viernes, 2 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte I

Abrió la puerta con decisión aunque el temor de verla le carcomía las entrañas. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella, casi veinte años.


Recordó su última visita a esa gris y tétrica casa. Ella se mecía placidamente en su silla favorita mientras tejía cientos de suetercillos que regalaba a sus vecinos y amistades para sus pequeños hijos. Siendo un niño, se acercó para besar su mejilla y al hacerlo, detrás de ella, un hombre de cuencas vacías y sin labios mostraba su horrible y forzada sonrisa.

Esa visión le costó mucho dinero en tratamientos y medicina aunado a varios años visitando al psiquiatra pero jamás logró eliminarla de su mente.

Ahora, la misma mujer yacía acostada, pálida como la cera esperando el momento de su muerte.

-Hola abuela. Lamento no haberte visitado antes, pero ya sabes, mucho trabajo y reuniones me han robado el tiempo. –mencionó el joven al mismo tiempo que tomó la arrugada mano, percibiendo esa frialdad que indica que el momento se acerca.

-No te disculpes Arnulfo –contestó la anciana-, sé el verdadero motivo por el que te alejaste de mi y de esta casa.

El joven, sorprendido observó fugazmente el pequeño cuarto, rogando con que esa cosa no se encontrara a lado de su abuela esperando a darle un buen susto.

-¿De qué hablas abuela?

-Lo que viste no es una sorpresa para mi hijo. Yo los veo en todos lados y a cualquier hora. Imagino que a estas alturas sabes lo que hago para mantener esta casa.

-¿Lo que haces? –sonrió al recordar las increíbles historias que su padre y sus tías hablaban de su abuela-. Eres una cazadora de tesoros. Mi padre alguna vez comentó que mucha gente de aquí, de Atlacomulco, solicitan tu presencia en ranchos antiguos y en casas abandonadas para que les indiques exactamente el lugar en donde yacen escondidas monedas de oro. Creo que te pagan muy bien por eso.

-Así es, buscan mis ojos sin vendas que observan a los muertos. Algo que a ti te hace sufrir, que quieres evitar, tal vez escapar, pero sabes muy bien que jamás lo conseguirás.

Arnulfo percibió un escalofrió que le recorrió la espina dorsal.

-Estas equivocada… Yo no los veo.

-Tanto psicólogo, psiquiatra o como se llamen no te quitara lo que tus ojos pueden ver. Es parte de una herencia que viene en nuestra sangre y tú lo tienes, vive contigo.

-¿Cómo arranco esta herencia de mi ser? Yo no lo pedí y no lo quiero. –contestó con rencor en su voz.

-Si quieres puedes arrancar tus ojos, o cegarte por completo, pero sentirás esas presencias, sabrás que están ahí, a tu lado.

Se levantó y abrió las cortinas, permitiendo el paso de la luz rojiza del atardecer. Regresó a lado de la anciana y le entregó un vaso con agua.

-Basta ya de charlas, tengo una tarea para ti. No llegaré al anochecer y un hombre ha contratado mis servicios.

-¿Quieres que yo lo haga? –sonrió burlonamente-. No abuela, vengo a despedirme y regresaré a mi ciudad.

-Como mi última voluntad te exijo que ayudes a este hombre –tomó una foto del buró y se la entregó-. Los espíritus no le dejan en paz. Si no lo ayudas morirá él y su familia. Te lo pido de corazón, solo esto y nada más.

-¿Qué tengo que hacer?

-Solo dile lo que tus ojos ven, nada más.

Se detuvo en el marco de la puerta y la miró por última vez pero antes de partir la anciana le dio una indicación final:

-Si decides seguir mis pasos solo tengo una sola advertencia para ti, aléjate de la calavera roja. Si ves esa marca no te acerques, pues con eso no podrás y del lugar de dónde vienen, te llevarán.

El aire agitaba las ramas de los árboles. Miró aquella casa que tanto aparecía en sus pesadillas.

La noche parecía tranquila a pesar del fuerte viento.

Sonrió. Sí, percibió esa sensación de descanso al saber que ya no regresaría, por fin esa historia terminaba para él, junto con sus recuerdos.

-Cumpliré tu última voluntad abuela pero no seguiré tus pasos.

Giró la foto y leyó una dirección. Subió a su automóvil y en poco tiempo se encontró en una casa de gran tamaño rodeada de sauces y con una amplía pradera que se perdía en el horizonte.

Tocó a la puerta y un hombre de mediana estatura, con sombrero en mano, botas y bigote abultado le saludó.

