jueves, 31 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo VI

profmar

Después de todo, pensó, la muerte no era algo tan terrible como lo imaginaba. Se sentía flotar bajo el agua; sus brazos y sus piernas se agitaban con suavidad al ritmo del movimiento de las corrientes marinas. La negrura que la rodeaba no le provocaba miedo alguno.

Un extraño brillo surgió entre la oscuridad. De inmediato notó al ver las motas de arena y pequeños pedazos de algas flotando alrededor suyo que su estancia se encontraba en el fondo del gran mar. ¿Era esto la muerte? ¿Aquellas siluetas humanas que nadaban como peces eran las indicadas para llevarla con Tonatiuh? Se preguntó.

De ojos grandes, sin nariz y una amplia boca, los seres señalaron a la joven que permanecía recostada sobre el fondo arenoso cerca de un gran coral. Su piel, parecida a la de un pez reflejaba con intensidad el brillo pálido del alto bastón que sostenía uno de ellos. En lugar de piernas de la cintura brotaba una cola torneada y larga que terminaba en una enorme aleta. La observaron en silencio y en un extraño lenguaje hablaron entre ellos.

Tras un breve momento la levantaron y Atototzin percibió la pesadez de sus miembros, no podía moverse. Cuando una de sus lanzas reflejó el destello del brillante bastón que sostenían, sorprendidos observaron que el lugar donde la joven agonizaba era el santuario de Hunab Ku, el dios creador y su protector. La luz blanca que los iluminaba golpeó el cuerpo de piedra del dios y sus ojos destellaron cual estrellas en la noche.

Los hombres pez nadaron hacia arriba con la mujer y cuando los rayos del sol aclararon las aguas turbias del océano cientos, tal vez miles de tortugas surcaban sobre sus cabezas como parvada de aves. De vez en cuando tortugas de colosal tamaño nadaban pesadamente por debajo del resto y los grandes ojos de estos seres las escudriñaban cuidadosamente.

La joven observaba en silencio, se sentía sedada, creía que era por el abandono del cuerpo físico.

Otro se acercó y señaló una tortuga que nadaba lentamente hacia ellos. De inmediato fue impulsada con increíble fuerza gracias a la aleta de uno de esos extraños seres. Alcanzaron la enorme coraza de la tortuga y fue depositada con suavidad sobre ella percibiendo su calidez y aspereza. Dos hombres pez la sujetaron y sintió el vértigo en su estomago provocado por la aceleración de la velocidad de su transporte. Después no supo nada más, perdió el sentido.

El tiempo pasó, no supo exactamente cuánto fue. Algunas veces recuperaba el conocimiento y observaba a varios hombres pez de brillantes colores que la revisaban con sus inquisitivos ojos. Otras, observaba extrañas luces que titilaban en el interior de su habitación, con delicados matices dorados. Soñaba con su padre cuando lo abrazaba y él le mostraba el uso de las armas terminando en las fauces de ese terrible monstruo.

Hasta que un día el dolor y la fiebre abandonaron su cuerpo despertando plácidamente como si nada terrible hubiera ocurrido. Poco a poco abrió sus ojos. Una habitación sencilla apareció decorada con pequeños y delgados objetos de formas raras que cambiaban de tono cada dos segundos. Del suelo extrañas piedras se levantaban hasta media altura con formas lineales y la mayoría se desviaba hacia la luz dorada que entraba por una pequeña ventana.

Al incorporarse notó su brazo y hombro vendados al igual que ambas piernas. Se sentó sobre el camastro hecho de piedra porosa y suave. Recordó el ataque y su pecho se contrajo pensando en que tal vez su padre podría estar con vida.

Percibió como su piel se erizaba ante el cambio tenue de temperatura, movió los dedos de su mano distinguiendo la misma sensación de tenerlos dentro del agua. Se levantó asustada y la delgada tela que cubría su cuerpo se agitó lentamente como si flotara en el aire. Su cabello de igual forma flotaba en todas direcciones como si tuviera vida propia

Se levantó asustada y caminó trabajosamente hacia la ventana. Tres pirámides brillaban y se levantaban majestuosamente sobre una hermosa ciudadela. Las casas estaban situadas de manera ordenada y formaban calles delgadas pero con el suficiente espacio para transitar con comodidad. Algunas siluetas avanzaban sobre las calles y levantó la vista hacia arriba, en lugar del cielo azul o lleno de estrellas una negrura fría e imponente se levantaba sobre su cabeza.

