miércoles, 23 de junio de 2010

Hay que matar al dragón (Continuación de la gallina del tiempo)

El gallardo caballero y su joven y bella escudera caminaban quebrando los tallos secos bajo sus pies. Era un día caluroso de verano, y el sudor les perlaba la frente a ambos, la mierda de los perros se derretía sobre las aceras y los gorrillas buscaban la sombra de algún árbol o incluso una señal de tráfico si no eran muy afortunados.


Fue entonces cuando oyeron una conversación que llamó su atención y que parecía poder serles de interés, así que se acercaron a investigar.

La chica tendría unos quince años. Vestía unos pantalones vaqueros cortos y la parte de arriba del bikini. Llevaba una camiseta amarilla en la mano. Estaba charlando con su amigo, un chico de la misma edad con un bañador con flores, una mochila y gafas de sol.

-Pues a mí me parece que la entrada a Port Aventura era un poco cara, eso sí, el Dragón Khan daba mucho miedo, la verdad- dijo la chica con voz algo nasal.

-Yo creo que ese es el más grande que he visto, antes sólo había estado en Isla Mágica.

-Yo fui a uno que hay en Madrid pero me parece que… ¡Ahí va! ¿Has visto la pinta de esos?

Mientras se acercaban, Garrabutártulo se alisaba la ropa y le decía a Fuego Helado que hiciese lo propio.

-Ya verás qué cara cuando vean nuestro blasón y sepan con quién tienen el honor de hablar.- Exclamó el caballero con orgullo.

-Sí, seguro maestro, como las otras diecisiete veces.- susurró Fuego Helado viendo que la cara que ponían los dos jóvenes al verlos no era precisamente de admiración.

-Buenas, soy sir Garrabutártulo, y ella es Fuego Helado, mi fiel escudera.- Comenzó el caballero- No hemos podido evitar oír vuestra conversación y…

-¿Por qué vais vestidos con una túnica con un erizo dibujado?- Inquirió la chica del bikini.

-No es un erizo, es el zagloso sujetando la barra de pan, símbolo de…

-Déjalo, si da igual, maestro. Vamos al grano.- Dijo Fuego interrumpiendo al caballero.

-Está bien. El caso es que os hemos oído hablar del Dragón Khan, y como héroes de grandes batallas que somos, –mintió Garrabutártulo, carraspeando para ocultar la risa de su escudera- hemos decidido ir a matar a tan temible bestia.

Los chavales se miraron atónitos y echaron un vistazo a su alrededor buscando una cámara oculta.

-Básicamente, lo que quiere decir es que nos digáis dónde podemos encontrar al Dragón Khan y toda la información que tengáis sobre él.- Intervino la escudera.

El chaval, aún aturdido por lo absurdo de la situación empezó a balbucear algo ininteligible y fue la chica quien finalmente respondió.

-Pues verás, está en Port Aventura. Es enorme, de acero y de más de cuarenta metros de alto y va a ciento diez kilómetros por hora, o eso ponía en el folleto. A mí me dio miedo.

-Pues no temáis más, bella doncella, porque iremos a salvar a la villa de Port Aventura de la amenaza del dragón.- Exclamó el caballero y le hizo una seña a su escudera para ponerse en camino al tiempo que cogía el folleto de manos de la chica.

-¿Pero qué les pasaba a esos dos?- Preguntó el chico del bañador de flores mientras los veía alejarse.

-No lo sé, pero a ese tipo de gente es mejor seguirles el rollo, que si no te puedes buscar problemas.

Aunque se las habían arreglado para conseguir algo de dinero, ya empezaban a andar escasos de comida. Dicen que el hambre agudiza el ingenio, pero Garrabutártulo parecía ser la excepción a esa regla.

-Verás cuando matemos a ese dragón, Fuego. Nos vamos a hacer de oro. Nuestra reputación subirá, la gente de Port Aventura nos hará regalos y las chicas estarán locas por mí. Ah, y por ti también. Bueno, los chicos. Por ti los chicos, claro.

-¿Y no has pensado que a lo mejor puede ser peligroso? A lo mejor el dragón termina incluso haciéndoos daño. –Espetó con sarcasmo Fuego Helado.

Pero la valentía del caballero era directamente proporcional a la magnitud de la recompensa, y claro, matar a un dragón siempre tenía una gran recompensa, eso lo sabía todo el mundo.

-Una bestia vil y ruin que atemoriza a un pueblo lleno de gente dispuesta a agradecernos económicamente que la ayudemos no tiene nada que hacer contra nosotros.-Aseguró su maestro mientras contaban las pocas monedas que les quedaban.

Fuego suspiró y supo que no podía hacer nada por cambiar la decisión de su maestro, pues sabía lo terco que era.

Tomaron camino hacia el temible dragón guiándose por los carteles donde se veía el mismo pájaro rojo y azul que en el folleto que le habían quitado a la chica.

-Extraños seres habitan junto al dragón -comentó el guerrero.

No daban las cinco de la mañana cuando la pareja se presentó ante la puerta cerrada del parque. Se quedaron sorprendidos al encontrar allí a una vieja conocida.

-¡Esa es la gallina del tiempo! Eh, vamos a saludarla, maestro.- Exclamó Fuego entusiasmada dirigiéndose hacia ella.

-No sé si se acordará de nosotros…- dijo Garra al ver que la gallina los ignoraba.

