miércoles, 16 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo IV

mar

Las canoas avanzaban a buen ritmo sobre las apacibles aguas azules. El viejo comerciante observó el dulce sueño de su amada hija pero las voces y risas de sus compañeros al señalar la costa de Xamanhá, su destino, la despertó.

El viaje había resultado prometedor. Los ornamentos de plumas, adornos de oro, piedras de jade, de ámbar, cuarzo y demás que habían transportado desde Xamanhá a las diferentes localidades lejanas fueron vendidos en poco tiempo, y ahora sus canoas regresaban con una gran cantidad de carne, especias, telas y tintes para intercambiar con su propia gente.

Ceyaotl señaló con gozo la dorada playa que se extendía varios kilómetros sobre el horizonte. El sol se escondía detrás del follaje verde y el manto oscuro comenzaba a tapizar al cielo rojizo.

Atototzin sonrió al ver a su padre. A pesar de su edad avanzada los músculos de sus hombros y su espalda se marcaban sobre su piel morena. Cubierto únicamente por un taparrabos mostraba sus duras y torneadas piernas.

La suave brisa trajo consigo los lejanos recuerdos de la niñez de su hija, en aquel preciso momento cuando la aceptó como tal.

Después de muchas batallas, conquistas y derrotas como general de dos ejércitos del reino de Ah Kin Pech estaba decidido a abandonar su posición para gozar de las tranquilas aguas de Xamanhá, tierra de sus ancestros. Por fortuna, participó en la defensa de los reinos del sur en contra de las huestes del Mictlán y luchó al frente de sus guerreros, deseoso de entregar su vida a Tonatiuh. Pero a pesar de semejante peligro, y más al enfrentarse a las terribles criaturas oscuras salió victorioso con sus ejércitos y regresó a su reino cediendo su puesto a un guerrero más joven y partió rumbo a las doradas y solitarias playas.

Un año transcurrió y una anciana lo esperaba fuera de su humilde choza, con una niña de seis o siete años de edad.

—¿Qué quiere mujer? —preguntó el retirado guerrero.

—Esta niña necesita de su protección —mostró en un intento de sonrisa sus marchitadas encías y señaló el cielo—, los dioses así lo han decidido.

—¿Los dioses? ¿Hablas con ellos?

—Era una tribu de pescadores, a no más de dos días de viaje de aquí. Fueron atacados por los seres de la oscuridad y nadie quedó con vida. La niña es la única sobreviviente.

La delgada niña, con sus cabellos negros tocando sus hombros y su mirada triste que pedía ayuda enterneció al guerrero.

—¿Tiene nombre?

—Atototzin, así me dijeron los dioses que la llamarás.

La adoptó y la aceptó como su hija. A pesar de ser mujer le mostró el uso de diversas armas como el macahuitl, la lanza, el escudo y el cuchillo. La entrenó alejado de las miradas de algún curioso entre la frondosa selva, era inaceptable que una mujer aprendiera el arte de la guerra. Además se convirtió en una excelente nadadora, podía alejarse bastante de suelo firme para luego regresar sin detenerse.

A decir verdad Ceyaotl se enorgullecía de la gran habilidad que su hija mostraba. Ningún guerrero que él había entrenado mostraba tal aptitud y arrojo como ella, aunque se lamentaba por crear una gran diferencia entre su hermosa hija y el resto de las mujeres. Atototzin no cedía tan fácilmente ni se mostraba servicial, ni siquiera bajaba la vista en sumisión ante la visita de otros hombres; lo consideraba un gran riesgo cuando él partiera con Tonatiuh.

Pero en esa tarde los dioses se habían mostrado benignos, sus canoas rebosaban de mercancía y pronto llegarían sanos y salvos a su tierra.

Acompañados de un grupo de mercaderes bajaron de su transporte y caminaron sobre la suave arena. Los últimos rayos del sol rasgaban el firmamento en tonos dorados y la brisa se percibía fresca.

Los hombres descargaron la mercancía y fuegos verdes brillaron entre lo denso de la vegetación, más allá del límite de arena.

—¿Qué sucede? —preguntó Atototzin mientras señalaba las extrañas luces. De pie se notaba su formidable estatura, superaba por mucho al tamaño regular del resto de mujeres; su cuerpo bellamente formado resaltaba a través de la manta delgada que se ajustaba a su piel oscura. Sus ojos castaños mostraban inteligencia y sus labios carnosos la convertían en una mujer deseable.

