viernes, 4 de septiembre de 2009

Ahuízotl

 

Pradera%20ZeoSuelo

Tengo el placer de mostrarles el primer capitulo de esta novela historica ambientada durante la epoca de la intervención norteamericana en México. Estaré subiendo capitulo por capitulo (blognovela) y espero sus comentarios y criticas, ya que de ello aprendemos a corregir nuestros errores.

 

Capitulo I Parte I

EL RECUERDO DE UN SOLDADO.

1836

El 30 de Abril, tres jinetes regresaban al galope subiendo una cuesta pronunciada de una pradera cubierta de verde hierba que se agitaba con suavidad por la fresca brisa de la mañana. Uno de ellos alcanzó al grupo de militares que observaba con tranquilidad los alrededores.

—¡General! —gritó.

Un hombre corpulento de bigote oscuro y abundante, montado sobre un caballo negro y vestido de militar de rango importante, inclinó su cabeza y observó al explorador.

—Dígame soldado, ¿ha traído buenas noticias?

—Sí señor —saludó al general con la mano derecha en la frente—, sesenta soldados permanecen en el pueblo de San Patricio, a veinte kilómetros de aquí; son comandados por dos hombres, James Grant y Robert Morris.

El general sonrió al saber tales noticias, ellos eran ciento veinte soldados listos para la acción, cuarenta fusileros y ochenta jinetes con largas lanzas, conocidos como dragones.

—¿Están amurallados o en espera de algún refuerzo? —preguntó.

—No señor, sabemos que han cazado más de cien caballos salvajes y los tienen en el interior de la hacienda, es seguro que los llevaran hasta Goliad para proveer de montura a varios jinetes.

—¡Prepárense! Vamos a avanzar.

Los ciento veinte soldados formaron una línea y avanzaron a través de la pradera; el general disminuyó el ritmo de su caballo y esperó a que su hombre de confianza, su brazo derecho, se situara a su lado. Un jinete que a simple vista cabalgaba con gallardía a diferencia del resto, montado en un caballo blanco de crines largas y delicadas, se acercó a lado del general. Un abrigo oscuro de piel lo protegía de los terribles fríos nocturnos del desierto y un sombrero negro de ala ancha cubría su rostro del sol abrasador.

—General. —mencionó en voz baja.

—Teniente Hugo, no estoy tan feliz como debiera, doblamos en número a nuestros enemigos y no lo llamaría una batalla justa.

El teniente permaneció en silencio, observando al frente.

—¿Puedo hablar sin rango General? —preguntó.

Ambos jinetes aceleraron el paso y cuando mantenían una distancia suficiente para no ser escuchados, el general observó con una sonrisa al teniente.

—Dime, siempre tus comentarios son bienvenidos.

—Sabe que para esto fui hecho, para la guerra, y más si es por mi querida patria; pero no estoy de acuerdo con Santa Anna, es prepotente y tiene sueños de conquistador. Ha creado a este ejército de operaciones, como el lo nombra, únicamente para demostrar su poder y aplastar la revuelta en Texas. Creo que debió de dejar por lo menos la mitad de soldados en los diferentes puestos tácticos por si nos llegan a derrotar.

—¿Dudas de nuestras tácticas militares?

—No señor, de la suya no. Solo espero que esta guerra dignifique a nuestra nación y mantenga unido la extensión de nuestro territorio.

—Comprendo tus preocupaciones Hugo, varios de nosotros no estamos de acuerdo con la estrategia que se nos impuso desde la Ciudad de México, pero tengo fe de que aplastaremos a los yanquis y pronto estaremos de regreso a nuestros hogares.

Continuaron avanzando por un par de días más. El pelotón había partido desde la Heroica Matamoros, al norte del estado de Tamaulipas recorriendo la costa del golfo para bloquear toda ayuda de municiones y abastecimiento para las tropas enemigas por medio de barcos, fue una viaje largo y bastante agotador.

La avanzada de exploradores se acercó al General y le indicó que el pelotón de yanquis continuaba en el interior del poblado de San Patricio. El general José Urrea reunió a sus jefes militares y repartió sus instrucciones, deseoso de entrar en batalla.

