jueves, 11 de agosto de 2011

TurboGrafix 16

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Estábamos en la casa de los abuelos, de aquellos días que papá nos cargaba adormilados del viaje en carretera y nos colocaba sobre el sofá cubiertos de cobijas pues el frío nos hacía tiritar. Generalmente llegábamos de noche pues era largo y tedioso el viaje desde Platón Sanchez, Veracruz (apa nombrecito) donde mi papá era médico de una clínica del seguro social y en donde también mi mamá nos compraba toneladas (montones y montones) de cuentos (hoy llamados comics) para leerlos durante el fin de semana por falta de “entretenimiento”. Viajábamos hasta la Ciudad de México a la mencionada casa y una vez, en un tranquilo atardecer, un amigo de mis tías llegó a mostrarnos algo que había adquirido.

Conectó una caja negra a la tv, cambió al canal 3 y encendió la cajita. En la pantalla aparecieron las letras de Atari y yo preguntaba y brincaba alrededor de ellos para ver mejor: ¿Qué es eso? El amigo pasó un control a una de mis tías y aparecieron dos barritas, una del lado derecho y otra en el izquierdo. Un cuadro, que ellos llamaron pelota, botaba de un lado y otro y las barritas evitaban que el cuadro pasara a un lado de ellas otorgándole puntuación al contrario. Los colores eran chillantes y eran todos cuadritos.

Wuuuaaaauuuu. Qué cosa más linda, dije yo y de ahí me hice fan de los video juegos, pero creo yo que fue más porque esa noche no me dejaron jugar ni una sola vez alegándome que el Atari no era para niños (hazme el ch… favor).

Ya más grandeson y con mi haber una consola de Intellivision caminaba sonriente entre las tvs y equipos de audio en la tienda de Liverpool (ajá, qué creían chamacos, que no existían en nuestra época, pues claro que sí) cuando noté un par de niños que jugaban en una consola de aspecto muy diferente al Intellevision.

La consola era de menor tamaño (igual que el Xbox 360 pero la mitad de delgado) y no usaba cartuchos sino una tarjeta delgada y pequeña de juegos, y estos últimos con unos gráficos que me dejaron con la boca abierta. En ese entonces era lo mejor en cuanto a consolas y su precio equiparaba al costo actual de un PS 3. Los controles se llamaban TurboPad y tenían una palanquita de turbo sobre los botones uno y dos.

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“Keith Courage in Alpha Zones” así decía la portada del juego. Era magnifico. Un muchachillo que uno controlaba peleaba con su espadita para que al llegar a ciertas zonas se convirtiera en un robot para combate.

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“Blazing Laser” un juego donde piloteabas una nave espacial y combatías al por mayor naves alienígenas resaltando a los bosses o jefes de nivel.

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“China Warrior” Este juego era super. Manejabas a un Bruce Lee sin playera que pateaba y golpeaba a cuanto adversario se le parara en frente.

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Fantasy Zone, Neutopia y Dungeon Explorer eran juegos diferentes y muy buenos. Ahora veo a mis niños con el X y su Kinect jugando con movimientos que la consola interpreta en nanosegundos que me doy cuenta de cómo el avance a superado por mucho lo que alguna vez siquiera llegamos a imaginar. Triste ante lo aplastante de la nueva tecnología decidí donar mi consola de Turbografx a un bar que evoca los 70s, los 80s y más.

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Recordar es volver a vivir.

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