martes, 6 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte II

La tarde era gris, con el cielo cubierto de nubes y la lluvia a punto de caer. Todo se veía en tonos opacos; las lapidas, la hierba, los autos y hasta las personas. Hasta ahora se daba cuenta de la cantidad de personas que estimaban a su abuela, eran bastantes.


El sacerdote había terminado su discurso y en ese momento la vio, de pie, a un lado del féretro.

Cuando los ayudantes y el enterrador se dispusieron a finalizar su trabajo, los asistentes se alejaron, impacientes, para escapar de las gotas que comenzaban a caer desde el cielo.

Notó que estaba solo. Su mente recordaba lo sucedido de la noche anterior, esperaba no volver a hacerlo.

-Gracias. –escuchó la voz de su abuela, y al girar ella lo observaba, vestida con su típico jorongo azul que cubría la totalidad de su cuerpo.

-Cumplí lo prometido. –respondió Arnulfo sin asegurar que fuera escuchado.

-Lo sé y por eso te agradezco. El que aceptaras mi voluntad me dio la oportunidad de irme en paz.

-Pero no volveré a hacerlo… no creo que sea lo suficientemente fuerte.

-Eso pensamos todos pero al borde de la desesperación las fuerzas que tanto dudas en tenerlas te ayudarán.

Se esfumó y la lluvia arreció, al punto de inundar la fosa en donde el ataúd sería colocado.

-No olvides mi advertencia. –escuchó como un susurro esa voz familiar, y el fantasma desapareció.

En el viaje de regreso se detuvo en un restaurante de las afueras de la pequeña ciudad. Comía tranquilamente cuando un señor, con cadenas y anillos de oro, alguno que otro diente del mismo material que alcanzó a notar con su distorsionada sonrisa, se acercó a él.

-Eres Arnulfo, nieto de Doña Clara, la vidente.

¿Cuántas personas sabrían de él? Pensó y sonrió muy a su pesar.

-Yo soy el que más requería el servicio de tu abuela –continuó sin esperar-. Mi nombre es Bartolo y ahora necesito de tu ayuda. Tengo un rancho, por la parte Este…

-No estoy interesado. –interrumpió y tomó unos billetes para pagar sus alimentos.

-Arnulfo, sé lo que tu don vale, y tengo el dinero para pagarte.

El joven no contestó, se levantó pero Bartolo lo sujetó por el brazo.

-¿Qué te parece si doblo el pago que le hacía a tu abuela?

De su bolsillo sacó un fajo lleno de billetes de numeración alta y los colocó sobre la mano de Arnulfo.

Al saber el grosor del fajo supo de inmediato que era bastante dinero.

-Esto solo es la mitad. Al terminar te daré la otra parte.

Mucho dinero. Podría jubilarse muy joven, pensó, solo unos cuantos trabajos y a viajar por todo el mundo.

-Bien, ¿qué tengo que hacer?

-Como decía –ambos caminaron a la salida del restaurante-, tengo un rancho en la parte Este de la ciudad y necesito que me indiques en dónde esta el tesoro.

-¿Tesoro? ¿Monedas de oro escondidas?

-Era muy frecuente en la época de la revolución. Los habitantes de estos lugares sufrían ataques tanto de los revolucionaros como de aquellos que los combatían. Eran el jamón de la torta. Para dejarle algo a sus hijos escondían sus tesoros en el interior de sus humildes casas. En las paredes, enterrados bajo el piso, sobre el techo. El problema son los cuidadores, esos fantasmas que no dejan que nadie se acerque.

-Y en ese rancho asustan demasiado.

-Los habitantes de otros pueblos que tomaban ese camino para llegar a sus trabajos y escuelas ahora es evitado a toda costa. Nadie se acerca a los terrenos de ese rancho.

-¿Cuándo me necesita?

-Esta noche. Pasaré por usted al hotel y lo llevaré al rancho.

***

Después de un buen baño y preparado mentalmente para lo que venía bajó al lobby del hotel. En pocos minutos Bartolo manejaba una camioneta de lujo, todo terreno rumbo al rancho.

Parecía que al alejarse de la ciudad el paisaje se entristecía, o así lo notaba Arnulfo. Los árboles sin hojas agitaban sus ramas y el cielo se oscurecía como si una tormenta acechara el momento para arrojar su húmeda fortuna sobre esas tristes tierras.

Entraron por un camino polvoso y recorrieron un kilómetro más, antes de llegar a una antigua y olvidada casa construida de adobe. Inclusive algunas paredes se habían venido abajo por el paso del tiempo.

-Llegamos –detuvo el automóvil y bajaron-. Es el rancho Gallo Archundia.

-¿Te dedicas a conseguir tesoros olvidados? ¿Es así como haces fortuna? –preguntó el joven mientras observaba las grises paredes de la casa.

-Conocí a tu abuela cuando compré mi primer rancho. Asustaban y no dejaban en paz a mi familia. Me mostró el tesoro y obtuve una gran fortuna. Qué mejor manera de conseguir dinero sin trabajar, por medio de los muertos.

-Puede ser peligroso. –mencionó al observar varias sombras cerca de la vieja puerta que chirreaba al moverse con el aire.

-Lo mismo me decía tu difunta abuela, pero no será para siempre. Solo un poco más y podré dedicarme a otros negocios.

Encendieron un par de lámparas y avanzaron hasta la puerta. La luz acarició a las sombras, y unos rostros pálidos, con los mismos ojos borrados de su cara, se escabulleron en el interior.