El 2 de Marzo, antes de que el sol despuntara sobre las lejanas colinas, el batallón del General Urrea se encontraba oculto a ambos lados de un camino terroso que conducía a la entrada del abandonado poblado. Las sombras de los árboles ocultaban a los ciento veinte soldados, quienes esperaban la señal de ataque proveniente de su general.

El batallón yanqui compuesto por sesenta soldados, salieron sin ninguna sospecha de la emboscada para continuar recolectando caballos salvajes para la futura caballería tejana.

El teniente Hugo Sandoval permanecía a lado del general, quien al ver la avanzada de enemigos, sacó con lentitud y en silencio su sable de su funda, y esperó por el momento oportuno para atacar.

Cuando el batallón enemigo alcanzó la parte más alejada del poblado que era tapiada por los árboles que coronaban el camino, el general levantó su sable y un grito de guerra surgió de las gargantas de los soldados del batallón mexicano.

Los yanquis, al saberse atrapados por una emboscada, descargaron sus balas en dirección a los árboles e intentaron regresar al poblado. El teniente Sandoval salió al encuentro seguido por veinte fusileros para evitar el escape de sus enemigos.

De inmediato, formó una gruesa línea de soldados con su fusil cargado, a una señal del teniente, levantaron sus armas, apuntaron y abrieron fuego; varios cuerpos cayeron al suelo, a pesar del ataque que bloqueaba el regreso al poblado, los yanquis intentaron a toda costa romper con esa pared de fusileros para permitir su escape.

En el momento en que era necesario la recarga de los fusiles, los yanquis se precipitaron sobre los cuarenta soldados y su teniente, quién al ver decenas de bayonetas correr con furia hacia su corazón, tomó su sable y se preparó para pelear.

Tres fusileros lo atacaron con sus bayonetas, pero de movimientos veloces y ágiles bloqueó las largas navajas y cortó la vida de sus atacantes. Detrás de él, diez hombres peleaban a su lado con gran valor mientras la caballería cargaba del lado opuesto compactando la fuerza enemiga hasta obligar la rendición.

Los jefes del batallón enemigo habían muerto durante la refriega y solo seis hombres habían logrado escapar.

Después de haber revisado el poblado y sus alrededores, el general ordenó el envío de los caballos al regimiento que se encontraba a sus espaldas, para ahora surtir de montura a sus jinetes.

Esa noche, el batallón descansó en el poblado y se mantenía en espera de alguna noticia del resto de batallones del ejército de operaciones.

—Demasiado fácil ¿no crees? —le preguntó el general Urrea a su teniente mientras ambos comían en el interior de una casona en ruinas.

—Los tomamos por sorpresa señor, y me temo que será la última vez que lo logremos. Los seis que escaparon debieron informar de nuestro ataque y de la caída de este regimiento yanqui, estarán preparados de ahora en adelante porque saben que vamos ganando terreno.

Un mensajero interrumpió la conversación y después de saludar, entregó una carta al General, quien leyó en voz alta:

—Es de Santa Anna, nos felicita por nuestra victoria y me informa que se acerca a un poblado llamado el Álamo, de acuerdo a sus exploradores lo han fortificado y un grupo de soldados piensan defenderlo. Lo atacara en cuanto llegue y solicita nuestro avance hasta un lugar llamado Refugio, para segregar la revuelta en pequeños grupos y aplastarlos sin ninguna complicación. Esta noche descansaremos y mañana, ocultos entre la penumbra de la madrugada, partiremos a ese lugar.

—Sí señor, notificaré a los soldados para que estén prevenidos.

Después de conversar en trivialidades como el clima, el extenso territorio discutido de Texas y la reciente batalla, el teniente salió de la casona y se recostó sobre una pila de paja que se encontraba cerca de su caballo, la noche transcurrió con tranquilidad y se preparó mentalmente para el avance en esa tierra lejana; por lo que había visto en este largo viaje, notó que esta tierra ya era extraña a su país, pensó que tal vez la suerte ya estaba echada y nada podría evitar el que fueran tomadas por los vecinos del norte.

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