martes, 15 de junio de 2010

Concurso de Maestro-Padawan II

Hace poco se inició un concurso en un foro genial, en donde por parejas se escribía un relato a modo de la saga de la "Guerra de las Galaxias" referente al maestro ya sea Jedi o Sith con su respectivo Padawan.
El estilo debe ser cómico, en situaciones extrañas y cómo fue que se conocieron ambos, maestro y padawan.
Comparto con ustedes estos escritos a pesar de no tener revisión estricta alguna referente al estilo, a la estructura, tal y como debe ser, literariamente hablando.
Reconozco que cada escrito, cada relato, cada reto estimula nuestros sentidos, y afloja las palabras de nuestra menet, permitiendo que nuestras ideas vuelen libremente.
El siguiente relato es de un servidor con Jimmix, mi padawan:

Encuentro entre prisioneros

Los tomates comenzaron a volar en el claro cielo al ritmo de los improperios de los líderes de la revuelta. Las trabajadoras sexuales se reían entre meneos de faldas con cancanes, y las androides golpeaban a diestra y siniestra. Un brazo extensible con un guante de boxeo salió precipitadamente del abdomen metálico de una robot, dándole al líder del motín en pleno rostro. El impacto lo envió de espaldas al suelo, ensuciando su ostentosa vestimenta, y en el centro de tan fuerte cerco se hallaba Jimmix, con una sonrisa un poco sosa.


—Debo ir al monte rápido, a venderle una androide al ermitaño. ¡Ábranme paso! Tengo cosas que hacer y no puedo perder el tiempo escuchando quejas y berrinches. Ya sé que les he otorgado un poco de diversidad a su monotonía con mis chicas, pero no puedo quedarme a jugar.

Al instante, una androide cambió de estructura su cuerpo y tomó la forma de un cañón. Una luz azul celeste se agrandaba en el interior del mecanismo y un zumbido ensordecedor violentaba la brisa a su alrededor.

El gentío gritaba y se tapaba los oídos mientras el impetuoso viento bailaba con sus ropas. El círculo metálico retrocedió hacia las afueras del pueblo de Larvénela. El fuerte sonido de la energía que rotaba dentro del cañón devoraba los insultos y argumentos de los dueños de los burdeles, cuando una enorme sombra se ciñó sobre el muchacho y sus robots.

—¿Quién ha osado poner en riesgo mis negocios? —La gruesa voz opacó el zumbido del arma y Jimmix alzó la vista.

Un enorme electroimán se extendía desde un descomunal aerodeslizador y sus creaciones comenzaron a volar hacía él gracias al magnetismo. El cañón lanzó una esfera azul directo al abdomen del enorme ser, antes de quedar fijada al electroimán. La grasienta masa corporal del piloto del aerodeslizador engulló la energía y en escasos minutos la misma rebotó hacia las montañas.

Los seres intergalácticos que formaban parte de la revuelta comenzaron a gritar el nombre de aquella mole: ¡Yaba Daba Do!, ¡Yaba Daba Do!, ¡Yaba Daba Do!

Mientras, en la montaña Kabralda se escuchó la explosión muy cerca:

—Mierda, el Hutt de los cojones ya sabe que me escondo en sus narices. Me va a poner a trabajar de gigoló si me atrapa. Osos, tráiganme las herramientas que este trasto de pod racer, no arranca. Si le ven el lunar al chaval que vieron los ewoks, jajaja. —pensaba Iñigo mientras pateaba el vehículo para bajar en busca del muchacho.

Al tiempo que esto ocurría, no muy lejos del escándalo en la calle, en uno de los bares, se escondía el Sith Ahuízotl que gozaba extasiado su tarro de cerveza de Endor; inclusive saboreaba las últimas gotas antes de solicitar un tarro más. Después de la extraña y bizarra aventura en donde por poco pierde su vida en el planeta Anlúdaica, disfrutaba ese nuevo momento de relajación. Pero extrañaba la compañía de su Maestra Sith Céfiro y sus arduos y crueles entrenamientos. Sobre todo las historias del legendario Pink Vaider, que aún le invadían en sueños recordándole esa agradable sensación de miedo irracional.

—¡Qué diablos! —murmuró apenas audible—. Soy un Sith, Lord de la destrucción. Es inconcebible que extrañe a mi maestra Sith y sus historias de terror para dormir.

El robot que despachaba en la barra del bar solo se limitó a observarlo, no por escuchar su conversación pues su programación se limitaba únicamente a captar los más de dos millones de nombres de bebidas alcohólicas, botanas y cigarrillos de toda la galaxia.

—No he logrado conseguir la mercancía —percibió un calor que trepó por su cabeza para después convertirse en un escalofrío que le baja en dirección a su trasero, eran los efectos de la cerveza—, pero por los contactos de Céfiro me enteré de que se trata de una extraña y misteriosa droga, capaz de esclavizar al que la inhala. Hic… Hic… creo que… fue suficiente… cerveza.

La tierra se cimbró y cayó de bruces. Escuchó una gran detonación y golpes metálicos. Salió del bar tambaleándose y observó a un deslizador que atrapaba en su enorme imán grandes cantidades de androides bellas, hermosas, sexis, cachondas, sabrosas y demás sinónimos, que por la cabeza del sith pasaron haciéndole sudar. Sin pensarlo, tal vez por el alcohol o la calentura, tomó su espada láser de color rojo y de un brinco sobrenatural alcanzó el motor del deslizador partiéndolo en dos. Giró veloz en el aire y cortó las barras del imán, liberando a las bellas androides, quienes al tocar tierra, se quejaban de un agarrón de nalga, bubbies y ombligos por parte del Sith.

Ya en el suelo, con su espada láser apuntando al frente y sin poder sostenerse sin tambalearse, observó al deslizador cayendo hacia atrás y estallar en mil pedazos.

