lunes, 7 de septiembre de 2009

Ahuízotl.

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Capitulo I Parte III

EL RECUERDO DE UN SOLDADO

 

Al subir por una colina, divisó a los cuatrocientos soldados que corrían en dirección de una arbolada abundante, cincuenta de ellos arrastraban con dificultad los nueve cañones y en cuento los divisaron, comenzaron a gritar alertando su presencia.

—¡Ya nos vieron! Si atacamos de frente nos harán papilla con sus cañones. —dijo y Hugo señaló el lado derecho mientras se dirigía a Pedro.

—Toma cuarenta jinetes y carga por el flanco derecho, necesito que detengas el avance a la arbolada; yo me encargo de los cañones.

Pedro asintió y cabalgó flanqueando el lado derecho de los yanquis, quienes al verlos dispararon para evitar que llegaran a su protección. Dos, cuatro, diez jinetes cayeron muertos por las ráfagas de balas, pero al ver la carga de los otros cuarenta jinetes dirigidos por el teniente Hugo, la alarma que causó los obligó a cambiar de posición para proteger los cañones.

Solo uno de ellos alcanzó a detonarse, la bala de plomo voló a gran velocidad y zumbó por encima de las cabezas de la fuerza mexicana cayendo con estrépito a sus espaldas. Los fragmentos de plomo no alcanzaron a ninguno de los jinetes y en pocos minutos se encontraban aniquilando a los hombres que defendían su artillería. Hugo, quien conocía a perfección el idioma ingles, escuchó los gritos de uno de ellos indicando que abandonaran los cañones para alcanzar la arbolada. Cuando los soldados corrieron, una línea de cien fusileros les apuntaba mostrando el oscuro agujero de la boca del fusil, listos para escupir sus mortales municiones.

—¡Abajo, al suelo! —gritó.

Brincó desde su caballo cayendo sobre la fría hierba, su corcel corrió despavorido reconociendo el terrible destino si se mantenía en ese lugar. Varios estruendos se escucharon al mismo tiempo y la lluvia de plomo impactó contra los jinetes que o no habían escuchado la alerta de su teniente, o el tiempo les había traicionado. Varios caballos cayeron heridos relinchando de dolor, sus jinetes se arrastraban como si el suelo intentara devorarlos. Escuchó el grito de guerra de los yanquis, se lanzaban en un ataque con bayonetas y sables para acabar con los pocos sobrevivientes.

Hugo se incorporó y tomó su sable, levantó la vista y de los cuarenta que lo acompañaban solo diez permanecían de pie, a su lado. Del otro lado, el grupo de Pedro peleaba encarnecidamente, habían bloqueado el avance hacia la arbolada.

Los cien soldados corrieron hacia ellos, diez a uno, pensó Hugo, sería una carnicería; veinte metros de pradera los separaba, observó los cañones abandonados y el de menor calibre parecía que lo habían preparado para disparar.

De inmediato señaló el cañón y cinco de sus hombres comenzaron a girarlo en dirección de sus atacantes, él se preparó para recibir la embestida con los otros cinco, en caso de que el cañón fallara.

Los soldados se acercaban peligrosamente, hasta que otro estallido le hizo bajar su cabeza, la bala de plomo había salido disparada contra los yanquis que corrían hacia ellos. Treinta hombres despedazados cayeron sobre la hierba y Hugo aprovechó la sorpresa de sus enemigos, en lugar de esperar su embate, corrió hacia ellos, blandió su sable y lucho cuerpo a cuerpo. Sus diez soldados también lo hicieron, escuchó las órdenes del encargado del batallón yanqui, les solicitaba que se replegaran al centro formando un cuadrado en donde las cuatro paredes de soldados defendieran su posición con fusiles cargados.

En ese momento, escuchó los gritos de guerra de su infantería, habían llegado a su espalda, los yanquis que aun permanecían de pie abandonaron el ataque y se replegaron cerca de sus camaradas.

—¡Avancen hasta la arbolada! Pecho a tierra conforme avancen y disparen para proteger a sus compañeros. —gritó.

Observo hacia la arbolada, Pedro no se distinguía en la refriega de aquel lado, pocos jinetes aún se mantenían sobre sus sillas, la mayoría habían muerto defendiendo su posición. Tuvo que tirarse sobre la hierba pues sus enemigos ya se habían organizado, comenzaron a disparar sobre los dos flancos que estaban bajo ataque.

