miércoles, 20 de julio de 2011

Toluca la bella

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Recuerdo las visitas a mi tía Rosi en Toluca. Mi papá no nos dejaba subirnos al auto si no traíamos las chamarras (que prácticamente eran colchonetas con cierre) abrochadas hasta el cuello y listas para Toluquita. Los enormes pinos que bordeaban la serpenteante y peligrosa carretera eran una señal inequívoca de que para allá nos dirigíamos, al igual que los intentos de cabañas con letreros por doquier de “truchas, conejo y borrego asado” de la Marquesa (zona comercial entre el bosque a un lado de la carretera federal donde cabañas restauranteras ofrecen sus servicios acompañados de renta de caballos, motos, ahora la moda es el rapel inundado de defeños que escapan de la contaminación durante los fines de semana).

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La entrada a la ciudad era lenta, lentísima, pues mi papá nos decía “ya llegamos” ajá, pero al inicio de la Avenida principal porque todavía le faltaba media hora más para llegar. Recuerdo los grandes letreros que decían “Toluca la bella, Toluca la limpia” y de verdad que quedo en el recuerdo porque hoy es un completo asco, es más, antes por lo menos en cualquier calle, y eso me asombraba, encontrabas botes de basura para no tirarla en la acera, cuando en el presente los únicos que existen son los que tenemos en casa. Llegábamos a la casa de la tía y ya saben, los papás con los tíos y los abuelos conversando, se olvidan de los chamacos quienes salíamos a la calle para “jugar” y lo pongo con comillas porque no podíamos movernos debido a las chamarrotas, pero te las quitabas y hacía un frío que penetraba hasta los huesos. El clima de Toluca siempre era cielo azul con manchones de nubes espesas y blancas, de esas que parecen que llevan prisa y van bajito, muy bajito, con un viento helado que de inmediato te ponía las mejillas y la nariz coloradas como reno de Santa Claus. Corríamos a pararnos bajo los rayos solares que pasaban entre las nubes y no calentaba, solo un poquito.

Aburridos de no movernos y con mucho frío entrabamos a la casa de mi tía. Ahora si nos quitábamos los cobertores de encima y mientras los grandes platicaban de cosas sin importancia (para nosotros) jugábamos con los juguetes de nuestro primo.

No faltaba que de pronto nos avisaban que íbamos a comer fuera y a abrigarnos nuevamente, hasta mi tía nos prestaba bufanda, guantes y gorra, y qué bendición pues a donde fuéramos hacía un frío que los pájaros caían del cielo congeladitos, hechos hielo (no, no era para tanto).

Un poco más creciditos evitábamos salir a la calle a cualquier costo, era mejor quedarnos a ver una buena película (que para conseguirla mandábamos al primo que ya estaba curtido en estos climas helados), ordenábamos hamburguesas vikingo (hamburguesa de medio kilo de carne y del tamaño de una pizza familiar, siiiii, aunque no lo crean, es más, la entregaban partida en cuatro partes pa que te la pudieras empacar) y nos tapábamos con unas mantas híper calientitas.

Algunas veces nos llevaban a conocer el Cosmovitral, con sus vitrales y sus bellos jardines, y que la verdad de niño esas cosas no te llaman la atención, así que nosotros corríamos entre los arbustos para ocultarnos y caerle de sorpresa al primo cuando pasará por ahí.

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Recuerdo el centro con sus portales, y la famosa tienda que vende dulces típicos mexicanos muy ricos (pero así de caros, todavía existe la tienda pero esos precios no más pa extranjeros). Caminábamos ahí recorriendo todas las tienduchas para que mis papás o los abuelos compraran suvenires (como si estar a una hora de ahí fuera motivo para un suvenir) y ya cuando a uno de mis primos o a mi hermana se le caía una oreja o la nariz debido al frío pues nos regresábamos a la casa de mi tía (casi un día le tiro la nariz a mi hermana pero no fue por el frío sino con el palo mientras me toreaban con una piñata).

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Cansados y cuando la mayoría de primos y hermanos sedados por el chocolate caliente estábamos a punto de caer dormidos, era típico que los padres se les ocurría partir, y entonces todo modorro (estado físico donde los parpados se pegan y te cuesta mucho abrir los ojos, el sentido del caminar se pierde y no puedes ponerte de píe, y el frío te pega por todas partes) te subías al auto rogando que prendieran la calefacción para dormir bien de ahí a la casa en el defeño.

Después de muchos años, y la llegada de los defeños a estos lugares fríos, húmedos y verdosos el clima cambió, dejándonos únicamente recuerdos de lo que algún día fue y no será jamás, Toluca la bella, Toluca la limpia.

Salud para todos.

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