jueves, 3 de marzo de 2011

Nieve y Mar – La Leyenda Maya de K’uh Capitulo III

sombras

Ramas gruesas desgajadas sobre la hierba, tal vez árboles tendidos y grandes piedras desprendidas del suelo era lo que el enorme perro negro dejaba a su paso. Desde muy lejos se escuchaba con claridad el crepitar de sus patas en la maleza de la espesa selva.

Una guacamaya de vivos colores verdes y azules se posó sobre una rama alta y cantó alegremente. El perro brincó con gran agilidad a pesar de su tamaño sobrenatural y la engulló como un simple bocado. Su pelaje corto y oscuro no ocultaba la musculatura de su cuerpo. A pesar del gran hocico sus colmillos blancos y afilados brotaban entre la piel dándole un temible aspecto y sus ojos rojos mostraban una mirada fría y cruel. Era más grande que cualquier oso y más feroz que un lobo.

—Con esa hambre dejaras sin animales esta selva Itzli —mencionó un hombre alto de buena estampa y con músculos poderosos—. Apenas salimos del Xibalbá y anuncias nuestra presencia por varias leguas.

Portaba un peto de cuero negro y liso ajustado al pecho y espalda. Un calzón largo de algodón se ajustaba a sus piernas terminando a la mitad de sus muslos. Su macahuitl y chimalli se sujetaban con una cinta de piel a su cintura junto a su casco de la misma hechura simulando la cabeza de un perro negro.

El perro se inclinó y abrió dos inmensas alas que le nacían del lomo cual cuervo, cubiertas con plumas largas y negras que brillaban bajo la luz del sol. Después se acercó a un arroyo, bebió grandes tragos de agua y devoró un par de peces que chapoteaban cerca de ahí.

— Aquí el alimento es pequeño y no alcanzará a llenar tu estomago. Más adelante podrás comerte uno o dos pumas o tal vez un grupo de hombres —levantó su vista para medir el tiempo con el sol. Faltaba poco para el anochecer—. No estamos muy lejos de un poblado, ahí dejaré que sacies tu hambre.

Los insectos zumbaban cerca de sus oídos. Las fragancias de la tierra húmeda y la vegetación le traían malos recuerdos, tan amargos que sintió su pecho oprimirse. Alejó esos aromas y avanzó entre la maleza que el perro destruía. Recordó la tranquilidad de su tierra que fue interrumpida por la petición de sus dioses.

En el calmecac del Mictlán, dónde en eras anteriores el poderoso dios Mictlantecuhtli entrenaba personalmente a sus mejores guerreros Chan permanecía en el cuarto de adoración a Tonatiuh, el dios sol. Las estatuas levantadas en su honor así como las pinturas fueron destruidas cuando la traición se inició, pero aquella roca redonda había permanecido intacta, algunos decían que el mismo dios la había creado y por eso era imposible destruirla.

En forma de un plato, la roca mostraba en una de sus caras al dios Tonatiuh con sus ojos cerrados, tan perfectamente labrado que parecía que en cualquier momento despertase de su sueño.

Chan recordaba, anhelaba y sufría en silencio en esa olvidada habitación y golpeaba el rostro del dios con su macahuitl terminando con sus propios puños. Dos guardias enanos con lanzas más altas que el propio guerrero se acercaron para decirle que lo buscaban en el salón de los Señores, en el antiguo palacio del dios Mictlantecuhtli.

Se presentó en la sala de los Señores Oscuros vestido con su armadura negra de obsidiana.

Las enormes puertas negras se cerraron detrás de él y una sombra permanecía sentada sobre el trono de piedra gris a la mitad del salón. Las paredes estaban cubiertas por completo de cráneos de guerreros que habían ofrecido su vida a ellos.

El guerrero posó su rodilla en el suelo de piedra e inclinó su cabeza.

—Gracias por acudir guerrero negro —habló la sombra y se puso de pie. Al hacerlo se dividió en dos y uno se dirigió al lado izquierdo mientras que aquel que se dirigió al lado derecho continuó: —. Nuestros esclavos han hablado. Alguien está en busca de una de las piedras sagradas que nos han causado tanta desgracia.

Sobre algunos de los cráneos se usaban sus cuencas como base para sostener varias antorchas de flama amarilla que iluminaba todo el recinto.