Se arrastró con sus codos y se cubrió con el cuerpo de un caballo muerto, levantó la vista y continuaba sin ver a su amigo. La mayoría de sus soldados permanecían igual que él, tendidos sobre la hierba y respondían con sus fusiles, como si entre ellos se comunicaran a perfección.

El bloque yanqui se defendía y cada vez que una oleada de balas salían disparadas de sus armas, cuatro o cinco soldados mexicanos caían sobre la hierba para no levantarse jamás. El sol comenzaba a ocultarse, los quinientos soldados se acercaron por detrás de Hugo y les envió indicaciones con un mensajero, debían dirigirse hacia la arbolada y defender la entrada, lo más importante era evitar que la alcanzaran.

Cuatro mensajeros llegaron hasta su posición y creó una estrategia para desmoralizar a sus enemigos; ordenó que los mejores tiradores se desplegaran sobre los cuatro flancos, cada determinado tiempo tendrían que volar la cabeza de algún soldado sin permitirles ningún tipo de descanso. También solicitó que les entregaran bastantes municiones y que el ataque de los francotiradores comenzara solamente hasta que el manto oscuro de la noche los cobijara y seguido por la detonación de todos los fusiles de su batallón.

Cuando el sol se ocultó por completo, todos los fusiles dispararon en contra de los yanquis, cincuenta hombres murieron al instante. En ese instante, Hugo se levantó y corrió en dirección a la arbolada, rodeando el destacamento yanqui, tenía que encontrar a su amigo.

Para no ser visto, caminó entre los árboles del bosque, así las sombras lo ocultaban de cualquier fusilero enemigo. Sin hacer el menor ruido avanzó hasta acercarse al extremo en donde Pedro había peleado con sus cuarenta jinetes. Se recargó sobre el tronco de un árbol y asomó su cabeza para distinguir la posición de sus soldados. Podía observar la línea de cuerpos recostados que apuntaban en dirección de sus enemigos, más adelante, tres francotiradores cargaban sus fusiles y se preparaban para disparar. Primero se escuchó una detonación, seguidas de otras dos, se escucharon gritos de horror dentro del bloque de yanquis, supo que habían atinado al blanco. Otras tres detonaciones se escucharon en el extremo opuesto y más gritos brotaron de ellos.

Observó una vez más y notó la silueta de más de veinte caballos muertos, si le habían matado, su cuerpo estaría ahí, cerca de ellos. Siguió el resto de cadáveres, que se adentraba al bosque; parecía ser que un grupo enemigo lo había logrado, había alcanzado la protección de los árboles y los soldados mexicanos les dieron cacería. Dos, cuatro, seis cuerpos de soldados amigos, pero ninguno era Pedro, continuó caminando entre las sombras y observó un sutil movimiento, como si una sombra lo acechara entre los troncos.

Se ocultó a un lado de una roca y apretó su sable, estaba seguro que ya lo habían visto, escuchó el crujir de unas ramas en su lado izquierdo y salió con gran rapidez para sorprender a su enemigo. Cinco yanquis intentaban atacarlo por la espalda, pero al brincar por el lado derecho los tomó por sorpresa. A uno de ellos le clavó el sable atravesándolo como si fuera un saco de semillas, sacó su arma del cuerpo inerte y se defendió del ataque de los otros cuatro. Dos de ellos lo embestían con sus bayonetas de sus fusiles sin munición, otro lo intentaba atravesar con una larga lanza, y el último sostenía un sable largo y ancho.

En un pensamiento fugaz, analizó los movimientos de sus enemigos y evaluó la situación; el más peligroso era el lancero, seguido por el del sable y los dos fusileros. Atacó de esta forma, bloqueó el ataque de las bayonetas y cortó parte del brazo izquierdo del lancero, quien dio un terrible grito y dejó caer su lanza. Sin detenerse, agitó su sable por encima de su cabeza y con una finta, provocó que su enemigo bloqueara su ataque con el sable en la parte alta, haciéndolo creer que intentaba cortarle el cuello, pero cometió un error, el sable de Hugo rebano su estomago y la sangre brotó en abundancia. De inmediato giró y cortó la cabeza del lancero, antes de que se repusiera e intentara atacarlo de nuevo. Pero en ese momento, había descuidado a ambos fusileros, quienes ya estaban sobre de él.