Un fuerte olor a quemado invadió las fosas nasales de los dos aventureros. Justo sobre la valla comenzaba a formarse una extraña neblina que daría lugar a un paso temporal. Por supuesto nuestros protagonistas no tenían constancia de esto, y solo apreciaban un poco de bruma.

-¿Qué es eso?- Preguntó inquieta Fuego Helado, deteniéndose antes de llegar a darle un abrazo a la gallina.

-Tranquila, eso es por el calor, en los desiertos pasa mucho.

-No creo que pase de noche.

-Sí, de noche también.- Corrigió el caballero, empecinado en llevar la razón.

No se pudo continuar con la discusión pues del paso temporal (también llamado típica niebla producida por el calor) surgió el mismo mago de nariz de tucán que meses atrás había enviado a nuestros aventureros al centro de una rotonda valiéndose de la gallina de magia limitada pero recargable.

-¡Vos!-exclamó el caballero- artífice de nuestro destierro, bajad aquí si sois hombre.

El viejo, subido a la valla y manteniendo un equilibrio envidiable, soltó una carcajada.

-La próxima vez os lo pensáis mejor antes de berrear bajo mi ventana y ahora ¡soltad la pasta cabrones! Me habéis hecho venir hasta aquí para recuperarla. Debí acordarme antes de haberos enviado a este tiempo.

-Vaya hombre, ni cambiando de época le doy esquiva a ese hombre. Mira que tiene interés en que le devuelva los 30 escudos que me prestó…- se quejó Garrabutártulo con los brazos en la cintura.

-Te vas a reír, maestro, pero es que en su día yo le robé 600 a ese mismo hombre.- dijo la escudera disculpándose con una sonrisa.

-Estáis tardando.- apuró el hechicero.

-La culpa es suya- contestó Fuego Helado con enfado-. No habernos mandado al quinto tiempo. Esto es como todos los delitos, pasados unos años prescriben, y aquí ya han pasado siglos. Si quieres tu maldito dinero devuélvenos a nuestra época.

El hechicero chasqueó los de dos y de la nube de niebla, que cada vez se estaba haciendo más grande, surgió una gran cabeza reptiliana. Un rugido aterrador llenó la noche.

Un dragón de escamas color gris metalizado asomaba por el paso temporal, mirando con cara de pocos amigos (más bien ninguno) a nuestra singular pareja.

Los rápidos reflejos de Fuego Helado permitieron empujar a Garrabutártulo a un lado antes de que un chorro de llamas anaranjadas pudiese alcanzarlo. La escudera se agachó, recogió dos piedras de buen tamaño (en realidad una era una mierda de perro, pero no tenía tiempo para comprobaciones) y las lanzó una detrás de otra.

La dura y gris impactó en un ojo del dragón, que echó la cabeza hacia atrás en el espacio y, al atravesar de nuevo el túnel, también en el tiempo. La más blanda y de color marrón acertó al hechicero en plena cara, haciéndolo tambalearse y cayendo dentro de la neblina, que se disipó como si nunca hubiese existido.

¡Eh, mira!- dijo Fuego señalando con su mano izquierda mientras se limpiaba la derecha en la túnica de su maestro.

Parecía que al hechicero se le había caído un pequeño paquete al ser impactado por la hez en plena faz. Al abrirlo encontraron dos monedas, una lagartija muerta y seca, un dedo y una bolsita en la que se leía “maíz de recarga”.

Caballero y escudera se miraron sonriendo y miraron a la gallina que seguía junto a la valla. Se acercaron a ella mirándola con alegría. La gallina retrocedió mirándolos con recelo, aunque pronto se detuvo al ver que Fuego esparcía unos granos de maíz.

Si las gallinas pudiesen sonreír, ésta lo habría hecho. Cuando se los hubo acabado, Garrabutártulo consultó el pergamino con las instrucciones que conservaba desde que llegaron al siglo XXI y procedió a imitar a la gallina durante medio minuto. Justo cuando la gallina empezaba a divertirse al ver que podía hacer que el humano hiciese lo que ella quisiera, pasó el medio minuto y una luz brillante los llevó atrás en el tiempo.

Aparecieron en un lugar parecido al baño de un piso de estudiantes: húmedo y maloliente. Estaba tan oscuro que no podían ver nada. Las paredes parecían blandas al tacto.

-Maestro, podemos abrirnos paso a base de espada para salir, que para ser guerreros la usamos más bien poco.-sugirió la joven.

Y así lo hicieron. El proceso tardó algo más de lo que esperaban, ya que cada golpe de espada hacía que todo se moviese y ellos perdiesen el equilibrio, pero al final acabaron saliendo. Al volver la vista atrás vieron el cadáver del dragón con la tripa abierta y los fluidos derramándose.

-¿Ves como podíamos acabar con el dragón?- dijo el caballero con alegría sin terminar de creérselo.

-Ha sido pura suerte, si no hubiésemos sido transportados dentro…

-Bah, suerte o no, yo voy a buscar la recompensa.

-Yo creo que no va a haber recompensa, maestro.-explicó Fuego- casi mejor buscamos dónde bañarnos.

-¡cococ!- añadió la gallina, mirando con ojos tiernos el saquito de maíz que aún colgaba del cinto de Fuego Helado.


Autores: Garra y Fuego.
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