidad a las que nombran: mitos, leyendas, seres intangibles o locuras incomprensibles de hombres faltos de cordura. No me quejo de ello, ya que me consta que todos los hombres que se han involucrado y convivido con nosotros han sido ejecutados, y en las batallas donde hemos intervenido se ha borrado nuestra presencia.

Una vez mi maestro Huitzilihuitl, rey de los alebrijes, me explicó que los hombres sólo pueden vernos, tocarnos o escucharnos en dos circunstancias: si cuentan con dones extraordinarios o cuando alguna de las piedras de K’uh es extraída de su cámara causando un desequilibrio para bien o para mal. Por ello, aunque compartimos los dioses, seres negros, ch’ats, itz’ats, bacabs, humanos y nosotros el mismo espacio físico, lo hacemos desde planos dimensionales diferentes, y únicamente esas dos excepciones permiten la convivencia general.

No quisiera darle más vueltas a las cosas y deseo comenzar a contarles lo que viví, conozco la historia de cada una de las piedras de K’uh que se han perdido, pero no quisiera afirmar hechos que no experimenté en persona, por ello me concentro en éste escrito en mis épocas de juventud, cuando este país no era México, sino una serie de imperios y reinos que compartían honorablemente la región hoy conocida como Mesoamérica. Es cierto que habían ritos que actualmente se consideran sanguinarios y bárbaros, pero la realidad no era esa, todos los pueblos aunque diferentes y la mayoría belicosos eran honorables, al adversario se le veía con respeto y su muerte se honraba con el más grande de los regalos: el sacrificio de sangre humana a los dioses.

Confieso que era extraordinariamente emocionante ir a la guerra, lo peor que podía pasar era morir y eso no nos daba miedo, pues era un honor entregar nuestros corazones, ya sea en batalla o en el juego de pelota, para de esa manera ayudar al viaje del dios sol en su eterno peregrinar. El egoísmo no existía y literalmente todo era un único mundo, en el cual luchábamos por vivir y la vida era grata, algo difícil pero en equilibrio.

Los alebrijes no íbamos a la guerra con los macahuitls o arcos como los aztecas, normalmente acompañábamos y auxiliábamos a nuestros “amos” humanos, consagrados en formas de animales. Mi maestro era el más grande guerrero de nuestra raza y nos enseñó muchísimas cosas, y él tenía un don especial para seleccionar las habilidades de nosotros; a mi me consagró a un personaje de la historia que estoy por revelarles, anticipadamente me disculpo si mi memoria me traiciona y la emoción me orilla a exagerar algún detalle, o si alguna laguna mental nubla la coherencia de los hechos, pero deben entender que mi vivacidad se extingue al mismo ritmo que mis arrugas invaden mi rostro.

Yo no me tragué el cuento de los nativos al suponer que Hernán Cortés era el Quetzalcóatl que regresaba a reclamar su trono, pero me deben creer al decirles que aquel choque cultural fue lo que puso en riesgo la vida humana, principalmente por la codicia de un hombre conocido como el “Gigante Rojo”.

Los hechos que a continuación redactaré son extraídos mayoritariamente de mi memoria, sin embargo una parte importante ha sido recopilada de registros escritos mayas, algunos escribas españoles y de las historias de hombres y alebrijes que estuvieron donde yo no estuve, y que gracias a su aporte se puede tener una visión completa de lo sucedido.

Los nombres de Santiago de la Villa, Tzilmiztli, Yaretzi, Francisco de Montejo o Pedro de Alvarado, los escribiré constantemente y no me referiré a ellos más que por su nombre o su sobrenombre si es necesario, y lo comento ahora, porque hasta la piel se me eriza, de recordarlos… algunos con nostalgia y a otros… con odio.

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