Escuchó un grito de furia y Pedro salió de las sombras, se detuvo entre los fusileros y Hugo. Las dos bayonetas atravesaron su cuerpo, Pedro, aún herido, levantó su espada y atravesó el corazón de uno de ellos. Las dos bayonetas salieron de su cuerpo y un liquido rojo cubrió su jorongo, el yanqui, sorprendido ante el ataque repentino, dio dos pasos hacia atrás, los suficientes para ser alcanzado por la bayoneta de Pedro.

Hugo intentó sujetarlo pero se desvaneció en sus brazos, lo depositó sobre la hierba y removió el gran sombrero.

—Has peleado bien amigo, y una vez más, salvaste mi vida. —mencionó Hugo con orgullo en su voz.

—No es nada, hubiera hecho lo mismo por mí. — tosió y su boca se cubrió de sangre.

—Déjame llevarte a Goliad, seguro que te curaran.

—No, es mi destino, ya lo acepte —observó a su amigo directo a los ojos—, solo quiero pedirte algo antes de morir.

—Lo que sea.

—Te encargo a Ahuízotl, es muy pequeño y solo tiene a su madre, siempre has demostrado ser muy diferente, inteligente y apropiado….. que nosotros…. los mexicanos. —tosió con violencia.

—Soy mexicano al igual que nuestros soldados y que tú.

—No me refiero a eso, eres una persona educada, cuida a mi hijo y enséñale todo lo que sabes…..promételo….promételo.

Hugo observó a su amigo y notó que la luz de sus ojos se apagaba con lentitud, el tiempo se acababa.

—Sí lo prometo, vete en paz que yo cuidare de él.

Esa noche, el cabo Pedro Sánchez perdió la vida junto a más de doscientos soldados.

Al día siguiente el regimiento yanqui se rindió ante la abrumadora fuerza mexicana. Rodeados por seiscientos soldados fueron trasladados al poblado de Goliad para que el coronel James Walter Fannin se entrevistara con el general Urrea.

El teniente Hugo dio sepultura honrosa al cuerpo de Pedro a la entrada de la arbolada que tanto había defendido y después regresó a paso lento al poblado.

Al llegar, los cuatrocientos hombres se encontraban reunidos en las afueras del poblado, mientras que varios centenares de fusiles los encañonaban. El teniente bajó de su caballo y se acercó a un explorador.

—¿Qué sucede soldado? —preguntó.

—El general ordenó el fusilamiento de todos los prisioneros yanquis.

Un color rojizo trepó por sus mejillas y se dirigió hacia el general, quien observaba desde la parte alta del poblado.

—¡General!

—¡Felicidades teniente! Ha hecho un gran trabajo.

—¿Por qué se les va a fusilar señor?

—Son ordenes, recibí una carta de Santa Anna, atacó con todo su ejército a la fortificación de el Álamo, ninguno quedo con vida, ordenó toque a degüello y me ha solicitado que aplique la misma ley en este lugar y con estos prisioneros.

El labio superior le temblaba de coraje y le costaba trabajo poderse contener.

—Señor, en la guerra existen acuerdos de honor, y uno de ellos establece que si un soldado se rinde, se le perdonara la vida.

—Son órdenes soldado y tengo que cumplirlas. —contestó el general con cierto tono molesto.

—Si Santa Anna mató a un puñado de soldados defendiendo su propia tierra —comentó con rabia en su voz, un explorador le había relatado la historia del Álamo—, eso no es ser un héroe, es actuar con cobardía.

—Una palabra más soldado —giró el caballo hacia él—, y le haré azotar, o tal vez lo coloque con los yanquis para que sufra su misma suerte.

Escuchó la primera detonación, cien soldados yanquis cayeron al suelo mientras que el resto gritaba en ingles que eran prisioneros, se habían rendido y habían entregado sus armas.

Otra detonación cimbró su cuerpo, era detestable ver lo que ocurría con los prisioneros. Regresó por su caballo y corrió al galope alejándose de esa tierra, no, de esa horrible guerra que mostraba el lado oscuro e inhumano, lo negro y animal de los combatientes.

Al menos, pensó, tenía una promesa que cumplir.

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