viernes, 11 de septiembre de 2009

Ahuízotl.

hacienda CAPITULO II PARTE I

JARRA DE LAS HUERTAS

El humo espeso brotaba del interior de una pequeña y humilde casa, construida con paredes de adobe y techo de paja, el olor a hierba buena y especias impregnaba los alrededores. Un niño de ocho años de edad permanecía sentado sobre una piedra que brotaba a la orilla de un camino angosto, observaba con sus ojillos curiosos a las personas que entraban y salían de su casa.

Un hombre sucio y de aspecto poco confiable se detuvo afuera de la destartalada puerta de madera y al verlo, una mujer regordeta con dos largas trenzas que caían sobre la mitad de su espalda se acercó con lágrimas en sus ojos.

—¿Qué ocurrió? —preguntó.

El hombre limpió sus brazos con un aceite espeso y de olor penetrante, entre vinagre y aguamiel.

—Intenté salvarla pero la maldición la consumió, las hierbas que utilicé para limpiarla son las más poderosas, pero fue inútil, su destino ya estaba marcada; te aseguro que pude ver a la catrina a su lado, esperándola para llevarla con ella.

La mujer se persignó al escuchar esa palabra y luego besó una pequeña cruz dorada. El hombre se alejó de la casa y la mujer habló con otras tres acerca del humilde sepultura que organizarían entre ellas para que el alma de su querida amiga descansara en paz. AL terminar, tomó al niño y caminaron alejándose de ese lugar.

—¿No tienes nada de valor en tu casa? —preguntó la mujer.

—¿Valor? ¿Qué es la catrina María? —el niño no comprendía la palabra valor, pero estaba intrigado al ver la reacción de María al escuchar la segunda palabra.

—Es un cuento hijo, para asustar a los niños pequeños como tu, no hagas caso.

—Vino por ella ¿verdad? Vino por mi mama.

La mujer se detuvo y se arrodilló para observar los ojos del menor.

—Tu madre estaba muy enferma, el curandero del pueblo no pudo salvarla, y ellos creen en esas cosas, como la catrina —volvió a persignarse—. Dicen que es la muerte vestida de mujer, ella se acerca a los moribundos cuando es la hora de dejar este mundo y los guían en el mundo espiritual.

—Entonces se la ha llevado, ¿vendrá pronto mi padre? —preguntó el niño mientras unos pucheros se dibujaron en su rostro.

—No lo sé hijo, pero no estas solo, te llevaré a la hacienda de Santa Martha, donde yo trabajo; espero que la doña te de un lugar para dormir y comida, no estarás desamparado.

Continuaron caminando y el niño giró su cabeza para observar por última vez su amado hogar, la mujer apretó el paso y en poco tiempo salieron del pequeño poblado, en donde una modesta iglesia con una torre que terminaba en punta y servía de campanario, sobresalía del resto de casas.

Caminaron por una hora más y el paisaje cambió a los ojos del pequeño niño, la pradera cubierta en lugares escogidos al azar por flores lilas, rojas y amarillas terminaban en una línea marcada por una cerca de madera, y un camino de piedras planas y lisas de tonalidades grises, entraba a través de enormes sauces que agitaban sus ramas con delicadeza, tapizando el camino con sus delgadas hojas.

El sonido de las ramas provocó cierto temor en el menor, pero María lo tranquilizo.

Después de varios minutos, una hermosa casa surgió entre los sauces, era tan grande, que el niño creyó que se trataba de un castillo habitado por cientos de gigantes, tal y como su padre le relataba antes de dormir. Las ventanas eran enormes, claro, ha proporción de sus habitantes, pensaba el niño.

María rodeó por un lado y caminaron hasta el fondo, que para él parecía muy lejano, dieron otra vuelta y a un lado de la pared de la casa, varios arbustos y flores de diferentes colores crecían casi devorando por completo el angosto camino de la parte trasera. Entraron por una puerta de madera y una mujer anciana, de tez morena como la de María, observó con ojos de susto al menor.

—¿Qué haces? Si lo ve Eduardo te pedirá que lo saques y tú con él.

—No te preocupes Candelaria, ¿dónde esta la doña?

Candelaria señaló por detrás de ella, hacia una pared de adobe que se levantaba del otro lado del camino, cubierta por completo de una hermosa enredadera que arrojaba cientos de pequeñas flores blancas, un pequeño arco se abría por la mitad y entraron en él.

Una señora con un vestido amplio de color verde y un sombrero tan ancho que parecía que en cualquier momento podría caérsele, se inclinaba con delicadeza a cortar una flor del jardín que le rodeaba.

María soltó al niño y avanzó hacia la mujer, él permaneció con la boca abierta al ver el esplendido jardín, flores rosas, rojas, blancas, amarillas y azules contrastaban con lo verde de sus tallos, enredaderas de hojas pequeñas con flores grandes trepaban por cada rincón, y otras de hojas anchas y flores pequeñas se arrastraban sobre el suelo, pero todo tenía un orden, las flores rojas se agrupaban entre ellas pintando de un solo color cierto espacio del jardín, así como las blancas, las rosas y las amarillas.

La mujer caminó con cuidado entre las flores y escuchó con atención a María, observó al pequeño niño y mostró una bella sonrisa, si piel era tan blanca que podría el sol quemarla en un instante, pensaba el menor.

—Siento lo de tu mama pequeño —escuchó una voz tan dulce que un nudo en su garganta apareció al instante—, pero no te preocupes, aquí podrás quedarte y me encargare de que seas un buen niño.

—Gracias doña Martha, me ayudara en los quehaceres de la cocina.

—Deja que te ayude para que olvide su tragedia, pero no le exijas demasiado, dale el tiempo suficiente para que juegue y aprenda.

Al ver que el niño permanecía observando al bello jardín, doña Martha sonrió y señaló el jardín.

—Tu madre fue la que lo creó Ahuízotl, ella creó este hermoso jardín.

El niño rompió en llanto y María lo abrazó mientras doña Martha le explicaba que ella se encargaría de todos los gastos para un correcto funeral, y le pagaría al sacerdote del pueblo para que celebrara una misa en su honor.

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