miércoles, 14 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte IV

Las potentes luces de su camioneta iluminaron dos vehículos que se encontraban estacionados a un lado del granero.


-Parece ser que tiene visitas señora. –indicó Arnulfo al mismo tiempo que se estacionaba al frente de la casa.

La anciana, bajó de la camioneta y caminó rápidamente hacia el grupo de hombres que reían y bebían cerveza.

-¿Qué hacen? ¿Quiénes son ustedes? –preguntó con desesperación pero uno de ellos la sujetó de un brazo.

Arnulfo miró sorprendido las armas que descansaban sobre las cajuelas de su transporte cuando tres sujetos más se encontraban detrás de él.

-No le haremos nada anciana –mencionó un hombre con abrigo de piel y sombrero negro-. Mi amigo guardó unas cajitas en su granero y solo las estamos tomando.

-¿Cajas? Mis animales, ¿les han hecho algo?

Los hombres rieron a carcajadas.

-¿Sus vacas? No queremos robarle ni quitarle nada anciana.

-¿Qué se trae la abuela? –preguntó el que salía del granero con una gran caja en su mano.

-Nada.

-Esas cajas, ¿cómo entraron en mi granero?

-Es una larga historia abuela. No pregunte y vivirá.

Arnulfo sudaba copiosamente; era muy diferente tratar con fantasmas que con un grupo de maleantes. A empujones los metieron en el granero y observaron a cinco hombres que removían la paja para descubrir diez o doce cajas.

Les apuntaron con un rifle de alta potencia mientras el resto continuaba entrando y saliendo del granero.

-¿Por qué no hablas? –preguntó al ver el rostro sudoroso de Arnulfo-, ¿su nietecito perdió las agallas?

Las luces de los vehículos que servían para iluminar el interior del granero se apagaron simultáneamente. El radio que emitía la música ranchera también se apagó.

-¡Diablos! Se acabaron las baterías de los autos. –mencionó uno de ellos.

-No lo creo. Los autos son nuevos, deben estar cargadas por completo. –contestó otro.

De golpe se cerró la amplia puerta del granero. El aire silbó entre las pequeñas ventanas de la parte más alta y un escalofrío recorrió la espalda de Arnulfo.

-¡Algo poderoso y maligno se acerca!- exclamó en voz alta.

El sujeto que le apuntaba frunció el ceño al escucharlo y solicitó que verificaran la puerta. Después de varios intentos no lograron abrirla.

Los tres hombres que esperaban cerca de los autos también intentaron abrir la puerta pero les fue imposible.

El aire agitaba las ramas de los árboles y la hierba danzaba extrañamente mientras la temperatura descendía gradualmente.

Las nubes ocultaron la luz de la luna y el interior del granero se oscureció por completo. Algunas linternas se encendieron y se escuchó el remover de los seguros de las armas.

-¿Qué ocurre? –preguntó aquel que esperaba sentado sobre una caja.

De pronto, algo lo levantó por los aires y sin más preámbulo, arrancó sus piernas y brazos; no tuvo la oportunidad de gritar.

Asustados, los maleantes dispararon por detrás de ellos y el fuego de las armas solo iluminaba sus rostros asustados.

Pero los ojos de Arnulfo observaban lo que realmente sucedía. Un espíritu pálido, cubierto con una manta clara, flotaba sobre sus cabezas buscando a su siguiente victima. Su boca, tan grande que distorsionaba su propio rostro, mostraba una sonrisa de satisfacción y en un par de segundos tomó a otro maleante, elevándolo hasta detenerse cerca del techo. Sin esfuerzo lo destazó, arrojando sus órganos internos sobre las cabezas de sus compañeros.

Otros dos espíritus brotaron del suelo, mostrando una increíble similitud con el primero. En ese momento sus ojos distinguieron un brillo dorado del lugar de dónde habían brotado. Observó fijamente y encontró lo que ellos protegían; doce bolsas de monedas de oro brillaban con intensidad esperando ser encontradas.

En poco tiempo, ningún maleante quedó de pie. Partes de sus cuerpos y órganos cubrían el suelo, y la sangre pintaba las paredes del granero.

Los tres espíritus bajaron lentamente del techo y observaron con sus ojos borrosos a Arnulfo. La anciana permanecía agachada, intentando esconderse entre las pacas de paja.

-Encontré lo que protegen –gritó hacia los espíritus-. No nos hagan daño, no queremos su oro.

El primer espíritu simplemente sonrió grotescamente mientras los otros dos, en un santiamén, elevaron por los aires a la anciana, quien sufrió el mismo destino que los maleantes.

Arnulfo retrocedió horrorizado, conociendo que nada podría salvarlo.

La puerta del granero se abrió, empujada con tal fuerza que se hizo añicos. El extraño jinete, vestido como un charro, y montado sobre su negro corcel entró lentamente en el granero.

Sin bajarse del caballo, se dirigió a Arnulfo:

-Solo yo puedo salvar tu vida. Pero si lo hago, tendrás que devolverme el favor.

Temeroso y con los ojos llorosos, Arnulfo asintió con su cabeza:

-Lo que sea pero sácame de aquí.

El jinete desmontó y sus ojos se encendieron, mostrando un brillo rojizo. Los espíritus, al verlo, huyeron despavoridos ocultándose bajo tierra, en las bolsas doradas.

Arnulfo salió del granero y vomitó como nunca lo había hecho. Tres cuerpos yacían con la cabeza volteada hacia atrás cerca de los automóviles, alguien había roto sus cuellos.

-Todos muertos –dijo mientras limpiaba su boca-. ¿Qué eran esas cosas?

El charro negro se acercó y dándole un par de palmadas en la espalda le explicó:

-Son demonios. No aquellos que son demonios desde que existieron. No. Son almas en pena, pero con mucho esfuerzo y dedicación cambian su esencia a un demonio.

-¿Demonios que antes fueron humanos? –preguntó mientras ya de pie observaba el oscuro paisaje que le rodeaba-. No me interesa, no más de estas cosas. Me voy.

-Tienes una deuda conmigo –el charro monto a su corcel-. Viaja a Catemaco, en Veracruz. Cuando estés ahí te explicaré lo que tendrás que hacer.

-¿Y si no cumplo con mi promesa?

El jinete sonrió y sus ojos se encendieron.

-No querrás saberlo. Te aconsejo que lo hagas. Allá nos veremos, en Catemaco.

Y el jinete con su caballo galoparon lejos de él, hasta que una neblina los ocultó extrañamente.
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