jueves, 22 de julio de 2010

Arnulfo y el don heredado. Parte V

Bajó del autobús; estaba sorprendido por la cantidad de personas que viajaban a su lado. ¿Qué tendrá de especial este lugar?, se preguntó.


Pequeño, con un malecón turístico que rodeaba la laguna de Catemaco, altas palmeras, clima calido, era un lugar perfecto para vacacionar. Lo extraño de este pueblo eran los anuncios de gran tamaño pintados sobre las paredes laterales de algunos hoteles y restaurantes.

“Visita a Don Diego, herbolario, magia blanca, magia negra. Cualquier trabajo. Satisfacción garantizada.” Decía escrito a lado del dibujo del tal Don Diego.

Dos chiquillos, al verlo caminar en busca de un hotel económico, se acercaron a él mientras gritaban:

-¿Esta buscando a un chaman? Nosotros conocemos al más poderoso. ¿Qué busca? Le puede hacer amuletos, encantamientos, trabajitos con cualquier tipo de magia.

El otro niño también gritaba:

-¿Su mujer lo dejó? ¿Quiere fortuna y fama? Nuestro chaman le puede dar todo eso.

Arnulfo simplemente negó con su cabeza, tal y como lo haría si vendieran chicles o dulces, que no era el caso, extrañamente.

Después de hospedarse en el hotel más decente y a buen precio, que podría decirse que era el mejor, paseó por el malecón para observar a detalle el curioso pueblito.

El nombre de un bar llamó su atención: “El nueve brujos” y la estación de autobuses, que mas bien parecía una simple parada, y en donde uno conseguía sus boletos de regreso con la mesera del restaurante que servía como ese propósito, estaba repleto de personas que esperaban impacientemente el autobús de regreso a la ciudad de México.

Le pareció el restaurante más sano para comer, así que tomó asiento y la mesera, al verlo perdido, sin conocer el lugar, le explicó rápidamente de lo que se trataba:

-Catemaco es famoso por tener a los brujos más poderosos de México. Muchas personas viajan de todas partes de la republica para ver a sus chamanes y pedirles ayuda. Los camiones llegan y se van cada hora, porque así como vienen a consultarlos, se regresan de inmediato para trabajar o atender sus negocios.

”Los hay de todos tipos. Los que más vienen son políticos, y no cualquiera, bastantes pesados e importantes. Muchos famosos, nacionales y extranjeros. Empresarios, trabajadores, comerciantes, o de plano, personas humildes que con sus pocos ahorros pagan el viaje y la cuota del chaman para que les consiga trabajo.

-La laguna es hermosa. –mencionó Arnulfo mientras engullía un taco de huevo.

-En el centro de la laguna tenemos un islote, es pequeño, pero con el suficiente espacio para realizar sus ritos oscuros de los brujos. Le llaman la isla del diablo.

-¡Caray! Todo aquí esta rodeado de magia y brujos.

La mesera, señaló la selva que se elevaba hasta un cerro que se erguía cerca del pueblo.

-Dicen que se puede ver volar a las brujas en lo alto del cerro cuando los brujos acuden ahí para meditar o crecer sus poderes.

Arnulfo sonrió.

-Entonces ¿no las has visto?

-Recuerdo de niña que observe unos puntitos brillantes girar en el aire en la punta del cerro.

Ésta me esta cuenteando, pensó, alguien le escribió todo este rollo para que lo repitiera como periquito con los turistas no creyentes como yo.

-Y en ese mismo cerro –continuó la mesera, a pesar de la sonrisa de incredulidad del turista-, en la parte de atrás, existe la cueva del diablo. Dicen que esa cueva es tan profunda que llega hasta el mismo infierno.

-¿Me trae la cuenta? –preguntó Arnulfo y la mesera entendió el mensaje, suficiente de esa paranoia de brujería y diablo.

De regreso al hotel, y satisfecho de su humilde alimento, otro jovencillo lo interceptó ofreciéndole los servicios de un chaman. Esta vez Arnulfo le solicitó que lo llevará a su “consultorio” solo por curiosidad.

Se encaminaron calle adentro y después de dos cuadras se detuvieron en una casa bien construida, con bonita fachada, jardín y un letrero que indicaba: Don Filemón, herbólogo y brujo.

Entró a la casa y el jovencillo desapareció, corriendo de regreso al malecón. Una salita, cual consultorio dental, con sillones y revistas sobre una mesita, era la sala de espera. Sobre las paredes, varías fotografías mostraban el poder del brujo Don Filemón. En una se observaba a un hombre levantado sobre el suelo con una botella vacía de Coca Cola en la nuca y otra en los tobillos. Más allá se observaba a un grupo de hombres vestidos con largas mantas negras, similares a aquellas que usaban los del Ku Kux Klan, que había visto en documentales, solo que en color negro. Al centro de ellos, una estrella de cinco puntas marcada con arena roja sobre el suelo era rodeada de varias antorchas.

Cerca de la puerta que daba a la oficina del brujo, una figura de arcilla, de aspecto demoníaco, como un pequeño diablillo de mirada malévola parecía que sonreía burlándose de aquellos que esperaban en la sala.

Arnulfo comenzó a marearse; su cuerpo se erizó y varios escalofríos lo recorrieron. Algo andaba mal, sino es que todo.

La puerta se abrió y tres sombras negras salieron de la oficina, permanecieron de pie como si bloquearan la entrada para impedir el paso de Arnulfo. Un voz profunda y áspera, proveniente de detrás de ellos, gritó:

-¿Qué quieres? ¡Lárgate!

Retrocedió unos pasos inconcientemente y las sombras cambiaron, mostrando cuernos en su cabeza, una larga cola que movían como un perro, y sus patas cambiaron a la forma de una cabra.

Las tres avanzaron hacia él y Arnulfo salió de la casa corriendo. No se detuvo hasta llegar al hotel.

Se sentó sobre la cama y respiró profundamente para recuperar el aliento. En el espejo que daba a su cama, la imagen del charro negro apareció y lejos, muy lejos de él, se escucho:

-Hoy, al anochecer sabrás lo que tienes que hacer. –y la imagen desapareció.

Continuará

Imagen obtenida de: http://www.mexicoenfotos.com/imagenes/galerias/01-mexico-veracruz-catemaco-12471136551498.jpg
 
Autor: Un servidor
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