-Tal y como me dijo su abuela. Pase, espero que nos pueda ayudar.

Iba a preguntar si ya sabían de su visita cuando al entrar a la casa observó al resto de los integrantes de la familia, seis pequeños niños, la madre y el anfitrión.

Al fondo, sobre el pasillo que llevaba de la sala a la cocina, varios hombres vestidos con jorongos grises, pantalón de lana y amplios sombreros permanecían estáticos, observándolo.

El anfitrión continuó:

-Nos asustan, más a los niños. Tantas noches sin dormir que temo pronto caerán enfermos. Por favor, dígame qué es lo que quieren.

Los niños, asustados al sentir las presencias que él podía ver, se abrazaban entre ellos y no mencionaban palabra alguna.

Levantó su mirada y cinco rancheros, como así los calificaba, de épocas antiguas, rodeaban a la familia. Sus ojos parecían borrados con un lápiz, cual dibujo en papel. Solo un manchón oscuro aparecía en su lugar y tanto su ropa como su piel eran opacas, sin vida y sin color.

La temperatura descendió y percibió que su estomago se contraía. Sin decir nada salió y en el jardín vomitó. El resto del desayuno y jugos gástricos brotaron de su boca.

El temor sobrepasaba sus sentidos, no podría, pensaba, ni siquiera entrar a la casa.

El relinchar de un caballo lo obligó a enderezarse y sorprendido, tal vez asustado, observó un caballo negro de buena estampa a pocos metros de él. Su jinete, de ropajes negros y sombrero de ala ancha desmontó y se detuvo frente a él.

-Así que tienes el don. –su voz se escuchaba como si el viento la arrastrara-, pero careces de voluntad y determinación. Joven y poco valiente.

-Entra a esa casa y sabrás de lo que el miedo se trata. –contestó, conteniendo el llanto.

-¿Miedo? No lo conozco.

A través de la penumbra, gracias a algunos rayos de luz de la luna, logró distinguir el rostro de aquel ranchero. Blancos eran sus ojos y su rostro mostraba esa señal de la muerte, opaca y triste.

-Vamos, demuestra tu hombría y averigua lo que quieren, o lo que protegen –el caballo despareció, como un mal sueño-. Si tienes el don, úsalo.

La puerta de una ventana golpeó con firmeza su marco. Giró asustado pero nada encontró. Regresó su mirada y el ranchero ya no estaba.

Suspiró. Solo tenía que terminar este asunto y se largaría de inmediato a su ciudad, a México.

Entró nuevamente sintiéndose mejor. La familia lo observaba como si él mismo fuera un fantasma. Los hombres se encontraban nuevamente al final del pasillo y a pesar del temor, caminó hacia ellos.

Casi al punto de alcanzarlos se desvanecieron. A su lado derecho, una puerta de madera se movía provocando un rechinido constante. Salió a través de ella y el paisaje se abría ante él perdiéndose en la oscuridad.

Los árboles se agitaban pero los insectos callaron. Ningún grillo, cigarra o rana se escuchaba en ese lugar.

A lo lejos, cerca del tronco de un árbol distinguió al grupo de hombres y avanzó hacia ellos. Los cinco observaban al árbol como si algo importante significara para ellos. Lentamente unas siluetas aparecieron al frente. Cinco hombres colgaban de la rama más gruesa con el lazo sujeto a sus cuellos. El aire movía los cuerpos sin vida.

Los mismos jorongos, los mismos sombreros. No cabía duda alguna que de ellos se trataba. Bajó la mirada y horrorizado observó cinco esqueletos enterrados entre las raíces del árbol.

Regresó a la casa y sin más preámbulos le mencionó al dueño de ese lugar:

-Los restos de cinco hombres yacen enterrados en las raíces de ese árbol –lo señaló a través de una ventana-, dales sepultura y los santos oleos y te dejaran en paz.

Todavía con el malestar en su estomago subió a su automóvil y partió sin mirar atrás. Encendió la radio.

-“… Bienvenido una vez más a La cola de la Luna, donde hablaremos del Charro Negro, El Catrín, El Diablo. Aquellos que lo han visto y han vivido para contarlo dicen que a veces se aparece en forma de un perro negro y grande, otros que llega montando a su negro corcel y vestido de Charro.”

Subió el volumen.

-“… A muchos se ha llevado, ¿A dónde? Tal vez al infierno, como su esclavo, a vagar entre el tiempo como un ser vacío. Pero ¿qué es el que él quiere? A ti, solo a ti…”

La transmisión se cortó, nada se escuchó.

Continuará...

Autor: Un servidor.
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