Debes rastrearlos y matarlos —habló ahora la sombra de la izquierda—. Si tienen la piedra sagrada tráela para conseguirle un huésped. Si los tienes frente a ti y aún no la tienen mátalos sin clemencia alguna.

Las sombras brincaban velozmente de un rincón oscuro a otro. De la sombra de una estatua de un demonio flotaban rápidamente hacia la oscuridad de un ángulo en la pared.

—Nuestros aliados estarán prestos para ayudarte fuera de nuestro reino —indicó el de la izquierda—. Eres el Hunhan más poderoso del Xibalbá, el más temido del Mictlán. Haz que los hombres se inclinen al escuchar nuestro nombre y tiemblen ante nuestro poder. Falla y te arrancaremos la piel pedazo por pedazo.

Las puertas se abrieron nuevamente y la luz del sol rojo del Xibalbá iluminó la estancia bañando a las sombras que de inmediato se hicieron solidas. Dos hombres gemelos como dos gotas de agua caminaron con gallardía hacia fuera del salón.

—Síguenos Chan. — dijo el de la derecha y salieron a una amplia explanada donde se distinguía la totalidad del Xibalbá.

Las capas largas y ligeras de los gemelos ondeaban a causa de la brisa que jugueteaba entre los cinco pilares de roca asfáltica que se levantaban sobre la explanada. Sus cabellos plateados caían hasta su cintura y la única forma de diferenciar uno de otro era el lunar en forma de cuerno que se asomaba del cuello del gemelo de la izquierda entre sus mantas negras aterciopeladas. Sus ojos eran del mismo color que su cabello y sus facciones eran tan bellas que discrepaban del extraño lugar que les rodeaba.

Se detuvieron en la orilla observando el vasto paisaje del Xibalbá, el Mictlán o el inframundo de los muertos.

Ocho altos muros separados entre sí delimitaban los nueve infiernos o tierras y dos de los cuatro caminos que los atravesaban se podían observar con claridad gracias a lo elevado del palacio.

Entre cada muro el paisaje cambiaba drásticamente pasando de volcanes en erupción con ríos de lava que bañaban las costas de roca negra, hasta selvas de árboles extraños, grandes y deformes con hojas rojas y lilas sobre campos de hierba verde y bien podada. Cada tierra independiente de las demás.

Dentro del muro que protegía al palacio del dios del inframundo ejércitos de guerreros salvajes y monstruosos entrenaban incansablemente con armas igual de extrañas que sus portadores.

—Mi hermano Hun Camé siempre es rudo y torpe para hablar —dijo el gemelo del lunar en el cuello—. Te pedimos que encuentres a ese grupo de guerreros y si es posible nos traigas la piedra sagrada aquí. Necesitas a alguien que luche a tu lado y cuide tu espalda cuando nuestros enemigos decidan atacarnos con todos sus ejércitos.

Rugidos de ira, gritos de dolor y lamentos de tristeza se escuchaban provenientes de cualquier rincón de ese lugar.

—Y mi hermano Vucub Camé es una doncella de agua dulce —gritó el otro gemelo mientras dos ahuizotl se acercaban para ser acariciados y en su lugar recibieron patadas, ellos también se habían confundido—. ¡Aleja esas alimañas o les arrancaré el corazón!

Vucub se inclinó acariciando el áspero y oscuro pelaje de los ahuizotl, parecidos a monos de mediano tamaño. Con su tercera mano, la de la delgada cola y con la que utilizaban frecuentemente para ahogar a sus víctimas mientras eran atraídos por sus lamentos parecidos a niños pequeños, correspondían el cariño acariciando la mejilla del gemelo. Sus pequeños y amarillos ojillos vigilaban los movimientos del otro gemelo por si se aprestaba a patearlos nuevamente.

—Si es todo lo que debo hacer partiré de inmediato —indicó aburrido el guerrero negro—. Con su permiso mis dioses.

—Adelante Chan —mencionó Vucub—. Esperamos buenas noticias pronto, muy pronto de tu parte.

—Así será.

El gran perro alado aterrizó bruscamente aplastando algunos guardias altos y delgados que inclusive el propio Chat creyó que eran simples armaduras huecas que simulaban estar en guardia, pues jamás había notado algún movimiento en ellos hasta ese momento que un líquido rojo escurrió entre los espacios abiertos.

Montó y juntos volaron en el cielo anaranjado partiendo del Xibalbá en busca de ese grupo de guerreros.

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