Escuchó a alguien entrar a su habitación a sus espaldas e inconscientemente buscó su macahuitl, estaba desarmada. Un hombre pez delgado la miraba desde la puerta, su túnica de color turquesa caía desde sus hombros hasta la parte baja de donde una larga aleta transparente brotaba en lugar de piernas.

El hombre habló con voz suave y mientras lo hacía inclinó su cabeza.

—Forastera, el rey desea hablar con usted. —el hombre nadó hacia atrás mientras señalaba la puerta con su brazo para que lo siguiera.

Atototzin, aún desconcertada ante su extraña situación siguió al bizarro personaje a través de un largo y angosto pasillo. Por todos lados piedras porosas y delgadas brotaban del suelo hasta alcanzar el techo cambiando intermitentemente en diferentes colores. Notó sorprendida la pesadez de su cuerpo, no podía moverse con libertad pues sentía una enorme presión sobre su espalda y con mucho esfuerzo se sostenía sobre la pared para no perder el equilibrio y caer de bruces.

Se detuvieron frente a una puerta de gran tamaño hecha de piedra lisa y tallada con cientos de relieves incomprensibles. La puerta se abrió de inmediato y una hermosa y amplia habitación apareció ante ellos. Dos guardias permanecían inmóviles y miraban hacia el fondo de la habitación. Con curiosidad observó que las escamas de esos guardias eran de color dorado y rojizo. Cada uno de ellos sostenía lanzas largas y filosas mientras su aleta descansaba sobre el suelo.

Entró en la habitación y al fondo un hombre pez de barbas plateadas y largas pero de músculos fuertes e imponente mirada la observaba con frialdad. Se acercó a ella gracias a su poderosa aleta y sus ojos se clavaron en los de ella. La túnica morada que cubría su torso desnudo y su espalda se agitó al acercarse.

—Soy el rey Tzim y este es mi reino, el reino norte de Atl —mencionó y la joven respondió con una inclinación de su cabeza—. Nuestros médicos han hecho un buen trabajo para reparar tus heridas y eliminar la maldición del Waay en tu piel.

—¿Waay? —el rostro de Atototzin enrojeció—, ¿ese Waay fue el que se llevó a mi padre? Pero no entiendo, esperaba encontrarme con Tonatiuh… ¿estoy bajo el agua?..

—Con calma forastera, todo ha sucedido tan rápido para ti que es difícil de entender. Sígueme.

Ambos avanzaron hacia el balcón oculto detrás de telas blancas y delgadas que se agitaban incesantemente.

Al salir quedó impresionada ante la belleza de la ciudadela en donde cada casa reflejaba los brillos dorados de las pirámides. Más allá un hermoso jardín rodeaba el límite de las casas, una vegetación abundante de diferentes colores lo inundaba y variados tipos de peces nadaban libremente entre las plantas, algunos de ellos emitiendo sonidos tan hermosos que no se comparaban a los trinos de las aves de su tierra. El paisaje la tranquilizó y sus pensamientos a pesar de estar llenos de dudas e inquietudes se aplacaron ante la hermosura de lo que observaba.

—El reino del norte —continuó el hombre pez—. Yo soy un atlen al igual que mis súbditos y somos la raza del agua salada, valientes combatientes y fieles seguidores de los dioses benévolos.

—¿Qué sucede conmigo?—preguntó la joven con nerviosismo en su voz—. ¿Cómo es posible que pueda respirar en el interior del mar, sumergida en el agua? ¿Acaso este es un lugar que se encuentra antes de llegar con Tonatiuh?

El hombre pez sonrió ante sus preguntas suavizando su noble rostro.

—No estás muerta y por lo tanto este no es ningún lugar espiritual. Mi reino —señaló la ciudadela—, es real. Permanece escondido de los hombres por el peligro que representa el ejército de la oscuridad y eso me recuerda la inquietante decisión que tomé al aceptarte en mi reino.

