lunes, 14 de septiembre de 2009

Ahuízotl.

HAC CAPITULO II PARTE II

JARRA DE LAS HUERTAS

A un extremo de la enorme mansión, tres casas pequeñas daban cobijo a los trabajadores de la hacienda. Ahuízotl dormía en un pequeño colchón creado con paja y hierba seca. Ayudaba en la cocina cargando los costales de papa y guisantes, mantenía el suelo libre de basura y al final recibía una comida abundante; al ver su paga ayudaba con entusiasmo a María.

Eduardo, el encargado de la seguridad y de la atención de los patrones era de carácter amargo y duro, al principio estuvo en desacuerdo con la adición de este niño en la servidumbre pero observó el trabajo del niño en la cocina y terminó por quedarse callado.

Una semana después de su llegada, poco antes de que el sol se ocultara, salió al jardín trasero para contemplarlo con calma; de laguna extraña forma él percibía la esencia de su madre en ese pequeño y hermoso jardín. Lo tomó por sorpresa el no encontrarse solo en ese lugar, una niña de su edad contemplaba con alegría las flores rojas y al verlo, mostró una hermosa sonrisa.

—¡Hola! —dijo la niña con su dulce voz.

El niño permaneció en silencio, temeroso de que esa niña fuera un fantasma.

—Me llamó Catalina ¿Quién eres?

—Yo soy Ahuízotl, soy mozo de esta hacienda y trabajo en la cocina. —contestó sin moverse.

—Mi mama me platicó de la muerte de tu madre, lo siento Ahui, ¿puedo llamarte Ahui?

El niño asintió pero continuaba sin moverse. La belleza de la niña resaltaba entre las flores, era una musa en un mundo fantástico. Sus cabellos rubios reflejaban los tonos naranjas y rojizos del atardecer, sus ojos azules brillaban como la luna y sus líneas delicadas mostraban la hermosura de su rostro.

—¿Tienes papá?

—Sí, es soldado.

—Entonces pronto vendrá por ti, no te preocupes Ahui.

Pensó en su padre y eso lo relajó, caminó hacia la niña y conversaron un par de horas.

Cada día, desde ese encuentro se reunían a la misma hora para intercambiar palabras y jugar al escondite, su relación pronto se estrechó.

Ese día la cocina tenía bastante actividad, muy fuera de lo normal; varías muchachas ayudaban a María en hervir agua, pelar tres pavos, partir la carne de dos cerdos y dos de ellas trabajaron desde antes de que el sol brillara a lado del fuego, preparando cientos de tortillas.

—¿Qué ocurre María? —preguntó el niño al percibir que por más que limpiaba el suelo, se volvía a ensuciar con una facilidad sorprendente.

—Tenemos visitas, señores de haciendas cercanas vienen a ver a Don Ignacio, nuestro patrón.

—No lo conozco, ¿es agradable como su esposa Doña Martha?

María se limpió sus manos en su delantal y se acercó al pequeño.

—Procura mantenerte alejado de él, no quiero decir que sea malo pero no le gusta el ruido ni que alguien ande por ahí jugueteando ¿entendido?

El niño asintió y observó la locura que le rodeaba en la cocina. Eduardo se aproximó y observó al niño que se mantenía sentado.

—¡Ahuízotl! Ven conmigo, tengo algo en lo que puedes ayudar.

Salieron de la cocina y rodearon la casa hasta detenerse en la entrada principal de la casa.

—No hables, no mires a los ojos de los invitados, mantén tu cabeza agachada y todo estará bien.

Así lo hizo, escuchó las pisadas de varios caballos que se aproximaron y se detuvieron frente a él, Eduardo saludaba con mucha amabilidad sin recibir ninguna respuesta. Cuando los invitados entraban en la casa, Eduardo le entregaba a Ahuízotl las tiras de los caballos para que los sostuviera en lo que otros mozos de mayor edad, venían y los tomaban para que descansaran y se refrescaran en las diferentes caballerizas.

Eran bastantes las personas que llegaban, sus piernas le comenzaron a doler. Eduardo se inclinó un poco al escuchar las pisadas de tres caballos.

—Estos son los últimos, un momento más y podrás retirarte.

