jueves, 11 de julio de 2013

Solo libros

 

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Con el primero fue La Divina Comedia de Dante. Tal vez en mis años mozos no estaba preparado para tan espesa lectura. El otro que recuerdo fue El Quijote de la Mancha, y eso que mi padre lo ha leído unas diez veces. Yo no he conseguido ni llegar a la página 100. Estos han sido los que he abandonado. Los que no he logrado darles punto final.

En aquellos años mi papá nos llevaba a la calle de Donceles, en el centro de la ciudad de México para comprarnos libros. Tiendas grandes, de techos altos y olor a humedad. Las paredes tapizadas de estantes. Unos sencillos, apenas barnizados para protegerlos de las polillas; otros más toscos, de madera recia, como el dueño, que se resistía a abandonar este mundo a pesar que su cuerpo se lo pedía. Cubiertos todos ellos de libros que siempre quería pues eran la novedad. Dispuestos con la cara al frente, orgullosos de su portada, de su editorial que no escatimaba en su elaboración. De pasta dura, irrompible, con hojas tan blancas que deslumbraban. Cuando tomaba uno de ellos y lo hojeaba lentamente disfrutando de su olor y de la sensación suave de sus hojas, el dueño ya me hacía señas interpretativas de si lo tomas, lo pagas, algo que no podía hacer pues el bolsillo de mi papá rehusaba pagar.

Removía libro tras libro en los estantes del frente, donde dispuestos sin forma ni acomodo cientos de estos esperaban a ser leídos. Ahí el olor de la humedad era más fuerte y los precios en centavos y pocos pesos. Lo malo era que no teníamos mucha selección. Contados eran los que conseguía rescatar de buena calidad, y no nada más en cuanto a la lectura sino la mayoría siendo de doble, tercer y siento que le llegaban a la veintena de uso, pues si no te ponías a las vivas y revisabas todas las hojas, podrías quedarte sin terminar una frase o perder la secuencia y deja tu algo importante.

Siempre aprovechaba para buscar un libro grande, gordo, que me tomara unos buenos días acabarlo. Todos a dieta. Flacos y feos. De ahí tomé libros de calidad como Miguel Strogoff de Julio Verne, dos de ciencia ficción de los años cincuenta, no recuerdo el nombre del autor, y un libro de la historia de un médico a principios de siglo. La ciudadela se llamaba.

Al escribir estas líneas no sé si sufría de un momentáneo lapsus brutus, o ceguera lectora impersonal, porque por más que repaso una y otra vez no teníamos mucho de donde elegir en esas librerías. En cambio ahora. Lo que daría por haber tenido un Gandhi, un Péndulo cerca de mi casa para comprar un libro. Llevo a mis niños a comprarles uno y la diversidad es tan grande que nos tomamos más de tres horas escogiendo lo que van a leer. Simplemente en la sección de niños puedes encontrar libros tan buenos que a pesar de entrar bajo ese catálogo bien sabes que ni los adultos se los refinan. Qué decir de la sección de novelas históricas, drama y los Best Sellers.

Hasta en eso nos tenían que quitar lo inculto. Nos tenían que enseñar cómo poner una librería de forma correcta y bien hecha. No intentos subliminales donde parece que vender un libro es un acto terrorista. Y vaya que lo es. Destruyes la ignorancia tan arraigada en mis paisanos, con sus maestros bloqueando las calles y sus escuelas destruidas por gente religiosa.

Tan bien que es leer un libro y llegar al final. Claro, siempre y cuando te agrade, pues no todo lo que brilla es oro, y no todo lo que lees es bueno. Como en todo hay que saber escoger, y más hoy, que tenemos tanta información a la mano.

Salud para todos.

Coimbra pobre

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