lunes, 12 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte III

Despertó sudando, con el aliento entrecortado y las manos temblando. Varias noches había sufrido la misma experiencia, la misma pesadilla.


Una cueva oscura y silenciosa lo invitaba a su interior, y él, petrificado ante la terrible sensación que le inspiraba, intentaba huir con todas sus fuerzas pero al final cedía y se introducía en su interior.

Los rayos dorados del sol que entraron por la ventana eliminaron los restos de ese mal sueño y se levantó deseoso de iniciar otra aventura.

Hacía más de un mes que había llegado por última vez para despedirse de su abuela. Más de un mes, pensó, no imaginó ni pensó en alguna razón lo suficientemente poderosa para impedir que se fuera de ese lugar. La avaricia, el poder, el dinero fueron los elementos necesarios que lo obligaron a permanecer en Atlacomulco.

Recién había adquirido una propiedad en las orillas de la ciudad y una flamante camioneta esperaba en el garaje.

¿Cuántos ranchos, casas abandonadas, cementerios había visitado para obtener tan jugosa ganancia? Al principio llevaba la cuenta cuidadosamente pero ahora eso no le importaba. Tal vez treinta o más.

Bartolo, el magnate de Atlacomulco; Jacinto el carnicero; Juan y Hugo Gonzalez, de los ranchos Gonza y varios más lo visitaban continuamente para solicitar su ayuda.

Salió durante el día a realizar algunas compras, probablemente por el mismo aburrimiento de no hacer nada hasta que el sol se ocultara.

A eso de las seis de la tarde algún cliente tocaría a la puerta, y así sucedió.

Una anciana, de aspecto amable y humilde aceptó entrar a la casa del médium, como era actualmente conocido.

-Joven, necesito de su ayuda. –mencionó la ancianita mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas.

-¿Qué sucede Señora?

-Mi único sustento, desde la muerte de mi querido esposo, es el cuidado y la crianza de mis animales –levantó sus manos arrugadas y se las mostró-. Estas viejas manos no saben hacer otra cosa y mis ojos ya casi no ven.

De su bolsa sacó un par de fotografías de color sepia, bastante antiguas y se las mostró.

-Esta es mi casa –en la primer imagen aparecía una casa de gran tamaño rodeada de un extenso jardín-, y este el granero –una construcción de madera, con una altura mayor a la de una casa, se erguía sobre la pradera que se perdía en el horizonte-, el lugar que me esta dando problemas.

Arnulfo sirvió una tasa de café para su clienta.

-¿Qué problemas le está presentando ese lugar en particular?

-Uso ese viejo granero como establo. Protegía a mis animales de las tempestades y de los coyotes pero ahora, las cosas han cambiado.

-¿Cambiado?

-Si. Hace diez noches encerré a mis animales, como usualmente lo hacía, dentro del establo. Un terrible escándalo me levantó de mi cama, provenía del granero y corrí para ver qué era lo que sucedía. Solo pude rescatar a la mitad del ganado. La otra… parecía una carnicería, sangre y pedazos de carne tibia por todos lados.

-Quiere decir que ¿alguien mató a sus animales?

La anciana asintió.

-Eso no fue humano, y a pesar de que yo sabía que era algo sobrenatural, acudí a la policía pero no entregó resultados sólidos de su investigación. Coyotes, me dijeron. Una manada que, escondida entre los viejos tablones del granero habían esperado la perfecta oportunidad para masacrar a mi ganado. ¡Bah! Patrañas.

-¿Usted cree que un fantasma hizo eso?

-Hace cinco noches guarde un machete en mi delantal y entré con doce animales en el granero.

-¿Hizo usted qué? –preguntó alarmado Arnulfo al escuchar la desesperación de la señora.

-Así fue joven. Si se trataba de coyotes yo misma acabaría con ellos. Después de la media noche el ganado comenzó a moverse inquietante y nervioso ante algo que se acercaba. Tomé el machete en mis manos y me prepare a pelear. Algo… no fue alguien, algo, sujetó a una de mis vacas y la levantó de las patas delanteras.

-¿La levantó? Querrá decir que la cargó.

-No, la levantó del suelo como si el propio animal quisiera volar y… -los ojos de la anciana se cerraron-, la destazó en menos de un minuto. Carne, sangre y huesos volaron hacia las paredes mientras la res aún gemía. Corrí hacia la puerta y escape con el resto del ganado. Necesito de su ayuda joven para alejar esos espíritus del granero.

Arnulfo, serio ante la gravedad de la situación, permaneció en silencio.

-Si es por dinero no se preocupe joven –le entregó un sobre con bastantes billetes-, he vendido algunas reses y borregos. Todavía tengo más si así lo requiere.

-Esta noche. Sabremos exactamente qué es lo que quieren y por qué.
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