Varios pulpos de enorme tamaño se impulsaban con sus largos tentáculos a pocos pasos de ellos ignorándolos por completo.

—Por alguna razón desconocida tienes la protección de Hunab Ku nuestro venerado dios y mis guerreros te encontraron gravemente herida en su santuario, a los pies de su estatua.

Inconscientemente Atototzin inspiró como si deseara que el aire entrara a sus pulmones pero una sensación diferente similar al frío golpeando su pecho le recordó el lugar en el que se encontraba.

—Respirar bajo el agua como uno de nosotros es parte de esa bendición —continuó el rey—, pero reconozco que este suceso no es una extraña coincidencia y por lo tanto eres bienvenida en mi reino el tiempo suficiente para que sanes por completo, pero te advierto que muchos de nosotros repudian a los hombres pues los culpan por la rebelión del Xibalbá.

Lo siguió hacia una amplia explanada y un par de tiburones azules nadaron a su lado curiosos de su presencia, después cambiaron su rumbo hacia el interior de la ciudadela.

—Señor mío estoy segura que mi padre permanece con vida, el Waay que envenenó mi cuerpo lo mantendrá vivo si cumple su amenaza —sujetó el ancho brazo del rey para detenerlo—. Debo salvarlo o sufrirá un terrible tormento.

Mis guerreros mencionaron un grupo de Mukai cerca de las costas, algo sumamente extraño; es inusual que se acerquen demasiado al reino de los hombres —comentó al rey mientras sonreía—. Todo en su momento forastera, debes recuperar tus fuerzas. Voy a solicitar a mis guardias imperiales que busquen a tu padre en el territorio donde fuiste encontrada.

El rey levantó su brazo y un anciano hombre pez se acercó con su cabeza inclinada.

—Mi querido Legh, quiero solicitar tu amable ayuda para que cuides a mi invitada y te encargues de que su estancia en este reino sea lo más agradable posible.

Legh se levantó y se detuvo a un lado de la mujer haciendo la reverencia de que la siguiera.

—Es un privilegio mi señor el ser útil a pesar de mi edad.

El rey sonrió.

—Tú siempre serás de utilidad querido amigo. —ambos partieron adentrándose en la ciudadela y antes de alejarse la joven miró al rey agradeciendo su protección y cuidado pero en esa mirada también transmitía la necesidad de buscar a su padre.

Una intensa luz brilló a sus espaldas y el rey volteó hacia un espejo de gran tamaño que permanecía descansando sobre el muro del palacio. Una silueta al principio borrosa se mostró en su interior.

Era un cuerpo femenino formado de agua. Los ojos, la nariz y demás facciones se podían observar a simple vista debido a las perfectas líneas que el agua dibujaba; su cabello, compuesto por miles de gotas se movían sin detenerse de un lado a otro.

—Señor mío se han detectado seres malignos en el mar del norte, parece que con desesperación buscan a algo o alguien. Están lejos del reino pero en poco tiempo podrían acercarse a ustedes. —habló la figura de agua.

—Princesa Atzin hija mía, es a alguien lo que buscan y yo, la he encontrado —el rey endureció su mirada—. Esa joven forastera parece demasiado importante para el ejército del mal.

Las líneas delicadas de agua que formaban el rostro de la mujer cambiaron de forma y mostraron una bella sonrisa.

—Te has adelantado padre, si esa mujer es tan valiosa para el Mictlán entonces tenemos una ventaja sobre ellos.

—Aquí estará protegida aunque tú y yo sabemos de la macabra y perversa mente de los Waay. Han capturado a su padre y lo mantienen vivo obligándola a salir de nuestra protección para buscarlo.

—Debemos evitar que salga de nuestras fronteras pues seguramente será presa fácil de los seres oscuros.

—No te preocupes princesa. El mismo dios Hunab Ku la protege y por supuesto, nosotros.

Notas del autor: ya me regañaron que con eso de la piratería es mejor dejar de subir notas al blog aunque ya lo tenga registrado. Prometo terminarlo pronto y prometo decirle en dónde adquirirlo. Por lo pronto llevense el primer libro. Dejen un comentario y yo con gusto les mando el primer libro en PDF sin costo alguno. Si ya alguien lo desea impreso díganme y también lo mandamos con un costo modico.

Saludos

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