lunes, 21 de junio de 2010

La gallina del tiempo (Maestro-Padawan II)

Su víctima vestía una cota de mallas y de su cintura colgaba una espada, pero eso a ella no le preocupaba. En su mano tenía una jarra de vino. Era la séptima que lo veía beber esa noche, lo que anulaba las posibles ventajas de la espada. La bolsa de dinero parecía resplandecer con luz propia, llena a rebosar y colgando de su cintura. Una presa fácil, pensó la ladrona.


La Almeja Psicópata era un tugurio poco agradable para cualquier ser vivo excepto para el moho, las cucarachas y demás invitados no deseados, pero todos los días se llenaba de almas en pena, hombres que no tenían donde caerse muertos. De hecho, en más de una ocasión alguno acudió allí a morir. Encontrar dinero en ese lugar era como encontrar un cura en el desfile del orgullo gay, casi casi tan raro como encontrar una mujer que se dejase tocar por menos de diez monedas de cobre.

Ella no cobraba, pero tampoco se dejaba tocar. Avanzó sigilosamente hasta la mesa del joven caballero con la reluciente bolsa. Extrajo una pequeña cuchilla de apenas dos centímetros y la escondió en la palma de la mano. Cortó el cinturón del joven sin que éste pudiese darse cuenta. Una bolsa de dinero cayó. Habría producido un sonoro tintinear de monedas audible en todo el local de no ser por una ágil mano que agarró la bolsa al vuelo. Perfecto. Abandonó el local con una sonrisa en los labios.

Dos callejones más abajo se encontró con el hombre al que acababa de robar, apoyado en un portal, rascándose la barba y con una sonrisa burlona. ¿Cómo era posible? Miró a la joven de arriba abajo parándose donde él veía más conveniente. La chica era realmente guapa y tenía una preciosa melena castaña y rizada. El pantalón se le cayó y él se apresuró a subírselo. Le hizo un gesto a la chica para que esperase, y con una aguja y un poco de hilo comenzó a remendar el cinturón que ella había cortado. La joven puso los ojos en blanco y suspiró. El hombre no habló hasta que no hubo terminado de coser.

-Vaya, señorita, veo que ha encontrado mi bolsa. ¿Sería tan amable de devolvérmela?

La joven sonrió, metió una mano en la bolsa y con un rápido movimiento, lanzó un puñado de monedas a la cara del sonriente individuo. Éste se tapó la cara con un brazo y, en ese momento, la chica le embistió derribándolo con su hombro.

Una vez en el suelo, patada en las costillas. Así se lo habían enseñado y así lo hizo ella.

El hombre estaba encogido en el suelo y parecía no tener ganas de seguir reclamando su dinero, así que la chica se dio media vuelta y comenzó a caminar.

Al doblar la esquina volvió a encontrárselo. Aún se frotaba las doloridas costillas. Un mendigo que dormitaba en la calle levantó la cabeza para observar la escena. La joven metió la mano en su escote y sacó una daga.

-Vaya, esto se pone interesante- dijo él.

-Déjame ir u os dolerá algo más que las costillas. Vuestro dinero no vale tanto- Amenazó la ladrona.

-Debo advertiros de que soy un caballero, el famoso ser Garrabutártulo.

-Garra… ¿qué?

La cara de la chica desconcertó al caballero. La risa del mendigo también desconcertó al caballero que lo amenazó con la espada. El mendigo se levantó y se fue murmurando algo sobre el nombre más estúpido que había oído jamás.

-¿No me conoces?- dijo Garrabutártulo incrédulo mientras señalaba el blasón que tenía en el pecho: un Zagloso agarrando una barra de pan.

-Nadie os conoce, salvo los que se ríen de vos en la Almeja Psicópata- dijo una voz desconocida- Hacedme el favor y callaos ya. ¿Os creéis que éstas son horas de dar voces? La gente normal intenta dormir.

El caballero y la joven ladrona miraron hacia arriba y vieron a un hombre asomado a la ventana de una torre. Tenía una barba que pensaron que podía dar cobijo a un par de ratas –y no iban tan mal encaminados- y una nariz que podría haber pasado por el pico de un tucán, no sólo por el tamaño, sino porque era de un malsano color amarillo. Llevaba un sombrero gris terminado en punta con más parches que una película de piratas. Al ver que no se iban cambió el tono.

-¡Ahora mismo os vais de aquí o sus vais a enterar! ¡Os voy a sacar los ojos y me voy a mear en los agujeros para que os escueza!

-Esas no son formas de hablar delante de una dama- dijo Garrabutártulo.

-¡Pero si os acaba de robar!

-¡Eh, eh, pero eso no significa que no sea una dama!- replicó la chica.

-¡A que subimos y os hacemos callar, vejestorio!- dijo el caballero.

-Ya está. ¡Me tenéis hasta los mismísimos cojones!- El hombre desapareció para luego volver a asomarse por la ventana con una gallina en las manos- Os arrepentiréis de haber molestado a un hechicero.