-No tenemos mucho tiempo –mencionó Bartolo y apuró el paso-. No sé cuantas veces lo has hecho, esto de encontrar tesoros y ver a los muertos pero tu abuela siempre decía que todo debe hacerse antes de la media noche.

Arnulfo observó el reloj que marcaba las diez con treinta.

Entraron a la casa y avanzaron en la penumbra. Arnulfo observó a muchas sombras en los diferentes cuartos. Notó que había jóvenes mujeres y hombres, ancianos, niños e inclusive perros y gatos, espíritus que permanecían encerrados en esa casa.

Su estomago volvió a contraerse pero esta vez contuvo las ganas de regresar sus alimentos.

-Encuentra el tesoro, dime en dónde está. –mencionó Bartolo al mover la lámpara de un lado a otro.

Poco a poco la casa se iluminó ante sus ojos, como si una gran cantidad de velas se hubieran encendido lentamente. Podía ver los pasillos, las habitaciones y las paredes, solo que estos presentaban colores opacos, grises y blancos como si de algo viejo, antiguo se tratara.

Y lo observó con claridad. Ahí estaban todos, reunidos, en silencio. Caminó con lentitud hacia ellos notando que la lámpara de mano no le servía para ver con sus ojos. Las mujeres, los niños, los hombres y los ancianos se hicieron a un lado mientras señalaban con su brazo un punto en el suelo.

Se detuvo frente a ellos y bajó la mirada. Era como si sus ojos traspasaran al suelo. Vio la tierra firme, después pasó a la grava y arena compactada para después ver una cruz formada por dos palos y debajo de ésta, una bolsa repleta de monedas de oro.

Pero cuando levantó su cara para notificar su hallazgo, una mujer joven apareció a pocos centímetros de su nariz.

-¡Aléjate! No te llevaras el tesoro. –gritó y su voz resonó como si una bomba estallara en el interior de su mente.

El rostro bello de la mujer se hizo horrible. Sus pómulos de carne se extinguieron y huesos roídos quedaron en su lugar. Sus labios, al igual que el resto de carne se desvanecieron, mostrando hueso, piel desgarrada y sangre seca.

Abrió su boca mostrando su quijada dislocada y empujó a Arnulfo, quien cayó de espaldas.

El miedo le comprimía el pecho, no podía moverse. La mujer se colocó en cuatro patas y camino en una forma bizarra, cual animal se tratara y mostraba una lengua larga, demoníaca.

Escuchó el lejano relinchar de un caballo y recordó al extraño personaje que se le había presentado en su primera misión.

-Imponte –le habló al oído como si a su lado se encontrara-, ella puede hacerte daño solo si tu lo permites.

Bartolo no se acercó. Permaneció en su lugar, de pie, sin moverse; el miedo le había paralizado.

Con esfuerzo se levantó Arnulfo y la mujer andaba, o caminaba frente a él. El resto de fantasmas se habían desvanecido.

-No te llevarás lo que me pertenece. –decía una y otra vez con su voz de ultratumba.

De pronto, como un sueño, la casa se desvaneció y un hermoso jardín se mostró ante él. Una bella y joven mujer besaba entre los troncos de los árboles a un hombre, mucho mayor que ella. La imagen cambió, y ahora el hombre la rechazaba, gritándole que se alejara de él y de su familia.

El sentimiento de venganza, odio e impotencia lo inundó; era probable que el sentimiento de la mujer se viera reflejado en su ser.

En otra escena, la joven frenó el avance de un batallón revolucionario y estos, advertidos de la gran fortuna que les esperaba en la casa indicada cambiaron su destino.

Ella, ignorante de la crueldad fue arrastrada con ellos, y después de saquear la casa, asesinar a sus habitantes con los ayudantes, fue violada hasta el cansancio.

Agonizante intentó arrastrarse hasta el bosque que se extendía por la parte de atrás de la casona y en ese momento el dueño del rancho, Don Melfio Archundia, llegó de la ciudad para presenciar tan cruenta escena.

Lleno de dolor observó a la joven arrastrarse entre la hierba. Tomó un machete y fue hacia ella, despedazándola en pocos minutos.

Las imágenes desaparecieron y la mujer gruñía y abría su mandíbula mostrándole su rabia.

-Te conozco, eres victima de las circunstancias –dijo Arnulfo con voz firme-. Este tesoro no es tuyo, pertenece a la familia que no has permitido que descanse. ¡Aléjate!

La mujer, sorprendida, cambió su forma horripilante y volvió a ser aquella bella joven que había sucumbido ante los encantos de un hombre maduro.

-Bartolo –observó al pobre hombre que temblaba sin moverse- ¡Bartolo! ¿Quieres tu tesoro o no?

El hombre, aturdido, caminó torpemente a lado de Arnulfo.

-El oro se encuentra en este sitio –señaló con su dedo el lugar-. Tres metros bajo tierra, encontraras grava, después una cruz formada por dos palos y al final la bolsa con oro. Tómala y deja en paz este lugar.

Sin decir palabra alguna, ambos subieron al automóvil y cuando se alejaban, Arnulfo distinguió a la mujer, que corrió entre los árboles perdiéndose en las penumbras. A lado del automóvil, como si de estrellas de rock se trataran, los habitantes fantasmas de esa casa los observaban en silencio, y Arnulfo percibió esa sensación de agradecimiento que ellos le transmitían.

Continuará...

Autor: Su servidor.
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