Los caballos se detuvieron y Ahuízotl distinguió a un hombre y una mujer que entraron en la casa, un niño de su edad, de cabello dorado y ojos azules caminó siguiendo de cerca de sus padres. Ahuízotl pensó que era muy parecido a su amiga Catalina.

El niño notó la mirada de Ahuízotl y se detuvo de golpe, dio media vuelta y regresó. Ahuízotl sonrió pensando en que tendría un nuevo amigo.

El niño, de complexión delgada, tanto, que sus ojos se hundían levemente en sus cuencas dándole un aspecto enfermizo caminó hacia él; vestía un traje elegante y un saco de piel café claro lo cubría del frío, usaba guantes del mismo tono y portaba un fuete para azuzar a su caballo.

—¿Qué miras indio? —gritó el niño con voz petulante y fría.

Ahuízotl se mantuvo en silencio, continuaba observándolo pero extrañado ante la molestia del niño.

—He dicho ¿qué miras?

Al no recibir respuesta levantó el fuete y golpeó la cara de Ahuízotl con un rápido movimiento, cayó de sentón sobre el suelo y unas lágrimas recorrieron sus mejillas.

—Eduardo, deberías enseñarle a tus indios que no somos iguales, nos ofenden con sus asquerosos ojos. —mencionó el niño rubio mientras se alejaba a la entrada de la casa.

—Sí señor, discúlpeme. —contestó Eduardo al levantar al pobre niño que mostraba una mejilla marcada por el golpe.

Lo llevó hasta las caballerizas y otros mozos, al ver lo colorado del rostro del menor, adivinaron lo que había sucedido.

—Vamos que esto no es un espectáculo, necesito algo para calmar el dolor. —indicó Eduardo al sentarlo sobre un bulto de paja.

—Te he dicho que no miraras a los invitados, si me hubieras escuchado te ahorrarías ese porrazo que ha marcado tu cara.

—¿Qué es indio? —preguntó Ahuízotl conteniendo el llanto.

Dos mozos se acercaron con un ungüento y Eduardo lo embarró en la mejilla hinchada.

—Así nos llaman, es una forma de identificarnos.

—Pero nosotros no somos indios, somos mexicanos.

—Lo sé Ahui, lo sé.

Permanecieron en la caballeriza hasta que la hinchazón bajo con lentitud, cuando el muchacho se sintió mejor, regresaron a la cocina con María.

—¿Qué te ha sucedido? —gritó María y antes de que el niño pudiera explicarle Eduardo le relató el incidente. María permaneció en silencio y se acercó al niño.

—Necesito que hagas otra cosa por mí, ¿sabes cómo se llenan los vasos con agua? Yo misma te he enseñado —el niño asintió—. Necesito que te mantengas de pie a lado de la puerta del despacho de Don Ignacio, los adultos hablan de cosas importantes y no les gusta que nadie este presente, a excepción de un mozo pequeño en edad.

—¿Qué haré María?

—Servirás las copas de los hombres y de Don Ignacio, estarás al pendiente cuando ellos te lo pidan ¿entendido? De todos modos Eduardo te llevará hasta el despacho y te mostrará las botellas de vino.

Entraron a la casa, algo que jamás Ahuízotl había hecho. Estaba sorprendido, si por fuera era enorme, por dentro superaba el tamaño que él creía que tenía. Un salón enorme mostraba una chimenea encendida de igual tamaño, una alfombra verde gruesa y acolchada cubría todo el suelo, cortinas de color vino colgaban de gran altura y una serie de objetos permanecían inmóviles sobre diferentes divisiones de la pared.

Eduardo tuvo que jalarlo para continuar avanzando; mujeres elegantes conversaban mientras tomaban café y te, grupos de niños vestidos de una forma diferente corrían en los anchos pasillos.

Se detuvieron frente a un par de puertas de gruesa madera y en el interior, sentados en unos sillones negros, veinte hombres charlaban animadamente. Eduardo señaló a un lado del despacho.

—Sobre esa mesa están las botellas de vino, debes permanecer en silencio y sin moverte a un lado; en cuanto uno de esos señores estire su brazo con su copa vacía, deberás caminar hacia él y llenarla, no derrames el contenido o te ira peor que hace un momento.

Un escalofrío recorrió su mejilla, recordó el dolor punzante y no permitiría que le sucediera una vez más.

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