Dejó caer la gallina que aleteó hasta llegar al suelo. Entonces cacareó, comenzó a brillar y Garrabutártulo y la ladrona fueron cegados.

Cuando pudieron ver de nuevo, estaban en el centro de un jardín circular al que unos extraños carros sin caballos daban vueltas.

-Pues sí que se lo ha tomado mal, ¿no?

-Un poco. –respondió la joven.

-Cococ- cacareó la gallina.

El aire olía a humo y los dos miraron confundidos a su alrededor.

-Oye, ¿vos sabéis donde nos encontramos?-preguntó la joven apoyándose en un poste metálico con un cartel blanco con una barra roja diagonal que decía Argamasilla de Alba.

-Ni idea, pero no os preocupéis, yo os devolveré sana y salva a vuestra tierra. El caballero del zagloso y la barra de pan siempre ayuda a una doncella. Vos sois...

-Llamadme Fuego Helado- contesto encogiéndose de hombros.

Mientras Fuego se presentaba, la gallina sintió algo que nunca antes había sentido, algo nuevo para ella. Había comenzado a sentir una misteriosa curiosidad hacia los carros metálicos que no paraban de pasar rodeando el jardín circular para después seguir su camino. Era un comportamiento extraño para los ojos de la gallina, ¿por qué no seguir en línea recta? Decidió ir ella misma a averiguarlo. No le mandes a un humano lo que puede hacer una gallina.

Un gran estrépito distrajo a la pareja de su discusión lingüística. Cuando se giraron para mirar, los extraños carros habían chocado entre si y la asustada gallina corría a refugiarse al otro lado del camino.

-¡La gallina! -exclamó la joven- se escapa.

-Dejadla, seguro que es más feliz donde quiera que vaya.....

-Si, y una mierda, y después el chiflado del hechicero se cabrea porque le habemos perdido la gallina.

-Le hemos.

-¿Qué?

La gallina se metió en un callejón y se coló por una ventana.

-¡No!... ahora sí que nos es imposible recuperarla. Joven dama, mucho me temo que ya esté fuera de nuestro alcance.

-Fuera de vuestro alcance puede, caballero, pero yo no tengo un honor que cuidar- sonrió aupándose en el marco de la ventana.

El caballero la sujetó por la pierna.

-No os permitiré que sigáis mancillando vuestro honor de forma semejante.

La joven puso los ojos en blanco, ni que su honor no estuviese mancillado ya bastante. ¿Qué importaba un poco más?

-Cuando volvamos a nuestro tiempo, os llevaré por el buen camino. ¡Os doy mi palabra de caballero!

Mientras tanto la gallina había comenzado a sentir curiosidad nuevamente, esta vez por un par de manos que se sujetaban a la ventana por la que acababa de entrar. Decidió probar a picotear.

-¡ah!-la ladrona grito mientras caía encima del caballero.

La curiosa gallina los miraba desde el alfeizar. Si las gallinas pudiesen reír, ésta lo habría estado haciendo sin duda.

Algo llamó la atención de Fuego Helado. Había algo bajo el ala de la gallina.

-¿Qué es esto? – Dijo mientras alargaba la mano y lo cogía –parece un trozo de pergamino.

- Déjame verlo

Garrabutártulo lo leyó con detenimiento.

Instrucciones de la gallina del tiempo:

Para viajar en el tiempo, diga una fecha en voz alta, imite el cacareo de una gallina y déle algo de comer a la gallina. Si la gallina cacarea y empieza a brillar es que su petición ha sido aceptada. Todo el que esté en un radio de dos metros viajará a la fecha solicitada.

Para volver al tiempo de partida, debe imitar a una gallina durante medio minuto.

- ¡Estamos en otro tiempo! Bueno, volver parece fácil- dijo Fuego, mientras leía por encima del hombro de Garrabutártulo.

- De acuerdo, ¿estás lista?

- Sí, adelante.

Garrabutártulo se agachó, puso sus manos en las axilas y comenzó a mover los brazos hacia delante y hacia atrás mientras cacareaba. A los treinta segundos la gallina cacareó, comenzó a resplandecer hasta deslumbrarlos… y puso un huevo.

Fuego se frotó el mentón y cruzó los brazos. Garrabutártulo se rascó la cabeza intentando averiguar qué había salido mal.

El huevo se abrió por la mitad dejando ver otro trozo de pergamino. La ladrona se agachó y lo recogió.

Ha agotado todos sus viajes en el tiempo. Por favor, recargue su gallina en la torre de hechicería más cercana.

-Bueno –dijo el caballero encogiéndose de hombros y recogiendo la gallina- éste mundo no está tan mal, ¿no? Os dije que os llevaría por el buen camino así que os haré mi escudera. Lo primero es conseguiros una túnica que lleve nuestro blasón.

Fuego resopló, puso los ojos en blanco y echó a andar detrás de su nuevo maestro. No le quedaba otra.

Autores: Garra y Fuego
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