—Hic… cualquierarrrr que se meta con hermosas chiccccaaaas, se mete conm… hic… migo.

—¿Qué has hecho? —gritó la grave y gangosa voz del hutt Yaba Daba Do—. Con que contrataste guardaespaldas muchachito enclenque. Esto apenas comienza, no permitiré que un vulgar dandy y un… borracho caliente me quiten el negocio.

La colosal bola de carne verdosa cayó con estrépito en el polvoriento suelo de la calle principal del pueblo y, en medio de esa gran nube, Jimmix silbó fuertemente como señal para sus androides y ellas se escondieron. Ya dispersos, se ocultó bajo un ventanal de madera y sacó de su alforja un par de pistolas láser.

—Le debo una al borracho, pero por ahora lo usare de anzuelo —La respiración del joven estaba alterada y su corazón se escuchaba palpitar a simple vista— Si ultimó al hutt, podré proclamarme “Señor del crimen” en este maldito planeta desértico. Si cae el rey, los peones se rendirán —Indagó Jimmix mientras se calmaba.

La arenisca se disipó y Yaba Daba Do se enfrentó cara a cara con el Sith.

—¿Dónde está el mocoso? —miró el hutt a toda la multitud y los alrededores pero solo halló a Ahuizotl.

—La cucaracha, hic… la cucaracha, hic… yaaa no pue caminarrr. Porque le fallltaaa, porque no tiene, hic… marihuaaana pa fuma —El Sith tenia la faz congestionada y un gesto burlón decorado por unas pupilas brillosas—. Óraleeee Señor Titicaacaaa, parece un pino, hic… recién cagado, hic… por escuiiiincle con pañal, hic… jajajaja. Miiire no más, hic… el piche color, hic… a verrrde espinaca, hic… que se carga el cuate. Es que la neta, hic…eres como un pedazo de mierda parlante.

—¡Qué has dicho borracho del infierno! —Yaba resopló como un toro cebú, mientras arrastraba su pesado cuerpo cual serpiente de cascabel.

—No la manches, hic… Cagasaaawa, aliviánate, hic… —respondió Ahui, mientras se tambaleaba dando vueltas.

Al tiempo que en el ventanal:

—Es ahora o nunca —Jimmix apuntó con un arma láser al terreno, entre el par en disputa y disparó. El destello anaranjado rebotó, produciendo un acto reflejo del Sith que se lanzó hacia Yaba Daba Do.

—Pincheeé oruga, te voy a dar alas de mariiiposa con mi light saber. —Al instante, salió despedido hacia la multitud con todo su lado oscuro y mala leche.

—¡No la mueeelas! es de caucho y no de mierda.

El hutt se giró hacia su izquierda y gritó:

—¡Las armas láser no me hacen daño! imbécil, sal de allí o derrumbo el local de un coletazo.

Con el arma restante, el jovenzuelo disparó directo a un ojo de Yaba, dejándolo tuerto. Brincó por la ventana y su harapiento pantalón se desgarró con la madera. Los quejidos y sollozos del hutt inundaban todo Larvénela mientras las androides salían de sus escondrijos y el gentío huía en estampida de las cercanías. En eso, un secuaz de Yaba Daba Do, le disparó a Jimmix en el acto, con una escopeta “arrojaanilloseléctricos”.

—Quedas detenido, Iñigo Montoya. Ese lunar es inconfundible en toda la galaxia. Por todo el bajo mundo circula un cartel de “se busca” con la foto de tu peludo trasero.

—¿Qué soy Iñique?… —Antes de terminar la pregunta, Jimmix fue azotado por un golpe eléctrico alrededor del cuello— ¡Desaparezcan lindas! —fue lo ultimo que mencionó antes de caer inconsciente al suelo y las robots desaparecieron ante los ojos de todos… esperando la siguiente orden.

Ahuizotl fue pisoteado por las personas que corrieron en pánico, y al levantarse y decirles unas cuantas, una red cayó sobre él desde el firmamento.

Lentamente, Jimmix despertó sintiendo una enorme presión en ambos brazos y piernas, permanecía sujeto de sus extremidades por rayos laser y a su lado, el sith sufría la terrible cruda de la borrachera.

—¡Libérame gargajo viviente! —gritó al ver a Yaba Daba Do con una irónica sonrisa en su desagradable boca—. Ah jijo, esta cruda me está matando.

—¡Yo no soy Iñigo! —gritó Jimmix desesperado por liberarse—. Este lunar lo heredé de mi tía abuela Francioneta.

En ese instante, un pod racer se acercó a toda velocidad y su conductor arrojó un pequeño morral, de donde cientos de mini mandriles siderales de nalgas rosadas salieron corriendo en busca de sus victimas. El enorme hutt tembló ante las criaturitas y huyó saliendo del pueblo.

—Err, amigos, que ha llegao Iñigo a salvarlos de esta grasienta criatura —detuvo su pod frente a ellos—. Solo una consulta, ¿no serán de culos peludos? —el hutt, al huir, perdió un frasco de matices rosados que cayó al suelo, cerca del pod e Iñigo lo levantó.

—Es el perfume —exclamó el sith—. Libérame Iñigo y serás recompensado.

—Lo siento pero ya tengo comprador. ¡Arre Pod! — partió perdiéndose en las dunas, más allá de las fronteras.

—Se le han olvidado los mandrilitos—comentó Jimmix—. Al menos soy lampiño. —una decena de mandrilitos trepó por las piernas de Ahui, acercándose a su trasero.

—Si pensabas en depilarte, mira que te has ahorrado unos centavitos. —mencionó Jimmix al mismo tiempo que el sith gritaba sorprendido.

Continuará….
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