Un escalofrío recorrió la espalda de Ceyaotl al ver los fuegos verdes, comprendiendo el terrible peligro que los acechaba. Tomó su viejo macahuitl y se adelantó un par de pasos.

—¡Prepárense! Nos van a atacar.

—¿Qué? —sorprendido preguntó uno de sus compañeros—, tal vez si intercambiamos un poco de nuestra mercancía nos dejen el paso libre.

—Si estas dispuesto a entregar tu propia carne, es probable que lo acepten —le contestó al mirarlo con sus ojos sombríos—. Son criaturas de la oscuridad y lo que desean es nuestra carne.

La joven corrió a lado de su padre y sujetó con fuerza una lanza larga.

—¿Son las mismas que atacaron el poblado de mis padres?

—Es el ejército que arrasa con todo ser viviente, cual langosta en cosecha.

Los fuegos verdes comenzaron a avanzar hacia ellos, acercándose peligrosamente. Ceyaotl observó a su hija y le indicó:

—Huye Atototzin, mi tonalli esta escrito; es mi deber morir bajo el filo de un arma y no como mercader o pescador. ¡Huye! Aléjate antes de que sea imposible escapar.

La joven retrocedió ante la furia de su padre y se alejó vadeando la selva.

Cuando los fuegos llegaron al final de la vegetación varios rugidos estallaron y criaturas grotescas cubiertas de pelo fino pálido con largos colmillos, ojos pequeños y rojos, brazos anchos y piernas grandes corrieron ante los desafortunados mercaderes.

Dos, cuatro hombres fueron aplastados por estas bestias y devorados mientras aún gritaban. Ceyaotl luchaba formidablemente con su invencible macahuitl que con una gota como obsequio del rey de Lytz había convertido en letal su arma en contra de esos seres.

Varias bestias cayeron sin vida bajo su mortal filo. El resto de sus compañeros logró frenar el ataque hasta que sus enemigos dejaron de salir de la vegetación. Seguramente era un grupo perdido de K’aasi en busca de comida, pensó Ceyaotl.

La joven observó el triunfo y regresó a su lado, pero algo en el mar llamó su atención. Algo se agitaba en su interior y se acercaba hacia ellos.

De las olas brotó un pez de gran tamaño, cuatro veces el de un hombre con patas de lagarto al frente y una boca rodeada de filosos colmillos; una cola de pez lo impulsaba en el agua y sus ojos giraban independientemente en busca de una victima.

De un bocado devoró a dos hombres y retrocedió al agua. Ceyaotl tomó su lanza y la clavó en un costado pero el animal alcanzó las olas perdiéndose en su interior. Otro más salió del agua a su lado y devoró a otros dos hombres. Un tercero mordió las canoas y las arrastró lentamente al mar dejando infinidad de pedazos y mercancía sobre la arena. El guerrero traspasó la piel de esa bestia marina varias veces logrando acabar con su vida, pero antes de que Atototzin auxiliara a su padre otra bestia lo alcanzó y fue arrastrado al mar mientras él arrancaba uno de sus enormes ojos con su macahuitl.

Punzadas de dolor le aguijoneaban ambas piernas. El comerciante intentó zafarse pero los delgados y largos colmillos habían traspasado su carne de extremo a extremo.

Logró tomar aire antes de que la bestia se hundiera bajo el agua y con su macahuitl que aún permanecía en su mano golpeó con fuerza la carne de su enemigo. Cortaba y golpeaba, picaba y arrancaba hasta que el animal salió del agua permitiéndole respirar nuevamente.

Escuchó los gritos de su hija y el chapoteo del agua. Se dirigía hacia él y sabía que era peligroso si ella intentaba salvarlo. Los había visto bajo el agua. No eran dos ni cinco. Una manada compuesta por veinte bestias marinas nadaban cerca de la costa en busca de más alimento.

El pez se sumergió y Ceyaotl continuó cortando la carne hasta que el pez sucumbió ante su ataque.

Creyó que las fauces cederían pero no fue así. Su hija se aproximó a él y le entregó su arma. Con su mirada le dijo que deseaba ayudarlo pero él le suplicó que se alejara, que lo dejara con esas bestias. El animal se hundió hacia las negras profundidades arrastrándolo con él.

Al menos el dolor cedía, no sentía sus piernas. Solo percibió el frío líquido que lo envolvía dándole la bienvenida.

Autor: Ian J Keller

Si quieren saber más les aviso en cuanto el libro salga a la venta.

Saludos

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